viernes, 17 de agosto de 2018

UNAS PÁGINAS CONVERSACIONALES

17-A. Para todos aquellos de cuya vida y palabras nos privaron los asesinos hace un año.





Llevo todo el verano con un libro de Ángel Gabilondo, El salto del ángel. Es fruto de la recopilación de lo que publicó en su blog del mismo nombre. Lo reviso ahora y veo que escribió entre 2012 y 2015. No sé si seguirá con él alguna vez. En la primera entrada le hice un comentario.

Le he escuchado en directo en un par de ocasiones. Me maravilla la capacidad de relacionar lo cotidiano con lo metafísico, a Aristóteles con la cesta de la compra.

He puesto en Twitter alguna foto de las citas que voy subrayando en mi tocho, que hace mi visita a la playa/piscina un tanto pesada (tiene más de 700 páginas). Uno de los tuits lleva 317 “likes” y 127 retuits. Curioso, nunca me había ocurrido.

No obstante, lo que más me gusta del libro es la sensación de elegante conversación y reflexión con el autor. Me doy cuenta de que es algo escaso. Tenemos muchas palabras, pero poca conversación. Sé que estoy en un momento de mi vida de poca tolerancia con algunas situaciones y personas. No soy amigo de dar voces ni portazos, simplemente me retiro plácidamente y evito encuentros que no me satisfacen. Cuando puedo.

Algunos de éstos son directamente tóxicos y hay que protegerse con coraza. Muchas veces sí podemos evitar la presencia de personas cuyos hechos o palabras (las palabras son hechos) nos hieren, pero no siempre: está el trabajo y muchas e intrincadas relaciones familiares o de otro tipo. Este curso que comenzará pronto cambio de centro: me propongo implicarme sólo lo necesario, blindar estoicamente mi débil equilibrio emocional y pensar que el trabajo es parte de la vida, pero no es la vida.

Luego hay otro grupo de personas que son prescindibles en su relación conmigo. Ojo, no estoy despreciando a nadie, simplemente no son para mí, no son lo mío. Como yo no soy para ellos, naturalmente. Nuestros círculos e intereses no se tocan, nuestras palabras no se alcanzan. No siempre podemos evitar a estas personas y tampoco hacen daño: en el mundo somos muchos y las relaciones sustanciales se tienen con pocos. Y relaciones hay de muchos tipos.

Por último, está el otro grupo, muy reducido. No sólo hablamos de personas con las que estás bien, sino de personas con las que quieres estar. Esta es la clave. En unos casos es por afinidad de caracteres e intereses; en otros porque son seres humanos de los que hay mucho que aprender. En muy pocos porque la conversación es rica, incluso cuando se trata de banalidades.

Reflexionando este verano, me estoy dando cuenta de que hay algunas cosas que me gustan y otras que aborrezco en mi relación conversacional con otros.

Me gusta la ligereza en el diálogo, pero no la insignificancia. Como he dicho antes, la banalidad puede valer como punto de partida, pero no como único argumento: la banalidad full time es agotadora.

Me gusta el respeto en el intercambio de frases. Me doy cuenta de que algunos tienen un rígido sistema de principios (¿creencias?, ¿prejuicios?) que hacen imposible la escucha si no es bajo el paraguas de su cosmovisión. Muchos de ellos convierten cualquier conversación en un juicio sumarísimo a los demás. Lo siento, no soporto esa superioridad moral no solicitada. Tengo poco que decir, pero al menos dame la oportunidad de hacerlo. Los juzgadores a tiempo completo son especialmente insoportables. Prefiero evitar la presencia de la reencarnación de Torquemada.

Me gusta la conversación plácida, sin reloj, sin móviles. Me gusta la gente que tiene gracia al hablar (no hablo de ser gracioso). Muchos de éstos son personas de elevada cultura que no la exhiben pomposamente, sino que la utilizan para acercarse a ti e hilar juntos un tejido de afinidades. Es la generosidad del logos.

Por el contrario, esos que desprecian, ningunean, incluso insultan, me resultan insoportablemente fétidos. Mucho más los que extienden a su compañera/o sentimental ese desprecio y humillación públicas. Me dan más asco que la piel de un sapo.

Así que, como no siempre tengo la oportunidad de elegir interlocutores, me doy al vicio solitario de leer. Sigo con Gabilondo. Estoy también con una maravilla de Benjamín Prado (Marea humana) y a punto de empezar la novela gráfica Sufragistas.

A los que leéis -¡y más aún a quienes comentáis en el blog- os ubico en el grupo de las personas con las que quiero estar. No os conozco cara a cara, a muchos no. Bien, qué importa eso.




Procedencia de las imágenes:
1. http://cadenaser.com/programa/2015/07/28/hoy_por_hoy/1438073332_213059.html
2. Mi ejemplar del libro, p. 26.



jueves, 26 de julio de 2018

BESOS Y FELIZ VERANO


Esta tarde, mientras planchaba bajo el aire acondicionado (masoquista no soy) estaba viendo Cinema Paradiso y el Tour en las larguísimas interrupciones publicitarias (un ojo en la plancha y otro en la tele). Me gustó mucho cuando la vi y también las dos o tres veces que la volví a ver. Hoy algo menos, la he encontrado bastante moña y llena de trucos sentimentaloides, a pesar de lo cual me sigue llegando, es que soy un poco bobo por la parte del romanticismo ramplón.

Me gusta sobre todo esa última escena final, con los besos censurados y los tímidos desnudos iniciales en el cine.

Así que voy a aprovechar esos besos para mandarlos a todos los que leéis y ocasionalmente comentáis. Mañana me tomo unas vacaciones y voy a dejar de escribir dos o tres semanas por aquí.

Es raro, es la primera vez que lo hago; al contrario que CrisC, es en verano cuando más publico en el blog. Pero este año mis querencias van por otros lugares. Así que hasta pronto, queridos: besos y feliz verano.




miércoles, 18 de julio de 2018

CUATROCIENTOS Y PICO


300 fueron los espartanos que detuvieron al ejército de Jerjes en el Paso de las Termópilas.

Pero 400 fueron los golpes con que François Truffatut nos obsequió en aquella conmovedora película.

Me hubiera conformado con lo primero y ya estoy en lo segundo. No en los golpes, sino en las 400 entradas, 467 con ésta. Y eso que últimamente ando un poco disperso y esquivo en la cosa de escribir.

No tengo interés en aumentar esta pesada carga. Por lo tanto, hay que procurar transitar por la senda de la calidad, si es que puedo, que a lo mejor me estoy columpiando con pretensiones que no están a mi alcance.

No sé si en estos años lo he conseguido, supongo que no, a tenor de algún que otro abandono de comentaristas, que tuvieron un pico de más de 30 y ahora raramente llegan a los 10. Curiosamente, si escribo de libros suelen remontar hasta 15. Sin embargo, las visitas a cada post están entre 150 y 200. Esto me parece muy raro, tengo más visitas pero menos comentarios. Algo de esto se me escapa.

467 entradas serían un buen tocho, cada una de ellas tiene aproximadamente (no todas) entre uno y dos folios. Tengo casi para obras completas. Sobras completas, por mejor decir.

Repaso los otros números redondos. La número 100 fue una entrada de Canciones del no-verano, concretamente dedicada a Wim Mertens. Me sigue emocionando y enalteciendo. La número 200 “En la casa”, una reflexión sobre la estupenda película de François Ozon, que recuerdo bien. La 300 es otra serie, Boludeces, la dedicada a la supuesta campaña de promoción de la lectura. Me he divertido mucho con esta serie, hago muchas fotos callejeras, pero no quiero abusar ni aburrir al personal. La 400 va sobre el cine español de 2016.

Estamos a 18 de Julio. Ayer fui a visitar en Valencia unos refugios que se conservan de la guerra civil. Justamente ayer, qué curioso. Y hoy me doy cuenta de que hace mucho que no escribo para el blog, de que me duele la cabeza, de que estoy cansado. Y de que he espaciado más las entradas.

Autoconciencia bloguera, será eso.


Procedencia de la imagen:
http://www.myracingimages.com/galleries/MOTORBIKES/Amateur-Bikes-2/index.html



domingo, 8 de julio de 2018

VERANO LECTOR


Toda mi infancia la pasé leyendo. Los cinco, Los siete secretos, los tebeos de la editorial Bruguera, mi primer cómic (cuando aún no conocía esa palabra y era sólo un tebeo como los demás): El Príncipe Valiente

Todos los días, todo el día.

Cuando uno se hace adicto de niño no suele dejarlo en la adolescencia. Además, no había ese despliegue de pantallas que me distrajesen. Yo ya tenía mi dosis de realidad virtual.

Los veranos de la facultad, más de lo mismo. Dejaba aparcados los libros de estudio y me sumergía en los libros de placer. Un verano lo pasé escayolado, seis semanas. Me di a las drogas duras argentinas: Sabato, Borges, Cortázar…

Cuando recuerdo ese tiempo me invade la nostalgia del tiempo irrecuperable. Padezco en el día a día por no poder dedicar a la lectura placentera más de 15-20 minutos al día.

Pero llega el verano y es tiempo de leer sin tiempo limitado y a cualquier hora del día y de la noche. En la semana que llevamos de julio he devorado Hasta aquí hemos llegado, de Petros Márkaris, estoy terminando El problema de Spinoza (¡muy recomendable!) y he comenzado el segundo libro de la trilogía escrita por Eva Gª Sáenz de Urturi, Los ritos del agua

Qué gusto, qué lentitud gozosa.



https://elpais.com/elpais/2018/07/06/mira_que_te_lo_tengo_dicho/1530865596_280781.html

https://www.youtube.com/watch?v=o1dBg__wsuo


Procedencia de la imagen:
http://agenziaomicron.it/omicron/2017/09/25/classifica-premi-letterari-giallolatino-giallo-mondadori-e-beer-book/


sábado, 30 de junio de 2018

LOS BORROSOS LÍMITES DE LA ADOLESCENCIA Y EL SÍNDROME DE PETER PAN


No sé qué es un adolescente. En un bicho raro. Ni es niño ni adulto. Responde a reglas propias, que es un modo de decir que carece de ellas o que resultan incomprensibles. El adolescente acaba de salir de la factoría Disney y se embarca en proyectos que le vienen grandes. Quiere ser adulto antes de tiempo. Y le quedan muchos años de esa pantanosa cronología que alguien ha inventado.

Porque antes eso no existía. Un niño dejaba de serlo al abandonar la escuela para ponerse a trabajar, hacer la mili inmediatamente y, como allí ‘te hacían un hombre’, a la vuelta ya estaba preparado para formar familia y replicar los esquemas de sus antepasados. A las niñas les cambiaba la vida la transformación sexual que las transmutaba en ‘mozas’ a las que había que casar pronto para que no se permaneciesen solteras a la elevadísima edad de veintipocos añitos y se quedasen para vestir santos, como se decía entonces.

Ahora la adolescencia empieza pronto. Diez años, a veces antes. La biología impone un pequeño desfase entre sexos que la industria del consumo se encarga de minimizar. Si vamos adelantando la cosa, los años de potencial mercado se amplían. Y si logramos extender eso que llamamos ‘juventud’ (‘adolescencia’ queda un poco viejuno, como ‘pubertad’), mejor que mejor.

Todo el mundo habrá oído hablar del síndrome de Peter Pan. Que nadie lo busque en la clasificación de enfermedades. Un síndrome es un conjunto de síntomas de difícil catalogación, que parecen responder a algo sin que sepamos a qué exactamente. Más que una enfermedad parece una excusa o un fenómeno sociológico. En España hay mucho Peter Pan, parece que somos uno de los países de Europa con más apego al hogar paterno: los jóvenes de por aquí se van de casa a los 29 años, tres más que la media europea.

No es fácil analizar este dato con rigor. Sin duda, el precio de la vivienda era tan elevadísimo hasta hace poco que la convertía en un lujo. Cuando ha caído, ha arrastrado a las condiciones de trabajo, al trabajo mismo. De modo, que por unas cosas o por otras, nuestros jóvenes prologan estadísticamente este periodo durante casi veinte o veinticinco años. No todos, huelga decirlo.

Sin embargo, hay un grupo especial que todos reconocemos: esos ‘peterpanistas’ que sí poseen ocupación remunerada con cierta dignidad, que podrían independizarse y hacerse adultos de deberes, pero prefieren serlo sólo de derechos, anclarse en esa juventud infinita y gomosa. Son huéspedes en casa de los padres, van y vienen, comen, duermen, tienen ropa pulcra y planchada… Si las cosas se tuercen, el plato de comida nunca falta y la cama siempre tiene sábanas limpias. Algunos, con más suerte aún, poseen casa propia pagada en cómodas mensualidades, aunque siguen haciendo parada y fonda en el domicilio paterno y usando su lavadora. El propio se utiliza básicamente como picadero y escenario de fiestas.

No se ve el final de tanta juventud y el chicle hace tiempo que clausuró su vida útil. Milagrosamente, sigue estirándose. Sospecho que muchas de las características de esta vida muelle (sólo aparentemente: es una trampa) son las que padecemos cada día en el aula los profesores de secundaria. Y no hablo sólo de los alumnos.



Procedencia de las imágenes
https://aminoapps.com/c/disney-amino-espanol-2/page/blog/este-es-un-adios/X0RK_MdtguRxgwglp0X6orPmplpKggZv76
http://gestaltcadiz.blogspot.com/2015/12/crecer-para-que-sindrome-de-peter-pan.html