“En el control de Inmigración el viajero novicio tiene
su primera experiencia en la complejidad organizativa de las colas
norteamericanas, en las que hay algo de cuerda de presos y de distribución del
flujo del ganado, como un desafío a la torpeza del que llega y no sabe nada, al
miedo del inmigrante que no sabe el idioma y no está seguro de traer en regla
todos los papeles o de haber rellenado correctamente los formularios de color
blanco o de color verde que se distribuyeron en el avión (…). A mí siempre me
da miedo ese momento del viaje”.
Antonio Muñoz Molina: Ventanas de Manhattan
En NY es tan común que el taxista sea hindú como el camarero mexicano, el tendero coreano o el que ayuda a descifrar el mapa un polaco de cuarta generación. Los policías son mayoritariamente negros, inmensos.
Hace no demasiado que todos ellos llegaron a NY y al resto de los Estados Unidos. Por la fuerza, por la fuerza de las circunstancias. Desde China, Italia, desde Europa Central, desde América latina, en barcos negreros que arrojaban la mercancía superviviente…
Los
inmigrantes tenían que hacer un alto obligatorio en la Isla de Ellis. Los
trámites aduaneros eran engorrosos, ofensivos. Aquellos que salen de la aduana
enfadados por el displicente e imperativo trato que dan los funcionarios a los
que llegan al país, deberían recordar o estudiar lo que pasaba antes.
Hoy, tras muchos
años de abandono, la Isla de Ellis es el Museo de la Inmigración. No es uno de
los grandes hitos turísticos de la ciudad, muchos visitantes la ignorarían si
no estuviera incluida en el billete que los lleva a la isla en la que se yergue
la Estatua de la Libertad. Qué paradoja: ven desde tu tierra al país de la
libertad y te someteremos a todo tipo de preguntas, te trataremos como a un
sospechoso, te preguntaremos si padeces enfermedades cuya existencia ignoras,
te marcaremos la ropa con tiza para indicar tu estatus sanitario, mental o
penal. Dejaremos entrar a los que consideramos adecuados, perfectos. No otra cosa es el control aduanero, y no sólo allí,
desde luego.
Es un lugar que recomiendo a todos. A mí me turbó su visita, desasosegadora como el
recuerdo de una mala acción que no conseguimos olvidar. Estuve largo rato
mirando las fotografías hechas a aquella gente. Vi su mirada de pobreza y
miedo. Vi la incomprensión de aquellos que reciben órdenes en idiomas que no
conocen. Me dejé interrogar desde el pasado y me invadió el aturdimiento por la
falta de respuestas. Sobre todo, sentí un enamoramiento piadoso por esta chica
albanesa, cuyos ojos honrados y tristes se conservaban para siempre tras el
cristal. Sentí que me interrogaba con la mirada, que quería mover los labios
para decirme algo en su idioma. Me hubiese gustado conocer su historia,
imaginarla.
Qué
hermosa joven. Qué sería de ella.
La isla de Ellis parece cosa de película, pero no lo era.
ResponderEliminarQuizás el hecho de que USA esté conformada, a modo de un monstruo de Frankenstein, por tantos de tantos lugares, hace que tantos insistan tanto en todo aquello de la bandera, el himno, el ser un buen americano o el God Bless America de los dólares.
Me parece que yo no viviría allí de no ser en alguna gran ubre, perdón, urbe.
Es muy bonito lo que dices de la chica albanesa, quizás entre los nietos de sus nietos haya algún escritor, una ingeniero química, un librero de viejo o alguna actriz casi tan hermosa como ella.
Yo siempre he pensado algo así, qué rara obsesión por la unidad y los símbolos en un país que casi no tiene historia (poco más de 200 años) y está hecho de retazos de otras culturas. Sin embargo, percibes esa identidad, mucho más que la omnipresente bandera.
EliminarYo me sentí cómodo en Manhattan, pero dicen que Estados Unidos es un país rural, y que NY es una anomalía. No lo sé, sólo lo conozco por las películas, y temo que eso no es suficiente información.
Me impresionó esa fotografía, los surcos de sus labios, la mirada directa. Escribe una historia.
No sabía la historia de la isla de Ellis. Y que ahora es un museo: está bien que quede constancia del pasado, porque olvidamos pronto.
ResponderEliminarLa foto es magnífica, con esa mirada que traspasa, que dice tanto. El último párrafo es bello y conmovedor. Hace pensar en los que nos precedieron, en los que se acaban de ir, en los que se irán buscando un futuro mejor.
Gracias por tus crónicas neoyorkinas. Son muy completas.
Gracias a ti. Supongo que les pasa a muchos lo mismo que a mí: mi percepción va esclareciéndose y ordenándose a medida que la traduzco con palabras. Hay sensaciones confusas, erráticas, casi un síntoma corporal. Con esta crónica pasaba algo parecido. Pensé cerrar el ciclo con cinco, pero esta mañana ha salido esta sexta, casi de corrido.
EliminarMiro a la joven albanesa y mis problemas me parecen ridículos.
Vi un reportaje sobre esta isla hace tiempo. Sacaron las fotografías de las que hablas y no pude evitar plantearme muchas cuestiones de las que narras en el post. Ella es bellísima, al igual que las palabras que la dedicas a ella y a todos los que por allí pasaron. A mí también me ha cautivado su mirada. Un abrazo, Atticus.
ResponderEliminarPues... no sé qué decir. Gracias. Me alegro de compartir con vosotros esas sensaciones. ¿Recuerdas algún dato más sobre el documental?
EliminarLa verdad es que no mucho más porque fue hace tiempo. Sí me quedé con la voz emocionada de la mujer que iba narrando mientras caminaba en aquel lugar. Se me pusieron los pelos de punta. Gracias a ti, Atticus, es un placer pasar por tu blog. Gracias por compartir con nosotros tanto. Besos.
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