martes 13 de marzo de 2012

NADER Y SIMIN. UNA SEPARACIÓN

Subyugado estoy por la peli que vi hace unos días. Ya saben mis amigos que siento debilidad por el cine del iraní Abbas Kiarostami (con excepción de la pretenciosa Copia certificada). Fui a ver la película de otro director iraní, Asghar Farhadi, absolutamente desconocido para mí, con el premio Oscar recién estrenado y unos cuantos más de otros festivales importantes. Esto, en mi opinión, le otorga un barniz de reconocimiento contra el que voy prevenido.

Pero no. Comienza la película con un plano largo, sin movimiento de cámara, en el que un juez interroga a Nader y a Simin sobre los motivos de su petición de divorcio. No vemos al juez: la cámara sólo los muestra a ellos, y nos parece un tanto irrelevante lo que cuentan.

Pasamos a la vida corriente: ella quiere irse al extranjero, él cuida a un padre con Alzheimer, del que no puede ocuparse a tiempo completo, por lo ha de contratar a alguien. Tienen una hija adolescente. Sucede el drama.

No quiero contar nada, pero los acontecimientos no son lo que importa, sino ese trozo de vida magníficamente narrado, esos conflictos universales, que nos llegan pese a estar rodados en un país lejanísimo con una cultura que no entendemos y sobre la cual estamos llenos de prejuicios. Pero sí entendemos, no somos tan distintos.

Algunas observaciones: todos, absolutamente todos los personajes (y son muchos), están maravillosamente interpretados, sin sobreactuaciones, sin falsas poses de no profesionalismo. No obstante, nadie como la hija.

También me parece interesante el papel de la religión, que se ve en las dos mujeres protagonistas: casi occidentalizada la primera, pero absolutamente impregnada de su espíritu la segunda, la que ha sido contratada para cuidar al padre. No sé si el director quiere hacer una crítica al papel del Islam en Irán, pero hay un par de escenas que probablemente no sean azarosas: en una, la cuidadora marca un número de teléfono para hacer a una autoridad religiosa la siguiente pregunta: ¿puede una mujer musulmana lavar a un anciano que posee incontinencia urinaria (lo que supone que ha de verlo desnudo), aunque no sea su marido? Está angustiada, su fe puede más que su piedad. En la otra, no obstante, la religión le impide mentir, aun sabiendo que sería lo conveniente, lo productivo. Esa mujer es prisionera de sus creencias, no es capaz de pensar más allá de ellas, ha elegido sus muros. Frente a la imposible mentira, el hombre que la ha contratado sí miente: su hija está por encima de la religión en su jerarquía de valores.

La sobresaliente interpretación se extiende al resto de los personajes, incluidos los dos varones que se enfrentan, el enloquecido por su situación personal y laboral y el desbordado por su fragmentada familia en la que ni siquiera es capaz de ofrecer a su hija un modelo de conducta. Y también el juez ante el que comparecen ambos, esta vez visible, relevante, desconcertado y sobrepasado por un caso en el todos parecen tener razón (porque ese es un gran mérito del director: no hay buenos y malos, sino una empatía generalizada que evita el maniqueísmo).

Dije a la salida del cine que el final fue lo único que no me gustó, que me pareció prescindible. Tranquilos, no lo cuento. Cuando llegué a casa me di cuenta de mi error. Sin él, la película no es redonda, no nos vamos con el alma inquieta. Es un cierre que nos deja a todos en la butaca, esperando lo que no acaba de llegar… porque no puede llegar.

No es una película étnica; es un modelo de cómo hacer cine universal. No os la perdáis.

Os pongo el enlace, pero ojo con él, porque cuenta casi toda la película.

miércoles 7 de marzo de 2012

CANCIONES DEL NO-VERANO 13: AITA GUREA

Bello es lo que, sin concepto, place universalmente”
Immanuel Kant: Crítica del Juicio

El viernes pasado tuve la suerte de asistir al concierto de presentación del grupo vocal Kromátika en una iglesia de Guadalajara. Mejorable escenario, todo hay que decirlo. Pero se me olvidó rápidamente en cuanto se pusieron a cantar. Dios mío: si algo se parece a la belleza era eso.

Soy persona poco creyente, pero si me hubiera descuidado un poco, seguro que empiezo a asumir que ésa es la banda sonora del más allá; porque en el más acá solo hay ruido, grosería y banalidad. Cerré los ojos, y no por aburrimiento, sino para que la vista no me distrajese ni un segundo. En algún momento estuve en ningún lugar; tal vez la experiencia estética es una variante de la experiencia religiosa, o al revés.

Aunque es un grupo coral del que no debe destacarse más que la labor del todo y de su directora (Elisa Gómez), las voces de los solistas Pilar y Xavier merecen un estremecimiento aparte.

De todo el repertorio, creo que estuvieron especialmente sublimes en este “Aita Gurea”.

viernes 2 de marzo de 2012

PAREJAS EN CRISIS

“El amor (…) desde que está entreverado con la institución ha quedado completamente apátrida y desprotegido”
 Hannah Arendt: Diario filosófico 1950-1973; citado por Manuel Cruz: Amo, luego existo. Los filósofos y el amor, p. 179


Me estoy quedando sin amigos emparejados. Sobre todo sin amigas emparejadas. Será la edad. Porque con veintitantos se pastelea o se ennovia el personal. Con los treinta acudes a bodas y bodorrios. A los cuarenta asistes a sus cuitas y desafectos y, muy frecuentemente, a sus separaciones y divorcios. Algunos de ellos, reincidentes, vuelven al casorio, casi siempre con más discreción y por lo civil (lo militar no va mucho en estas segundas partes, con la madre enpeinetada y el padre de pingüino…, como que no).

Me cuentan que la cosa afectiva no va. Y en ellos hay una constante: hablan con respeto y hasta con elegancia, sin detalles escabrosos o íntimos, que no deben salir del ámbito de la pareja. Y me llama la atención en todos los casos algo común: una sensación de decepción, de error renovado y de cansancio, de desconcierto. Pero nunca veo deseos de venganza o irritación; acaso, y no siempre, cierto arrepentimiento y sentimiento de culpa. Tal vez por eso son mis amigas (también algún varón), por su saber estar, porque la vida no ha pasado por ellas en vano; han aprendido, hemos aprendido todos. Son generosas hasta en esto, y cierran la puerta con suavidad, se van sin exigir y sin gritar. No se permiten el rencor.

Yo nunca sé si estoy a la altura. No sé qué decir en estos casos. A veces pienso que me limito a poner las orejas y dejar que hablen. Perdonadme si no se me ocurre ninguna frase que os produzca consuelo o sentido. Es que no la tengo. En parte porque a vuestras parejas (o ex parejas) las conozco también, y no debo ser parte, aunque casi nunca se da el caso de que uno sea igual de amigo de ambos, qué difícil. Pero igualmente porque lo que yo diga no va a cambiar nada ni va a aliviar ningún dolor. Tengo la impresión de que, en estos casos, lo que alguien necesita no es que le escuchen, sino escucharse. Que no le molesten mucho mientras va desgranando palabras, decisiones necesarias y dudas.

Pero hay vida, queridas, queridos. Lo sabemos. Volver a hablar en singular no debería ser un drama.

sábado 25 de febrero de 2012

UN DÍA ENFERMO

Mi médico me dijo el jueves que no era nada, que el viernes como nuevo. Beber agua sin medida y de vez en cuanto un paracetamol.

Pero llega la noche: a las diez y media ya estoy en la cama. Ay, me sube la fiebre, me duele todo el cuerpo. Me levanto a expulsar el líquido que he bebido y tiemblo como si estuviéramos bajo cero. Toso violentamente y el pecho parece romperse. No consigo conciliar el sueño desde las cinco de la mañana. Me asalta un duermevela confuso, con sueños absurdos e inquietantes.

De modo que no puedo ir a trabajar y vuelvo al médico, que pone cara de reñirme porque no he mejorado, sino al revés. Añade ibuprofeno al tratamiento y me promete que el lunes estaré perfectamente. Soy un funcionario modelo: la enfermedad para el fin de semana.

No quiero, naturalmente, decir que estoy muy mal. Una gripe es absolutamente común y pasajera, plebeya, casi democrática; pero qué mal te sientes, con ese cuerpo que no es tuyo, con una cabeza que te perforan dos antidisturbios. De madrugada tenía 38 grados, que es la fiebre con la que los varones hacemos testamento. Pienso si habrá notario de guardia para casos así...

Por la mañana deambulo por la casa y me arrastro del sofá a la cocina y de ahí al cuarto de aseo. Pongo la tele. En mi ingenuidad pienso que tal vez haya algo interesante… ¡Dios!: Undangarín en todas las cadenas, y también la tipa ésta que, tras arruinar a su entidad bancaria y a los ahorradores, aún demanda a su caja de ahorros por despido improcedente. Soraya&Soraya juegan una y otra vez al “y tú más”, da igual el tema. En una cadena hay un debate sobre la intervención policial en Valencia y los recortes en la enseñanza. Un individuo niega los recortes y afirma que la policía actuó con mesura ante la provocación de la izquierda. Lo dice con energía y convicción. No estaba enterado de que emitieran pornografía a estas horas.

Me voy a La Sexta 3, ponen “Todo Cine”, pero no paran de repetir lo mismo. Cambio de cadena: más Urdangarín. Para mí, la tele mañanera es tan ajena como la flora de Marte, así que me alucina su vaciedad y sinsustancia. En Tele 5 empieza “De buena ley”: un padre de 70 años le dice a su hijo que es gay y el vástago monta en cólera. Me sorprende la homofobia de gente que no ha cumplido 30 años: uno de ellos dice echar de menos la ley de peligrosidad social; pienso que él sí es un peligro social, así como la cadena y el programa que ponen todos los días un micro ante sus fauces. Me paso a los telediarios, que ya han empezado: más de Urdangarín y de la banquera avariciosa, más de los recortes negados y de las manis de Valencia.

Me tomo el enésimo paracetamol. Debo ducharme pero me duele mucho la cabeza y tengo escalofríos. Me miro al espejo: qué ruina. Cojo toallas limpias y abro el grifo. Si llego en este estado al médico, me ingresa en el hospital.

viernes 17 de febrero de 2012

MEJORAR EL MUNDO: ALBERT CAMUS IV

Me decía un compañero de trabajo que, con el paso de los años, renuncias a grandes metas, pero no a colaborar en mejorar mínimamente la sociedad en la que te toca vivir. Se refería al dignísimo trabajo de profesor. Porque no vamos a cambiar el mundo, pero sí podemos conseguir que nuestros alumnos aprendan algo, que se sientan contagiados por el conocimiento, la música, el arte o la magia de las matemáticas. Es poco, cierto, pero esas pequeñas sumas hacen que tengamos de vez en cuando alguna que otra perla y, en todo caso, que colaboremos a no incrementar la estupidez general. Ya que no parece muy posible la utopía ilustrada del progreso moral y material ilimitado, al menos seamos conscientes de que lo que hacemos vale la pena. Aunque solo seamos un modesto freno, un paraguas para protegernos del tsunami.

Tomando un vino con él le he dicho que iba a escribir sobre esto e inmediatamente he pensado en mi recurrente Albert Camus (hacía mucho que no le dedicaba un post). Cuando le dieron el Premio Nobel pronunció un discurso del que quiero extraer un fragmento. Los que creen que es un nihilista es que no han leído ni siquiera esto:

Durante más de veinte años de historia demencial, perdido sin remedio, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años en la época de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados a la guerra de España, a la segunda guerra mundial, al universo de los campos de concentración, a la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. (…)

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga.




La ilustración es de André Letria
y está tomada del blog: artesadepalabras.blogspot.com/