martes, 30 de diciembre de 2014

LIBROS DE 2014

Qué raro eso de que hagamos balance a final de año. ¿Por qué no en febrero o septiembre?

Tengo un fichero en el que apunto lo que leo y hago una breve reseña reflexiva. Este año ha sido productivo. Si todo va bien durante estos días, serán 48, 16 más que en 2013, lo que significa que no he tenido una vida social intensísima, sino más bien mediocre.

Como siempre me ocurre, repaso títulos y de al menos la mitad no me acuerdo, lo que significa que no dejaron huella. Pero algunos sí.

Leí bastante a Camilleri, media docena de novelas del detective Montalbano. Aproveché todos los tiempos muertos en trenes y aeropuertos en un par de escapadas a Italia (procuro leer locales cuando voy al extranjero). Siempre me gusta, tanto que luego me cuesta ver la serie de televisión porque no reconozco ritmos ni personajes, aunque no está mal.

También he leído cuatro novelas del islandés Arnaldur Indridason, el descubrimiento del año; de ellas destacaría El hombre del lago. Está en la línea de los escandinavos, con peculiaridades que merece la pena descubrir.

Entre las rarezas debo incluir La excepción, de la también islandesa Audur Ava Ólafsdóttir. No gustará a todos, pero tiene un comienzo sensacional y un desarrollo que nos cuesta seguir, no por su mala calidad o lenguaje complejo, sino porque no conecta con ningún modo hasta ahora conocido de narrar. Pero a mí sí me gustó. Estoy un poco cansado de versiones sobre lo mismo y me gusta sentir la novedad al leer.

De los españoles, lo mejor ha sido Crematorio, de Rafael Chirbes, del que estoy ahora leyendo En la orilla. Sensacionales ambos. Del primero hay una estupenda serie de televisión que hizo (creo) Canal Plus e interpretó maravillosamente Pepe Sancho.

También he releído. Con placer (aunque menos que la primera vez) El alquimista impaciente, de Lorenzo Silva. La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa,  me gustó tanto como en el estreno. Y Si esto es un hombre más aún; he añadido a la lista de libros de Levi El sistema periódico, singular y valiosísimo conjunto de cuentos a partir de un elemento del sistema periódico (era químico, supongo que todo el mundo conoce ese dato).

Me puse por fin con El hombre en busca de sentido, de Viktor E. Frankl, que es de los que deben ser leídos. Impresiona, aunque no deprime. Es curioso que muchos de estos libros concentracionistas estimulen las ganas de vivir en lugar de enfangarnos en el pesimismo sobre la condición humana.

Entre los que también apunto con sonrisa o estímulo del intelecto figura Algún día nos lo contaremos todo, de Daniela Krien. Es una historia familiar, de amores y afectos en la Alemania que va a desaparecer engullida por la RFA en eso que se llamó unificación. Estupendo.

Descubrí dos poetas: Clara S. Scribá y Elvira Sastre. De la primera, Plurales. De la segunda 43 maneras de soltarse el pelo y Baluarte. Jovencísimas, intensas, un prodigio ese dominio del lenguaje al servicio de una vida y unas pasiones que, en el fondo, son las mismas de todo el mundo. Recomiendo encarecidamente Baluarte, incluso a aquellos a los que no les gusta la poesía, lo que no deja de sorprenderme entre quienes dicen amar la literatura.

He terminado el año con Los escritores suicidas, de Pere Rojo. Una maravilla. No obstante, y como el autor es amigo, le dedicaré pronto un post. Desde aquí y ahora lo recomiendo.

Dejo para el final Amistad de Juventud, de Alice Munro. Había leído unos cuantos relatos de esta autora cuando le dieron el Nobel en un ejemplar prestado. Pero justamente éste fue el premio por el Concurso que convocaba Coeliquore y que me entregó una noche de finales de Julio. No me atrevo a leer los que me faltan, seguramente por una mezcla que no sé explicar de respeto, miedo y angustia.

Porque para este blog, 2014 será el año en el que se fue Coe, cuyos comentarios tanto echo de menos.

viernes, 26 de diciembre de 2014

BOLUDECES XIX: CAMPAÑA DE PROMOCIÓN DE LA LECTURA EN MADRID

Si salimos del circuito de la Puerta del Sol y alrededores, Madrid no deja de sorprender y, además, está bastante más transitable. Estuve hace poco con intención de ver la magnífica exposición de Nikola Tesla en la fundación Telefónica (calle Fuencarral, 3). De camino, me encontré con unas cuantas imágenes impagables. La primera pertenece, sin duda, a la campaña de promoción de la lectura callejera impulsada por el ayuntamiento de Madrid. No obstante, y dadas las temperaturas en esta época del año, casi mejor nos refugiamos en la segunda…














sábado, 20 de diciembre de 2014

DE ‘ALIEN’ A ‘EXODUS’

Estoy viendo Alien con mi hijo, con el que me he propuesto repasar grandes títulos e impedir que caiga en las redes mierderas del cine actual, especialmente el navideño, lo que se acentúa con la escasísima oferta de la ciudad en la que vivo.

Alien sigue siendo inquietante, conecta, atrapa. Los actores son creíbles en sus arquetipos que vamos descubriendo. La película, como todo el género en buen estado de conservación, nos comunica con  nuestros temores más íntimos. Alien es la alteridad, pero también es el otro nosotros que tememos, el que nos destruirá, nos cambiará hasta hacernos irreconocibles. Luchamos contra él y la batalla se pierde tantas veces…

Ridley Scott, su director, acaba de estrenar Exodus, epopeya bíblica sin interés argumental para cualquiera que haya leído La Biblia. Es más, Scott se permite cambiar ciertos elementos textuales teniendo a su disposición el mejor guionista posible: Dios. No sale airoso. El guionista tampoco se luce porque no aporta absolutamente nada.

Ese magnífico director (porque lo es) ofrece únicamente efectos especiales, buena fotografía y una excelente banda sonora de Alberto Iglesias. Elementos éstos que resaltamos cuando lo que queremos decir es que la película es mala.

Y aburrida, que es lo peor. Dura demasiado, 151 minutos, y no porque cuente mucho, sino por su ritmo cansino y su confusión narrativa, como la enemistad entre Moisés y el Faraón o los motivos del exilio del desorientado líder judío.

Mejor ni hablamos de la conversión de Dios en un niño cabroncete, que da más grima que miedo o respeto. O de la marea baja que sustituye a la separación de las aguas que aún recordamos en Los diez mandamientos. O de la ola que arrastra a los antagonistas, pero de la que salen sin daño alguno, como campeones de surf con siete vidas.

Y la guinda: Dios hace que Moisés escriba las Tablas de la Ley. Debe ser cosa de la reforma laboral…

Naturalmente, todo lo dicho sería un conjunto de detalles menores si la peli fuera creíble, ágil, si aportase algo.

Comienzo a ver Alien y me apetece aunque la recuerdo, me sigue intrigando, me maravilla de nuevo. Han pasado 35 años.

Respecto a Exodus, estoy releyendo el original bíblico. El libro es mejor.


sábado, 13 de diciembre de 2014

RESPETO

Quien guarda silencio por no disentir, quien siempre quiere agradar, el que se mantiene equidistante de todo… Podríamos llamarlo síndrome Zelig, como en la película de Woody Allen. 

No soy de ésos. Mi natural carácter no es a la batalla con cuchillo entre los dientes, al contrario. Me afectan las confrontaciones y me duele que se sobrepasen ciertas líneas, especialmente si estamos entre amigos. Pero tampoco estoy dispuesto a callar siempre y en toda situación. Discutir entra en la condición humana, desde luego en la condición de este humano. No obstante, aunque pueda a veces parecer vehemente, intento diferenciar entre lo que es discutir sobre opiniones y descalificar personas. Las opiniones están para batirse con ellas. ¿Qué es eso de que todas las opiniones son respetables? Nada más falso: las opiniones son, por definición, débiles, subjetivas, falibles, de escaso fundamento y, por lo tanto, alterables. Otra cosa muy distinta son los conocimientos firmes, fundados y comprobados (con todas las limitaciones que se quiera, que lo contrario es dogmatismo).

Una vez establecido esto, hay que decir que todos nosotros tenemos unos pocos conocimientos y muchísimas opiniones. Tenemos derecho a explicitarlas, claro que sí. Y también tenemos derecho (deber) a cambiarlas cuando alguien nos da argumentos mejores. Obviamente, el desacertado y el que no lo está pertenecen a la misma categoría (especie humana), y tratar al ignorante o equivocado de burro, charlatán, bocazas o epítetos similares, no parece lo mejor, aunque lo que haya dicho sea una estulticia sin parangón en la historia de la humanidad. Sin ser tontos, decimos tonterías (a veces, algunos más que otros). No es necesario ser un estúpido para proclamar una estupidez ni un mentiroso full time para decir una bola de vez en cuando. 

De modo que el relativismo de las opiniones encuentra su límite en el respeto a las personas. No soy de los que cree que respetar al otro es respetar sus opiniones; justamente al contrario, precisamente porque lo respetamos, lo consideramos un interlocutor racional, alguien que se comunica con ayuda del logos, y no un ente aislado de cualquier otro y sin posible comunicación con los demás. Si todo diera lo mismo, los Maestros -con mayúscula- no tendrían razón de ser y la ignorancia tendría el mismo valor que el conocimiento, como por cierto cree (eso: cree) buena parte de esa especie humana o humanoide que no está dispuesta a recorrer el escarpado camino del conocimiento, incluso cuando la rampa es del 1%. 

El que quiera puede leer a Platón. Comienzo del libro VII de la República. No invento nada.

domingo, 7 de diciembre de 2014

ELOGIO DEL ELITISMO

Pues sí, elitismo.  ¿Por qué tanto miedo a esa palabra?

¿Debería ponerme democrático?

Aclaremos conceptos. Estoy hasta el moño de esos que van por la vida de igualitarios. Ésos que no pegaron ni chapa desde el jardín de infancia, pero que consideran injusto que ganes 500 euros más que ellos, aunque te dejases las pestañas días, noches, fines de semana y vacaciones mientras ellos se acercaban despaciosamente a la próxima gandulería. Ésos que creen que un par de rayajos de su vástago tienen el mismo valor que un cuadro de Goya. Ésos que echan un poco de queso en polvo a la pizza congelada y les parece que son el masterchef del universo galáctico. Ésos que discuten con un físico de física, con un lingüista de lingüística y con cualquier entendido de cualquier cosa, de igual a igual, nadie es más que nadie, ellos igual que todos. Naturalmente, de lo suyo (de lo poco que entienden poquísimo) saben más que nadie, ni se te ocurra discutirles nada. La capital de Filipinas es Moscú y Einstein es una estupenda marca de electrodomésticos fabricados en Mondragón, que está muy cerca de Villarrobledo de Chavela Vargas, allá por la península canaria.

Ésos dicen que sus niños han de aprobar en la escuela porque es lo democrático, el profesor está a sus órdenes, sólo faltaría. Al saltarse cinco semáforos, un stop, y atropellar (sin mala fe) a la dotación completa de la residencia de ancianos, el picoleto (al que tutean, mientras el benemérito debe hablarles con respeto) no puede multarles porque lo democrático es que cada cual haga al volante lo que le pase por el forro del cambio de marchas. Igualmente, el inspector de hacienda no debe meterse en sus impuestos porque lo que hace cada uno con su dinero no es algo de lo que deba dar cuenta al estado garrapata, que, por su lado, tiene todas las obligaciones hacia ellos, hasta ahí podíamos llegar.

Algunos van de intelectuales. Perpetran poemas o atentan contra la ortografía y la sintaxis en infames novelas que intentan publicar. Y se ofenden cuando las editoriales se lo niegan o algún amigo les dice amablemente que tienen mucho que corregir y mejorar. Según ellos, cada uno escribe lo que quiere y todo es bueno. Es más, lo suyo es aún mejor. Y ya verás, ya, cuando se publique y puedas presumir de tu amigo el escritor…

Pues eso.

A estas alturas ya todo el mundo se habrá dado cuenta de que no creo en la democracia full time ni everybody. Porque una cosa es la dignidad, esa cualidad que los seres humanos nos otorgamos a nosotros mismos (un milagro que salta las leyes selváticas), y otra la calidad de lo que se hace.

Una visita al Museo del Prado, un poemario de Aleixandre, un excelente plato, un servicio exquisito de lo que sea… Ni todo vale igual ni puede pagarse lo mismo. Puede que se llame elitismo. Yo creo que se trata de criterio, de claridad intelectual, de conocimiento. La democracia no es esto o no es en esto.

Tener las mismas oportunidades es algo elemental, pero ni todos las aprovechan igual ni todos consiguen los mismos resultados. De modo que excelencia y democracia sólo se oponen en una visión catastróficamente miope del asunto. Una democracia de mediocres es la glorificación del pelotón de los torpes. Náuseas me da.

Pero si alguien prefiere llamarlo elitismo, ninguna objeción por mi parte. Y menos hoy, día siguiente al de la glorificación de la constitución setentaiochista…

domingo, 30 de noviembre de 2014

UNA HISTORIA VECINAL

En el piso superior al mío han vivido cuatro familias en cuatro años: cuando llegué residían allí unos dominicanos (que me obsequiaban con música de su tierra a un volumen francamente molesto), después unos españoles (discretos hasta la sospecha: al poco de irse apareció la policía), luego unos rumanos (que tenían por costumbre llenarme la terraza de migas y ceniza) y, por último, unos marroquíes. Éstos llevan unos meses. Tienen una criatura de unos dos años que se dedica a lanzar cosas por el ventanal del salón: pinzas, juguetes, alpiste del pájaro…

Hoy, sin embargo, he dado las gracias a Alá por la maravillosa voz de la mujer. Estaba viendo los horrores habituales en el telediario, en el que detallaban la última matanza de Boko Haram, cuando me ha parecido que, bajo el sonido del televisor, alguien cantaba. Y así era. Al bajar al máximo el volumen me ha llegado la voz de una mujer cantando en árabe. Tenía frente a mí a los que matan en nombre de Alá y encima a la que cantaba sin saber que un agnóstico la estaba escuchando mientras pensaba que Alá -si existe- debe querer eso: belleza y bondad.

Después, cuando ella ha quedado en silencio, he visto al Papa en Estambul, rezando o meditando en la Mezquita Azul al lado de un líder religioso islámico. Y he pensado que ellos también la escuchaban.



martes, 25 de noviembre de 2014

CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO


Que soy un hombre es algo que los que esto leen saben de sobra. No estoy especialmente orgulloso ni avergonzado, sólo es una cuestión biológica a la que me he acostumbrado y que no tiene mayor importancia.

Hoy es el día contra la violencia de género, esa vergüenza criminal que pertenece a lo más retorcido y salvaje de esto que llamamos sociedad. No insistiré en lo evidente: es una lacra, hay que denunciar…

Simplemente me gustaría recordar algo que me pasó en una clase hace unos años y algo que ha ocurrido hoy. Esta mañana he comentado en Educación para la Ciudadanía el día que era y contra lo que se lucha, y he dicho a las chicas más jóvenes (apenas recién salidas de la niñez) que debían tener cuidado con señales inequívocas de un noviete posesivo y dominador: censura de vestuario, malas caras por seguir viendo a los amigos de antes… y obsesivo control por las comunicaciones. “Pero profe”, me ha dicho una de ellas, “si quiere ver con quien hablamos y lo que decimos, eso es que nos tiene confianza”. Les he explicado la diferencia entre confianza en una persona y control de propiedades, pero sospecho que con poco éxito. Estoy pensando que algo hemos hecho mal para que se reproduzcan y acentúen esas actitudes, para que el machismo se asuma como algo natural e incluso apreciado (pues no se toma por tal).

Hace unos años -creo que ya he contado esto- otra alumna de apenas 14 añitos me preguntó si yo había pegado alguna vez a alguna mujer. Contesté humorísticamente: dije que había tenido ganas de hacer muchas cosas con las mujeres que he querido, pero pegarles nunca. Se volvió a su compañera y le dijo en susurros: “Lo ves, tía, éste no”. Pero en su tono había desprecio.

Ojalá tengan suerte. Me duele ver de qué modo se confunden sentimientos y cómo los celos se toman por amor y la posesión por confianza.

Y deseo que alguna vez todo esto nos parezca prehistórico e inverosímil.

sábado, 22 de noviembre de 2014

MEMORIAS

Tiene miga el asunto. Porque, según dicen algunos, somos memoria. No tanto, creo yo, una exageración que suena muy bien.

Si la literatura tiene mérito sólo por ser fiel a los hechos, apañados estamos. No hemos avanzado nada. Creo, por el contrario, que si por algo destaca la literatura es por su capacidad de hacer ficción, de inventar, de retorcer las palabras hasta que ofrezcan nuevos brillos.

Las memorias no me interesan por sí mismas. Me aburre el detalle de entomólogo con el que Rousseau desgrana acontecimientos y conversaciones, vivencias íntimas, recuerdos. Sospecho que algunos son fruto de su imaginación. No conscientemente, claro. Como les sucede a los ancianos que construyen ficciones en las grietas de la memoria. Y esa mezcla no me gusta.

Aún menos interés tienen las memorias del famosete de turno, escritas casi siempre por el negro ad hoc, cuyo oficio disfraza la nadería insustancial y el postureo mediático bajo una prosa digna.

Y también hay ídolos musicales adolescentes que escriben memorias… Qué risa: contradictio in terminis.

Ya puestos, mejor las falsas memorias, como la excelente Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, casi un libro de filosofía, una novela que cabalga en la historia, un texto mestizo y fronterizo.

También me gustan las memorias como excusa. La que más, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, de Stefan Zweig, texto en el que la narrativa del yo es el hilo conductor para explicar la historia de Europa durante la primera mitad del siglo XX. También es un tratado sobre la tolerancia.

Los libros de memorias me parecen, además de indiscretos, vanidosos. El que las escribe considera que merece la pena su vida, lo que ha hecho; y nos las ofrece orgulloso. Y a menudo no tienen para los demás el interés que él cree merecer.

Otras veces son testigo de sucesos que nunca debieron tener lugar, como en Confieso que he vivido, libro en el que descubrimos que Pablo Neruda, el pasional poeta amoroso, recibió el Premio Stalin de la Paz, algo así como el Premio Hitler a los Derechos Humanos. A veces es mejor el silencio. 

sábado, 15 de noviembre de 2014

RELATOS SALVAJES

Pagar 8,50 € por dos horas maravillosas no es algo frecuente. Ni caro. Por el contrario, ese mismo dinero invertido en basura prescindible y predecible produce indignación.

Hace poco fui al cine a ver Relatos Salvajes. Se trata de una película argentina de episodios, seis en concreto, a cual mejor. Es una película que combina dos elementos tan difíciles como el humor, la violencia y el mensaje. El común denominador es la indignación de una persona por distintos acontecimientos.

En el primero, un individuo logra reunir en un avión a todas aquellas personas que el pasado se las hicieron pasar canutas, incluidos sus padres, que no están en el avión…

En el segundo, un incidente de tráfico acaba como el rosario de la aurora. Digno del mejor Tarantino. Eso sí, después no dan ganas de insultar a nadie al volante. Leonardo Sbaraglia acaba muy desmejorado, con lo guapo que es…

En el tercero, una camarera ha de servir la cena al usurero que los desahució, al causante directo de todas las desgracias de su familia. Gore y entrañable.

En el cuarto, el grandísimo Ricardo Darín interpreta a un ingeniero que se enfrenta a un incidente bastante común: una grúa se lleva su coche en una calle que no estaba bien señalizada. El que más me gustó, seguramente porque todos hemos vivido algo así, tan kafkiano, teniendo que demostrar nuestra inocencia previo pago a la administración, impotentes, cada vez más rabiosos y anonadados. Genial.

En el quinto, el joven hijo de una familia adineradísima comete un delito grave. Hay que buscar un chivo expiatorio y para ello necesitan un pobre que necesite ser sobornado. El más social de todos ellos. Una lección sobre la corruptibilidad del ser humano, en la que hay un corrupto, pero también un corruptor. Metáfora evidentísima sobre la consecuente corrupción del sistema. En mi opinión, el más duro también, el menos humorístico, el de mayor fuerza.

En el sexto, casi una película en sí mismo, una novia descubre lo que no debe el día de su novia. Exagerado, tumultuoso, desmadrado, cruel, maravilloso.

Es difícil aburrirse en esta película. Y es de gran mérito el hecho de que, siendo tan explícita en su violencia, nos riamos porque necesitamos reírnos, porque nos reconocemos, porque esa Argentina es también España, y supongo que tantos otros países. No es una comedia, advierto, no esencialmente.

El director, Damián Szifrón, consigue llegar al espectador desde la primera hasta la última escena. Hacía tiempo que no veía esos rostros al salir, sin falsas poses de puretas intelectualoides. Estoy seguro de que seguimos dando vueltas a todo lo que nos contó ese director muchos días después. Y se lo diremos a nuestros amigos, que es una de las mejores formas de publicidad que se ha inventado.

Cine así es necesario. Ya está bien de basura a precio de solomillo.



http://www.otroscines.com/festivales_detalle.php?idnota=8582&idsubseccion=148

sábado, 8 de noviembre de 2014

BERLÍN Y EL OLVIDO

Algunos acontecimientos marcan a generaciones. El muro de Berlín y su caída es uno de ellos. Estuve allí hace tres años. Visité una ciudad que me pareció confortable, fácil, apacible. También herida.

Un guía nos llevó a los principales lugares, especialmente ésos que son difíciles de encontrar y parecen deliberadamente escondidos. El búnker de Hitler es uno de ellos, convenientemente oculto por tierra y ocupado en servir de aparcamiento entre horribles edificios.

Cerca de allí, la cicatriz del muro era bien visible en el asfalto, tal vez como un aviso de lo que ocurrió hace tan poco tiempo, 25 años. Y, también muy cerca, el Checkpoint Charlie, convertido en atracción turística, llama la atención y los flashes.

El recuerdo y el olvido. Tal vez los alemanes quieren recordar que vencieron muy recientemente al muro, pero quieren olvidar, desterrar de la memoria, que prestaron apoyo al nazismo (ya sé, no todos).

La primera vez que estuve en Alemania me alojé en un hermoso pueblo cerca de Trier/Tréveris. El cementerio estaba integrado en el núcleo urbano y se podía atravesar para ir de un sitio a otro, lo que hice en dos ocasiones. Pregunté por un rincón que parecía abandonado, a punto de ser devorado por los zarzales. La mujer que me acompañaba, una española con varios quinquenios, en Alemania me dijo que eran los soldados de la Segunda Guerra Mundial, que había un cierto sentimiento de culpa, que los parientes casi no los visitaban, que no ponían apenas flores. Como si el recuerdo fuera clandestino.

Por eso, en este día de aniversario, estoy dando vueltas al asunto del olvido y la memoria, que tan difícil es compatibilizar en las personas. En los países, en los pueblos, más aún, más complejo.

La culpa, el orgullo nacional, el honor… Qué palabras.

sábado, 1 de noviembre de 2014

SIEMPRE NOS QUEDARÁ

21 de junio. Era Teresa. Resultaba difícil entenderla porque llegaban con nitidez acordes de jazz. “Es el día internacional de la música y un grupo toca bajo la ventana del hotel; hoy hay música en todo París”, aclaró ella. Pero el tono de voz, si se sabe escuchar, dice más que las palabras, y las suyas eran opacas. Yo apenas le preguntaba por sus novios aunque sabía que estaba en París con el último, Alberto. “¿Todo bien?”, indagué tras alguna vacilación. Ella arrastró algunas palabras para acabar confesándome que había discutido con él, que se había marchado y que no quería llamarlo. Era media tarde y pensé que sólo se trataba de una banal discusión de pareja que se disolvería en pocas horas gracias a la sabia mezcla de frases y piel.

Pero antes de medianoche un whatsapp me informó de que seguía sola en el hotel. “No me coge el teléfono, creo que me ha bloqueado”. De nuevo tristeza y costumbre, no miedo. Estaba en el laberinto, como tantas veces, lejos de casa, insegura y varada en unos planes malogrados.

Había un vuelo muy temprano, a esas horas imprecisas en las que ni se trasnocha ni se madruga, y el precio estaba a mi alcance. De modo que poco tiempo después estaba desayunando con Teresa sin que los camareros percibieran que su pareja de ayer no era la de hoy. “¿Alguna noticia?”, pregunté en susurros, mirándola por encima de las gafas. Teresa eludió responder: “Voy a dejar la habitación, no quiero estar sola, ni deseo estar aquí si él vuelve. Anoche me senté en la cama, saqué un libro y me sentí la protagonista del cuadro de Hopper, tan abandonada como ella”.

Me llevó a los lugares a los que había pensado ir y que ahora sólo eran proyectos desbaratados. Si quería hablar de sus problemas, no lo hizo; y si quería que yo indagase, tampoco lo hice. “Siempre nos quedará París”, le dije mientras tomábamos una cerveza en la Plaza de los Vosgos. Sonrió: vimos Casablanca de adolescentes, en un cine-club que organizaba el profesor de filosofía, y volvíamos a verla juntos cuando teníamos un revés en la vida: un rito privado. “¿Tú crees que alguna vez se quedará con Rick?”. Ella me miró con toda la luz de París en sus ojos. Porque sabía que lo que le preguntaba es si alguna vez se quedaría conmigo, si abandonaría ese cúmulo de errores para elegir a alguien que desea que le quieran alguna vez, algunas horas. Estar aquí sentados tras ver la ciudad, besarnos y notar que sus labios tienen la humedad de la bebida y la promesa del deseo.

“Tal vez Ilsa tenga las cosas claras en el futuro, pero aún no. ¿Recuerdas la escena en la que Rick la espera en el tren para irse juntos? Está lloviendo y ella le manda una hoja de despedida en la que el agua va borrando las palabras”. Pensé que esas palabras, como las que ahora intercambiábamos Teresa y yo, se perderían como lágrimas en la lluvia…

Unas horas y varias cervezas después decidió que era mejor regresar. Llegamos a Madrid de madrugada. La acompañé a casa, preparé una infusión y me marché. “Llámame luego”, añadí mientras cerraba muy despacio la puerta.

Al salir, percibí con extrañeza que en la calle todo era silencio. Los músicos habían dejado de tocar.

sábado, 25 de octubre de 2014

VOCACIÓN

Para E., que no trabaja (sólo) por vocación. 



Consulto el DRAE, y me dice que la palabra proviene del latín, ”vocatĭo, -ōnis, acción de llamar”. Entre sus significados da estos: 

1. f. Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión. 

2. f. coloq. Inclinación a cualquier estado, profesión o carrera. 

3. f. ant. Convocación, llamamiento. 

La primera me da miedo. A no ser que seamos creyentes, eso de que Dios nos llame a algo me suena a oír voces del más allá que te ordenan misiones. Peligro. Ninguna identificación. 

El tercero tampoco me alude. Demasiado similar al primero. ¿Convocado por quién?, ¿llamado para qué? 

El segundo es algo más admisible. No obstante, eso de estar inclinado… Supongo que quiere decir tendente, proclive o especialmente orientado hacia algo. Algo más de acuerdo, pero impreciso en todo caso. 

Confieso que nunca he entendido qué es eso de trabajar por vocación. Creo que hay que trabajar con intensidad, incluso con vehemencia, hacer todo lo que se pueda y se sepa, más aún si el pagador es una entidad pública (ya se sabe, dinero de todos). No obstante, creo que es un contrasentido esto de trabajar por vocación. Vamos a ver, ¿qué significa eso? ¿Hacer todo lo que se pueda, estar contento o intentarlo, dedicarse a ello las horas que nos pagan? Me parece que eso es lo debido, lo elemental. Pero el trabajo es un acuerdo (supuestamente libre) entre partes, una de las cuales hace una serie de tareas o servicios a cambio de una contraprestación económica. No olvidemos esto: un acuerdo, un intercambio. 

Sostener que una de ellas trabaja vocacionalmente suele ser la excusa para no pagarle bien, o simplemente para no pagarle. Me decía E., la titular de la dedicatoria, que los artistas, como todos los mortales, tienen la mala costumbre de comer (no mucho) y pagar facturas, y que, si no fuera por ese pequeño problema del dinero, estarían todo el día dale que te pego a los pinceles. Qué pena de sociedad ésta, que nos obliga a pagar facturas a la vez que nos dice que debemos trabajar en lo que nos gusta, aunque no dé para comer. Raro milagro. 

Ya dije hace poco algo al respecto. Yo trabajo por dinero; no sólo, desde luego, pero fundamentalmente. Me cuesta mucho (“laborare stanca”, decía Pavese) y me gusta que se reconozca con algo más que palmaditas en la espalda. Del mismo modo que le cuesta a cualquier otro profesional, desde los futbolistas a las putas, pasando por fontaneros o abogados, sean asalariados o autónomos. Nadie espera que trabajen gratis. Que se sientan llamados, inclinados o convocados es otra cuestión que no debe usarse como excusa.

Escandalicé a un par de compañeros hace poco cuando les dije esto. Me parece muy dudoso que ellos viniesen a trabajar si la Consejería decidiera no pagarnos y sustituirnos por voluntarios. Yo, qué quieren que les diga, prefiero siempre a un profesional. Y pagar lo que se deba, desde luego. 

Pero a lo mejor es que tengo una crisis de vocación.


Primera imagen: http://definicion.de/vocacion/
Segunda imagen: http://esanenaquevivedentrodemi.blogspot.com.es/

viernes, 17 de octubre de 2014

EMOTIVISMO

Hume constató hace unos siglos que, en materia de moral, nuestra guía no es la razón, sino los sentimientos.

No lo entiendo o me niego a aceptarlo. Sin embargo, supongo que participo de ello como todos.

Hablo de los sentimientos, ese producto cultural que parece negar la naturaleza sin hacerlo. Quisiera ser una persona racional y razonable, pero a menudo brotan en mí impulsos y emociones que me asaltan (reparo en el verbo: me asaltan).  En realidad, un sentimiento es algo más complejo, más duradero y menos intenso que una emoción, y mucho más que una pasión. Utilizamos las palabras como sinónimos y no lo son.

Me ha mandado una amiga un enlace a un artículo sobre el conflicto entre judíos y palestinos. Hablamos por e-mail del asunto. Le digo que no sé las razones, que apenas tengo un conocimiento epidérmico, seguramente manipulado y movido por filias y fobias propias y ajenas. Eso no me impide tener claro que no se puede matar, mandamiento y mandato que debería estar muy claro a estas alturas. Pero no: en nombre de Dios se burla cualquier orden. El mismo Dios que prohíbe matar es utilizado para matar. Los humanos somos así de perversos, mendaces y retorcidos.

Supongo que el mismo criterio moral que nos hacía horrorizarnos ante las matanzas de los nazis nos debería horrorizar ante los niños palestinos muertos. Y esto no debería hacer que nadie justificase el terrorismo yihadista internacional, que tiene entre los malos musulmanes a sus víctimas mayoritarias. De igual modo, se debería estar radicalmente en contra del terrorismo etarra, siendo posible cualquiera de las posturas sobre la eventual independencia del País Vasco.

Pero supongo que esos impulsos tienen sus raíces en la naturaleza, en la pertenencia, en el grupo. En el gen egoísta. Tengo la impresión de que la tribu es la traducción de ese afán de perpetuación y territorialidad. Lo veo muy cerca, cada vez que alguien se siente atacado, él, los suyos, su equipo, su Dios, su ciudad… Todos hemos estado bajo el fuego cruzado cuando lo único que pretendíamos decir es que se puede ser creyente y crítico, de una ciudad y dispuesto a aceptar que no es la mejor del mundo, del Madrid y admirador de Iniesta, cristiano y hacer matemáticas con números árabes.

Pero luego están los del pensamiento único. O sea, los de la negación del pensamiento. A mí no sólo no me interesan, es que además me dan miedo.

Pero no estoy libre, nadie lo está. El ombligo es más atractivo que el cerebro.

viernes, 10 de octubre de 2014

QUINTO ANIVERSARIO

Cinco años. Hace ya cinco que comencé con esto. Sigo escribiendo y me gusta.

En este tiempo han ocurrido unas cuantas cosas en mi vida, casi todas estupendas y algún contratiempo. No viene al caso contarlo, aunque los amigos atentos han detectado en estos escritos huellas y estados de ánimo.

60 meses en los que han entrado a comentar muchas personas. Tengo que decir que echo de menos especialmente las palabras de Coeliquore. Espero contar durante mucho tiempo con las de los demás. Algunos siguen dándole infatigablemente al teclado; otros con intermitencia. Me duele el abandono de algunos y el silencio de muchos, que me dicen que leen, pero a los que ruego que no se limiten a eso: todos necesitamos respuestas y saber que las palabras no se pierden en el vacío estelar…

No me duele, sin embargo, pero me molesta, que de vez en cuando se cuele algún individuo a insultar o que no se sepa la diferencia entre la discrepancia y la grosería. Vuelvo a rogar buenos modales y que nadie se ampare en el anonimato o en el pseudónimo para vomitar sus carencias. Ya saben que no ven la luz y que la censura (“moderación”) está para eso.

Con éste ya son 288 posts. 57,6 por año. Uno cada 6,3 días. Muchos los he olvidado y tengo que recuperarlos en las tripas de blogger. No siempre los más comentados son los mejores: algunos son más técnicos o específicos y tienen muy pocos comentarios, pese al trabajo que me ha llevado hacerlos. Otros son casi entretenimiento y coyunturales.

Si tuviera que elegir mis preferidos serían (por orden de publicación y por muy diversas razones) los siguientes:






De vez en cuando hay que detenerse y aprovechar estos aniversarios para dar las gracias. Y para pedir a los que se fueron que vuelvan y a los que están poco que estén más. Si quieren, desde luego, que la libertad es irrenunciable y prefiero que alguien me abandone a la francesa antes de que me cubra de improperios. Aunque los merezca.

A los antiguos os convoco dentro de cinco años. Y a los nuevos también.

(Advierto al personal de que tengo en espera ocho posts. Al menos de ésos no os libráis).

domingo, 5 de octubre de 2014

SER DE UN EQUIPO

Estoy recordando que vi la semifinal de la Liga de Campeones con amigos en un bar. Tras la clasificación, puse el escudo del equipo en mi perfil de wsp y recibí unos pocos pescozones de gente más intelectual o más despegada que yo en esos temas. Que era impropio de mí, que es un tópico masculino, blablablablá…

No seré yo el que diga que los que no están conmigo están contra mí. No soy de esos que se tatúan el corazón, la sangre y las neuronas. Algún vikingo merengón hay por ahí con el que simpatizo, y también algún blaugrana, aunque cuando se enfrentan entre ellos voy con el árbitro, desde luego.

También hay rojiblancos que se han confundido y aspiran a una guerra de trincheras con balones. No son los míos.

Lo que ya no tengo tan claro es por qué se hace uno de un equipo y no de otro. Esto es cosa de psicología prefreudiana, I think. Supongo que el primer criterio es el de la procedencia. Uno oye hablar del equipo de su tierra, lo tiene cerca, es fácil. Es el equipo de la cuna. El teamland. Es cosa metafísica que no comprendo bien: me suena al Ser de Parménides con música de Wagner y piadosas plegarias con sacrificios rituales.

Otro criterio es el familiar. Nuestro padre (o madre, más raramente) nos transmite el amor o la pasión, vemos los partidos por la tele, nos compran la camiseta oficial. Es el equipo del que somos todos en esta familia. Tampoco me convence: la unidad de la familia no puede basarse en el monolitismo de raíz genética. (Por cierto, la familia política a menudo es del otro equipo: un motivo más de desavenencia para integristas de lo que sea).


El tercero es el del carro de ganador. Cuando tenemos edad de razón futbolística está de moda un equipo, que es el que vence, naturalmente. Por lo tanto, como a todos nos gusta ganar -a los atléticos también, desde luego-, nos apuntamos a un equipo, aunque esté a cientos de kilómetros de nuestra casa. Luego, casi por inercia, seguimos siendo del mismo equipo.

Hay también razones estrafalarias. Como las mías. Yo soy atlético por romanticismo. Nadie en mi familia es de ese equipo, salvo mi hijo, al que transmito blandamente esa pasión que tampoco es que me lleve a acciones fuera del sentido común. Tampoco es el equipo de mi tierra (si supiera cuál es mi tierra, si entendiera la expresión). No suele ganar con la frecuencia que desearíamos, aunque acaba de conseguir su décima, lo que tampoco es tanto en sus más de 100 años. En mis escasos conocimientos balompédicos no encuentro un motivo de peso. Pero me gusta ese casi ser que quiere ser, esta persistencia casi spizoniana. Ese aspirar, esa cita con el destino en la que al final se pierde (casi) siempre, afortunadamente cada vez menos siempre. Como la frase de Cortázar: un juego que se pierde al final pero que ha sido bello jugar.

En mi vida me he ido encontrando con gente atlética, con la que he congeniado más que con los demás, tal vez por una afinidad de caracteres. Y también porque de niño prefería ser indio a vaquero. Y porque su estadio se ubica en la Avenida de los Melancólicos (de momento). Y por su vocación argentinista, de cholos y monos, de boludeces y tesis doctorales. Y por los anuncios maravillosos. Y porque uno de los primeros partidos que vi fue aquél contra el Bayern en el que el destino fue tan cruel. Y porque uno de los últimos fue ése contra el Real Madrid en el que el destino, como el cartero, llamó dos veces… Y tres. Y cuatro. Así no hay manera.

Naturalmente, y como ya he dicho, nada tengo que ver con los antropoides que van a muerte con el equipo, lo que quiere decir la muerte de los otros. Prefiero a esos otros que no tienen problemas en levantarse y aplaudir cuando Iniesta nos da una lección de fútbol.

Por cierto, que les hagan el control antidoping a los del Valencia: iban muy puestos de horchata. Porque si no de qué…


lunes, 29 de septiembre de 2014

NO SÓLO MURAKAMI

Un compañero de trabajo me habló de La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa, cuyo tema es éste: un profesor de matemáticas ha perdido la memoria reciente y la familia contrata los servicios de una asistenta para cuidarlo y hacer las tareas de la casa; es madre soltera y acaba llevando a su hijo a la casa del profesor, que le ayuda con los deberes y lo introduce en la afición al béisbol. Una historia rara, cuyo mérito está en el modo, no en el contenido. Es curioso cómo algunas historias las lees hipnóticamente, como si las frases te envolviesen y se convirtiesen en el centro de tu atención.

Algo parecido me pasó con El jardín del samurai, que cuenta la historia de un joven japonés que convalece de su enfermedad en China, donde se hace amigo de un sirviente y conoce al amor secreto de éste. Parece que no hay tema para una novela, pero se trata de la historia más hermosa y delicada que he leído en años. Me reservaba para la noche seis o siete páginas, porque no quería que se terminase. Muy bello. Desde mi ignorancia, y con mucha prudencia, diría que es lo más zen que he leído.

El último descubrimiento ha sido Hiromi Kawakami, una mujer de la que leí en primer lugar El cielo es azul, la tierra blanca. Se trata de una historia de encuentro entre una mujer de 38 años y su antiguo profesor del instituto. Hablan en bares, beben sake hasta la embriaguez… Realmente suceden pocas cosas, pero, como en las anteriores, el tono es lo que importa. Pasan las páginas y no nos importa más que ese modo de llevarnos por la historia, tan leve como la seda, tan delicada. Algo que brilla como el mar, de la misma autora, me proporcionó la misma sensación: un estado de ánimo más que una historia. Me siento algo ridículo contándolos, no importa qué sucede, es el tono moroso y deliberadamente lentísimo, fenomenológico, esa extraña mezcla de mundo espiritual y vivencias de piel.

Advierto que no gustarán a todos. Esos amantes de la velocidad vertiginosa, de las historias extraordinarias, quedan fuera, no resistirán las diez primeras páginas. Pero la experiencia de la literatura japonesa, hasta donde yo llego, es algo que merece la pena. Soy consciente de que es apenas la pequeñísima punta del iceberg de una cultura que ni conocemos, ni entendemos, aunque a veces la contemplamos desde la distancia con romanticismo cultural, algo peligroso, por lo que también me atrevo a recomendar la novela de Amélie Nothomb Estupor y temblores, que es una narración sobre el Japón actual -concretamente el mundo de la empresa- contada por una occidental que no encaja en sus códigos (¿no sabe?, ¿no se lo permiten?). No está mal incluirla en el lote.

martes, 23 de septiembre de 2014

MONO DE CINE


De cine, no de películas.

Porque películas emiten las distintas televisiones a todas horas, todos los días. Pero de lo que yo tengo mono es de ir al cine. Rarito que es uno. Porque son 8-10 euros por algo que puedo ver en la pantalla de casa por la patilla, en pijama, con el single malt en la mano.

Sin embargo, prefiero el cine.

Tal vez por una impronta infantil, que uno se ha pasado muchas tardes de sábado y domingo en la sala oscura, horas y horas, programas dobles, especiales, pendiente de la pantalla grande, para que ahora la sustituya un plasma más o menos decente. Pues no.

El verano es malo para el asunto fílmico. No recuerdo ningún julio ni agosto en los que haya ido al cine y regresado con sonrisa de oreja a oreja. Por lo general es cine kleenex, palomitas y refresco,  salas vacías en las que hace un frío que pela. El menú de las multisalas es de saldo. Únicamente me satisfacían las terrazas de verano, programa doble, bocadillo a la fresca. Pero creo que el placer de la película era aquí secundario y a veces solo se trataba de repasar películas.

Estamos en septiembre y acaba de entrar el otoño. Llevo desde finales de mayo sin pisar una sala. El cine-club comienza en octubre. Tengo mono. Leo por enésima vez la programación de mi ciudad: nada me interesa.  El problema debe estar en mí.

Pero tengo mono. De cine.