viernes, 13 de octubre de 2017

NO TOMARÁS EL NOMBRE DEL UNIVERSALIZADOR EN VANO

En Lógica se llama universalizador al signo que engloba a la totalidad de los individuos. Dicen que a Churchill le preguntaron qué opinaba de los franceses y contestó algo así: “No lo sé, no conozco a todos”.

En las ciencias empíricas hay que buscar leyes. Por lo tanto, leyes universales, pleonasmo innecesario. En ciencias humanas también se buscan. A veces hay que conformarse con estadísticas, aproximaciones a la verdad (lo que, por cierto, también hacen algunas ciencias de ésas que se tienen por absolutamente verdaderas).

En la vida corriente utilizamos a menudo el universalizador: las mujeres/varones, los inmigrantes, los catalanes, los futboleros, los profesores… Implícitamente se halla el “todos”. Grave error: no tomarás el nombre del universalizador en vano.

Nos enseñan muy pronto que pasar del 1, 2, 3… n al todos es un grave error, un pecado mortal contra la lógica. Obviamente, la inducción completa (pues se llama inducción) es posible en ocasiones, en pocas ocasiones. Lo malo es cuando tomamos la parte por el todo o la muestra por la globalidad. Entonces no sólo hay error lógico sino mala leche o algo peor.

Algunas variaciones de esto: “el pueblo”, “nosotros”. Me da miedo quien habla en nombre del pueblo. Primero porque en todo caso representa a una parte del pueblo (lo que, indudablemente, no es el pueblo, del mismo modo que un trozo de tarta no es la tarta). En segundo lugar, porque comete petición de principio, esa falacia que consiste en dar por cierto (suponer) lo que primero hay que demostrar.

Yo no soy pueblo. No me universalicen, déjenme con mi pobre y particular existencia de hombre de carne y hueso, individualmente individual. Que ya decidiré yo -si quiero y si me dejan- a qué colectivos deseo pertenecer y por cuánto tiempo.

Mi grupo sanguíneo es 0+. Lo que significa lo mismo que mi talla de camisa, número de pestañas o dioptrías que llevan mis gafas. ¿O es que pertenezco al pueblo de los ceropositivos? ¿Acaso puedo reclamar los derechos históricos/histéricos de los miopes? ¿Los de la talla L tenemos hecho diferencial?

Pues eso, que no tomen el nombre del universalizador en vano. Que no sé si existe Dios, pero la lógica desde luego que sí.


Imágenes:
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Aristoteles_Logica_1570_Biblioteca_Huelva.jpg
http://lecturaenbergondo.blogspot.com.es/2012/12/el-otro-hombre-de-miguel-delibes-ii.html



jueves, 5 de octubre de 2017

ELOGIO PARCIAL DE LA RACIONALIDAD

Cada día que pasa me hago más racionalista. No para todo, claro.

Pero creo que hay dos cuestiones en las que conviene delimitar mucho los ámbitos: la ciencia con la que conocemos y la política con la que nos gobernamos.

Me parece muy saludable que el personal disfrute con románticas declaraciones de amor, que se encienda horizontal o verticalmente. Me conmueven muchas películas, muchísimos libros, poemas. Es el reino de la expresión, del sentimiento, de la emoción sin muros ni amarres. Si no se hace daño a nadie, de perlas.

Otra cosa es la ciencia. Comencemos por ahí. Últimamente he tenido alguna que otra discusión con amigos y conocidos al respecto. En una ocasión, de modo simpático, me tildaron de “racionalista”. Vaya, yo creo que algunos de los que discutían conmigo mostraban al respecto una irracionalidad rayana en la superstición, lo cual conduce fácilmente a la manipulación. La cosa vino porque me confesé contrario a las pseudoterapias. Ya se sabe la réplica: a mí me funcionó, yo conozco a alguien al que le fue bien, no pueden hacer daño, la ciencia no tiene respuesta para todo… Temo que ignoran cómo funciona la ciencia, qué es un ensayo clínico, una evidencia científica, un proceso de contrastación (corroboración y falsación), una estadística, un método de trabajo… Mira que yo sé poco, pero es que hay quien no sabe nada. Y lo peor no es la ignorancia, sino hacer de ella conocimiento. Muy alarmante.

Internet está llena de páginas de timadores peligrosos. Uno de ellos recomendaba usar MMS con ácido clorhídrico, mejor que con ácido cítrico. Es calvo, pero sostiene que comiendo una planta crece el pelo. Todo eso lo vende él, claro, pero la culpa de todo lo tiene la malvada industria farmacéutica y la medicina tradicional, aún más malvada, creadora y cronificadora de enfermedades para engrosar la caja de caudales. Él no, lo que gana es por hacer el bien a la humanidad...  Mando unos enlaces al respecto.

Con lo del gobierno sucede lo mismo. Parece que hemos renunciado a un sistema más o menos previsible, incluso algo aburrido, en el que nos preocupásemos de los mínimos de justicia para dejar a cada cual los máximos de felicidad. Pero la hidra vuelve. En muchos países europeos, el descontento social se canaliza a través de lo más bestia de la tribu y la ciudadanía deja de serlo y retorna a la caverna, se agrupa “con los suyos” muy al fondo, prefiere mirar sombras y ecos y que alguien les señale por detrás qué es lo que deben ver, de quién es la culpa y cuáles son las soluciones. Lo identitario se potencia emotivamente, sin que acabemos de razonar o explicar las causas. La emoción es más interesante que la razón: lenta, minuciosa, rigurosa.  Las posturas se extreman (diría que se radicalizan, pero eso sería ir a las raíces, lo que no es el caso), se señala a los enemigos, se pone la máquina de fabricar banderas a pleno rendimiento… No sé adónde nos conducirá. Algunos no acabamos de entender cómo fue posible la Guerra Civil Española y las dos guerras mundiales. Pero ahora, viendo lo que veo, comienzo a comprender. Y entonces había un nivel de miseria e ignorancia que hoy no existe, aunque la amenaza de la primera es posible que potencie voluntariamente la segunda. No es un mal que viene de fuera: somos nosotros, son como nosotros. Me da miedo.

Yo creo que la racionalidad no tiene más alternativa que la barbarie. Por lo tanto, si alguno me quiere llamar racionalista en estos casos (y escéptico respecto a sus opuestos), adelante. Es un honor. Me avergonzaría de lo contrario: he ido a la universidad y no estoy orgulloso de lo que creo, pero sí de lo que conozco.

Hay quién no entiende que, pese a esto que digo, disfrute de la poesía, de una buena noche de amor si se tercia (se tercia poco, siempre se tercia poco) o que se me escapen lagrimitas en una peli. “¿Tú? ¿Con lo racionalista que eres?”.

Pues eso. Racionalista parcial, según y para qué.






PD: Dejo para otro día las disquisiciones más técnicas: tipo de racionalidad, límites, usos, etc. Para los impacientes, el libro de Mosterín (recién fallecido): un tipo que sabía de qué hablaba, que conocía la filosofía y la ciencia. En profundidad, sin mitologías hermenéuticas.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

MÍNIMOS Y MÁXIMOS

A la felicidad se invita, pero la justicia se exige. Las éticas de la justicia son éticas de mínimos, mientras que las de la felicidad lo son de máximos. Éstas pueden ser subjetivas, culturales o de grupos aglutinados en torno a determinadas aficiones o creencias.

Lo difícil es saber qué son los mínimos. Esto es tarea de titanes… encomendada a personas.

Lo intentó la ONU de los tiempos en que parecía posible el sueño de la razón práctica, cuando llevó a cabo ese imposible que fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Recalco lo de Universal. Creo que no acabamos de reparar en lo que significó aquello: los asideros culturales, las religiones, las particulares cosmovisiones cedieron (algunos de muy mala gana, por cierto) en favor de una universalidad de la voluntad de justicia, de una dignidad mínima para todos.

No se cumplen, es verdad. Pero siguen siendo un referente, una idea regulativa (no me libro de Kant ni queriendo), un código vigente, algo más que un ideal de la razón.

Ahora hay que procurar que no mueran de éxito, que ya lo hacen. Hay que promover que se cumplan universalmente frente a los paladines del relativismo democrático (oxímoron a poco que se reflexione).

Es lo mínimo.




Ilustración: http://ridna.ua/2013/11/na-samiti-u-vilnyusi-predstavlyat-vystavku-pro-nedotrymannya-prav-lyudyny-v-ukrajini/

Música: https://www.youtube.com/watch?v=IgAT0jwnVzA

lunes, 18 de septiembre de 2017

ISONOMÍA

Quienes piensan que todos somos iguales tienen un grave problema de visión o, aún peor, su razonamiento está a la altura del de un mejillón.

No es preciso ahondar en lo primero: basta con abrir los ojos y anotar todos los tonos de piel, todas las tallas, sexos, idiomas, creencias variopintas, ropas diversas y complementos complementarios. Menos mal.

Lo peor es la democracia entendida como equivalencia radical. La isonomía es igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades y de derechos. Y aún así esto es discutible y mejorable (muy mejorable). Pero no somos iguales. Desde luego, no en el punto de partida. Menos aún en el desarrollo, en la llegada. Ni todos hacen lo mismo ni todos aportan lo mismo. Una sociedad de derechos y no de deberes es un problema a corto, medio y largo plazo. Una sociedad sin posibilidades de paliar el puesto que nos ha tocado (la lotería natural, la lotería social) es un problema siempre, es la injusticia, es una bomba de relojería.

Me fijo a menudo en cómo trabaja la gente. Los hay que colaboran con su honradísima y eficaz tarea (y con sus impuestos); los hay que optimizan el dinero que el estado gasta en ellos en educación y sanidad, entre otras (una pasta, por cierto). Los hay que conviven, respetan y discrepan. Y discuten, argumentan, se indignan cuando es preciso, pero ni siempre ni por todo.

Luego están los otros. Son aquellos a los que todo parece que les es debido, los que no hacen bien su trabajo, los que evaden impuestos, los que lo harían si pudieran. Están aquellos que vegetan en el sistema educativo, los que quieren todos los servicios sanitarios aquí, ahora y antes que nadie (por supuesto, gratis total). Estos no han  advertido aún que los derechos y los deberes se implican mutuamente.

Están también los delincuentes, los grandes delincuentes. Algunos son delincuentes legales (valga el oxímoron), los que se llevan su dinero a paraísos fiscales, los que tiran con pólvora del rey mientras el mismo rey se la cobra a sus súbditos a precio de oro. Una versión más moderada de esto son los pequeños corruptos, en su ámbito de actuación, cada uno el suyo, el que tiene a su alcance.

No somos iguales. Cada uno ha escogido (ya sé: no siempre, no en todo).  Los del primer grupo construyen convivencia. Los del segundo son los dinamiteros, los que expanden la plaga, los de todos son iguales (lo que quiere decir que quiero que los demás paguen lo mío). Los terceros no tienen perdón de Dios; lamentablemente, sí lo tienen de las leyes, lo que vulnera el primer principio de la democracia: la isonomía.

Dicen los expertos que en la educación está la clave. Puede ser, no sólo. A no ser que llamemos así a un conjunto de elementos que influyen en la conducta. Y que no la determinan, que nadie lo olvide.


Procedencia de las imágenes:
https://apiedeclasico.blogspot.com.es/2015/11/aristides-ostracismo-e-imperio-de-la-ley.html
http://demoinfo.com.py/en-paraguay-el-sistema-judicial-actual-es-clasista-discriminatorio-y-corrupto-afirman/


sábado, 9 de septiembre de 2017

RECIPROCIDAD

Las relaciones humanas son complejas. Ninguna novedad. Abandonado o al menos alejado el sendero del instinto, no tenemos instrucciones, no hay nada que nos asegure cómo relacionarnos con los demás y, sobre todo, cómo hacerlo bien.

Algunas de las cuentas de Facebook de amigos tienen chorrocientos amigos, 20 veces los que tengo yo.  La mayoría suelen tener unos 10-15 likes y… a veces uno o dos comentarios, incluso ninguno. Cuando se trata de entradas menos personales (incluso íntimas), menos aún. Es lo normal. Me sigue asombrando esta pereza escribidora de la gente. Sin embargo, parece lo habitual: casi nadie escribe unas líneas y cuando lo hace suelen ser frases cortas y tópicas, pero darle un dedazo al ratón es fácil, y con eso parece que hay comunicación.

Algo es algo. No obstante, ese algo es poco algo.

Los que somos blogueros hacemos algo más que poner una foto del lugar en el que abrevamos o la playa en la que nos tostamos (“Sufriendo”). Como casi todo juntaletras sabe, escribir cuesta, las palabras no salen solas. Pero aquí ni siquiera hay un “me gusta” que confirme al menos que alguien lo ha leído y tiene una cierta proximidad con lo escrito; o, al contrario, que tiene ganas de discutir con el autor.

Me asombra que muchos de mis amigos dicen leer lo que escribo. Pero son muy pocos los que comentan, con los que intercambio argumentos. Muy pocos. Algunos han abandonado no sólo el comentario, sino también la lectura. Según parece, seguimos siendo amigos. Pues será. Pero me duele. Mucho en algunos casos.

CrisC y yo hemos hablado a menudo del tema. Ampliándolo un poco diré que toda relación humana, del tipo que sea, necesita reciprocidad, cierta reciprocidad. No digo igualdad, que en rigor nunca existe, pero sí al menos un cierto feed-back. Al igual que ocurre en una pareja: no es cierto que los dos den lo mismo. Hay quien tira de la relación, quien planifica viajes, programa cenas, organiza compras, enciende velas y hornos para cenas románticas, preludia amor y relaciones íntimas… Pero hay que responder, alimentar la relación. Mínimamente al menos. O nos cansamos. No es posible que algo funcione si una de las partes se instala en la pasividad, eso que ahora se llama malamente “zona de confort” (porque el confort es otra cosa, algo distinto a un dejarse llevar).

Igual con los amigos. Hay quien llama, wasapea, organiza, planifica… Y hay quien no. Hay quien da excusas, quien conjuga muy bien el aversi (a ver si nos vemos, a ver si la semana próxima, a ver si encuentro tiempo…). Es cierto que algunas personas son más activas que otras, pero quien nunca toma iniciativa, quien nunca tiene tiempo, quien se excusa una y otra vez sin proponer alternativa… Está claro: es señal de adiós sin montar el pollo, una relación que languidece civilizadamente.

En cualquiera de los dos casos nos movemos en un terreno resbaladizo, de señales borrosas y fácil interpretación en un sentido o en el contrario. Por eso precisamente hay que ser algo más preciso y activo.

Debemos tener en cuenta que hay algún que otro analfabeto (yo mismo) en eso de leer señales correctamente. Por eso agradezco las llamadas, los mensajes, las quedadas y el tiempo. Procuro hacerlo también. Sé que no estoy libre de estos pecados sobre los que reflexiono; es más, tiendo a la misantropía y entiendo que alguno de mis amigos esté un poco harto. Debo mejorar esto.

Quien no tiene tiempo para ti es que no te quiere. No digo esta tarde, mañana o la semana que viene: “quien no tiene tiempo”, quien prioriza y  prefiere otras obligaciones (la palabra no es casual). Estas señales sí debemos leerlas bien. Es doloroso, pero al menos no se nos queda la cara de gilipollas, como dijo en aquella descacharrante canción el inolvidable Javier Krahe.

Nos cargamos a menudo con obligaciones que no son tales. Dejo aparte la familia, ésos que dependen de nosotros. También el trabajo, al menos el trabajo contratado, que también los hay que lo utilizan como narcótico. Yo hablo de otra cosa. Hay personas con las que se hace imposible contactar porque tienen tantas cosas que hacer que no tienen más tiempo. Estudian arameo, van a senderismo, al club de lectura, a los partidos de curling, a las reuniones del sindicato de escayolistas y a un proyecto genial de podadores de nubes. Claro, no tienen tiempo. Y como digas que tú si lo tienes te miran raro.

Otra variación es la de los que quedan funcionarialmente, una vez cada mes, una hora, de reloj, que no dudan en mirar una y otra vez en el móvil. “Me tengo que ir”, dicen, por no decir “Se acabó tu tiempo”. O añaden que tienen que madrugar, que quieren pintar la casa antes de dormir o que empieza Anatomía de Grey.

Y entonces es cuando adquirimos consciencia del lugar que ocupamos en su vida.

Porque si hay una cierta relación, la que sea, hay que nutrirla. Como digo, con mínimos al menos: la reciprocidad no es igualdad y todos no tenemos el mismo carácter.

Tengo ya unos años. Miro hacia atrás y veo cuántas personas se quedaron por el camino. A muchas no las echo de menos. Casi nunca he roto relaciones ruidosamente (dos o tres, que recuerde); muchas de esas sombras del pasado están bien ahí: nos dimos cuenta de que los senderos se bifurcaban y de que ya no teníamos nada que compartir. En otros casos -pocos-, me arrepiento de haber sido la parte silenciosa o poco sabia. Me arrepiento mucho. Y también me duele ese silencio de algunos (y algunas, casi siempre algunas), que no quiero o no quise olvidar. Si es desidia, merecemos la separación; si es simple pereza, también. Por eso que decía antes, por gilipollas.




Procedencia de las imágenes:

http://www.tusexosentido.com/2013/07/01/dialogo-de-reciprocidad/
https://www.taringa.net/posts/ciencia-educacion/15031997/Que-es-la-Misantropia.html



domingo, 3 de septiembre de 2017

EL JUEZ

Algunas películas nos llegan más que otras. Llevo muchos años viendo cine y aún no sé por qué algunas me gustan y otras no.

El juez es una de las que me gustan. Voy a intentar justificarlo. Creo que se trata de una estupenda combinación de factores. Todos suman.
La historia. Un juez de provincias, en Francia, debe enfrentarse a un caso de infanticidio. Un durísimo tema. Llegan los miembros del jurado popular. El juez reconoce a una de las mujeres que lo forman, es una médica que le trató hace tiempo y de la que estuvo y sigue estando enamorado.
Los actores. Fabrice Luchini me encanta, es un actor que transmite verdad, que es su personaje. Ella, Sidse Babett Knudsen, más aún, una de esas mujeres con chispa; habla poco, pero no necesita un torrente de palabras, no se actúa hablando. Su hija, Eva Lallier, tiene muy pocos minutos, pero maravillosos, con unos toques de humor y realismo adolescente que de manera asombrosa encajan muy bien en esto que parece un drama, una peli de juicios, un romance…, y que no es nada de eso porque lo es todo. Los implicados en el caso son unos actores impresionantes, todos desconocidos en España, al menos para mí.
Las historias que no se cuentan. Creo que la película es buena por lo que cuenta, pero también por lo que no, por lo que apunta, por todas esas historias posibles de testigos, miembros del jurado, pasado y presente, que se entrelazan. Sabemos, pero no mucho, y es suficiente con esos trazos. Hay muchas películas posibles en ella. El director ha elegido una línea, la mantiene, nos muestra lo que ocurre alrededor. Disfruto imaginando.
El tratamiento que hace el director. Me parece muy equilibrado. Tiene momentos de drama intenso, pero también de humor. Y de amor, y de no-amor. No nos ahorra las sombras de personajes que podrían ser sólo luces. La película es compleja y delicada, pese a que está rodada con sencillez.
Me gusta especialmente el personaje del acusado. Un tipo de aspecto común, con un vocabulario rudimentario y obsesionado en una terquedad que no entendemos. Porque parece ser culpable (¿cómo no recordar Doce hombres sin piedad?). ¿Lo es? Hay un discurso del juez al final que nos pone sobre la pista, tal vez nunca sepamos la verdad, dice. Y no sabemos si también habla de él.
No me gustan, en general, las películas abiertas. Sin embargo, ésta lo es porque habla de la verdad, ese télos inalcanzable e irrenunciable. Lo exigía el tema. Y el final, que no reviento, más aún: lo posible es más poético que lo probable, pero ninguno de los dos es la verdad. Y para qué la queremos.
Os gustará. Por cierto, no es la que pone esta noche TVE1, sino esta otra:

domingo, 27 de agosto de 2017

PELÍCULAS QUE DETESTO (SEGUNDA PARTE)

Hace cinco años escribí un post que pretendía ser la primera parte de una serie sobre películas detestables. Pero no hubo continuidad. En general, no me gusta escribir en negativo sobre películas o libros (alguna vez lo he hecho, lo confieso).

Hace poco me llegó al whatsapp, a través de dos amigas distintas, un enlace que incluyo al final. Se supone que son el top ten del cine filosófico. Uy, qué miedo. Y sí, confirmado. Vamos con ellas.

El número 10 lo ocupa El séptimo sello (1957), del indigerible Ingmar Bergman. Es una película sobre la muerte inevitable a la que se reta a una partida de ajedrez. La he visto, con ningún entusiasmo. A la gente le gustaba Bergman, era un director muy apreciado entre los cineastas cultos. A mí siempre me ha parecido indigesto y mazacote.

Número nueve. The master es reciente, de 2012. Cuando la vi no me gustó demasiado, pero el recuerdo, el poso, es bueno. Un poco compleja y de presentación fragmentada, de un director de esos que gusta ponérselo difícil al espectador, pero merece la pena el esfuerzo. Va de la manipulación de las masas. La tengo que volver a ver, creo que me gustaría más.

Número ocho: Rashomon (1950). No la he visto. Y no porque no me guste el cine japonés.

Siete: Pena de muerte (1995). Esto… no. Pena de muerte es una peli deliberadamente blanda y sobreactuada, con estupendos actores que darían mucho más de sí, maniqueísta y casi siempre panfletaria. No veo gran cine, aunque el tema merezca la pena ser tratado.

Seis: Intestellar (2014). Típica película que, según dicen, nos va a gustar a los de filosofía. Aún no sé la razón. Porque la película es larga, pero larga larguísima, y no sólo por el metraje, sino porque es tediosa y precisa grandes conocimientos no ya de filosofía, sino de física. Esto a mí me parece intolerable: una película debe bastarse a sí misma. Actores estupendos y factura técnica impecable. Y muy aburrida. Mucho.

Cinco: El árbol de la vida (2011). Todo lo dicho de la anterior vale en ésta: larguísima y aburridísima. Muchos me dijeron que fuera al cine, que me encantaría. Pues… Al menos no hace falta saber demasiada física. Pesada, pretenciosa.

Cuatro: La mirada de Ulises (1995). No la he visto. Lo haré.

Tres: Synecdoche, New York (2008). No sé nada, incluso desconocía su existencia. Lo mismo de la dos: La Habitación (2015) y de la uno: El Séptimo Continente (1898). Esta última, leo, es de Michael Haneke, un director soberbio cuyo cine conozco, que me inquieta y sacude. Sus películas son estupendas, aunque no de las que deseas volver a ver, son ásperas y sin concesiones. Aún me ronda la desazón de La cinta blanca y de Amor.

En definitiva, no entiendo por qué a las películas plastas se las llama filosóficas. En mi modesta opinión de espectador, para hacer cine filosófico no hay que ser tan aburrido ni tan pretencioso. El lenguaje del cine tiene que contar cosas. O soy de los que quiere que le cuenten cosas. De lo contrario, me leo un ensayo. Me parece que por ahí van los tiros: no es lo mismo cine filosófico que un ensayo filosófico con aspecto de película. De manera que lo siento, amigas, pero no es lo que más me pone.

Sin embargo, ahí va una pequeña lista de sugerencias del chef: Blade Runner, Matar a un ruiseñor, Las uvas de la ira, Doce hombres sin piedad, Matrix, Casablanca… Que aproveche.



http://nomadassquare.blogspot.com.es/2012/01/peliculas-que-detesto-primera-parte.html

jueves, 17 de agosto de 2017

ARAMBURU 5: ‘VIAJE CON CLARA POR ALEMANIA’

Termino. Habéis tenido mucha paciencia conmigo y con este verano no del todo aramburero. Porque ha habido más libros. Llegarán.

De momento, una pequeña reflexión sobre esta última novela del escritor donostiarra que he leído estos dos últimos meses.

Viaje con Clara por Alemania tiene mucho de autobiográfico. No sé cuánto ni me importa. Cuenta la historia de un español (¿el propio Fernando Aramburu?, nunca se dice su nombre), casado con Clara, una profesora que ha publicado con más bien poco éxito alguna novela. La editorial de ella le encarga un viaje literario por el norte de Alemania. Y allá que se van, ella de año sabático y el de chico/marido para todo. Con su ratoncito (he leído que en Alemania se usa esa expresión igual que aquí se dice “cariño” o similares).

He leído el libro consultando a menudo Google Maps. Lo recomiendo. También recomiendo tener en cuenta que la historia está narrada por un español que lleva media vida allí (como el propio Aramburu). Seguro que alguno hace una lectura hispanocéntrica y le parece mal eso de que un español se atreva a analizar (y criticar) usos y costumbres alemanes. Yo creo que lo hace con cariño y respeto. Tampoco entiendo eso de que sólo puede hablar de un lugar el que ha nacido o lleva toda su vida allí.

No es antropología. No es sociología. Pero hay mucho de eso.

Es, me parece, un homenaje a ese país en el que el escritor/narrador vive muy a gusto sin dejar de ser nunca de donde es. (A alguien con tan poco arraigo nacionalista como yo le cuesta mucho explicar esto).

Recomiendo el libro a los que quieran pasar ratos magníficos. La mirada del narrador es la de cualquier marido (porque no se ahorran los problemas matrimoniales, ni los escarceos eróticos, ni la sintonía de muchos años juntos), pero es un marido que tiene una visión de sal gorda en algunos capítulos y en otros (a veces en los mismos) de una ironía y perspicacia finísimas.

Me he reído a carcajadas en la playa. También se me han humedecido a veces los ojos, especialmente en los capítulos que pasa en casa de la hermana de Clara: bofetadas de realidad, sordidez, necesidad de cariño y bondad a raudales.

Y he entendido perfectamente que, antes de iniciar el viaje, Clara se detiene delante de su colegio y le hace un corte de mangas.

En definitiva, recomendabilísimo este libro. Aramburu no debe ser oscurecido por Patria. Es un autor de múltiples registros, poseedor de un dominio del lenguaje sorprendente y que merece ser leído hacia atrás.

Ha sido el verano Aramburu. Un placer.




viernes, 11 de agosto de 2017

ARAMBURU 4: ‘FUEGOS CON LIMÓN’

Siempre que leo un libro intento ampliar información sobre él. Me entero así de que Fuegos con limón fue la primera novela que escribió Aramburu, con 40 años, aunque no su primer libro, que fue La letras entornadas. En una crítica en El país (abajo) leo una serie de datos sobre el escritor que reafirman que el tono autobiográfico que me parecía tan evidente en Fuegos con limón tiene fundamento.

La novela transcurre en San Sebastián a finales de los años 70. Un grupo de jóvenes, algunos simplemente adolescentes, otros en la veintena, se reúnen de un modo bastante peculiar para fundar un grupo surrealista, La placa (trasunto casi homófono de CLOC, el grupo igualmente surrealista del que formó parte Aramburu por esas fechas). El extenso libro (más de 600 páginas) es a la vez crónica social y crónica individual, un libro de personajes y su circunstancia.

En esa época, ETA ya hacía de las suyas y se preparaba para sus años más duros, los ochenta. ETA está en el libro, se la nombra, pero también se la ignora deliberadamente. Lo mismo ocurre con el nacionalismo más moderado y, por supuesto, no  asesino: Aramburu nos lleva a otra cosa, a contarnos historias de unos tipos estrafalarios que ningunean el nacionalismo y hacen mofa de él, que incluso es tratado un par de veces como un peaje molesto, pero no algo que les concierna directamente ni que sientan como propio. Su patria es la literatura, no el confuso y errático mundo de las esencias identitarias.

Sin embargo, los personajes no son exactamente apolíticos. En el último tercio del libro aparecerá una deriva del grupo más estrictamente política con la aparición de Rosa. Pero también hay escarnio del marxismo: un personaje tiene en su habitación fotocopias del careto de Carlos Marx, una por cada muchacha con la que se ha encamado.

Es curioso que, viviendo de una infancia menesterosa, algunos de ellos abracen el surrealismo y no la lucha política. Estos personajes aún siguen teniendo un presente muy duro. Concretamente, la muerte de uno de los progenitores en ambos casos y la presencia dolorosa del otro, enfermo, alcohólico en uno de ellos (terrible su final y la reacción del hijo).

La literatura es, en muchos de estos casos, una huida hacia la belleza y el sentido.

Me interesa mucho la relación entre los personajes. Izaskun Ayestarán, la chica de familia burguesa, reniega de sus orígenes (pero sólo de boquilla, no de cuenta corriente) con la literatura. Se dice liberada, pero necesita desesperadamente que la quieran. Josu Ruiz busca sentido, unidad y disciplina. Arrastra un drama familiar y, cómo no, necesita que le quieran. Parece más sólido de lo que es, pero no, la piel es frágil y se equivoca. Lo hace primero con Izaskun, luego con Rosa, condenadas a odiarse, arquetipos.

Algunos personajes secundarios son una delicia literaria. Pienso sobre todo en Cacharrito, que con su candor y bondad natural pone un contrapunto al absurdo, resentimiento y miserias de los miembros de La Placa. También pienso en otro, el de más breve recorrido, el filósofo alcalaíno Raúl Albaladejo. Pocas veces he leído algo tan esperpéntico y divertido como la estancia de este individuo en San Sebastián y cómo se deshacen de él cuando descubren que sólo es un vividor a cuenta ajena.

No me extiendo más. La novela es densa, coral, difícil a veces. El lenguaje es deliberadamente pretencioso, incluso antiguo a veces, como correspondería a aspirantes a literatos que aún tienen mucho que pulir. Recuerda a los clásicos de la literatura española, muy especialmente a la novela picaresca. El tono es difícil de describir: es crónica, es drama, es comedia; qué importa.

En cualquier caso, y una vez leídos unos pocos libros del autor, se constata en estas páginas lo que iba a ser después.

Recomendable, sin duda.


Reseña crítica de La letras entornadas:

Reseña crítica de Fuegos con limón:
http://www.revistadelibros.com/articulos/fuegos-con-limon-de-fernando-aramburu_1

domingo, 6 de agosto de 2017

ARAMBURU 3: ‘AÑOS LENTOS’

El tercer libro de Fernando Aramburu que he leído este verano es Años lentos, su sexta novela, de 2012. No estoy hablando de ellos por orden de publicación (soy obsesivo pero no sistemático), sino de lectura.

Años lentos es un libro fronterizo, incluso un libro experimental. A veces parece literatura realista, incluso inserta dentro de las corrientes tremendistas, pero el tema del terrorismo no le es ajeno, sino que es un fondo creciente y opresivo.

Cuenta la historia, a finales de los años sesenta, de un niño de ocho años que ha de trasladarse de Navarra a San Sebastián por la penosa situación de su familia. Allí vive con sus tíos en un barrio humilde y comparte habitación con su primo Julen, un joven que comienza a coquetear con el terrorismo como única respuesta a un contexto social muy ingrato. Julen es un tipo de escasas luces y las consignas penetran en él sin resistencia ni análisis. Su hermana es Mari Nieves y los chicos son su único interés vital. Por último, los tíos: Maripuy, sostén de la familia, hermana de su madre, es el eje de la historia, otra vez un poderoso personaje femenino frente al apocado tío Vicente, que alterna bar y trabajo (nos recuerda mucho al marido de Bittori, de Patria, también al padre desnortado del protagonista de Fuegos con limón).

La única fantasía literaria que se permite Aramburu en este libro es el estilo, como un cuaderno de notas que el niño -se supone que ya más crecido- deja al escritor para que éste construya una novela. Parece a veces que es un proyecto de trabajo, revela posibilidades, senderos a recorrer, como si quisiera mezclar una historia real con la ficción. Esto me parece interesantísimo y evita el rigor estilístico de esas novelas naturalistas de fines del XIX y también de la postguerra.

Al leerla me daba cuenta de que el tema del terrorismo ha eclipsado el resto de los problemas sociales de una gente que, como en todas partes, sufre las estrecheces económicas y una situación económica más que precaria. No obstante, algunos (Maripuy), aún encuentran generosidad que repartir con los que son todavía más desgraciados.

El título se ajusta muy bien al contenido: años lentos, de brega diaria con las circunstancias, con la vida que nunca es como desearíamos. 

Y al final qué.




miércoles, 2 de agosto de 2017

ARAMBURU 2: ‘LOS PECES DE LA AMARGURA’

Tras leer Patria, pensé que Aramburu merecía un poco más de exploración. Un buen escritor no lo es de un solo libro, no suele serlo. De modo que me arrojé sobre su obra. Este es el verano Aramburu. El siguiente texto al que le tocó el turno es Los peces de la amargura.

Navegando en internet, me encontré con el artículo de Pérez-Reverte que incluyo abajo. Casi lo ha dicho todo. Pese a ello, me voy a atrever a pergeñar unas líneas.

El este libro de relatos he encontrado muchas semillas de lo que luego se desarrolla en Patria. Tengo la impresión de que Aramburu ya tenía en mente unos arquetipos que conoce bien, unas psicologías de personajes que no había de inventar, sino sólo tomar sus presupuestos y desarrollar. Aparecen aquí, son esos personajes que ha conocido y con los que ha convivido, como él ha dicho en alguna entrevista, personajes que han sido personas, no ficción.

Los peces de la amargura contiene una serie de relatos vertebrados en torno al terrorismo, al ambiente opresivo que impedía a tantos pensar con racionalidad y libertad. Porque, pese a lo que se dice, el miedo no es libre, sino la castración de la libertad.

No hay en estos relatos justificación de los que colaboraron con los verdugos: informantes, acosadores…; mucho menos de los propios verdugos, pero sí una labor de cirujano para indagar, averiguar, qué hay en su mente. Y lo que nos dice Aramburu (o yo lo interpreto así, o es mi lectura) es que había poco: un sustrato de resentimiento sobre el que se edificó un colosal discurso que se extendió como el aceite entre muchas capas de la sociedad. Ese discurso, como dijera Camus, necesita culpables para justificar los asesinatos. Un justiciero no es un asesino. Por eso los etarras no asesinaban, sino que ajusticiaban; no metían a alguien en un zulo, sino en una cárcel del pueblo… Ninguna novedad. Tampoco aprendizaje.

Me he vuelto a emocionar con la lectura. Con todos los relatos, sin excepción. El primero, que da título al volumen, es el más complejo. Pero, si se me permite un spoiler, mi preferido es aquél en el que un chico de 14 años descubre que a su padre lo mató ETA cuando a su abuelo se le escapa la información antes de tiempo, indignado por una manifestación proetarra, la misma a la que iba a ir el nieto esa tarde. Se homenajeaba a una mujer que colaboró activamente en el asesinato del aita; acaba de salir de la cárcel y su hermana adolescente está a punto de iniciar una relación sentimental con él. Íñigo, el muchacho protagonista, duda entre quedarse con ella (radical, liberada, abertzale, con discurso) o con otra joven que también lo pretende: se llama Asun y de ella sólo sabemos su nombre. Se lo explica a su madre cuando los dos se sinceran acerca del pasado del padre asesinado. Se queda con Asun. Ha decidido ser valiente. O coherente.

  

domingo, 30 de julio de 2017

ARAMBURU 1: ‘PATRIA’

Con esto de los libros yo soy un poco obsesivo. Es decir, cuando descubro un autor, continúo con el filón. Eso me ha pasado recientemente con Fernando Aramburu. Al terminar el curso, el primer fin de semana en el que no tuve que corregir, abrí (¡grave error!) Patria. A partir de entonces comenzó la debacle. Porque ese finde sólo salí de casa para estirar las piernas; lo dediqué casi en exclusiva a su lectura. El miércoles por la noche lo terminé. Y con pena.

No descubro el libro. Ha sido el gran éxito editorial del último año. Y me alegro. En la Feria del libro de Madrid, las colas para que el autor firmase un ejemplar eran monumentales, casi tanto como las de los famosetes, youtubers, y demás (ironía malsana, causticidad irrefrenable, soy malo).

El peligro que corre Aramburu es morir de éxito. Me explico: Patria es tan monumental y ha tenido tanto éxito que probablemente eclipse al resto de su obra. Y no es justo. También puede ocurrir que buena parte de sus lectores hagan de ella un instrumento político o, peor aún, partidista. Y eso tampoco es justo.

El argumento es de sobra conocido: dos familias en un pueblo cualquiera pero próximo a San Sebastián, protagonizan la polaridad de tantos años en el País Vasco: los que simpatizan con el entorno abertzale, desde el que era tan fácil dar el salto al amonal y a la pistola, y los que sólo querían vivir como lo hace todo el mundo: familia, trabajo, amigos, aficiones... Pero eso no era posible: bastaba que alguien pusiera tu nombre, te señalara, te delatara, para convertirte en un apestado, un españolista, un mal vasco, un traidor…

Miren y Bittori son amigas, son el hilo conductor de la acción, el polo matriarcal desde el que se narra. Sus maridos son amigos, juegan a las cartas en el bar, van en bicicleta los domingos. Los hijos han crecido juntos. Pero el marido de Bittori, el Txato, es un pequeño empresario al que ETA exige el impuesto revolucionario, mientras que uno de los hijos de Miren acaba entrando en la banda terrorista. No cuento más.

El libro es una exploración sobre los motivos. No digo de las razones, que eso es otra cosa. Tampoco de las justificaciones, que nuevamente es algo distinto. Entramos en la psicología de todos los personajes, que se nos muestran indefensos, arrogantes, heridos, esperanzados, destrozados. Es también un estudio sobre psicología social: ¿qué llevó a unos cuantos centenares de miles de personas a esta situación?, ¿cuál es el poder de las creencias en los derechos de un pueblo?, ¿qué es exactamente la pertenencia y qué consecuencias tiene?, ¿cómo se tolera la discrepancia?, ¿por qué tantos fueron incapaces de alzar la voz, de mostrar públicamente su repugnancia?

A mí esto me interesa mucho. Porque admiro a los pocos que sí lo hicieron. Aramburu no es la primera vez que escribe sobre el tema (ver entregas de otros libros del autor a lo largo de los siguientes días), pero aquí lo hace a fondo, con valentía, también con distancia, lo que no quita un ápice de verdad y sí da escasa contaminación (muchos son los que dicen que hay que escribir desde dentro; yo creo que a menudo escribir desde fuera da perspectiva).

Me gusta especialmente el personaje de Gorka, doblemente acorralado, impulsado a tener que escribir para niños porque, de lo contrario, al ser el que más y mejor habla euskera, estaría condenado a servir a la causa. Y ha de marcharse. Y callar. Me lo imagino, ocultándolo todo, hasta que no puede más.

He derramado unas cuantas lágrimas, eso es relativamente fácil. Pero insisto en que cada cual debe leerlo  por sí mismo. La emotividad es más fácil de conseguir que la calidad. Sin embargo, creo que la novela de Aramburu lo tiene todo.  Me alegro.


Procedencia de las imágenes:


lunes, 24 de julio de 2017

SUFRAGISTAS

El curso pasado llevamos a los estudiantes al cine, una sesión matinal, especial para ellos. Vimos Sufragistas. Me explicó un compañero anglófilo que en inglés se distingue entre suffragist y suffragette. Éste es el título original de la película: Suffragette.

Una suffragette es una sufragista más radical, alguien que no sólo está a favor del derecho al voto de las mujeres, sino que está dispuesta a infringir la ley para conseguirlo. De eso va la película, de un grupo de mujeres que hicieron frente a una ley injusta para conseguir el objetivo. En este sentido, entroncan con la desobediencia civil y con lo que hoy se llamaría (con ciertas reservas) terrorismo de baja intensidad. De todos modos, mucho cuidado con esto: ni la época ni la causa eran las mismas.

La peli da para una revisión a nuestra historia reciente, la de Europa, cuna de la civilización…; sí, esa civilización incivil que hace menos de un siglo permitió a la mitad de su población tener algo tan básico como el derecho a votar.

La vieja polémica (no exactamente maquiavélica) entre medios y fines es uno de los nudos de la narración. He leído que algunas suffagists acusaron a las suffragettes de retrasar con sus acciones los logros a los que tenían derechos. Nunca lo sabremos.

En relación con ésta distinción que en español no existe, aparece otra: la que hay entre legal y legítimo. Si bien toda ley es pleonásmicamente legal, no siempre es legítima. Y, en consecuencia, ¿está legitimado desobedecer leyes ilegítimas? La tesis de la película va claramente a favor de ello, naturalmente a favor de la Historia y con la verificación posterior de ella. Eso lo sabemos hoy, pero no lo sabían quienes llevaron a cabo esa lucha en el cambio de siglo.

La película tiene pulso, no decae. Los personajes (habitual combinación de reales y ficticios) son siempre creíbles y los actores están muy bien, todos, incluida una Meryl Streep en un pequeño y sustantivo papel. La ambientación, lo que ahora se llama factura técnica, es de lo mejor de la película: como estar allí y entonces. Dicen los que saben inglés que hay que verla subtitulada porque también han cuidado eso, con distintos modos de hablarlo según la extracción social del hablante.

Tiene escenas dolorosísimas, las que muestran la explotación laboral, la escena final y, sobre todo, la entrega del niño. En ese plano hay una maldad que no es sólo del marido, sino estructural, social. Eso es patriarcado, poder, leyes injustísimas y división de la población en sujetos de derechos y sujetos de deberes. El marido era un hombre bondadoso, pero se transforma (amparado por una sociedad y unas leyes) en el mostrenco que todos podríamos ser si creyéramos que lo corriente es lo normal.

A la salida del cine hay que pensar: lo que vemos, la igualdad que reflejan las leyes (y no siempre la realidad, desde luego) no ha sido fácil ni gratis. Conviene no olvidarlo: los derechos no son sino una creación antinatural. Por lo tanto, no son reales, sino construidos sobre la sangre de la gente que nos precedió.  No son eternos y sí se pueden perder.

Película para ver y hacer ver a las nuevas generaciones. Lo que no es natural hay que cultivarlo para que lo interioricemos al modo de una segunda naturaleza y actuemos como si lo fuera.