domingo, 27 de diciembre de 2015

ESTOICOS Y EPICUREOS (DE 2015)

Escribí hace tiempo un poema, "Estoicos y epicúreos". Mi vida había dado un vuelco y yo me preguntaba si lo que me quedaba era la voluntad de vida y alegría o una suerte de resignación, un dejarme llevar, apatía o -como mal menor- ataraxia.

Desde entonces han pasado diez años. He perdido pelo, pero los epicúreos razonables han ganado la batalla. Nada de apatía, un tanto de ataraxia, y cada vez más dosis de hedoné a la medida de mi situación, edad e intereses.

2015 ha sido un mal año. Probablemente el peor de mi vida. Pero salgo de él más fuerte y con el eros intacto. Tengo ansias de belleza.


https://www.youtube.com/watch?v=5iimxAJPPLY

lunes, 14 de diciembre de 2015

LO EFÍMERO


No recuerda cuándo. Ha oído que todo el mundo recuerda cuándo, y cómo. Pero su evocación no va más allá de una imagen en la que el tiempo pareció ralentizarse y extenderse mientras la besaba con inconsciencia y no cesaba de pensar que se estaba equivocando de labios.

Quiso entonces que el error fuese irreprimible o es ahora cuando quiere acordarse y que fuera así. La besó y ya no puede precisar si fue con deleite, con descuido o por azar.

Ahora la besa con desconcierto porque el presente es efímero. Cuando se despegó por primera vez de sus labios, sintió que había que fijar en la memoria aquella piel: el tiempo transcurre lento y no consiente el olvido.



martes, 8 de diciembre de 2015

EINAUDI CAMINO DEL CINE

Una de esas tardes perezosas de puente decidí ir al cine. La cartelera de mi ciudad me explicó lo que es un silogismo disyuntivo: o soy idiota o mejor no acudir. De modo que me fui a otro lugar a pocos kilómetros con alguna sala más. Atardecía, los cielos en Castilla son extraordinariamente despejados, por lo que el espectáculo era mejor que cualquier película. En el coche sonaba Divenire, de Ludovico Einaudi.

Una de las maravillas de la película Intocables es la música, en la que reconocí a Ludovico Einaudi, del que nada sabía desde los días crepusculares (otra vez) de Diálogos 3. Iba disfrutando del piano, del cielo, de la calma, y me sorprendí evocando el último anuncio de la lotería de Navidad.

El señor Einaudi tiene todo el derecho a que le paguen, y a que le paguen mucho. Su música es maravillosa, envolvente, alegre y melancólica a la vez. Pero a mí me molestó esa prostitución de mi mente, casi un automatismo, que abandonó por unos instantes la belleza para instalarse en la publicidad.

A ver si, por lo menos, este año me toca. De momento, que me quiten lo escuchao.



https://www.youtube.com/watch?v=naqnkS1balQ

viernes, 4 de diciembre de 2015

ATOV

Salgo de casa por la mañana, camino del trabajo. Paso bajo un cartel enorme en el que pone ATOV. ¿Será una empresa rusa? La “p” duplicada me devuelve a la realidad. Lo miro desde el otro lado “Vota PP”.

Tengo que hacer un examen de Ética de 4º de ESO. El libro se titula “Ciudadan@s”. Hoy me he puesto un jersey naranja. Soy joven, apuesto, tengo un cuerpo serrano, escultural, de nadador, como Albert Rivera. Soy el yerno ideal y futuro Presidente de… eso, dejémoslo, que nunca  he faltado tantas veces al octavo mandamiento.

Un tipo con barba (encaramado hace dos días a un banco, no sé si eso es contrario al civismo) me mira y me pide que refrende su gestión: nunca España ha estado tan bien. Me tiento la cartera. A su lado, un poco más perroflauta pero menguante,  otra persona me dice que ellos sí pueden, o que podemos todos; ignoro si se trata de un anuncio de laxante o de un concurso de solteros contra casados tirando de una cuerda. Más allá, con impoluta camisa blanca, un individuo me ofrece la solución a todos los problemas, esta vez sí; pero me gusta tanto su camisa que no sé si viene a solucionar los problemas del país o los míos propios, porque a mí la ropa no me queda así de bien.

Buscar a IU y a UPyD es como esos cuadros de hace unos años: ¿dónde está Wally?

Me gustaría que Savater sacase su escaño en el Senado, esa cámara alta, tan alta que debe estar en el mundo platónico de las ideas,  más allá de la comprensión de toda persona humana. Me hace gracia que alguien pretenda pertenecer a una institución para demolerla. Muy wittgensteiniano todo. Busco encuestas sobre el Senado: ni una. Muy importante, sí, muy alta.

Porque ha empezado la campaña electoral, queridos. Y es lo que faltaba para acabar de angustiarme en esta prenavidad gélida. Esta misma tarde me pongo en tratamiento: creo que los jamones están de oferta.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

MANDARINAS

Qué grandes es el desconocimiento. Hemos pasado por la universidad, tenemos un título, leemos, viajamos. Pese a eso, nuestra ignorancia en muchísimos campos es oceánica.

He visto Mandarinas, película de producción estonia que cuenta una historia ambientada en la guerra que tuvo lugar en Abjasia a comienzos de los noventa. No sabemos (yo, desde luego, no) donde está Abjasia, a quién se enfrentó, cuáles fueron las razones…

Es una película sencilla, con una cierta sensación de déjà-vu, y, al mismo tiempo absolutamente novedosa. Una narración sin grandes pretensiones, modesta incluso en sus 83 minutos, sobre lo que somos las personas en situaciones de intoxicación por odio que desembocan en guerras.

Dos amigos viven en una aldea que está en la zona de paso -y, por lo tanto, de conflicto- entre georgianos y abjasos, con mercenarios metidos en medio; y chechenos, rusos, estonios. Un complicado puzzle para un occidental.

Sin embargo, no es una película de guerra, aunque lo es. Esos amigos asisten a un enfrentamiento entre facciones, a consecuencia del cual dos heridos son recogidos y cuidados en casa de uno de ellos mientras el otro no encuentra ayuda para recoger sus mandarinas, mudos testigos, vida y color en medio de la sombra y la sangre.

Los convalecientes son enemigos. Se odian, se matarían. Sólo la convivencia necesaria y la palabra dada al dueño de la casa lo impiden. El final de la película, tenso, sorprendente, les unirá en la rueda del destino y en la condición humana.

Hay en esta película mucha ingenuidad y buenas intenciones; algún diálogo chirriante y mucho buenismo (en el mejor sentido de la palabra). Nada de esto me molesta. Hay una fotografía espectacular, una brillante banda sonora y, sobre todo, unos actores fuera de serie, de esos que llenan la pantalla con una mirada, con un gesto, que no sobreactúan, que están. Si la película es creíble no es por el guión (bueno, pero en absoluto novedoso), sino porque los actores le dan sentido y verdad.

Ahora que vivimos tiempos de maniqueísmo, de nacionalismo, de ellos y nosotros, de sectarismos, de identidades asesinas, de morir/matar en nombre de Dios, recomiendo vivamente la visión de Mandarinas.

En el Cáucaso hay mandarinas, quién lo diría, que ignorantes somos. Y en Estonia hacen cine, maravilloso (al menos esta muestra). Y hay actores y directores que no conoceríamos si no fuera por los festivales, por los cineclubes.

Mandarinas. Ved Mandarinas.

viernes, 20 de noviembre de 2015

JUSTIFICAR Y COMPRENDER

Hay cosas bastante elementales que no deberían tenerse que explicar.

Una de ellas es que un muerto vale lo mismo que otro muerto. Un niño sirio es igual de inocente que un viajero en los trenes del 11-M. El que limpiaba el piso 27 en una de las torres gemelas no vale más (ni menos) que los kurdos gaseados por Saddam Hussein. El periodista de Charlie Hebdo no merece distinta consideración moral que la madre nigeriana que compraba en el mercado. Las niñas secuestradas por Boko Haram no son mejores (ni peores) que el policía que murió el día anterior a la inauguración del Guggenheim…

No es preciso seguir.Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. Algo tan simple fue dicho por Stefan Zweig. Pero a muchos no les parece ni simple ni evidente. Y creen que los nuestros tienen derecho a matar a los otros (en nombre de Dios o de lo que sea). Quienes sean los nuestros o los otros es para mí un misterio insondable. Y una perversión del pensamiento.

Estos días -supongo que como casi todo el mundo- he pensado mucho en estas cosas del terrorismo, las guerras, el enfrentamiento entre culturas… Alguna cosa he dicho en mis clases. Y también fuera de ellas. Me he encontrado con gente muy visceral. Algunos me dicen que parece que sólo importan los europeos, que nadie está atento al drama de Siria, de África, de los kurdos. Tienen razón, en parte al menos.

Creo que nos llegan más los atentados de París porque están más cerca. Cuando digo más cerca quiero decir que hay proximidad geográfica y cultural. Es una cuestión psicológica, no moral. Por eso mismo, nos resultan aún más próximos los atentados de Madrid. Insisto en que un muerto cercano no vale más que un muerto lejano, simplemente nos toca más por ese cúmulo de proximidades.

Algunos también intentan, confusamente, comprender las razones. He hablado con una compañera del tema. Comprender no es lo mismo que justificar. Creo que debemos intentar comprender para poder evitar. Comprender es saber qué razones (más bien motivos) les llevan a matar. Supongo que es una mezcla de rabia, ignorancia, miseria, radicalismo religioso… Pero yo no lo sé, no me atrevo, porque hay muchos elementos fuera de mi capacidad de comprensión; el fundamental: muchos de los asesinos son inmigrantes de segunda e incluso tercera generación, nacidos y educados en el país contra el que atentan; muchos son personas integradas, con un buen trabajo. Pero algo les lleva a matar. Intentar entender esto nos daría muchas claves y tal vez soluciones.

Otra cosa es la justificación. Esto significaría admitir la legitimidad, y hasta la bondad, de sus actos. Se puede comprender y no justificar. Es más, el que justifica a menudo ni siquiera comprende porque hay un elemento de identificación emocional con los suyos (de nuevo los suyos, esta borrosa y peligrosa categoría tribal). No es necesario, creo, que uno entienda la procedencia, los objetivos y la frustración de un etarra para que cambie su reprobación. Puede comprender todo esto, pese a lo cual lo que hace el terrorista le parece repugnante, se lo sigue pareciendo.

Cuando se intenta comprender se responde a la pregunta: ¿por qué? Cuando se intenta justificar la pregunta es otra: ¿por qué es bueno (o malo)?

La muerte de niños sirios en bombardeos no justifica el asesinato de jóvenes disfrutando del ocio en el fútbol o en la sala Bataclan. El holocausto no justifica las matanzas en campos palestinos de refugiados. Y así hasta una infinita lista.

Muy elemental, como decía al principio. Algo que no debería tenerse que explicar. Un post innecesario.

viernes, 13 de noviembre de 2015

ONTOLOGÍA BLOGUERA

Es recurrente, ya lo sé. De cuando en cuando se cuela en éste, en otros blogs, la pregunta por el ser.

No es lo mismo preguntar por qué se escribe que indagar para qué se escribe. Mucho menos para quién.

Pienso en estas cosas mientras me pongo presentable una lluviosa mañana de domingo, que me gusta por su lentitud casi de ausencia.

Estoy hojeando un libro que escribió  Antonio Muñoz Molina hace algunos años, La vida por delante, y me pongo en su lugar, cosmopolita y reconocido escritor. Muñoz Molina sabe que escribe para alguien, pero no es lo mismo un artículo en El País Semanal que redactar Plenilunio. Sus públicos son diferentes, la atención, la disposición de tiempo…

El blog pone a disposición de cualquiera un espacio para escribir. La gente lee lo que uno escribe. A veces comentan.

Hace seis años que lo abrí. Treinta y pocos seguidores, media docena de fieles, amigos algunos. Dos de ellas (porque son ellas) absolutas desconocidas. Escribo sin saber por qué, pero agradezco sus palabras.

Lo de los seguidores no lo entiendo bien. Prefiero alguien que escriba alguna vez que 400 seguidores (no sé lo que esto significa: seguidores mudos, ¿seguidores de qué?, ¿lectores?).

Creo que todos los que estamos en esto poseemos un pasado (¿se posee el pasado?) de poemas perpetrados, relatos infames e ínfulas de escribidor sin formación ni fundamento. Un bloguero es alguien que no se ha rendido del todo.

También, creo, hay mucho de soledad. Escribo en la retiro de mi casa. Me acompañan Bach, Wim Mertens, Pat Metheny. Pero escribo solo y casi siempre cambiaría estas palabras escritas por otras susurradas. Un bloguero es también alguien que sufre de soledad en un laberinto y que entiende al minotauro en el relato de Borges.

No siempre, ya lo sé. Hay blogueros exhibicionistas. Se vanaglorian de sus ligues, de sus lecturas, de sus películas, del profundo conocimiento que ellos poseen del manga en su versión coreana, de la física de partículas… Es una variante feisbuquiana. Como también lo es ese picoteo en blogs ajenos para no decir absolutamente nada: una línea, un saludo, un “te sigo” (“me gusta”). Eso debe ser lo que se entiende por red social; algunos preferimos la caña y la paciencia. No sé si Hannah Arendt tenía razón con lo de la banalidad del mal, pero creo que hay una banalidad (rampante, ramplona y epidérmica) de la cultura, un disfraz, una máscara hecha de referencias mutuas y presencias fugaces. El equivalente a la antigua cultura de tapas de libros.

Escribo no sé por qué. Por necesidad, por una prisa que no sé de dónde viene ni a dónde conduce. Me acosa una ansiedad que el orfidal no remedia: es la consciencia o la patología de que la vida se me pasa y, como en el poema de Gil de Biedma, me doy cuenta de que iba en serio. Quiero creer que las palabras son terapéuticas, que lo que escribo interesa a alguien. Pero soy consciente de que lo utilizo también para pensar en voz alta, esto es, clarifico mis confusiones y obsesiones a medida que la gramática se me impone y disciplina, a medida que me fuerza a seguir la senda, la obligatoria educación y precisión que debo a quien esto mira de cuando en cuando.

La mayor parte de lo que leo no me interesa. La mayor parte de las personas con las que me cruzo diariamente y con las que hablo con urbanidad y decoro no me interesan. No digo esto con orgullo ni me arropo con un elitismo que no tengo derecho a esgrimir. Es el síndrome del poema de Gil de Biedma. Y seguramente me equivoco. Media docena de blogs me interesan mucho: sus autores también me interesan, aunque a algunos (algunas) no los conozco face to face. Hablo de comunicación, naturalmente, hablo de amor, de sucedáneos, de piel y conexión ADSL. Del tiempo y del espacio; en consecuencia, de física.

Será eso: al final la ontología es sólo una variante filosófica de la física. El ser. O que el no-ser nos produce horror vacui, yuyu, escozor y sarpullidos.


https://www.youtube.com/watch?v=l-ZfqxrRzxI

sábado, 7 de noviembre de 2015

SENTIMIENTOS/SUBVENCIONES

A raíz de alguno de los infinitos roces que se producen en un partido de fútbol, oí a un comentarista decir que no hay que mezclar fútbol y política. Supongo que quería decir que eso significaría llevar al fútbol a un lugar que no le corresponde, peligroso, ideologizado y sectario.

Pero no sé yo. Porque por mucho que lo pienso, pocas cosas están más imbricadas con la política que el fútbol.

Multitud de equipos lucen en sus equipaciones las banderas de sus comunidades autónomas; algunos incluso hacen de la bandera su camiseta. Otros lucen inequívocamente la enseña nacional.

Hace poco vi un partido en el que jugaba el Barcelona, ese equipo estupendo en el que lucen la senyera catalanes de pedigrí como Messi (argentino), Suárez (uruguayo), Neymar (brasileño), Iniesta (manchego), etc. Nada que objetar, desde luego, al cosmopolitismo balompédico, que me resulta más natural que ese amor a la tierra propio de épocas muy pasadas, del romanticismo de hace un par de siglos, pero cada cual hace en su equipo (con su dinero) lo que mejor le parece.

El dinero, eso es. El dinero. Los equipos de la tierra, de la estricta pertenencia al mapa, tienen un serio problema a la hora de competir con los de la chequera. Pese a todo, ambos hacen gala de ser los equipos de allí, los que representan a la ciudad, a la región, al país… Y eso no es tan sencillo de justificar. Veamos.

¿Representa a Barcelona el Barça o también el Español? Lo más inmediato sería decir que el Barcelona… que fue fundado por un suizo y era el equipo de los extranjeros de Barcelona, al contrario que el Español. Pero, claro, una cosa son los orígenes y otra los sentimientos actuales. Si no coinciden, una conveniente y orwelliana revisión del pasado es suficiente.

En este sentido, me llena de estupor la cancha que se da a dos ciudadanos respetables llamados Guardiola y Piqué, que se han manifestado reiteradamente en favor de la causa independista catalana o del derecho a decidir (no son equivalentes). Salen una y otra vez en los medios, como si sus argumentos fueran superiores en fuerza y verdad a los del panadero de Solsona, el maestro de Vic o el camarero de Salou. Sólo su relevancia deportiva justifica que se les escuche e incluso que les conceda un plus de atención (no digo de razón, que esto es otra cosa).

Estos deportistas, y otros muchos, terminan sus discursos cuando el Barcelona gana algún título con exclamaciones tipo “¡Viva el Barça y viva Cataluña!” (en catalán, naturalmente). Desde Hume sabemos que el hecho de que dos acontecimientos aparezcan seguidos hace a la mente humana percibirlos como si uno fuera la causa del otro. Esto es, si el Barcelona gana, eso engrandece a Cataluña. No insistiré en la falacia argumentativa, porque los emisores del mensaje tienen intención expresiva pero no informativa.

Cuando alguno de estos equipos tiene dificultades económicas, tira de instituciones y pide al Ayuntamiento, Diputación o Comunidad Autónoma subvenciones a fondo perdido. Al fin y al cabo, llevan el nombre de la ciudad por el mundo… Lo que conduce a una conclusión difícilmente discutible: esa ciudad gasta un dinero público en asuntos privados. Por ejemplo, si no estoy mal informado,  el Ayuntamiento de Valencia pagó el viaje a los aficionados para ver los últimos minutos de una final de Copa en Madrid suspendida por la lluvia; el Ayuntamiento de Mallorca sufragó la indumentaria con el color ad hoc a los aficionados del equipo para que la luciesen en otra final. Esas mismas instituciones que luego recortan o niegan un dinero necesario (eso sí, sin escudos ni banderas bien visibles), pero que pagan facturas millonarias a empresas privadas que juegan con los pies.

Yo creo que hay que subvencionar poco porque produce dependencia y clientelismo, cuando no pereza emprendedora. En asuntos deportivos, depende. A lo profesionalizado, nada; es decir, fútbol, baloncesto, balonmano… Otra cosa es el deporte de base, las canteras y aquellas especialidades que, o bien te dan facilidades, o cerramos el chiringuito. Estoy pensado en la gimnasia, la natación, etc. Pasa como en otros espectáculos. Que se subvencione el cine está bien en parte, porque si eso es para que puedan hacerse películas cuyos beneficios deberían devolverse a modo de inversión, estupendo. Si es para pagar una millonada al actor de turno a costa del dinero público que proviene de los impuestos de los que no ganarán en una vida de trabajo lo que ese actor en un mes…, pues no.

De modo que según y cómo. Por supuesto, nada de ceder al chantajista presidente del club (que representa a la ciudad) cuando lo ha conducido a la ruina. Apechugue con su gestión y no lloriquee, del mismo modo que no repartió con la ciudad el dinero de la venta de jugadores o de los escandalosos beneficios que producen las camisetas del equipo. Y, por favor, aficionados, el lugar del pensamiento está bien arriba.

domingo, 1 de noviembre de 2015

EL PERDÓN

En estos días he leído tres artículos sobre el perdón. En el primero, el Papa pedía perdón por los casos recientes de pederastia en la Iglesia; en el segundo, algún alcalde o alcaldesa (¿de Barcelona, de Cádiz?) sostenía que España debía pedir perdón por el genocidio en América a partir de 1492; en el tercero, un dirigente socialista exigía que una diputada de UPyD recién llegada al PSOE pidiese perdón a los socialistas ofendidos.

Creo que no son en absoluto lo mismo. Sin embargo, en todos hay algo común: alguien ha hecho algo que no ha gustado a otra persona o grupo, que pide algún tipo de reparación, al menos un gesto por parte del (supuesto) infractor u ofensor.

Desde luego, no creo que uno deba pedir perdón por actos cometidos por otros. Mucho menos por actos cometidos por otros hace 500 años, por mucho que nos una con ellos algo tan errático como la nacionalidad o la identidad (qué borroso concepto). De manera que eso de que “España debe pedir perdón” es una proposición asignificativa, porque no sé exactamente lo que es España: ¿los habitantes?, ¿los que tienen DNI?, ¿el gobierno?, ¿el parlamento?, ¿los del presente o también los del pasado? Estos últimos lo tienen crudo por razones obvias, pero no sé, puede probarse a ir dando golpecitos en lápidas y osarios…

El perdón, creo, es personal. Y directo, cara a cara si es posible. Requiere consciencia del mal causado y deseo de repararlo, al menos de reconocerlo. Que España pida perdón a América por lo que ha ocurrido durante 500 años es un brindis al sol. Obviamente, esto no quiere decir que lo que se haya hecho esté bien, eso es otra cuestión. Un análisis y valoración del pasado no implica que los vivos del presente deban pedir perdón por lo que se hizo hace tanto, lo que en absoluto significa que eso estuviese bien ni que pueda disculparse ni justificarse. Los vivos no son los responsables de lo que hicieron los muertos.

Algo parecido ocurre con lo de la Iglesia y el mal causado durante siglos. Sea la Inquisición, sea cualquier otro desmán, que la lista es larga. Me parece que a Galileo, a Bruno, a Darwin, etc., eso les trae al pairo desde hace tiempo. Otra cosa son los cientos, miles, de niños y no tan niños abusados, estigmatizados y traumatizados por los depredadores sexuales con cruz al cuello; los agredidos están vivos y tienen parientes y sus problemas laten con sangre. Ésos sí agradecen la petición de perdón. Aunque más agradecerían justicia y reparación en forma de código penal, juicio y eventual castigo de los culpables. Lo que no tengo muy claro es que sea el Papa precisamente el que deba pedir perdón. Porque o bien es cómplice por encubrimiento o bien no sabía nada. En el segundo caso, su responsabilidad sería por ignorancia culpable (no es poco); en el primero, debería responder igualmente ante la justicia. Aquí hablamos de problemas reales en el presente, de dolor en vivo y en directo. Nada comparable a un dolor por empatía histórica con afectados que nos dejaron hace mucho.

Lo del dirigente socialista ya me parece de traca. Si empezamos así, quiero que me pida perdón todo gobernante que ha insultado mi inteligencia, que me ha mentido, que me ha ninguneado, que me ha vilipendiado profesionalmente, que me ha exprimido fiscalmente, que ha metido a mi patria (porque en ella nació mi padre) en una guerra. También quiero que me pida perdón el arquitecto de muchas casas en las que he vivido, las mujeres que no me han hecho ni puñetero caso a lo largo de mi vida y se fueron con el de la moto (es metáfora), el fabricante de móviles que duran sólo dos años, las empresas de gas y electricidad que me cobran tanto por algo tan necesario. Quiero que me pida perdón el camarero que miró fugazmente las tetas de mi novia aquella noche veraniega en la que se escotó como le pareció más oportuno. Y quiero que ella me pida perdón por no escotarse más a menudo. Quiero que me pidan perdón los médicos que no han podido salvar de la muerte a mis familiares ya fallecidos. Quiero que me pidan perdón los amigos que no me han llamado los fines de semana que yo he necesitado y ellos estaban en otras cosas…

Si os da la risa por el último párrafo, a mí más. Creo que pedir perdón es necesario y es liberador, aún más para el que lo hace que para quien lo recibe. Pero ha de ser proporcionado y realista; de lo contrario es una comedia, una parodia del entendimiento universal y una cesión intolerable de nuestra libertad frente a la caterva infinita de los que se ofenden por nada. En ese caso, qué le vamos a hacer: oféndase. En los demás, hagámoslo, pidamos disculpas, hemos sido torpes y, como dijo aquél en Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto.


martes, 27 de octubre de 2015

CONSTELACIONES

Nunca he hecho un post sobre teatro. Seguramente es porque no es un género con el que me sienta como en casa. Soy tardío en esto. En la ciudad en la que vivía antes, cuando era más joven, había poco teatro, era caro y estaba lejos. O será que mis posibles eran escasamente posibles.

Desde que vivo cerca de Madrid voy cada año a tres o cuatro obras, a las que debo añadir otras tantas en la ciudad en la que vivo. Me suelen gustar, aunque soy animal de sala de cine, a la que no falto ninguna semana (más las pelis que veo en casa).

Pido perdón, por lo tanto, porque no soy un entendido, sólo un modesto aficionado.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, mi amiga GreenEyes me llama y nos marcamos algo cultureta. Este domingo nos fuimos a Madrid, al teatro Luchana, en compañía de otra amiga, MJ. Constelaciones se titula la obra que vimos.

La sala era empinada, de poca gente, con el escenario allá abajo. Cuando entro a estos locales modernos (la palma se la lleva el Teatro de la Puerta Estrecha: otro día) siempre me acomete un temor: que sea una obra de ésas que hacen participar al público, interactiva la llaman ahora. Pero no, menos mal.

Los actores interpretan a dos personajes, física cuántica ella y apicultor él, que se encuentran y desencuentran frenéticamente, con un ritmo que tiene aires de El día de la marmota, pero que juega con el azar, la casualidad y la causalidad, con esos modelos cosmológicos (recuérdese: ella es física cuántica). Aparece colaborando en el guión un tal Heisenberg… Y también las cuerdas, la mariposa ésa que aletea en Hong-Kong y que hace que alguien al otro lado del mundo pergeñe la teoría del caos. Ciencia dura que se ha sabido transformar en comedia. O no tan comedia.

Los actores hablan deprisa, demasiado deprisa. Me cuesta entrar en la obra. Pero cuando lo hago es para siempre. He bajado al escenario y he estado con ellos. Porque su historia de ir y venir, de encontrarse, de hablar sin encontrarse, es la de todos. Siempre insertos en las arenas movedizas del amor, de la soledad, del deseo, del miedo. La vida no tiene brújula y parecemos más gobernados por el azar que por ese viejo sueño de la ciencia: la necesidad. La física teórica contemporánea ha renunciado a ese sueño de la razón, que aquí no produce un monstruo sino una maravilla para el disfrute de todos y para mayor disfrute aún de los que puedan adentrarse en esas maravillas de la física post-relativista.

Los actores son magníficos. Transmiten. Te llevan desde la comedia a la tragedia que constituye toda historia de amor. Casi sin darte cuenta estás sufriendo con ellos tras distintos fulgurantes diálogos que subliman El club de la comedia.

Han recorrido y construido esas constelaciones de la vida, de la probabilidad y del no-ser. Porque el ser precisa el no-ser, pese al horror de Platón y los vanos empeños de Occidente durante tantos siglos.

Salimos a la noche de Madrid. Mañana será lunes. He aplaudido con ganas. Cuatro euros más que el cine. Y había dos actores de verdad, dos personas, nada de hologramas de mentirijillas, actuando tan cerca, cada día de nuevo…

Definitivamente, un regalo maravilloso.





viernes, 23 de octubre de 2015

BOLUDECES XXI: PARA LLORAR

Porque las cebollas son para llorar.

Para llorar es también la rotulación cebollera del Mercadona en el que compro habitualmente. Veamos.

Cebolla nueva malla 1 kg. 1,05. Se tacha el precio antiguo y se pone el nuevo: 1,05. Ofertón.

Cebolla dulce. Esta sigue igual, qué pena, la hubiera comprado rebajada.

Cebolla roja. De 0,99 a 0,99. No sé si podré resistir tan seductor descuento. Con ese ahorro pago la hipoteca.

Pero lo que ya es una tentación a la que sucumbir sin remedio es la malla de 2 kg. de cebolla nueva. Antes a 1,20 y después ¡a 1,30!

Si incluyo la foto es porque sin ella no me creería el bloguerío habitual.

De paso, señor Roig, dueño de la cosa mercadonera (aprovecho para decirle que no soy una dona sino un home, y que también compro en su establecimiento cuyo nombre se ha asumido socialmente sin suficiente perspectiva de género), le pido que tenga más generosidad con sus empleados. Porque lejos de reírme de ellos, los veo trabajar como mulas y atenderme siempre con diligencia y amabilidad. Incluso me llaman “señor”, vaya por Dios. Seguro que sus errores son debidos al exceso de trabajo y no a la voluntad de que los clientes nos hagamos la cebolleta un lío.

Por cierto, compré eso mismo: cebolletas. A 0,85 el manojo de tres. Una delicia.

miércoles, 14 de octubre de 2015

PERSONAL SANITARIO

No han sido pocas las ocasiones, en los últimos meses, en las que he tenido que tratar con personal sanitario. Por asuntos propios o de familiares, que eso no es el objeto de este post.

Médicos (y médicas). Enfermeras (aquí siempre en femenino). Auxiliares (también mujeres, siempre mujeres).

Vaya por delante que no dudo de la competencia profesional de ninguno de ellos. Siempre me ha parecido que sus conocimientos eran los adecuados.  Otra cosa es la comunicación con los pacientes o los familiares de los pacientes. Aquí hay de todo.

Debo citar a un par de médicas de esas que antes se llamaban de cabecera (y que ahora son de atención primaria, vaya por Dios). Ambas profesionales competentes, con años de experiencia, de las que dan atención personal, sin prisas, sin asignar a cada paciente esos 4-5 minutos que les corresponden (por eso no entiendo a los que se indignan por el “retraso” pero reclaman su cuarto de hora, lo que retrasa más aún a los siguientes), sino lo que el caso precise.

También he tenido que tratar con especialistas. Sin que esto que digo tenga valor de ley, cuanto más conocimientos, más modestia. He oído en boca de algunos de ellos frases como “No estamos seguros”, “No puede saberse”, “No hay seguridad en los resultados”, “La medicina no puede ofrecerles garantías”. A otros ni les he llegado a comprender y temo que mis cuitas les han interesado poco, un paciente más, qué digo, un caso más en la vorágine del día a día. Son los que ven enfermedades y no enfermos, los que han confundido la necesaria autoprotección frente al sufrimiento ajeno con la plastificación hasta el retiro. Eso: ojalá se retiren, cuanto antes.

Son esos tipos a los que pareces importunar en su estatus de poder y conocimiento, seres que se arropan con distancia, terminología especializada y soberbia que no sé si esconde ignorancia o simple amargura vital. Son ésos que no acaban de contestarte cuando preguntas, que ni te miran, que no te explican, que no te invitan a sentarte, no te dan la mano, no te miran a los ojos. Son los que emplean el tiempo en rellenar papeles y auscultar el ordenador, pero no son capaces de explicar cómo era el rostro de su enfermo, su expresión, su angustia. Dios haga que les toque pronto la Primitiva y se quiten de enmedio.

No sé qué se podría hacer, siempre oigo eso de que hay que aumentar la educación y la formación, bla, bla, bla. Pero, del mismo modo que hay que dar las gracias a los buenos profesionales, también habría que hacer público este desdén y esas prisas (que, por cierto, no suelen darse cuando hay abundante dinero de por medio en la oportuna consulta privada), y debería tener consecuencias para ellos. Porque la enfermedad es un estado de desvalimiento en el que necesitamos algo más que un sabedor de los mecanismos del cuerpo. Necesitamos algo más que el diosecillo que pasa por la cama del hospital, mira informes, da instrucciones, se sabe rodeado por los mires… y ni siquiera tiene unos segundos para encontrarse con los ojos del enfermo, menos aún con los de los familiares angustiados. 

A ésos les mandaré algún día a mis amigos del lumpen y al primo de zumosol (es metáfora, huelga decirlo). Y a los otros unos cuantos ramos de flores y mi gratitud infinita, ya que no puedo subirles el sueldo. Y ojalá exista Dios y reparta capones, diarrea y caspa torrencial entre los primeros y lo que le plazca al maravilloso grupo de los segundos, los que llenan de sentido y contenido la expresión “Seguridad Social”.  Les pagan lo mismo que a los otros, pero en absoluto son lo mismo.

El cometido del personal sanitario no es precisamente la reparación de simples máquinas llamadas cuerpos. Tal vez no todos vieron la tele ese día en el que Barrio Sésamo explicó la diferencia entre un cuerpo y una persona. Menos mal que algunos, en la clase de Filosofía, sí atendieron cuando el profesor de turno explicó la ética kantiana: deber, autonomía, fin en sí mismo, dignidad.



Para Iris. 
Espero su próxima incorporación al personal sanitario.

sábado, 10 de octubre de 2015

RELEER

Una discusión recurrente entre lectores es la de si leer o releer. Algunos, muchos, dicen que no les gusta releer. Naturalmente, como toda elección es respetable y cada uno hace con su tiempo lo que le parece mejor. Hay quien argumenta que el tiempo de releer se lo quita al de descubrir algún autor o texto nuevos. Correcto, nada que objetar.

Yo quisiera añadir algunos matices. No es un deporte que practique con asiduidad (el de la relectura, claro), pero a veces lo hago. En algunos casos me encuentro con libros que me dicen lo mismo aunque han pasado muchos años. Eso no es en mi opinión un valor. Porque yo he cambiado, pero las páginas se han fosilizado. No sé si me explico bien.

Los clásicos son otra cosa. Se llaman así porque sus mensajes son infinitos, son como las bibliotecas de Borges, los jardines de los senderos que se bifurcan y la fuente inagotable de mensajes. Lee uno demasiado joven o a destiempo el Quijote (o la Odisea, o los Diálogos de Platón…) y no obtendrá más que tedio. Pero los lee y relee, enteros o fragmentos, y cada vez son nuevos, cada vez más fértiles. Cada vez dicen más o algo nuevo.

Además de éstos, hay muchos otros que, sin ser unos clásicos, no son libros kleenex, de los que aguantan una sola lectura. Los leemos a determinada edad, los subrayamos, nos impactan… y años después no lo entendemos. No lo entendemos porque hemos cambiado, porque la identidad  (ejem, qué cosa) que constituye nuestro nombre, nuestro temperamento y nuestra memoria, se ha expandido y reconducido (porque la identidad no es sólida, sino líquida, brumosa) y nos reconocemos -al menos lo que fuimos, no siempre lo que somos- en esos títulos, en esos subrayados lamentables, en esas notas al margen, en las admiraciones ante un párrafo repleto de obviedades o cursi hasta la náusea.

Esas relecturas nos enfrentan a nuestra particular biografía, a nuestros errores y a nuestro aprendizaje. Los que leen un solo libro ni se sonrojan, ni dudan, ni tienen interés en otro mensaje que no sea el canónico. O sea, son un peligro a la vez que la prueba que falsa esa tontuna generalmente repetida como verdadera que consiste en decir que leer nos hace mejores.

Tras la época nórdica (me estoy quitando, CrisC, lo juro, tengo un psi que me ayuda), ando metido en la era Márai. Suelo abrevar en un autor cuando lo que comienzo a leer me gusta. He terminado ya algunas novelas suyas. Tengo la sensación de estar releyendo y al mismo tiempo de estar descubriendo. Tengo la impresión de que ya he leído esto antes, en los escritos de Zweig, de Primo Levi. Sé que en el futuro ya no me deslumbrará como en estos días, pero también sé que lo leeré como la gran literatura que creo que es. Incluso subrayo algunas frases y doblo páginas (el libro es mío, puretas). Espero no avergonzarme de una estupidez transitoria al cabo de años. Creo que esta vez no.

sábado, 3 de octubre de 2015

IRRATIONAL MAN

Ni una obra menor ni una obra maestra, sino todo lo contrario.

Fui a ver Irrational man sin muchas ganas, tocado ya por la mediocridad con oficio de las últimas películas de Woody Allen. Desde Match Point no me había gustado ninguna, especialmente ese despropósito titulado Vicky Cristina Barcelona, asombrosamente agradable para muchos y que incluso le valió un Oscar a Penélope Cruz en su papel más histérico y desmadejado. Será que no entiendo. Pues efectivamente: no entiendo nada de semejante disparate.

Irrational man empieza con unos cuantos tópicos: profesor de filosofía desorientado, de vuelta de muchas cosas, en crisis, abandonado, alcohólico, con unos cuantos kilos de más, llega a una universidad tan guapa como la gente que pulula por ella. Se encuentra allí con una profesora que de inmediato comienza el asedio encamador, al mismo tiempo que una estudiante (deslumbrante, deliciosa, cautivadora Emma Stone) inicia su propio recorrido: de la admiración a la fascinación, de ahí al enamoramiento y finalmente al intercambio horizontal.

A mí, profesor de filosofía durante unos cuantos años ya, jamás me ha ocurrido tal cosa: ni se me ha presentado ninguna compañera en casa con una botella de single malt y el cuerpo ardiente, ni he notado admiración enamoradiza en las estudiantes. Claro que las mías son más pequeñas y eso ni se piensa ni se debe.

A continuación llega el giro de la película, que la transforma en una fábula moral, en un dilema como hay muchos en cualquier libro de ética, pero que arrastra a la película en su segunda parte a una temática similar a Match Point, aunque con referencias al cine de Hitchcock (Extraños en un tren). Me interesa algo más, pero en este tramo tampoco alcanza lo que podría y debería.

Salí del cine pensando que me había gustado pero.

Unos días después, más madurado el juicio, me doy cuenta de que tengo la sensación de que Woody Allen no se ha esforzado demasiado y que ha hecho un producto a medio gas. Su cine al ralentí sigue siendo mejor que la ramplona cartelera habitual. Gustará a muchos; lo que oí saliendo del cine eran comentarios favorables, pero la temática daba para mucho más y conservo una sensación epidérmica de lo que allí vi. No me basta con esas alusiones explícitas a Dostoievski, ni siquiera la cita tan gastada de Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal.

Son muchos los que piensan que Woody Allen rueda con el piloto automático. También yo. Tiene muchos fieles, como si el director neoyorquino fuera un tótem o una fuente inagotable de ideas geniales. Yo no soy de ésos. Precisamente porque he admirado gran parte de su filmografía, por su estilo, porque hacía su cine y no películas para las salas de cine.

Joaquin Phoenix, como siempre, espléndido, un papel a su medida, creíble incluso en las escenas menos creíbles. También los demás actores están estupendos, nada que objetar. Es otra cosa lo que le pasa a la película, una suerte de decepción por haber visto algo que es bueno pero.

Y, por último, la música. En todas las películas de Woody Allen hay excelentes bandas sonoras, casi siempre de un jazz clásico y preciso. Aquí no: unos pocos compases nos acompañan de principio a fin, machaconamente, escoltando a  la filosofía, al sexo y al footing. Menos mal que Emma Stone, a veces, interpreta a Bach al piano…

Finalmente, un consejo: no se fíen de los profesores de filosofía que saben reparar ascensores ni de las novias que, cuando ganan en la feria, prefieren como regalo una linterna a una muñeca pepona.


domingo, 27 de septiembre de 2015

LA IDENTIDAD

Me voy a dormir. Tengo gripe y el cuerpo alterado, no sé si por los patógenos asaltantes que me producen erráticos dolores o por mi chute de Frenadol (soy un adicto, lo sé).

Me voy a dormir mientras escucho la radio y la enfermedad me distancia de la discusión sobre las consecuencias de la identidad. Mientras me cepillo los dientes se me ocurre que el nacionalismo es una forma política (y con cierto peligro, palabra que constituye una potencialidad, no un daño objetivo) de platonismo. Y así, con los piños desbordando espuma (no es rabia perruna, lo juro), llego a la conclusión de que Hume tenía razón, que la identidad es una ficción metafísica que solo hilvana la memoria, una creencia sin fundamento lógico, cosida con los hilos de sentimientos y recuerdos. Un supuesto.

Cierro la puerta del cuarto de aseo y aún escucho tenuemente la maravillosa voz de mi vecina cantado en árabe algo que tiene aires de música pop.

Antes de meterme en la cama oigo a destacados líderes hablar en el idioma del país al que no quieren pertenecer. Algunos también hablan otros idiomas. Y se me ocurre antes de arroparme que también eso es su identidad, y tal vez la mía, que comprendo el catalán, lo leo, y hasta lo hablo a trompicones si la ocasión lo exige. Pero sin orgullo ni prejuicio. Así, tal cual, con naturalidad.

Seguramente es que no comprendo la cosa, tal vez porque dejé de ser platónico al abandonar la adolescencia. Y luego me hice kantiano, de esos de la crítica y las condiciones de posibilidad y la universalizabilidad del imperativo categórico y la paz perpetua. Y luego algo nietzscheano, bastante camusiano y muy de Zweig, Orwell y tantos otros. O sea, que la identidad, de refilón y epidérmica. A lo mejor es que lo mío es un chop suey identitario, un charneguismo nómada. Qué se yo.

Ahora que estoy ya a punto de apagar la luz siento los dolores imprecisos y concretos de la enfermedad. Y entonces pienso que lo de la identidad debe ser algo más corporal que no comprendo. Pero eso no puede evitar que tenga tantas ganas de dejar el Frenadol éste, aunque está rico el condenado, y cogerme el single malt e incluso un buen cava de Sant Sadurní d’Anoia. Molt fred, natürlich.


https://www.youtube.com/watch?v=K5KAc5CoCuk

lunes, 21 de septiembre de 2015

PIERRE BONNARD

Domingo de otoño. Invasión de luz. Suena una música que cada uno escucha diferente (solo parecemos silenciosos). En algún lugar, Marthe y Pierre, sobre todo ellos, vivieron cada día, se amaron con altibajos, hicieron casi todo lo que hacen las parejas cada día. Marthe caminaba por la casa, se daba un baño. La toilette. Pierre mira, toma los pinceles, busca ángulos.


lunes, 14 de septiembre de 2015

EL EFECTO MOQUETA

Tengo que investigar en internet de qué están hechas las moquetas. No se da gran importancia al tema, pero es la causa seguramente de graves desajustes sociales.

Es el conocido efecto moqueta.

Lo padecen personas corrientes que, por su causa, creen no serlo ya. Puede verse afectado cualquiera de nosotros: profesionales, padres y madres de familia, futboleros, gente que compra a tu lado en el super, taxistas, jardineros... Pero es llegar la moqueta y todo cambia.

El efecto moqueta tiene consecuencias inmediatas sobe el orden social. Ese compañero de trabajo (vecino, amigo…), se transforma en cuanto siente la moqueta bajo sus pies. Crece en tamaño y apostura, precisa vestuario ad hoc, ahueca las palabras, aumentan sus conocimientos y se siente legitimado para el liderazgo (que sus liderados no opinen lo mismo es otra cuestión).

Debe ser, insisto, alguna hebra o corpúsculo que se introduce por ruta aérea en las vías respiratorias, y de ahí al resto del cuerpo hasta constituirse en precursor de media docena de neurotransmisores aún por descubrir.

Porque mira que es difícil que esos tipos (y tipas, no hay distinción de género) sigan tendiendo puentes con la realidad de la que hace tan poco han salido, a la que deberían seguir perteneciendo. Qué complicado resulta que sigan escuchando, que pregunten a los que saben, que entiendan de dónde vienen, cuál es su función y sus limitaciones. Pues no.

El efecto moqueta (sin duda son las fibras textiles que inadvertidamente se adentran en sangre y cerebro) provoca distancia, arrogancia y soberbia. Y aún más, disgusto por el hecho de que los mandados, plebeyos de loseta y sintasol, no agradezcan debidamente los desvelos del líder.

Si algo nos ha enseñado estos años es que el poder se ejerce sin contemplaciones. Sin piedad. Será eso que digo: el efecto moqueta.


Con el deseo de que S. y R., a las que tengo en estima personal y profesional, no sucumban a él, ahora que han ascendido a zonas de poder y decisión.