jueves, 22 de septiembre de 2016

REIVINDICACIÓN (OCASIONAL) DE HARRY EL SUCIO

-Una vez le pegué a un tipo. La única vez en mi vida. Pero no me imagino atizándole a una mujer.

-¿Por qué le diste? –preguntó Brunetti. (…)

-Fue en el vaporetto (…). Había un hombre a mi lado, a la izquierda, y delante de él había una niña pequeña. Bueno, no tan pequeña, porque debía de tener unos trece años; de todos modos, no dejaba de ser una niña. Cuando él pensó que no lo miraba nadie, se inclinó hacia un lado, le puso la mano en el culo y apretó. Pero no quitó la mano. Yo me fijé en la cría, una chavalita muy guapa que llevaba puesto un vestido. Era verano, así que era fino. (…) La niña lo miró, pero él sonrió y no apartó la mano. Estaba asustada; avergonzada, incomodísima. (…) Así que le aticé un puñetazo en el estómago. (…) Se quedó doblado, y cuando tenía la cabeza a la altura de mis rodillas, me agaché y le dije: “Si vuelves a hacerlo, te mato,” -Suspiró-. Nunca había hecho algo así; nunca había perdido el control de esa manera.

-¿Qué hizo él? –preguntó Brunetti.

-Se bajó en la siguiente parada y no he vuelto a verlo nunca más.

-¿Y la chica?

A Rizzardi se le iluminó la cara.

-Me dijo: “Gracias, signore”, y sonrió. (…) Nunca me había sentido tan orgulloso de mí mismo como en aquel momento. (…) Sé que debería avergonzarme, pero no.

-¿Volverías a hacerlo? -quiso saber Brunetti.

-Sin ni siquiera pensármelo –respondió el doctor, y se echó a reír.


Donna Leon: El huevo de oro, ed. Seix Barral, páginas 173-174



domingo, 11 de septiembre de 2016

SEQUÍA AUNQUE PAT METHENY

Hablábamos CrisC y yo la otra noche de lo natural que resulta escribir; a mí me resulta extraño lo que me dice tanta gente, y mucha de ella universitaria: que escribir es difícil, que no les sale.

Pero me doy cuenta de que últimamente escribo poco. Y en el blog espacio un poco más las entradas. En el “fondo de armario” que tengo en mi PC (se llama Federico) hay muy poco material disponible.

No sé si será el calor o la inminencia del curso que siempre me inquieta. O que no siempre tiene uno algo que decir. O que me hago mayor y prudente a la vez.

Hoy he vuelto a casa desde la costa, cuatro horas de viaje, poco tráfico. Iba pensando en que me pondría a escribir cuando llegase. Y en la música del coche iban sonando temas de álbumes de Pat Metheny que no conocía: “Our Spanish Love Song”, “Love Theme (from ‘Cinema Paradiso’)”... Y he seguido escuchando y no he podido escribir nada más.




jueves, 1 de septiembre de 2016

LA BUENA VOLUNTAD



"Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad".

Immanuel Kant: Fundamentación de la metafísica de las costumbres (ed. Austral, p.27).

miércoles, 17 de agosto de 2016

YO, MÍ, ME, CONMIGO

La megalomanía del personal es infinita. Y mi paciencia cada día menor, aunque hago ejercicios espirituales para mejorarla.

Viene esto a cuento de algunas personas que, como reza el título del post, derrochan el yo, el , el me, el para mí, el conmigo e incluso el sin mí.  Son imprescindibles para el mundo.

Hablo de esos tipos y tipas que tienen una vida tan insignificante como la mía, como la de casi todos. Ésos que creen que su oficina sería incapaz de gestionar nada sin su imprescindible trabajo. Ésos que tienen una familia (mi familia) mejor que ninguna en el mundo planetario galáctico interestelar. Ésos que se han metido en política para mejorar la vida de los demás (porque en mi ayuntamiento/comunidad/país hacen falta personas con criterio y sin ataduras, o sea, como yo). Ésos que tienen amigos, qué digo, esos que hablan siempre de mis amigos, con un sentido patrimonial que indica que son suyos y no pueden serlo de nadie más, no en el mismo sentido, no con la misma intensidad. Esos que hacen un curso (mi curso, mi universidad) que tiene la mayor enjundia desde que el ser humano se ha puesto a pensar.

Qué fatiga, Dios mío, qué cargantes.

Son ésos a los que te encuentras en la playa, en la piscina, en el bar a la hora del vermut... Tú estás inmerso en las páginas de un libro -un suponer- y te preguntan (como si no lo vieran) qué lees. “La última novela de Muñoz Molina”, respondes. “Pues yo”, comienzan, “creo que es un autor venido a menos porque el reconocimiento oficial ha estropeado su compromiso y se ha convertido en previsible, se repite; yo ahora prefiero los autores menos conocidos de editoriales independientes, porque a este país le hace falta cambiar, regenerarse, en literatura y en todo lo demás, ya está bien de lo de siempre, he visto en internet un foro literario -porque participo en foros, ya lo sabes- y allí discutimos de literatura y de historia; tengo un amigo catedrático de filosofía que me dice que lo que escribo tiene rigor intelectual y que es punzante, vamos, que voy al núcleo de la cuestión; pues eso, que mi amigo el catedrático publicó el otro día en el foro que gente como yo hace falta para cambiar el país, y había un cenutrio por allí, un fachorro de ésos que se metía sin saber dónde, porque esto está abierto a todos, pero ya sabes que algunos como no saben nada de nada, dicen tonterías mientras yo y mis amigos intentamos dar nivel a la discusión. Anoche estuve hasta las dos discutiendo sobre la hucha de las pensiones y lo que está dilapidando este gobierno que no tenemos, ya sabes que yo he sido siempre muy crítico con el poder porque en el foro intentamos ir al fondo de las cosas, sin dejar que otros piensen por nosotros…”.

A estas alturas hace tiempo que he desconectado. Creí que me preguntaba por el libro de Muñoz Molina, pero veo que no.

“Bueno, me voy a preparar la comida. ¿Tú cocinas?”, me pregunta al despedirse. “Lo justo, pasta, arroz y un par de cosas más”. Mal hecho, he vuelto a entrar al trapo: “Pues yo me voy antes de la playa porque tengo que preparar la comida, hoy vienen mis amigos a comer, mis hijos no porque están de vacaciones en el extranjero, pero a veces cocino para quince. Les voy a hacer una recreación de gazpacho, pero con sandía y cítricos y un aceite de trufa que me trae mi hijo Borja del Maestrazgo, porque tú conocerás el Maestrazgo, ¿verdad?, y después un arroz crujiente al estilo tunecino con pasas y aromatizado con especias que mi amiga Patricia me trajo este verano, porque Patricia me quiere mucho y siempre se acuerda de mí cuando viaja, no sabes qué viajes, sí, Patricia, la que se casó con el Delegado de Hacienda; después voy a rellenar con castañas y zanahoria una aleta de ternera gallega acompañada de crujiente de calabacín. Lo que no tengo claro es el postre, pero mi amigo Juan Antonio, el director del banco, seguro que trae algo porque ahí donde lo ves lo suyo es la repostería, pero claro, qué haría el banco sin él; un hombre muy sencillo, vale mucho, pero a él nunca lo oirás presumir. No sé, tendré preparado un poco de helado de melón con piñones caramelizados por si no se le ocurre. Y el vino, ay, el vino, no se me ocurre. ¿Tú sabes de vinos?”.

“No mucho, pero hace calor, yo pondría un rosado fresco que va con todo”, me atrevo a sugerir, sintiéndome un bobo.

“Eso había pensado yo. Un rioja, o un ribera, he leído que son mejores. Me dijo mi amigo Arturo, el que tienen una agencia de publicidad, que antes los rosados que se podían encontrar eran casi todos de Navarra, pero ya no. Dice Arturo, que viaja mucho y estuvo en un curso en las bodegas del Marqués… ahora no me viene a la cabeza qué marqués, que el mejor vino blanco es cualquier tinto, pero es que tienes razón: un rosado va con todo, es como los básicos del armario, seguro que mi amigo Arturo me riñe por poner un rosado, pero claro, es que es verano, y enfriar un tinto ni hablar, eso sí que está prohibido, me lo dijo Arturo, sólo vale para que bebas hielo, para disimular un mal vino. Yo se lo dije a mi hija Lourdes, que no hija, que el tinto a temperatura ambiente, que parece mentira que seas mi hija; si no quieres, entonces agua, que es un regalo del cielo, pero no me pongas el vino tinto en la nevera, que además estás aplastando el suflé de patata con curry”.

“Un rosado, lo mejor. Y si Arturo trae tinto os lo tomáis, pero un rosado siempre está bien. Eso sí, que no sea espumoso”.

“¿No te gustan las burbujas? Pues yo creo que dan chispa a las comidas, alegría. Aunque tienes razón porque donde esté un vino con cuerpo… Pero, claro, el champán es otra cosa, no sé si has comido con champán alguna vez, no digo al final, con los pasteles, sino durante la comida. Pues en casa de mis amigos Manoli y Alejandro todas las cenas son con champán, no sabes qué elegancia. Manoli ha vivido mucho en París y dice que allí es una religión. Cuando voy yo descorchan el Moët. En su casa no beben otra cosa. Ellos saben que yo no entiendo de vinos, así que cuando me invitan llevo siempre algo de primero, que ya sabes que a mí me gusta cocinar porque mis amigos dicen que he nacido para esto, que están encantados con que vaya a menudo a su casa porque mi conversación y lo que les cuento de los foros en los que participo…, eso sí que es cultura de verdad, yo siempre participando en literatura y en política. Ellos son más de la vieja escuela, leer y viajar, dicen que Internet es para los jóvenes, pero claro, como les digo, lo que soy yo. ¿Te he dicho que estoy en un foro de discusión sobre macroeconomía? Bueno, te voy a dejar, que no llego a preparar la comida, otro día te cuento lo de la economía; un catedrático de la universidad de Deusto me preguntó si me dedicaba a las finanzas por un párrafo que escribí contra las políticas fiscales de Montoro y la necesidad de invertir en el futuro de los ciudadanos de este país. Otro día te cuento, que he dejado el horno encendido a baja temperatura”.

Pues eso. Y yo me quedo en mi triste silla de playa, abismado sobre la última novela de Muñoz Molina -es un suponer-, ese insignificante juntaletras, sin que amigos de tanta relevancia me inviten a comer con champán francés y crujientes de foie sobre lecho de frutos rojos pochados en Oporto, con mi  lamentable microeconomía a cuestas y pensando si el queso que echaré por encima a los macarrones será emmental o parmesano en polvo, qué digo, triste imitación del súper de la esquina. Qué triste es mi vida. Mi vida.