miércoles, 17 de agosto de 2016

YO, MÍ, ME, CONMIGO

La megalomanía del personal es infinita. Y mi paciencia cada día menor, aunque hago ejercicios espirituales para mejorarla.

Viene esto a cuento de algunas personas que, como reza el título del post, derrochan el yo, el , el me, el para mí, el conmigo e incluso el sin mí.  Son imprescindibles para el mundo.

Hablo de esos tipos y tipas que tienen una vida tan insignificante como la mía, como la de casi todos. Ésos que creen que su oficina sería incapaz de gestionar nada sin su imprescindible trabajo. Ésos que tienen una familia (mi familia) mejor que ninguna en el mundo planetario galáctico interestelar. Ésos que se han metido en política para mejorar la vida de los demás (porque en mi ayuntamiento/comunidad/país hacen falta personas con criterio y sin ataduras, o sea, como yo). Ésos que tienen amigos, qué digo, esos que hablan siempre de mis amigos, con un sentido patrimonial que indica que son suyos y no pueden serlo de nadie más, no en el mismo sentido, no con la misma intensidad. Esos que hacen un curso (mi curso, mi universidad) que tiene la mayor enjundia desde que el ser humano se ha puesto a pensar.

Qué fatiga, Dios mío, qué cargantes.

Son ésos a los que te encuentras en la playa, en la piscina, en el bar a la hora del vermut... Tú estás inmerso en las páginas de un libro -un suponer- y te preguntan (como si no lo vieran) qué lees. “La última novela de Muñoz Molina”, respondes. “Pues yo”, comienzan, “creo que es un autor venido a menos porque el reconocimiento oficial ha estropeado su compromiso y se ha convertido en previsible, se repite; yo ahora prefiero los autores menos conocidos de editoriales independientes, porque a este país le hace falta cambiar, regenerarse, en literatura y en todo lo demás, ya está bien de lo de siempre, he visto en internet un foro literario -porque participo en foros, ya lo sabes- y allí discutimos de literatura y de historia; tengo un amigo catedrático de filosofía que me dice que lo que escribo tiene rigor intelectual y que es punzante, vamos, que voy al núcleo de la cuestión; pues eso, que mi amigo el catedrático publicó el otro día en el foro que gente como yo hace falta para cambiar el país, y había un cenutrio por allí, un fachorro de ésos que se metía sin saber dónde, porque esto está abierto a todos, pero ya sabes que algunos como no saben nada de nada, dicen tonterías mientras yo y mis amigos intentamos dar nivel a la discusión. Anoche estuve hasta las dos discutiendo sobre la hucha de las pensiones y lo que está dilapidando este gobierno que no tenemos, ya sabes que yo he sido siempre muy crítico con el poder porque en el foro intentamos ir al fondo de las cosas, sin dejar que otros piensen por nosotros…”.

A estas alturas hace tiempo que he desconectado. Creí que me preguntaba por el libro de Muñoz Molina, pero veo que no.

“Bueno, me voy a preparar la comida. ¿Tú cocinas?”, me pregunta al despedirse. “Lo justo, pasta, arroz y un par de cosas más”. Mal hecho, he vuelto a entrar al trapo: “Pues yo me voy antes de la playa porque tengo que preparar la comida, hoy vienen mis amigos a comer, mis hijos no porque están de vacaciones en el extranjero, pero a veces cocino para quince. Les voy a hacer una recreación de gazpacho, pero con sandía y cítricos y un aceite de trufa que me trae mi hijo Borja del Maestrazgo, porque tú conocerás el Maestrazgo, ¿verdad?, y después un arroz crujiente al estilo tunecino con pasas y aromatizado con especias que mi amiga Patricia me trajo este verano, porque Patricia me quiere mucho y siempre se acuerda de mí cuando viaja, no sabes qué viajes, sí, Patricia, la que se casó con el Delegado de Hacienda; después voy a rellenar con castañas y zanahoria una aleta de ternera gallega acompañada de crujiente de calabacín. Lo que no tengo claro es el postre, pero mi amigo Juan Antonio, el director del banco, seguro que trae algo porque ahí donde lo ves lo suyo es la repostería, pero claro, qué haría el banco sin él; un hombre muy sencillo, vale mucho, pero a él nunca lo oirás presumir. No sé, tendré preparado un poco de helado de melón con piñones caramelizados por si no se le ocurre. Y el vino, ay, el vino, no se me ocurre. ¿Tú sabes de vinos?”.

“No mucho, pero hace calor, yo pondría un rosado fresco que va con todo”, me atrevo a sugerir, sintiéndome un bobo.

“Eso había pensado yo. Un rioja, o un ribera, he leído que son mejores. Me dijo mi amigo Arturo, el que tienen una agencia de publicidad, que antes los rosados que se podían encontrar eran casi todos de Navarra, pero ya no. Dice Arturo, que viaja mucho y estuvo en un curso en las bodegas del Marqués… ahora no me viene a la cabeza qué marqués, que el mejor vino blanco es cualquier tinto, pero es que tienes razón: un rosado va con todo, es como los básicos del armario, seguro que mi amigo Arturo me riñe por poner un rosado, pero claro, es que es verano, y enfriar un tinto ni hablar, eso sí que está prohibido, me lo dijo Arturo, sólo vale para que bebas hielo, para disimular un mal vino. Yo se lo dije a mi hija Lourdes, que no hija, que el tinto a temperatura ambiente, que parece mentira que seas mi hija; si no quieres, entonces agua, que es un regalo del cielo, pero no me pongas el vino tinto en la nevera, que además estás aplastando el suflé de patata con curry”.

“Un rosado, lo mejor. Y si Arturo trae tinto os lo tomáis, pero un rosado siempre está bien. Eso sí, que no sea espumoso”.

“¿No te gustan las burbujas? Pues yo creo que dan chispa a las comidas, alegría. Aunque tienes razón porque donde esté un vino con cuerpo… Pero, claro, el champán es otra cosa, no sé si has comido con champán alguna vez, no digo al final, con los pasteles, sino durante la comida. Pues en casa de mis amigos Manoli y Alejandro todas las cenas son con champán, no sabes qué elegancia. Manoli ha vivido mucho en París y dice que allí es una religión. Cuando voy yo descorchan el Moët. En su casa no beben otra cosa. Ellos saben que yo no entiendo de vinos, así que cuando me invitan llevo siempre algo de primero, que ya sabes que a mí me gusta cocinar porque mis amigos dicen que he nacido para esto, que están encantados con que vaya a menudo a su casa porque mi conversación y lo que les cuento de los foros en los que participo…, eso sí que es cultura de verdad, yo siempre participando en literatura y en política. Ellos son más de la vieja escuela, leer y viajar, dicen que Internet es para los jóvenes, pero claro, como les digo, lo que soy yo. ¿Te he dicho que estoy en un foro de discusión sobre macroeconomía? Bueno, te voy a dejar, que no llego a preparar la comida, otro día te cuento lo de la economía; un catedrático de la universidad de Deusto me preguntó si me dedicaba a las finanzas por un párrafo que escribí contra las políticas fiscales de Montoro y la necesidad de invertir en el futuro de los ciudadanos de este país. Otro día te cuento, que he dejado el horno encendido a baja temperatura”.

Pues eso. Y yo me quedo en mi triste silla de playa, abismado sobre la última novela de Muñoz Molina -es un suponer-, ese insignificante juntaletras, sin que amigos de tanta relevancia me inviten a comer con champán francés y crujientes de foie sobre lecho de frutos rojos pochados en Oporto, con mi  lamentable microeconomía a cuestas y pensando si el queso que echaré por encima a los macarrones será emmental o parmesano en polvo, qué digo, triste imitación del súper de la esquina. Qué triste es mi vida. Mi vida.

jueves, 11 de agosto de 2016

PREMIOS LITERARIOS

Paseaba el otro día por blogs ajenos y leí en Páginas y Secretos algo sobre los premios literarios y los criterios que se utilizan para darlos. Confieso mi ignorancia al respecto. Además, premios hay de muchos tipos. Me parece (pero sólo es una opinión) que los Planeta son más comerciales que los Nadal, que tienen el prurito de la calidad (otra cosa es que lo tengan). Los Planeta, además, son concedidos a autores que ya gozan del favor del público -negocio asegurado para ambos: escritor y editorial-, lo que no siempre ocurre con los Nadal.

No es que me parezca mal que se vendan muchos libros, tampoco que se haga publicidad. Lo malo es que los libros premiados ocupan la práctica totalidad de los escaparates y lugares principales de librerías y páginas dedicadas a la cosa lectora, con menoscabo de otros. Parece que lo nuevo y lo bueno fueran lo mismo, y no es así (tampoco necesariamente lo contrario).

De modo que, pensando en eso, eché un vistazo a mi memoria y a mi biblioteca y me di cuenta de que sí he leído unos cuantos de ambos premios, casi veinte. Dejo los Pulitzer por no hacer esto demasiado largo, y también los Nobel, a los que ya dediqué un post (por cierto, supongo, Lady Aliena, que te refieres a los premios escandinavos cuando hablas de García Márquez y de Hemingway, aunque éste también mereció un Pulitzer por El viejo y el mar).

De los Planeta he leído éstos:

1978: La muchacha de las bragas de oro, de Juan Marsé. No recuerdo nada de la novela. Sin embargo, Marsé es un autor que me gusta y al que leí en su tiempo con pasión. Me encantó El amante bilingüe. Por supuesto, Si te dicen que caí.

1979: Los mares del Sur, de Manuel Vázquez Montalbán. Maravilloso Carvalho en uno de los casos más interesantes. Incluso más filosófico, si se me permite, con ese final que parece un cuento moral. España debe mucho al grandísimo escritor MVM, mucho más que un premio Planeta.

1983:La guerra del general Escobar, de José Luis Olaizola. Sin ser una gran obra, sí me interesó esta historia de fidelidad y coherencia. No se ha escrito tanto sobre la Guerra Civil como la gente cree, no desde esta perspectiva

1991: El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina. En mi humilde opinión, el mejor premio Planeta y una de las mejores obras del autor. Rara coincidencia entre libro premiado y calidad literaria. Tocho sin concesiones. De los que uno agradece haber leído. Autor imprenscindible, clásico contemporáneo.

1995: La mirada del otro, de Fernando G. Delgado. No le vi interés ni calidad por ningún lado. Lectura fácil, pero poco más. Lo regalo.

1997: La tempestad, de Juan Manuel de Prada. Lo leí cuando ganó el premio y me gustó. Lo releí hace un par de años y no tanto. No obstante, el autor me parece espléndido, clásico (es un halago) y creo que aún está por escribir su gran obra. Me gustaron especialmente su volumen de relatos El silencio del patinador y Las máscaras del héroe.

1999: Melocotones helados, de Espido Freire. No recuerdo la trama, pero sí el envolvente estilo. Me gusta como escribe Espido Freire, es reconocible, hipnótica, muy sugerente. Encontrar un estilo propio no es fácil y esta escritora lo posee.

2006: La fortuna de MatildaTurpin, de Álvaro Pombo. Otro de los grandes. Lectura de este verano. Maravillosa. Introspectiva, familiar, psicológica, metafísica a veces. Estupenda literatura y nada popular. No obstante, no creo que se lo hubieran dado si no fuera su autor quien es.

2007: El mundo, de Juan José Millás. Obra menor de un autor interesante. Ya la he olvidado.

2009: Contra el viento, de Ángeles Caso. No creo que sea una obra cumbre de la literatura, pero sí una buena historia narrada con oficio y que convence al lector.

2010Riña de gatos. Madrid 1936, de  Eduardo Mendoza. Si fuera de otro, resultaría hasta divertida, pero en el caso de Eduardo Mendoza, es muy mejorable y -gran pecado en comedias- se hace interminable. Pero a Mendoza cómo no darle el Planeta…

2012: La marca del meridiano, de Lorenzo Silva. Me estoy repitiendo. Sigo con pasión la serie de los picoletos investigadores, que es excelente y que marcará una época en la literatura reciente. Sin embargo ésta es, sin duda, la peor de todas. Una pena: Lorenzo Silva es de los que más me gustan entre los que escriben por aquí y creo que tenía que haber escrito una novela más intensa y compleja. Bevilacqua y Chamorro lo merecían.

Respecto al Nadal, mi primer premiado se remonta a 1975, de los anteriores no he leído nada. A muchos ni los conozco (no se lo digáis a nadie).

1975: Las ninfas, de Francisco Umbral. Hay que olvidarse del personaje Umbral para encontrar un grandísimo narrador. No sé qué pensaría hoy, la leí muy joven y me maravilló.

1990: La soledad era esto, de Juan José Millás, libro que compré por su título y que me gustó, mucho más que el Planeta que dieron a su autor. Creo que pertenece a la mejor época de Millás o, al menos, a la que me interesa a mí.

1994: Azul, de Rosa Regàs. Bonita historia, muy poética. He leído dos novelas más de la autora, pero Azul es, sin duda, la que más me gusta.

2000: El alquimista impaciente, de Lorenzo Silva. Mi descubrimiento de este autor. Premio muy merecido y novela mucho mejor que otra de la serie (que no saga, como suele decirse) por la que le dieron el Planeta. Merece la pena empezar por ella, aunque no es la primera de la serie de los guardiaciviles, que comienza con El lejano país de los estanques, novela con sorprendentes similitudes con el caso Wanninkhof, que tuvo lugar un año después de la publicación del libro.

2004: El camino de los ingleses, de Antonio Soler. Me extrañó ya en tiempos que pasara tan desapercibida. Por el premio y porque es una sólida novela de personajes, de pasiones, de sentimientos. Muy bien narrada. Una curiosidad: Antonio Banderas dirigió una peli a partir de este novela, también muy estimable a mi juicio e igualmente poco apreciada.

2010: Lo que esconde tu nombre, de Clara Sánchez. Pues eso, que lo esconda. Dicen que escribe bien. A mí no me ha dicho nada ni ésta ni otras dos de la autora, del mismo estilo. No niego que sea buena escritora, simplemente no escribe para mí.

2012: El temblor del héroe, de Álvaro Pombo. Es la única obra de este narrador que no me ha gustado, tal vez por el tono, por el tema… No sé, pero la acabé con sensación de cansancio y sin placer por su lectura, con una impresión de sordidez que no me gustaba ni me parecía propia del elegante estilista Pombo.


Vaya testamento agosteño que he soltado. Lo siento, friends. En el siguiente post me pondré más ligero y escribiré con chanclas y bermudas. Pero es que es difícil mudar la piel a no ser que uno sea ofidio. No es el caso. Por ahora.


https://www.youtube.com/watch?v=_5-pBkwyUxc

domingo, 7 de agosto de 2016

VUDÚ DESDE LA HABITACIÓN DE AL LADO


Mamen Solanas escribe como es. Sin embargo, hay en sus versos que parecen ingenuos (no lo son) una distancia que viene del conocimiento y una intensidad que viene de la pasión por vivir.

La poesía es el género en que se dice más con menos, en el que se habla de lo que no se puede hablar, en el que las palabras se retuercen como ramas de olivo, se desudan de sus habituales significados y - arte de magia- dicen mucho más de lo posible.

Una lectura superficial del libro de poemas (breve, artesanal) de Mamen Solanas diría que es un conjunto de versos de sencilla escritura y comprensión. Eso es que no se ha leído bien. “De hacer el amor juntos / me quedaron solamente las agujetas”. Estos versos dan para una tarde, para una semana, hay un desamor doloroso pero también generosamente vivido, sin rencor, sin venganzas, un desapego del pasado que se adhiere como barro al alma.

“Por fin un poco de mal tiempo. / Para que los buenos días me pillen por / sorpresa”. Imagino una mirada mientras alguien se viste rápidamente, bebe sin tiempo el café… y la otra persona asoma la cabeza, sonríe despeinada, besa en los labios y dice buenos días; y de repente el día en el que aún no es de día se transforma y es otro.

No sigo. El que lo desee, que se haga con él. Su editorial pronto lo pondrá a la venta a través de Internet. Dejo los enlaces de la editorial y de un ensayo de la misma autora que puede comprarse en Amazon.

Mi favorito: “Tu falta de memoria / es tu exceso de amor”.




domingo, 31 de julio de 2016

CUATRO MICROHISTORIAS MICROMUSICALES





I

Debía ser mi cumpleaños, hace tanto... Recuerdo que llovía sin disipar el calor pegajoso. T. me regaló un doble vinilo de Stan Getz y Astrud Gilberto. Lo escuchamos juntos muchas veces. Y un día comencé a escucharlo sólo. La llegada del CD lo desterró al fondo de un altillo. Ella estaba desterrada varios años antes.



II

Invité a cenar a L. y ella aceptó. Era una noche clara de final de primavera. Mientras iba a recogerla a su casa observaba el cielo y en el equipo de música de mi coche sonaba un CD de Carla Bruni. Cuatro horas y muchas palabras después seguí escuchándolo, en singular. Di un rodeo para llegar a casa hasta que el sueño convirtió en peligrosa la conducción.



III

Ella me pidió una copia, pero nunca llegué a hacerla. Escuchábamos las canciones de Amaral una y otra vez, recogía a M. para ir al cine, o para salir a cenar y luego volver a mi casa o a la suya. Siempre Amaral. Camino del aeropuerto puse el  CD por última vez. Lo tuve en la guantera unos meses hasta que lo regalé con la inútil esperanza de olvidarla.



IV

Hoy es domingo, último día de julio. Mañana comienza un mes en el que recuerdo frecuentemente a Y. Compré un CD de grandes éxitos de Claudio Baglioni porque ella tarareaba Questo piccolo grande amore a menudo. pero la recuerdo especialmente en agosto porque ese mes de aquel año pasé muchas tardes solo, confundiendo un amor pequeño con un grande amore. Éramos jóvenes, demasiado.