No todos tienen esta manía o costumbre, pero yo viajo siempre con un par de libros al lugar que visito. Libros de allí, claro está. Uno es la imprescindible guía. El otro suele ser una novela o libro de poemas. La resaca del viaje hace el resto: sigo leyendo una vez he vuelo.
Para visitar Lisboa recomiendo El libro del desasosiego, de Pessoa o bien unos poemas suyos para
ser leídos en el barrio de Alfama mientras el atardecer se derrama sobre el
Tajo. También serán buenos compañeros Antonio Tabucchi (Sostiene Pereira) y Antonio Muñoz Molina (El inverno en Lisboa y la reciente Como la sombra que se va).
A Sicilia me llevaría las obras completas de Andrea Camilleri
y su impagable comisario Montalbano. A Barcelona todas las aventuras del
charnego investigador Pepe Carvalho, precisamente de Vázquez Montalbán.
A Turín me llevé a Pavese, a Nietzsche y, especialmente, a
Primo Levi. Estar delante de los lugares en los que vivieron, frecuentaron o
enloquecieron es una experiencia tan emotiva como visitar catedrales o museos.
Aún más.
Casi nadie visita Estocolmo sin haber oído hablar de la trilogía Millenium, y de su gran hallazgo: la insociable hacker Lisbeth Salander. Por cierto, hay una ruta por los lugares que describen sus cientos de páginas. Un poco más al sur, en Escania, el inspector Wallander nos muestra sin concesiones lo peor de la sociedad sueca. También en Noruega ocurren cosas poco paradisíacas, si hacemos caso al escritor Jo Nesbø. Y en Islandia, que he descubierto hace poco de la mano de Arnaldur Indridason. El ideal escandinavo ha cambiado desde que leemos su narrativa. Incluso el divertidísimo Arto Paasilinna nos muestra una trastienda de Finlandia poco apetecible.
El Edimburgo descrito por Robert Louis Stevenson en El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr.
Hyde ya no existe, pero qué importa: perseguimos ecos, huellas. Podríamos
huir de allí con él a los mares del sur y leer El diablo en la botella. O con Jack London, o con Poe… Siempre
viajes.
En París es imprescindible detenerse en el Café de Flore, en
el que Sartre y Simone de Beauvoir bebían y escribían. Y, al cruzar la calle,
cenar en el Lipp’s, en el que podíamos encontrar a mediados del pasado siglo a
Albert Camus. Ya no están, y su presencia sólo se nota en el exagerado precio
de las consumiciones.
A Grecia me llevaría sin dudarlo el poemario de Enrique
Badosa titulado Mapa de Grecia, cuyas
páginas amarillean al mismo tiempo que mi pelo encanece. Me enseñó que “ni
siquiera es amarga la cicuta, / si debemos brindar por la verdad”. Y le pondría
la banda sonora de Lluís Llach, que tradujo a música el eterno poema de
Cavafis.
Y luego está Verne. Y toda la ciencia-ficción. Pero esos son otros viajes y será otro día.
Primera foto: https://misiglo.wordpress.com/
Segunda foto: http://www.larutademillennium.com/estocolmo/millennium/lugares.php
Tercera foto: http://www.dondeviajar.net/wp-content/uploads/2011/02/millen-yanan-li450.jpg
Segunda foto: http://www.larutademillennium.com/estocolmo/millennium/lugares.php
Tercera foto: http://www.dondeviajar.net/wp-content/uploads/2011/02/millen-yanan-li450.jpg
De algún libro que mencionas he tomado nota; otros ya los he leído. Ahora estoy leyendo a Carvahlo, y me está resultando un detective diferente. No sé, quizá me imaginaba un Colombo. En una semana me voy a Sevilla, pero no me llevaré ninguna lectura ambientada allí. Seguramente empiece un libro sobre los niños que son educados en casa por sus padres. Siempre viajo con un libro o dos, si el primero está en sus últimas páginas, pero no suelo elegir la ambientación del lugar donde voy. Pero no sería mala idea. Besos.
ResponderEliminarCarvalho es un tipo sin comparación posible, muy local. No sé si por eso más universal. Yo, que comencé leyendo a Vázquez Montalbán hace mucho, he ido adaptando el detective a su tiempo, tiene multitud de referencias temporales. La pena es que ya no habrá más. Desde luego, nada que ver con Colombo, Carvalho es mucho mejor (cada cual en su estilo).
EliminarNo me viene a la cabeza ninguna literatura sevillana. Conozco a Emilio Lledó, pero temo que la filosofía no te interese demasiado. También a Machado, aunque su poesía es más castellana que sevillana, donde nació. Si no recuerdo mal, Juan Bonilla escribió "Nadie conoce a nadie", que está ambientada en Sevilla, en la expo 92. Corregidme si no es así: sólo he visto la peli y no me acabó. Seguro que hay muchísimo más y que los tipos brillantes que de vez en cuando pasan por aquí recuerdan algún título más.
A los 20 años compré una edición cutrebarata de “La condición humana”, de André Malraux. En una estación de ferrocarriles, la de Alicante.
ResponderEliminarDesde entonces y hasta mucho después seguí con esa abominable costumbre de viajar, comprar libros y leer. Ya pasó.
Veo que practicas el binomio por variadas geografías físicas y de género. Sea para bien.
(… me pregunto si leer un libro de viajes en un viaje es una redundancia).
Veo que te estás quitando en serio. Te advierto que es peor que la heroína.
EliminarLeyéndote, me ha venido a la memoria que, hace también mucho, compré en la estación de tren de Murcia "El misterio de la cripta embrujada", de Eduardo Mendoza. Unas dos horas después, cuando llegaba a mi destino, acabé la novela. Tengo esa lectura asociada al gozo: volvía de la mili y, lo que más deseaba en ese momento, era leer. Bueno, y dejar de una vez esa relación tóxica que en aquel tiempo mantenía.
Yo no me he apeado de la adicción. Eso sí, cuando viajo llevo siempre e-book para la ficción. Por el peso.
Libros de viajes es pleonasmo. Desde luego.
Fíjate, yo me recorrí la Alcarria, un lugar próximo al que tú vives, con el libro de Cela; la Mancha, con el "Quijote"; Oxford, con "Todas las almas", e incluso Venecia, con "Los papeles de Aspern" (una ciudad que me maravilló cuando creía que ya nada me podía maravillar). También flipé mucho en París, en el café de Flore. Y Londres, que es (o era) pura literatura. Una extraña simbiosis esa de la literatura y las ciudades.
ResponderEliminarVaya, otro confundido.
EliminarEl libro de Cela está más que bien. De la época gloriosa. El libro de Marías me gustó muchísimo, aunque la ciudad no la conozco; naturalmente, iré con él cuando proceda. A Venecia he ido unas cuantas veces, pero siempre la asocio al libro de Thomas Mann.
Lo del Flore está más que bien. Aunque los precios sean escandalosos, no es el café lo que pagas. A mí me parece bastante natural esa simbiosis.
Uffff, que bien me vienen tus consejos, porque quiero visitar Lisboa pronto. Cuando viajo a un lugar, hago como tú, me informo bien de los lugares que uno no se puede perder (con la adecuada guía de viajes) y a veces, leo otras cosas sobre la ciudad, anécdotas, etc, es la mejor manera de recordarlo todo en el futuro.
ResponderEliminarBesos
Pues no sabes cómo me alegro de que mis comentarios tengan éxito. Lisboa te encantará si no la conoces. Pero mucho. Es una ciudad literaria.
ResponderEliminarQué post tan hermoso, Atticus. Me evocó un viaje que hice a los alrededores de Oporto para visitar los poemas de Antonio Nobre. Luego encontré un libro suyo en portugués, con unas ilustraciones magníficas,en una librería maravillosa... Fui hiperfeliz :)
ResponderEliminarOporto será lo suguiente. Y me llevaré al poeta que mencionas. Tú siempre dando toques de qualité...
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