jueves, 17 de agosto de 2017

ARAMBURU 5: ‘VIAJE CON CLARA POR ALEMANIA’

Termino. Habéis tenido mucha paciencia conmigo y con este verano no del todo aramburero. Porque ha habido más libros. Llegarán.

De momento, una pequeña reflexión sobre esta última novela del escritor donostiarra que he leído estos dos últimos meses.

Viaje con Clara por Alemania tiene mucho de autobiográfico. No sé cuánto ni me importa. Cuenta la historia de un español (¿el propio Fernando Aramburu?, nunca se dice su nombre), casado con Clara, una profesora que ha publicado con más bien poco éxito alguna novela. La editorial de ella le encarga un viaje literario por el norte de Alemania. Y allá que se van, ella de año sabático y el de chico/marido para todo. Con su ratoncito (he leído que en Alemania se usa esa expresión igual que aquí se dice “cariño” o similares).

He leído el libro consultando a menudo Google Maps. Lo recomiendo. También recomiendo tener en cuenta que la historia está narrada por un español que lleva media vida allí (como el propio Aramburu). Seguro que alguno hace una lectura hispanocéntrica y le parece mal eso de que un español se atreva a analizar (y criticar) usos y costumbres alemanes. Yo creo que lo hace con cariño y respeto. Tampoco entiendo eso de que sólo puede hablar de un lugar el que ha nacido o lleva toda su vida allí.

No es antropología. No es sociología. Pero hay mucho de eso.

Es, me parece, un homenaje a ese país en el que el escritor/narrador vive muy a gusto sin dejar de ser nunca de donde es. (A alguien con tan poco arraigo nacionalista como yo le cuesta mucho explicar esto).

Recomiendo el libro a los que quieran pasar ratos magníficos. La mirada del narrador es la de cualquier marido (porque no se ahorran los problemas matrimoniales, ni los escarceos eróticos, ni la sintonía de muchos años juntos), pero es un marido que tiene una visión de sal gorda en algunos capítulos y en otros (a veces en los mismos) de una ironía y perspicacia finísimas.

Me he reído a carcajadas en la playa. También se me han humedecido a veces los ojos, especialmente en los capítulos que pasa en casa de la hermana de Clara: bofetadas de realidad, sordidez, necesidad de cariño y bondad a raudales.

Y he entendido perfectamente que, antes de iniciar el viaje, Clara se detiene delante de su colegio y le hace un corte de mangas.

En definitiva, recomendabilísimo este libro. Aramburu no debe ser oscurecido por Patria. Es un autor de múltiples registros, poseedor de un dominio del lenguaje sorprendente y que merece ser leído hacia atrás.

Ha sido el verano Aramburu. Un placer.




viernes, 11 de agosto de 2017

ARAMBURU 4: ‘FUEGOS CON LIMÓN’

Siempre que leo un libro intento ampliar información sobre él. Me entero así de que Fuegos con limón fue la primera novela que escribió Aramburu, con 40 años, aunque no su primer libro, que fue La letras entornadas. En una crítica en El país (abajo) leo una serie de datos sobre el escritor que reafirman que el tono autobiográfico que me parecía tan evidente en Fuegos con limón tiene fundamento.

La novela transcurre en San Sebastián a finales de los años 70. Un grupo de jóvenes, algunos simplemente adolescentes, otros en la veintena, se reúnen de un modo bastante peculiar para fundar un grupo surrealista, La placa (trasunto casi homófono de CLOC, el grupo igualmente surrealista del que formó parte Aramburu por esas fechas). El extenso libro (más de 600 páginas) es a la vez crónica social y crónica individual, un libro de personajes y su circunstancia.

En esa época, ETA ya hacía de las suyas y se preparaba para sus años más duros, los ochenta. ETA está en el libro, se la nombra, pero también se la ignora deliberadamente. Lo mismo ocurre con el nacionalismo más moderado y, por supuesto, no  asesino: Aramburu nos lleva a otra cosa, a contarnos historias de unos tipos estrafalarios que ningunean el nacionalismo y hacen mofa de él, que incluso es tratado un par de veces como un peaje molesto, pero no algo que les concierna directamente ni que sientan como propio. Su patria es la literatura, no el confuso y errático mundo de las esencias identitarias.

Sin embargo, los personajes no son exactamente apolíticos. En el último tercio del libro aparecerá una deriva del grupo más estrictamente política con la aparición de Rosa. Pero también hay escarnio del marxismo: un personaje tiene en su habitación fotocopias del careto de Carlos Marx, una por cada muchacha con la que se ha encamado.

Es curioso que, viviendo de una infancia menesterosa, algunos de ellos abracen el surrealismo y no la lucha política. Estos personajes aún siguen teniendo un presente muy duro. Concretamente, la muerte de uno de los progenitores en ambos casos y la presencia dolorosa del otro, enfermo, alcohólico en uno de ellos (terrible su final y la reacción del hijo).

La literatura es, en muchos de estos casos, una huida hacia la belleza y el sentido.

Me interesa mucho la relación entre los personajes. Izaskun Ayestarán, la chica de familia burguesa, reniega de sus orígenes (pero sólo de boquilla, no de cuenta corriente) con la literatura. Se dice liberada, pero necesita desesperadamente que la quieran. Josu Ruiz busca sentido, unidad y disciplina. Arrastra un drama familiar y, cómo no, necesita que le quieran. Parece más sólido de lo que es, pero no, la piel es frágil y se equivoca. Lo hace primero con Izaskun, luego con Rosa, condenadas a odiarse, arquetipos.

Algunos personajes secundarios son una delicia literaria. Pienso sobre todo en Cacharrito, que con su candor y bondad natural pone un contrapunto al absurdo, resentimiento y miserias de los miembros de La Placa. También pienso en otro, el de más breve recorrido, el filósofo alcalaíno Raúl Albaladejo. Pocas veces he leído algo tan esperpéntico y divertido como la estancia de este individuo en San Sebastián y cómo se deshacen de él cuando descubren que sólo es un vividor a cuenta ajena.

No me extiendo más. La novela es densa, coral, difícil a veces. El lenguaje es deliberadamente pretencioso, incluso antiguo a veces, como correspondería a aspirantes a literatos que aún tienen mucho que pulir. Recuerda a los clásicos de la literatura española, muy especialmente a la novela picaresca. El tono es difícil de describir: es crónica, es drama, es comedia; qué importa.

En cualquier caso, y una vez leídos unos pocos libros del autor, se constata en estas páginas lo que iba a ser después.

Recomendable, sin duda.


Reseña crítica de La letras entornadas:

Reseña crítica de Fuegos con limón:
http://www.revistadelibros.com/articulos/fuegos-con-limon-de-fernando-aramburu_1

domingo, 6 de agosto de 2017

ARAMBURU 3: ‘AÑOS LENTOS’

El tercer libro de Fernando Aramburu que he leído este verano es Años lentos, su sexta novela, de 2012. No estoy hablando de ellos por orden de publicación (soy obsesivo pero no sistemático), sino de lectura.

Años lentos es un libro fronterizo, incluso un libro experimental. A veces parece literatura realista, incluso inserta dentro de las corrientes tremendistas, pero el tema del terrorismo no le es ajeno, sino que es un fondo creciente y opresivo.

Cuenta la historia, a finales de los años sesenta, de un niño de ocho años que ha de trasladarse de Navarra a San Sebastián por la penosa situación de su familia. Allí vive con sus tíos en un barrio humilde y comparte habitación con su primo Julen, un joven que comienza a coquetear con el terrorismo como única respuesta a un contexto social muy ingrato. Julen es un tipo de escasas luces y las consignas penetran en él sin resistencia ni análisis. Su hermana es Mari Nieves y los chicos son su único interés vital. Por último, los tíos: Maripuy, sostén de la familia, hermana de su madre, es el eje de la historia, otra vez un poderoso personaje femenino frente al apocado tío Vicente, que alterna bar y trabajo (nos recuerda mucho al marido de Bittori, de Patria, también al padre desnortado del protagonista de Fuegos con limón).

La única fantasía literaria que se permite Aramburu en este libro es el estilo, como un cuaderno de notas que el niño -se supone que ya más crecido- deja al escritor para que éste construya una novela. Parece a veces que es un proyecto de trabajo, revela posibilidades, senderos a recorrer, como si quisiera mezclar una historia real con la ficción. Esto me parece interesantísimo y evita el rigor estilístico de esas novelas naturalistas de fines del XIX y también de la postguerra.

Al leerla me daba cuenta de que el tema del terrorismo ha eclipsado el resto de los problemas sociales de una gente que, como en todas partes, sufre las estrecheces económicas y una situación económica más que precaria. No obstante, algunos (Maripuy), aún encuentran generosidad que repartir con los que son todavía más desgraciados.

El título se ajusta muy bien al contenido: años lentos, de brega diaria con las circunstancias, con la vida que nunca es como desearíamos. 

Y al final qué.




miércoles, 2 de agosto de 2017

ARAMBURU 2: ‘LOS PECES DE LA AMARGURA’

Tras leer Patria, pensé que Aramburu merecía un poco más de exploración. Un buen escritor no lo es de un solo libro, no suele serlo. De modo que me arrojé sobre su obra. Este es el verano Aramburu. El siguiente texto al que le tocó el turno es Los peces de la amargura.

Navegando en internet, me encontré con el artículo de Pérez-Reverte que incluyo abajo. Casi lo ha dicho todo. Pese a ello, me voy a atrever a pergeñar unas líneas.

El este libro de relatos he encontrado muchas semillas de lo que luego se desarrolla en Patria. Tengo la impresión de que Aramburu ya tenía en mente unos arquetipos que conoce bien, unas psicologías de personajes que no había de inventar, sino sólo tomar sus presupuestos y desarrollar. Aparecen aquí, son esos personajes que ha conocido y con los que ha convivido, como él ha dicho en alguna entrevista, personajes que han sido personas, no ficción.

Los peces de la amargura contiene una serie de relatos vertebrados en torno al terrorismo, al ambiente opresivo que impedía a tantos pensar con racionalidad y libertad. Porque, pese a lo que se dice, el miedo no es libre, sino la castración de la libertad.

No hay en estos relatos justificación de los que colaboraron con los verdugos: informantes, acosadores…; mucho menos de los propios verdugos, pero sí una labor de cirujano para indagar, averiguar, qué hay en su mente. Y lo que nos dice Aramburu (o yo lo interpreto así, o es mi lectura) es que había poco: un sustrato de resentimiento sobre el que se edificó un colosal discurso que se extendió como el aceite entre muchas capas de la sociedad. Ese discurso, como dijera Camus, necesita culpables para justificar los asesinatos. Un justiciero no es un asesino. Por eso los etarras no asesinaban, sino que ajusticiaban; no metían a alguien en un zulo, sino en una cárcel del pueblo… Ninguna novedad. Tampoco aprendizaje.

Me he vuelto a emocionar con la lectura. Con todos los relatos, sin excepción. El primero, que da título al volumen, es el más complejo. Pero, si se me permite un spoiler, mi preferido es aquél en el que un chico de 14 años descubre que a su padre lo mató ETA cuando a su abuelo se le escapa la información antes de tiempo, indignado por una manifestación proetarra, la misma a la que iba a ir el nieto esa tarde. Se homenajeaba a una mujer que colaboró activamente en el asesinato del aita; acaba de salir de la cárcel y su hermana adolescente está a punto de iniciar una relación sentimental con él. Íñigo, el muchacho protagonista, duda entre quedarse con ella (radical, liberada, abertzale, con discurso) o con otra joven que también lo pretende: se llama Asun y de ella sólo sabemos su nombre. Se lo explica a su madre cuando los dos se sinceran acerca del pasado del padre asesinado. Se queda con Asun. Ha decidido ser valiente. O coherente.

  

domingo, 30 de julio de 2017

ARAMBURU 1: ‘PATRIA’

Con esto de los libros yo soy un poco obsesivo. Es decir, cuando descubro un autor, continúo con el filón. Eso me ha pasado recientemente con Fernando Aramburu. Al terminar el curso, el primer fin de semana en el que no tuve que corregir, abrí (¡grave error!) Patria. A partir de entonces comenzó la debacle. Porque ese finde sólo salí de casa para estirar las piernas; lo dediqué casi en exclusiva a su lectura. El miércoles por la noche lo terminé. Y con pena.

No descubro el libro. Ha sido el gran éxito editorial del último año. Y me alegro. En la Feria del libro de Madrid, las colas para que el autor firmase un ejemplar eran monumentales, casi tanto como las de los famosetes, youtubers, y demás (ironía malsana, causticidad irrefrenable, soy malo).

El peligro que corre Aramburu es morir de éxito. Me explico: Patria es tan monumental y ha tenido tanto éxito que probablemente eclipse al resto de su obra. Y no es justo. También puede ocurrir que buena parte de sus lectores hagan de ella un instrumento político o, peor aún, partidista. Y eso tampoco es justo.

El argumento es de sobra conocido: dos familias en un pueblo cualquiera pero próximo a San Sebastián, protagonizan la polaridad de tantos años en el País Vasco: los que simpatizan con el entorno abertzale, desde el que era tan fácil dar el salto al amonal y a la pistola, y los que sólo querían vivir como lo hace todo el mundo: familia, trabajo, amigos, aficiones... Pero eso no era posible: bastaba que alguien pusiera tu nombre, te señalara, te delatara, para convertirte en un apestado, un españolista, un mal vasco, un traidor…

Miren y Bittori son amigas, son el hilo conductor de la acción, el polo matriarcal desde el que se narra. Sus maridos son amigos, juegan a las cartas en el bar, van en bicicleta los domingos. Los hijos han crecido juntos. Pero el marido de Bittori, el Txato, es un pequeño empresario al que ETA exige el impuesto revolucionario, mientras que uno de los hijos de Miren acaba entrando en la banda terrorista. No cuento más.

El libro es una exploración sobre los motivos. No digo de las razones, que eso es otra cosa. Tampoco de las justificaciones, que nuevamente es algo distinto. Entramos en la psicología de todos los personajes, que se nos muestran indefensos, arrogantes, heridos, esperanzados, destrozados. Es también un estudio sobre psicología social: ¿qué llevó a unos cuantos centenares de miles de personas a esta situación?, ¿cuál es el poder de las creencias en los derechos de un pueblo?, ¿qué es exactamente la pertenencia y qué consecuencias tiene?, ¿cómo se tolera la discrepancia?, ¿por qué tantos fueron incapaces de alzar la voz, de mostrar públicamente su repugnancia?

A mí esto me interesa mucho. Porque admiro a los pocos que sí lo hicieron. Aramburu no es la primera vez que escribe sobre el tema (ver entregas de otros libros del autor a lo largo de los siguientes días), pero aquí lo hace a fondo, con valentía, también con distancia, lo que no quita un ápice de verdad y sí da escasa contaminación (muchos son los que dicen que hay que escribir desde dentro; yo creo que a menudo escribir desde fuera da perspectiva).

Me gusta especialmente el personaje de Gorka, doblemente acorralado, impulsado a tener que escribir para niños porque, de lo contrario, al ser el que más y mejor habla euskera, estaría condenado a servir a la causa. Y ha de marcharse. Y callar. Me lo imagino, ocultándolo todo, hasta que no puede más.

He derramado unas cuantas lágrimas, eso es relativamente fácil. Pero insisto en que cada cual debe leerlo  por sí mismo. La emotividad es más fácil de conseguir que la calidad. Sin embargo, creo que la novela de Aramburu lo tiene todo.  Me alegro.


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lunes, 24 de julio de 2017

SUFRAGISTAS

El curso pasado llevamos a los estudiantes al cine, una sesión matinal, especial para ellos. Vimos Sufragistas. Me explicó un compañero anglófilo que en inglés se distingue entre suffragist y suffragette. Éste es el título original de la película: Suffragette.

Una suffragette es una sufragista más radical, alguien que no sólo está a favor del derecho al voto de las mujeres, sino que está dispuesta a infringir la ley para conseguirlo. De eso va la película, de un grupo de mujeres que hicieron frente a una ley injusta para conseguir el objetivo. En este sentido, entroncan con la desobediencia civil y con lo que hoy se llamaría (con ciertas reservas) terrorismo de baja intensidad. De todos modos, mucho cuidado con esto: ni la época ni la causa eran las mismas.

La peli da para una revisión a nuestra historia reciente, la de Europa, cuna de la civilización…; sí, esa civilización incivil que hace menos de un siglo permitió a la mitad de su población tener algo tan básico como el derecho a votar.

La vieja polémica (no exactamente maquiavélica) entre medios y fines es uno de los nudos de la narración. He leído que algunas suffagists acusaron a las suffragettes de retrasar con sus acciones los logros a los que tenían derechos. Nunca lo sabremos.

En relación con ésta distinción que en español no existe, aparece otra: la que hay entre legal y legítimo. Si bien toda ley es pleonásmicamente legal, no siempre es legítima. Y, en consecuencia, ¿está legitimado desobedecer leyes ilegítimas? La tesis de la película va claramente a favor de ello, naturalmente a favor de la Historia y con la verificación posterior de ella. Eso lo sabemos hoy, pero no lo sabían quienes llevaron a cabo esa lucha en el cambio de siglo.

La película tiene pulso, no decae. Los personajes (habitual combinación de reales y ficticios) son siempre creíbles y los actores están muy bien, todos, incluida una Meryl Streep en un pequeño y sustantivo papel. La ambientación, lo que ahora se llama factura técnica, es de lo mejor de la película: como estar allí y entonces. Dicen los que saben inglés que hay que verla subtitulada porque también han cuidado eso, con distintos modos de hablarlo según la extracción social del hablante.

Tiene escenas dolorosísimas, las que muestran la explotación laboral, la escena final y, sobre todo, la entrega del niño. En ese plano hay una maldad que no es sólo del marido, sino estructural, social. Eso es patriarcado, poder, leyes injustísimas y división de la población en sujetos de derechos y sujetos de deberes. El marido era un hombre bondadoso, pero se transforma (amparado por una sociedad y unas leyes) en el mostrenco que todos podríamos ser si creyéramos que lo corriente es lo normal.

A la salida del cine hay que pensar: lo que vemos, la igualdad que reflejan las leyes (y no siempre la realidad, desde luego) no ha sido fácil ni gratis. Conviene no olvidarlo: los derechos no son sino una creación antinatural. Por lo tanto, no son reales, sino construidos sobre la sangre de la gente que nos precedió.  No son eternos y sí se pueden perder.

Película para ver y hacer ver a las nuevas generaciones. Lo que no es natural hay que cultivarlo para que lo interioricemos al modo de una segunda naturaleza y actuemos como si lo fuera.


lunes, 17 de julio de 2017

LO CARO

La entrada al museo del Prado cuesta 15 €. No es barato, desde luego, aunque hay muchas reducciones por edad y condición y es gratis a partir de las 18 h. De todos modos… ¿es caro? Todo depende de lo que te den. Una película cuesta casi 10 y una obra de teatro a partir de 12-15. Una película es un clon, El jardín de las delicias algo único.

¿Es caro?

Un plato de pasta en un restaurante de postín me costó 24 € (sensacional, he de decirlo); la botella de agua de un litro 4,20 y, además, el coperto: 1 €. Esto fue lo  que me pareció más caro, la pasta lo que menos. El coperto no tiene justificación ni amparo legal (ya hablé de ello en otro post); el agua tampoco: han multiplicado por 7 su precio de supermercado y únicamente requiere frío. La elaboración de un plato es otra cosa, aquí hay que pagar personal y conocimientos para su elaboración.

¿Es caro?

Un libro en papel me cuesta 20 €. Miro cuál es su precio en formato digital: 15 €, carísimo. Todas las copias que queramos sin necesidad de gastar papel, distribución, librerías. Es más caro en digital que en papel, aunque cueste menos.

Los teléfonos móviles se suicidan a los dos años, raramente a los tres. Por lo tanto, son un dispendio sin demasiada justificación. Es hora de que los responsables de gobernar obliguen a los fabricantes a hacerlos más duraderos. O, simplemente, que no los fabriquen para tirarlos al poco tiempo. Muy caros.

Muy caras son también las tarifas de telefonía. Especialmente si tenemos en cuenta que cambian unilateralmente los precios y que estamos indefensos. Un contrato es un acuerdo entre iguales que obliga a ambos…, menos en este sector, en el que una de las partes se salta impunemente los acuerdos firmados y considera sin rubor que lo que ha entregado “para siempre” no era para siempre. No debieron aprobar la Lengua castellana en la ESO. La última vez que subieron mi tarifa hice amago de marcharme. Me llamaron de inmediato, cada vez que yo decía algo me bajaban el precio. Así hasta los 31 €, 17 menos que mi tarifa. Dicho de otro modo, me estaban tomando el pelo. Pero mucho. Porque supongo que a 31 siguen ganando dinero, son una empresa con legítimo ánimo de lucro. Ya se terminó el acuerdo: 24 € más, by the face y sin explicación.

Todos los domingos me voy a un pub irlandés que hay en la ciudad en la que vivo. Estoy una o dos horas. La media pinta cuesta 3,5-4 €. Hay música en directo y nos ponen una tapa. Qué barato, un regalo.

Una vez al mes me reúno con compañeros y excompañeros de trabajo (por lo tanto, amigos). Comemos. Menú y alguna cerveza de más. Total: 12-14 €. Estamos dos o tres horas; es fácil calcular a cuánto nos sale la hora de felicidad: muy barato.

Esto viene a cuento de la discusión sobre el valor y el precio de la cosa cultural. Yo no soy partidario del gratis total, lo que no significa que sea un masoca al que le gusta aflojar la cartera.

En el inconsciente del personal está grabado que lo que tiene un alto precio tiene un gran valor. Y al revés. Y no es lo mismo, como sabe cualquiera. Vuelvo a lo de antes: un autor al que no le pagan lo que hace acaba por no producir o por destilar basura. Por el contrario, los grandes imponen tarifa. Ya sabemos que no es lo mismo un concierto de los Rolling Stones que la verbena del pueblo (con mis respetos a todo trabajo honrado). Tampoco es lo mismo Borges que cualquier juntaletras que se autopublica. Un conferenciante tiene, como los cantantes, un caché y un agente. A mí no me iría a escuchar ni mi familia más cercana. El ibérico no sólo cuesta más que el chopped, es que es mejor. Hay ejemplos para aburrir.

La educación básica es obligatoria. Pero no gratis, cuesta y mucho, y hay que informar a la gente que eso viene de los impuestos, de su dinero. Debe ser gratuita. No entiendo, sin embargo, que se financie con dinero público la diversión, las peñas, los conciertos, los toros o cualquier otra actividad no imprescindible, que deben pagar sus usuarios.

Me gusta el jazz. Hace una semana fui a un concierto nocturno. El ayuntamiento decidió que fuera gratis. Fui también la semana anterior y la gente entraba y salía, miraba el móvil, hablaba… En invierno estuve en un ciclo precisamente de jazz: 15 € cada una de las sesiones. Lleno siempre. El sábado pasado dije a los amigos con los que fui que yo cobraría entrada: a mí me gusta y no sé por qué tienen que pagarme la entrada mis conciudadanos, del mismo modo que yo no quiero pagar los toros o la borrachería de las peñas (financiadas en parte por el ayuntamiento y a las que no se les conoce actividades especialmente culturales).

El dinero público hay que tratarlo con mimo. No estoy diciendo que financiar actividades sea malversación de fondos públicos, pero sí que hay que tener un criterio muy claro: que no falte un euro para lo imprescindible y que lo otro se lo pague cada usuario. Es una variante de un clásico en filosofía moral: la justicia se exige, a la felicidad se invita. Se invita a pagar, quiero decir.


https://www.youtube.com/watch?v=8xgIBrsDR1g&list=RD8xgIBrsDR1g&index=1


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lunes, 10 de julio de 2017

REFLEXIÓN PARA MIS ESTUDIANTES

Cuando yo estaba en el lugar que ahora ocupáis vosotros (allá por el cretácico), en lo que entonces se llamaba Selectividad había una prueba desaparecida hoy: la conferencia. Un profesor de la universidad la impartía durante 45 minutos mientras nosotros podíamos tomar notas en un folio, sólo uno. Después debíamos responder a una serie de cuestiones sobre lo que se nos había dicho.

Hice la Selectividad en la Facultad de Medicina y el ponente era un médico, el Doctor Smith (no bromeo). Habló del desarrollo del niño durante los primeros años de vida. Era tan interesante que casi me olvidé de tomar apuntes. Recuerdo aún estas frases: “La frustración es educativa y necesaria”, lo que no significa -añado yo- sufrimiento ni mucho menos maltrato. El niño debe saber que no todo se puede hacer para aprender a superar las dificultades.

Si lo tengo tan presente es porque he pensado en ello desde entonces. Creo que aquel médico tenía razón y que lo que explicó Platón con otro lenguaje es esencialmente lo mismo: únicamente quien sea capaz de superar obstáculos saldrá de la caverna.

Espero que nadie deduzca de estas palabras que soy de los de la letra con sangre entra e insensateces similares. Los de la escuela de la felicidad dicen tontunas en esta línea para que parezca razonable la endeblez de sus propuestas. No, lo que sí soy es un racionalista crítico, un heredero de mi tradición cultural. Mejor: de algunas de mis tradiciones, porque el peor Rousseau no se puede comparar con el mejor Kant; tampoco me afilio al romanticismo político, aunque estoy dispuesto al militar en el poético y sentimental.

Uno bebe de sus maestros y detesta lo que escribieron otros. Últimamente se ha puesto de moda en educación que el niño no debe tener dificultades, que todo debe ser suave, emotivo y dulce. Dicen estos individuos que el objetivo de la educación es la felicidad y que, una vez conseguida, el conocimiento llegará como fruta madura. Yo creo que es al revés: el objetivo de la escuela es el conocimiento, es imposible disfrutar con lo que no se conoce, a no ser que el placer sea tan banal y primitivo que desnaturalice para siempre la finalidad del conocimiento.

Muchos de ésos no hubieran soportado los 45 minutos maravillosos del Doctor Smith. Yo aún lo recuerdo. Muchos de ésos son los que no soportan una clase magistral, peor para ellos. Lo malo es que hay escuelas que consideran que, como los chicos se aburren, hay que ser una especie de payaso a tiempo completo para que sean felices. Y entonces (en su cielo pedagógico) llegará el conocimiento. Sin frustración.

Yo, ya lo he dicho, en este tema soy un platónico, un kantiano, un ilustrado. Ya sé que el sueño de la razón produce monstruos. A veces. Pero el sueño de la sinrazón o de la irracionalidad los produce siempre.


(Ilustraciones: https://psicovalencia.wordpress.com/tag/ninos-con-baja-tolerancia-a-la-frustracion/ y Maitena).

martes, 4 de julio de 2017

MÚSICA EN EL INSTITUTO

Finales de Abril. Acabo de salir de mi clase de 2º de Bachillerato. Nietzsche. Afirmaba el loco turinés (CrisC dixit) que un mundo sin música sería un error: faltaría el ingrediente fundamental de la belleza.

Pienso en esto mientras los estudiantes de 1º hacen un examen y a través de la pared se oye la clase de Música. Suenan torpes flautas, pero aun así reconozco la banda sonora, la canción principal, de la película Titanic. Hace calor y tenemos las puertas abiertas. Un alumno de los que acabo de ver, de los mayores, pasa silbando. Le miro con falsa reprobación desde el umbral: “Perdón, profe, perdón, es que he oído la música y me he venido arriba”. Me río.

La música nos atraviesa sin quererlo. Es matemática, pero ha encontrado la fórmula para atravesar el alma. También es un producto creativo de la razón, no todo es sentimiento y frenesí. La música no es nada distinto de la vida. Espero que Nietzsche no se levante a reñirme.

Los estudiantes de la clase de al lado hacen un descanso con sus flautas y pocos segundos después llegan a nosotros los arrebatos taquicárdicos de Carmina Burana.  Recuerdo a mi hijo de dos años boquiabierto ante esa música en un concierto en La 2, antes de ir al colegio, sin recorrido vital, sin aprendizaje. Pero la belleza debe ser uno de esos elementos a priori con los que funcionamos los homínidos, aunque a base de martillazos reorientemos hacia cualquier sandez la natural tendencia a la belleza.

Suelo ir a trabajar escuchando ópera, 15 minutos andando desde mi casa, tengo suerte. Últimamente la alterno con Ludovico Einaudi. Me cruzo todos los días con una mujer que me parece hermosa y que ya sólo puedo asociar con esas músicas. Lleva el pelo corto y la belleza de la música prendida en la mirada. Nietzsche tenía razón.





miércoles, 28 de junio de 2017

CONFIGURACIÓN

La invención del lenguaje es la invención de la realidad.

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, decía Wittgenstein, que es lo mismo que antes, pero en negativo. Hacemos real lo que aún no es, lo ordenamos, clasificamos, categorizamos… con palabras.

Puedo pensar que quiero a alguien. Intento saber qué significa eso y necesito hacerlo con un lenguaje irregular y burbujeante. Si digo las palabras en voz alta, entonces lo que he pensado es más real. Amo a esa persona de verdad, con más verdad.

La ciencia inventa palabras. No es ficción, sino conocimiento. El conocimiento es invención. No magia.

Con la poesía hacemos real lo que seguramente es imposible que sea. Tarea de Sísifo, lo más grande que puede hacer un ser humano.

domingo, 18 de junio de 2017

TREN NOCTURNO A LISBOA

Un clásico: ¿es la novela siempre mejor que la película? A menudo, pero ya he hablado sobre el tema y abundan los contraejemplos.

Viene esto a cuento de que acabo de terminar libro y película. Curiosamente, el libro se titula Tren nocturno a Lisboa, mientras que la película es Tren de noche a Lisboa.

Por partes. La novela es un texto denso y no siempre bien traducido de Pascal Mercier, un autor suizo que se gana la vida como profesor de filosofía del lenguaje. No sé si tiene relación, pero veo en él amor por las palabras en sí mismas, por su detalle, por las similitudes entre los idiomas. El texto puede ser muy placentero si se comparten los presupuestos del autor… y muy difícil si no. Quiero decir que en absoluto en una novela fácil ni para todos. A mí, que no suelen asustarme los tochos, me resultaba en algunos momentos un poco morosa e incluso con algunas digresiones cuyo sentido no acababa de entender. Sin embargo, en pocas páginas volvía a reconciliarme con la narración. Estupendo balance final.

Hay muchos personajes y las relaciones entre ellos son la base argumental del libro. Arranca con fuerza: Raimund Gregorius, un rutinario profesor de lenguas clásicas en Berna, salva a una joven portuguesa del suicidio. Pero antes de que pueda saber mucho acerca de ella, la muchacha huye olvidando un impermeable rojo y un libro cuyo autor es Amadeu Prado. El profesor decide impulsivamente tomar un tren hacia la ciudad en la que se editó el libro, Lisboa, pensando que allí podrá encontrar a la mujer.

Pero la novela olvida pronto a la muchacha y Amadeu Prado se convierte en el protagonista en ausencia. Los que construyen la historia son todos aquellos que lo conocieron, una intrincada red de personajes en la Lisboa de Salazar, vinculados por la personalidad humanista y atormentada de Amadeu. En este sentido, hablamos de una narración de perspectivas y de una obsesión por dar sentido a un pasado del que sólo quedan fragmentos y recuerdos.

En mi opinión, Pascal Mercier juega a demasiadas cosas a la vez. El cúmulo de personajes es excesivo y no todos están bien desarrollados. La hermana pequeña, por ejemplo, juega un papel anecdótico, insignificante. Y la chica suicida, que tenía potencial, desaparece por completo, inexplicablemente en mi opinión. Sin embargo, en la película sí regresa. Cuando casi nos habíamos olvidado de ella, se presenta en el hotel del profesor, dice su nombre y eso basta para que él comprenda la razón de su intento de suicidio (no explicó más porque casi reviento el final).

Me gusta mucho el personaje de Estefania. La escena del encuentro, al final, con Gregorius, es excelente, aunque en la película le añadan un absurdo: Eça esperando en el coche. Eça es secundaria (mucho) en el texto, pero innecesariamente esencial en la película. Es probablemente el mayor de los cambios (tampoco explico más de lo debido aquí, no me acaba de gustar el desarrollo que se hace del persona en la película).

Bille August, el director, hace un film esteticista, demasiado. Voluntariamente preciosista. A veces un tanto cargante. Es una película para ver y escuchar despacio, para contemplar las calles de Lisboa, que enamorará aún más a los que ya estamos enamorados de la ciudad, pero que probablemente irrite a unos cuantos. A los más jóvenes les mostrará que nuestros vecinos tuvieron un dictador, como nosotros, y que ellos también tuvieron una resistencia. En ella entra Amadeu por una combinación de culpa y responsabilidad social: ha tenido que salvar como médico al “Carnicero de Lisboa”; pero como ciudadano, como ser moral, es su obligación combatir la dictadura en la medida de sus posibilidades.

Resumo. Me ha gustado leer esa novela difícil, pero cuya finalización me alegra (soy de los que deja libros a medias) y también me he alegrado de volver a ver la película, con un Jeremy Irons magnífico, como siempre, y con excelentes actores en todos los papeles (Charlotte Rampling, enigmática; Christopher Lee, sorprendente en su papel de cura…). No es fácil creer que un profesor suizo que llega a Lisboa con lo puesto y comienza a visitar a quienes conocieron a Amadeu Prado, es recibido por éstos, que le cuentan sus fragmentos del pasado, que lo reviven y lo reconstruyen. No es fácil creer que la historia pueda funcionar. Pero lo hace, al menos para mí. Y, sin ser una novela ni una película perfectas, el tiempo empleado en ellas no ha sido en vano. Un sentimiento, sí, pero es que la historia va de eso.




sábado, 10 de junio de 2017

CAMUS VII: 70 AÑOS DE ‘LA PESTE’

Hoy hace 70 años que se publicó La peste, de Albert Camus.

No sólo creo que es un gran libro, sino uno de los textos de referencia del siglo XX. Camus es probablemente más conocido por El extranjero. Yo, tras unos instantes de duda, me quedo con La peste.

Me niego a hacer reseñas, género redundante que otros desarrollan mejor que yo (los profesionales, los blogs de reseñas tienen poco interés, a no ser que pongan algo de ellos, en cuyo caso ya no son propiamente de reseñas).

Sin embargo, diré que -como en la mayor parte de la obra narrativa de Camus- no se trata de desplegar una trama de acontecimientos entretenidos, sino de entrar a fondo en la condición humana. En este caso, la metáfora es una epidemia de peste en Orán, a la que debe hacer frente un desolado y a la vez kantiano doctor Rieux, que se enfrenta a la condición humana, maravillosa y terrible, de sus conciudadanos. Siempre he sostenido que Camus no es Meursault, sino Rieux.

Tantas veces se ha dicho que la peste simboliza el totalitarismo en general (y el nazismo en particular) que es una simpleza. En eso hemos cambiado poco: sólo las variedades de la peste, sus agentes patógenos.

De manera que recomiendo su lectura a todo el mundo y en este aniversario regalo a mis amigos algunas de las frases del libro que aún me golpean:

“Para todos ellos la verdadera patria se encontraba más allá de los muros de esta ciudad ahogada. Estaba en las malezas olorosas de las colinas, en el mar, en los países libres y en el peso vital del amor. Y hacia aquella patria, hacia la felicidad, era hacia donde querían volver, apartándose con asco de todo lo demás”.
“Un calor de vida y una imagen de muerte: esto era el conocimiento”.
“…pensó que no es lo más importante que esas cosas tengan o no tengan un sentido, sino saber qué es lo que se ha respondido a la esperanza de los hombres”.
“…el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.


miércoles, 31 de mayo de 2017

MIRAR EL GUERNICA


A mediados de los ochenta el Guernica volvió a España. No repetiré su periplo, que es de sobra conocido. Abajo incluyo dos enlaces, el primero sobre el cuadro y el segundo sobre la exposición que hay en estos momentos en el Museo Reina Sofía, en Madrid.

Cuando yo era un jovenzuelo, me sorprendía que todo el mundo más o menos de izquierdas, es decir, todo el mundo con el que yo me relacionaba, tuviese un póster en casa, a veces encima de la cama, como en el caso de una joven pareja en permanente estado de enrojecimiento político.

A mí no me gustaba especialmente y tampoco tenía cultura política como para entender su significado histórico. La verdad es que tampoco tenía cultura.

Después fui adquiriéndola (la cultura más que la cultura política) y me fui interesando por su significado y estructura. Seguí relacionándome con tipos izquierdosos para los que no era simplemente arte, sino un icono casi sagrado. O sin el casi.

Llegó el momento de que el  Guernica regresase a España. Qué curioso: siendo presidente Calvo-Sotelo y escoltado por la Guardia Civil. Se instaló en el Casón del Buen Retiro, a unos pasos del Museo del Prado, allá por 1981, donde estuvo hasta que en 1992 se trasladó al Reina Sofía.

El fin de semana pasado estuve allí, viendo la exposición “Piedad y terror en Picasso”. Siempre me impresiona su tamaño y me molesta la escasa educación de la gente, incapaz de hablar en voz baja o de desconectar el móvil, burlando la vigilancia de los empleados para hacerse selfis estúpidos.

Estando allí recordé que un fin de semana,  mientras aún estaba sirviendo a la patria cerca de Madrid, me acerqué a ver el Guernica. Estaba protegido por un cristal, aún en el Casón, y yo lo contemplaba despacio. Estaba tan concentrado que no me di cuenta de la presencia de un anciano a mi lado. Se apoyaba en un bastón, debía estar entre los 75 y los 80 años. No se movía y su mirada estaba muy fija en el cuadro. Me sentí incómodo, casi un intruso. Al darme la vuelta para marcharme, vi una lágrima que surcaba todas las arrugas de su rostro. Él miraba su historia y veía otro cuadro.




domingo, 21 de mayo de 2017

UN CORTO SOBRE EL ESCAQUEO FISCAL

En el anterior post hablaba sobre la necesidad de las normas (justas). Estos últimos días he seguido dando vueltas al tema.

A comienzo de curso puse a mis estudiantes de la ESO un corto, que incluyo más abajo.

Pagar impuestos es una norma especialmente antipática; los últimos delitos monetarios, estafas y demás que vemos cada día no animan precisamente a colaborar.

En unos días tengo que ir a entregar mi declaración de renta de este año. Mejor no digo todo lo que pago. Seguramente es lo justo, conforme a la norma tributaria que se me aplica.

He leído que, si desapareciese todo el fraude fiscal que hay en España, cada uno de nosotros pagaría entre 800 y 1000 euros menos (no estoy seguro de la fiabilidad del estudio, no recuerdo dónde leí tal cosa).

Yo pago hasta el IVA. Cada cual tiene un grado de gilipollez conforme a su naturaleza.

sábado, 13 de mayo de 2017

NORMAS

Hace unos días comencé con mis alumnos de 4º un tema que hablaba de la sociedad, su fundamentación, necesidad y normas. Intento combinar en clase dos métodos: la típica clase magistral (ese horror milenario que ha conducido a Occidente al desastre, a la ignorancia y casi a su desaparición) con otros más modernos: les pregunto, dialogamos, comentan textos… Intento que entiendan que no sólo importa lo que los clásicos hayan dicho, sino lo que nos siguen diciendo.

Bien, en eso estábamos, con Rousseau y Hobbes, con la definición de norma, tipos de normas, necesidad de las normas.  Les pregunté qué ocurriría si durante unas horas desapareciesen las normas. Enseguida se dieron cuenta (son listos): desorden, cada uno haría lo que quisiera, robos, violaciones, asesinatos, abusos en general, es decir, la ley del más fuerte. Entonces, ¿la ley protege al débil o no?, añadí. Aquí hubo un pequeño silencio: sí, no, depende…

Uno de ellos me dijo algo así: en teoría la ley es igual para todos, por lo que los débiles y los pobres serían favorecidos, pero todos los días vemos que no es así, que los poderosos se aprovechan de ella. Entonces, volví a interpelarlos: ¿la ley es igual para todos pero unos son más iguales que otros? Y así seguimos durante un buen rato, creo que con provecho.

No soy de los profesores que escondan la parte más cochambrosa de la realidad, de los que explican mundos de yupi o vidas de santos. Todo lo que hablamos, esa sociedad en la que vivimos, tiene normas incumplidas, abusivas e interpretaciones interesadas de las leyes en favor de los que ni siquiera han necesitado de las leyes (se mueven a sus anchas en la selva).

Reflexiono con ellos y nos damos cuenta de que no sólo es preciso que haya normas, sino que es imprescindible que sean justas, que se cumplan y que se hagan cumplir. Lo contrario provoca una ciudadanía civilmente desmoralizada. Y, lo peor: lo que antes eran personas apolíticas se están convirtiendo en antipolíticas. Y entonces estamos perdidos: llegan los salvadores, la derrota de la razón y el emotivismo a las urnas. Estamos perdidos.

domingo, 30 de abril de 2017

‘STEFAN ZWEIG: ADIÓS A EUROPA’

He visto recientemente la película Stefan Zweig. Adiós a Europa. Si fuera Carlos Boyero, diría que no me conmueve. No soy Carlos Boyero, pero lo que me pasa con esta película es que no me conmueve.

Vamos por partes. La película tiene una factura técnica impecable. Ya empezamos… Pues sí, cuando alguien resalta esto, es que la peli no es buena. Se trata de una coproducción entre Austria. Alemania y Francia, dirigida por Maria Schrader en 2016. La música está bien, la fotografía es excelente y los actores absolutamente creíbles, lo mejor. Qué poco provecho se ha sacado de ellos.

¿Qué falla entonces? Sólo soy un espectador, no lo sé bien. Pero desde el punto de vista del que pagó su entrada y se sentó en la butaca, a la película le falta ritmo, pulso, pasión, convicción. Tal vez su guión no sea el adecuado. Porque cuenta y silencia, pone énfasis en algunos aspectos y obvia muchos, demasiados, sin que esas omisiones parezcan justificarse ni tener un significado fílmico.

Arranca muy bien. Zweig llega a Brasil camino de un congreso de escritores en Buenos Aires, allá por 1936. Excelentes minutos (los mejores, a mi parecer), muy especialmente cuando uno de los ponentes nombra a los escritores centroeuropeos que han sido asesinados, exiliados o encarcelados. Uno de ellos es Stefan Zweig, que está allí, incómodo, sin acabar de dar el paso de la condena al nazismo que asoma la garra.

A partir de ahí, la directora comienza a saltar por el tiempo y filma momentos de los años siguientes. Podían haber sido otros, algunos me parecen perfectamente prescindibles, como el largo paseo por la plantación de caña en la que nos dicen hasta cuántas se plantan en cada hectárea: 2000. Pues bien, interesantísimo, muy relevante. O el de la recepción en una hacienda por un alcalde que le obsequia con una orquesta que destroza a Strauss, con un ritmo entre infame y caribeño. Divertido, pero…

Aparece como de la nada su esposa, la joven Lotte, su antigua secretaria, sin que sepamos la historia, ni se nos cuenta ni casi se sugiere. Hasta que, en otra de las escenas, se encuentra con la primera esposa y se dicen ambas: “Señora Zweig”. Esto me parece más importante, especialmente porque la primera mujer tiene un papel central en la vida y obra del escritor. También porque la actriz (Barbara Sukowa) es de lo mejor de la película. La recordamos como Hannah Arendt en la película del mismo nombre (escribí un post hace tiempo: tercer enlace al final).

Pero la narración sigue, suceden cosas, se encuentra con un amigo, le regalan un perro… Parece en ocasiones que la directora quiere contarnos que Zweig transitó desde un estadio de escritor preocupado casi en exclusiva por su obra a intelectual comprometido con el destino de Europa y muy preocupado por la suerte de sus amigos y correligionarios judíos. Pero no acaba de centrar el tema, seducida tal vez por la estética tropical y un naturalismo absurdo. esteticista e intrascendente

En definitiva, los que conocíamos la vida y obra de Zweig nos sentimos (bueno, hablo por mí) decepcionados. Los que no la conozcan van a sentirse desorientados y no creo que sea el mejor modo de conseguir nuevos lectores. Demasiado extraña, demasiado errática.

Insisto: no me conmueve. (Por cierto, la crítica que hizo Boyero, en el segundo enlace).