lunes, 23 de abril de 2018

PATHOS DE ABRIL

Decía Marco Aurelio que si suprimes la frase “se me ha herido” suprimirás la herida.

Si no he entendido mal, Husserl propuso algo similar: la epojé.

Creo que gran parte de la meditación zen (soy casi un completo ignorante) y los ideales helenísticos de ataraxia y aponía van por ahí.

Kant discurre por otros terrenos. Mejor no me arrimo a Nietzsche, Marx o Freud. Sospecho que no se avendrían a chalaneos ni componendas con el alma renunciadora.

Virtudes hay de muchos tipos. Practico algunas.


(Me vais a perdonar si en este post no respondo a vuestros comentarios, siempre tan amables).



sábado, 14 de abril de 2018

JUAN MAYORGA

Durante el último año he visto un par de veces la obra El cartógrafo, de Juan Mayorga. Creo que con ésta van unas cuantas (La tortuga de Darwin, El chico de la última fila, Cartas de amor a Stalin, La paz perpetua, El arte de la entrevista, Reikiavik  y, claro, El cartógrafo).

Algunas las he visto en Madrid; otras, tras algún intento infructuoso, en Alcalá de Henares e incluso en Guadalajara. Menos mal que no hay interés por la cultura…

En una de ellas un conocido común me presentó al autor. Charlamos un rato. Le dije que en sus obras veía la precisión de las matemáticas y la profundidad de la filosofía (conoce ambas materias, es doctor en Filosofía y fue profesor de Matemáticas). Me dio su tarjeta. Le escribí y nos enviamos unos pocos correos. En uno de ellos le pedía que me dedicase su volumen de obras de teatro para regalárselo a una amiga. Lo hizo, desde luego, espero que ella lo aprecie y le hayan gustado las que no conocía.

Hace poco, casi unas horas, fue nombrado miembro de la Real Academia, silla M, la que ocupaba Carlos Bousoño. Me alegré claro, aunque ignoro los méritos de la filóloga que competía con él.

Para quien no conozca a este autor, mejor que un currículum que cualquiera puede consultar en Internet, yo remitiría a sus obras. De todas las anteriores, salvo de El arte de la entrevista, he salido sobrecogido. Muy especialmente de La paz perpetua y de El cartógrafo, con una interpretación  inolvidable de Blanca Portillo en esta última.

Siempre tengo la sensación de que necesito verlas otra vez, y no porque sean pelmas o farragosas, sino porque el contenido es hondo y de tanta calidad que no se agotan en una visión. También La tortuga de Darwin la he visto un par de veces y algunas otras he podido leerlas en papel, pese a que el teatro es para verlo y no tanto para leerlo.

Se hizo una película de El chico de la última fila, más que estimable, francesa, que se tituló en España En la casa (Dans la maison, François Ozon, 2012), inequívocamente francesa pero fiel al texto. Escribí un post sobre ella que incluyo al final.

No quiero hacer de esta entrada una reflexión erudita; mucho menos darme el pisto de conocer al autor. Sólo es una invitación a compartir la experiencia que he tenido con sus obras, ahora que puede ser más conocido alguien que ya lo era en ese ámbito.





Procedencia de las fotografías:
http://elrinconcillodereche.blogspot.com.es/2013/11/juan-mayorga-entiendo-el-teatro-como-un.html
https://madridesteatro.com/el-cartografo-de-juan-mayorga/


jueves, 5 de abril de 2018

TURISTAS



A mí los turistas no me molestan, pero sí los vándalos.

Soy un turista. Procuro molestar lo menos posible. Sé que camino despacio, que miro a mi alrededor y que me detengo a veces sin motivo aparente para los locales que van al trabajo o a la compra semanal. Probablemente les molesto.

Los turistas llevamos dinero. También algún que otro inconveniente. El principal: el encarecimiento de la vivienda y los productos asociados al territorio turistizable. Comprendo perfectamente a los comerciantes, propietarios de apartamentos y a los que se buscan la vida a costa del guiri. También comprendo a los que intentan hacer vida corriente sin conseguirlo.

En Venecia hay mucha gente que los odia. Hay ciudades, como ésta, que son un verdadero parque temático: turbas enloquecidas entran cada día. Muchos no traen más que suciedad, desconocen la utilidad de las papeleras y creen que el paisaje urbano sólo está ahí para que ellos se hagan un selfi y lo cuelguen inmediatamente en sus redes sociales.

Entiendo que se proyecte cobrar entrada a la ciudad. Los turistas tienen un coste y no siempre lo que comen y compran compensa.

Algunos son especialmente puercos y dejan la huella en monumentos milenarios en forma de garabatos con su nombre y fecha, como si fueran adolescentes descerebrados. Al menos lo segundo lo son. Mejor harían en contratar el canal Viajar: no hay destrozos, como no sean unos rayujos a su tele particular.

En realidad, se agrupa bajo el nombre de turista a una fauna muy diversa. El conocimiento que se tiene viajando es mucho, pero hay que mostrar un respeto máximo y una curiosidad mínima. Si en nuestra casa no lo haríamos: ¿por qué allí sí?

No entiendo esa turismofobia de algunos, mucho menos esa turismofobia agresiva, violenta a veces, pueblerina, de los que quieren vivir sin contacto con el exterior, de los de la pureza de la raza y la cultura. Ellos verán si su ideal de ciudadanía es Atapuerca; el mío desde luego que no.

Intento mantener ese equilibrio aristotélico, el punto medio. También en esto.


Procedencia de las imágenes:
https://www.absolutviajes.com/quieren-regular-la-cantidad-de-turistas-que-visitan-venecia/
http://www.ideal.es/granada/201602/21/albaicin-contara-seis-camaras-20160220142429.html


jueves, 29 de marzo de 2018

BOLUDECES XXIII: ENCONTRADO/PERDIDO


Si yo fuese más diestro para los idiomas de lo que soy, aún disfrutaría más de lo que me voy encontrando cundo viajo. Hay juegos de palabras, paradojas, falsos amigos, etc., que me hacen sonreír o pensar.

Hace unos días estuve en Toulouse (que recomiendo, así como las cercanas Albi y Carcassonne). En la estación de tren había este cartel que fotografié. Nosotros, los españoles, perdemos los objetos. Pertenecen a la categoría del “mío”: soy yo quien lo pierde. Al parecer, lo mismo les ocurre a los británicos (lost).

Sin embargo, en Francia, en el momento en que alguien recoge el objeto pasa a ser trouvé y no perdu. Que sea encontrado tiene sentido; lo que no tiene tanto es que un objeto hallado siga siendo perdido para nosotros, ya no está perdido, pese a lo cual lo seguimos llamando así, con un desafecto desdeñoso. Será por eso por lo que -según he leído- en España no suelen reclamarse esos objetos, que pasan definitivamente a la categoría de “perdidos” en lugar de a la gozosa de “encontrados”.