miércoles, 6 de diciembre de 2017

ERRORES

Ayer mostré a una amiga un texto de este blog. Era un relato, “91/11”, supongo que los fieles recordarán que Coeliquore lo premió en su primer concurso de relatos.

Había dos errores. Dos errores imperdonables, una letra que indicaba un género gramatical incorrecto y una tilde tan indebida como absurda. He leído este texto docenas de veces, mucha gente lo ha hecho. Algunos son amigos que señalan los errores cometidos sin pretender burla o demostración de superioridad. Nadie me dijo nunca nada.

Cometo errores continuamente. Los estudiantes no acaban de entender que si tengo que estar pendiente del distraído, del que está jugueteando, del que toca el pelito a la chica, del que intenta sacar el móvil, etc., no me es posible llevar bien la clase. Y me equivoco. A última hora estoy muy cansado y me equivoco más aún. Casi siempre son bobadas poco relevantes. A menudo se dan cuenta. Yo he aprendido a reírme de eso y de mí.

No me preocupa equivocarme. Me preocupa más el empeño que tiene mucha gente en mantener a toda cosa sus convicciones y creencias, es decir, sus prejuicios.

No sé si estoy crecientemente intolerante, puede que sí. Naturalmente que nadie está libre de errores; lo que no soporto es la arrogancia del ignorante, la soberbia del muchacho de 14 años que está convencido de que tiene razón en todo, absolutamente en todo, lo que suele estar reforzado por el padre del retoño. No soporto la destrucción consciente y deliberada de un lenguaje político que se ha convertido en cualquier cosa, pero no en significativo. Muchos de los que llevan a cabo esa devastación lo hacen conscientemente, pero hay tantos (miles, millones) que siguen fielmente al adoctrinador, renunciando a su libertad y a su racionalidad, que el error moral, político y también científico nos llevan de cabeza al relativismo más peligroso: si todo vale lo mismo, entonces nada tiene valor.

No, es sencillo saber con exactitud qué es lo verdadero, pero eso no significa que cualquier charlatán pueda imponer sus particularísimas cosmovisiones, algunas muy peligrosas. La tolerancia tiene límites: la verdad y la dignidad de las personas. Por eso hay que combatir el error, del que nadie está libre.


Procedencia de las imágenes: 
http://www.ahorrocapital.com/2016/10/errores-financieros-que-evitar-lo-largo.html
https://www.pildorasdefe.net/aprender/fe/disfraces-soberbia-identificar-desenmascarar

sábado, 25 de noviembre de 2017

LO NATURAL

Escucho últimamente mucho esta palabra. Lo que no tengo muy claro es que entienda lo que quieren decir quienes la utilizan.

Natural puede referirse a la naturaleza de modo más o menos directo. En ese sentido, lo natural sería vivir en ella, como ella indica y exige, sin artificios.

Natural puede ser también lo normal, lo normal estadísticamente, es decir, lo más frecuente. No es lo mismo que lo anterior. En algunos casos, pareció natural zurrar a la parienta, liquidar a los judíos o arrojar por el acantilado a los bebés defectuosos. Todo el mundo lo hacía, era lo natural, lo normal. Sin embargo, no es natural en el primer sentido, sino fruto de un uso social en el que el odio o el desprecio se ha aprendido; natural aquí es lo acostumbrado, lo que se ha hecho siempre, aunque no sepamos muy bien si ese siempre tiene origen y cuándo fue.

Casi prefiero lo primero. Lo natural fue durante mucho tiempo la supervivencia del más apto en un contexto biológico hostil. Hoy vivimos de otra manera. Hoy tenemos ciudades, medicina, agricultura, internet… Nada de eso es natural.

Lo natural es vivir en cuevas o dormir al raso. Lo natural es enfermar y morir joven de cualquier infección curable con los artificios de la medicina y la farmacología. Lo natural es tomar de los árboles lo que producen y morir de hambre si no producen nada. Lo natural es comunicarnos con sonidos guturales y poco más.

Pero la humanidad ha construido una segunda naturaleza: la cultura, el modo de vivir en sociedad. No es perfecta, pero a mí me parece mucho mejor que vivir bajo la amenaza de muerte por viruela, inanición o frío. Prefiero la riqueza de la poesía y la posibilidad de comunicarme por internet con personas de las que me separan muchos kilómetros.

Nada de eso es natural.

He tenido varios esquinces de tobillo, pero no cojeo gracias a la tarea de competentes traumatólogos. Padezco migrañas que alivio con paracetamol e ibuprofeno. Estoy vacunado y sé que no padeceré enfermedades que han llevado a la tumba a humanos de tan solo dos generaciones atrás.

Compro en el supermercado y no dependo de sequías o plagas.

Hablo con familiares y amigos a diario.

Ya sé que todo esto tiene peajes, muy graves en algunos casos. Pero la agricultura, la medicina, la tecnología, la educación, son violencias que hacemos a la naturaleza para salir de ella e instalarnos en otra naturaleza de segundo grado. Obviamente, el planeta no es infinito y hay que procurar que la naturaleza en su sentido más primigenio no se deteriore más allá de lo razonable. Los seres humanos tenemos la obligación de mantener (y en la medida de lo posible mejorar) la Tierra. No hay que ser angelicales, pero sí procurar que nuestros hijos hereden algo mejor o al menos igual.

A lo que no estoy dispuesto es a hacer de eso una religión. Es cierto que yo sé poco de Ecología, pero algunos de los que se dicen ecologistas saben menos aún, precisamente porque la ecología (una ciencia) y el ecologismo (una militancia, una toma de conciencia) no son lo mismo. Por eso creo que conviene dejar que los que saben de verdad sean los que expliquen y actúen. Lo otro, en no pocos casos, es la sustitución del Dios de turno por otro dios, más new age, posmoderno y guay, pero una divinidad al final, un absoluto. La muerte de Dios ha fomentado la aparición de divinidades de todo pelaje, muchas personas necesitan creer. En esto yo también soy agnóstico. Por eso escribo naturaleza y no Naturaleza.

No presumo de vivir de acuerdo con la naturaleza, pero al menos procuro que mi huella en el planeta sea la menor posible. Desde luego, alguno de esos que (dice que) vive en/según la naturaleza haría bien en replantearse si son más ecológicos que yo (más ecologistas ya sé que sí): viven lejos de la ciudad, necesitan coche para todo, tienen grandes casas para cuya calefacción necesitan muchísima energía, comen productos ecológicos que vienen de la otra parte del mundo, etc.

No hablo de las personas consecuentes con sus palabras, claro, sino del postureo cuasi religioso e impermeable a la argumentación. Es que no me gusta el fariseísmo. Ni en religión tradicional ni en sus nuevas formas. Por lo demás, que hagan lo que les parezca. Pero sin dar lecciones a nadie. El apostolado, con otros.

Confieso que tengo automóvil, calefacción individual y aire acondicionado en el salón, adsl, teléfono fijo y móvil, electrodomésticos varios, viajo en avión a veces y no fabrico compost porque vivo en un piso y mi tierra se reduce a una jardinera y un par de macetas. En un piso, repito, eso tan poco natural… De modo que los fundamentalistas de la cosa ya pueden irme borrando de sus naturales agendas, naturales móviles, naturales cuentas de Facebook y Twitter y naturales ordenadores. Al resto de amigos, naturalmente, los quiero. Con naturalidad.


Procedencia de las imágenes:
http://www.nacentralohio.com/rethinking-cancer/
https://www.newyorker.com/magazine/2015/10/19/pond-scum



viernes, 17 de noviembre de 2017

BUZÓN

No quiere sentirse culpable. ¿Por qué entonces ese agujero en las entrañas? Recuerda el tiempo no tan lejano de las palabras amables, del cine de los domingos y el roce amoroso de su mano.

Tuvo que ser otro, otra vida. Tal vez no le pasó a ella. Otra persona.

No quiere sentirse culpable, pero ahora que lo ha decidido es aún peor. Él no volverá en unas horas: tiene que hacerlo, no pensarlo más.

Descubre que tiene miedo cuando cierra la puerta. Baja las escaleras en silencio y vacila ante el buzón. Finalmente deja caer las llaves. Se siente mejor. Abre la puerta de la calle, se quita el anillo y descubre que el frío que le azota la piel es agradable.

Tal vez sí le ha pasado a ella. Pero ahora es otra persona.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

RECUERDOS

Hace unos días estaba escuchando fragmentariamente el programa No es un día cualquiera. Era sábado. Recogí la casa, hice la cama, saqué la vajilla del lavaplatos… Hablaban de recuerdos, o reliquias, como algunos las llaman.

Algunas personas dicen que guardan cosas que no les gustan, la cristalería horrible de la abuela, ropa…

¿Soy de esos? Me doy cuenta de que he cambiado. En los últimos 10-15 años muchísimo. Antes era más guardador que ahora. Nunca he sido un Diógenes acaparador, en mis casas había poco sitio y hasta la que ahora habito, tampoco trastero. Pero solía conservar lo de pequeño tamaño, entradas de cine, pequeñas notas, folletos…

De vez en cuando abro un libro antiguo. Hay papelitos dentro. Casi siempre los tiro. Las anotaciones ya no me dicen nada, ahora las tomo directamente al ordenador. Salen muchas entradas de cine, casi siempre dos. Recuerdo todas las ocasiones con precisión, tal vez por eso me desprendo de ellas.

A veces aún aparecen recuerdos de viajes, planos, tickets de restaurantes. Hago lo mismo. No me recreo en el pasado, tal vez porque muchas de esas personas con las que compartí felicidad ya no están o ya no están conmigo. Sería de ese modo un mecanismo de defensa frente a la nostalgia o la devastación afectiva.

Por supuesto, tengo algunos objetos de uso diario que pertenecieron a personas queridas que murieron. Los hago míos y los recuerdo cuando como una ensalada en el bol que fue de ellos. Son pocos los objetos que guardo en el trastero, la mayor parte porque no me gustan o porque no caben en casa. De algunos me desprenderé, como ya he hecho en parte: libros, platos, adornos para la casa…

De mi madre me quedan unas cuantas manías, un sentido del deber casi kantiano, la puntualidad, cierta impaciencia vital y un modo fantástico de cocinar la tortilla de patata. Otras cosas (lo siento, madre), las hago distintas; muy pocas, mejor. Pero no tengo fotos suyas en casa.

Dicen mis hermanos que soy desapegado. Es posible. Me ha gustado la independencia y he pagado un precio por ello en forma de soledad. Aún vuelve de vez en cuando a quebrar mi frágil equilibrio emocional. A lo mejor por eso quiero pocos recuerdos materiales y los papeles son cada vez menos en mi casa.

Este verano encontré una carpeta en la que iba guardando papeles relacionados con una mujer a la que quise. Todo lo deseché sin dolor. Borré igualmente sus mensajes en el móvil.

Nos cuesta decir adiós. No insistiré en lo necesario que es.


Imágenes:
http://oficiodescribir.blogspot.com.es/2016/09/papeles-en-los-libros.html
http://barbara-bodymindsoul.blogspot.com.es/2011/05/las-notas-y-un-mechero.html





domingo, 29 de octubre de 2017

PROFESORES (DE MI HIJO)

No voy a ser objetivo. Como ya he dicho en alguna ocasión sólo puedo ser subjetivo porque soy un sujeto. Lo que espero es no ser arbitrario.

No puedo serlo porque voy a hablar de profesores y soy uno de ellos. Ser juez y parte no es buena cosa si se quiere abordar algo con imparcialidad.

Pero es que no quiero hablar de los profesores en general, sino de algunos en particular. Mi hijo ha comenzado su segundo año en la Universidad (pública, desde luego). Echo la vista atrás y me doy cuenta de que alguien le enseñó a leer y a escribir, que es un regalo impagable nunca lo suficientemente agradecido. Estoy muy contento del cole al que fue, con maestros de la vieja escuela, de los que aman su trabajo y no se dejan seducir por experimentos pseudopedagógicos. Su formación elemental fue buena y pasó al instituto sin problemas. Allí le he podido seguir más de cerca porque es mi terreno y porque a algunos de sus profesores los cuento entre mis amigos.

Ahora repaso y no encuentro ni uno del que pudiera decir que es un inepto. Es cierto que hemos tenido suerte, porque los hay, claro que sí, y desde luego en el instituto en el que estudió. Algunos profesores deberían reexaminar su tarea: o no están capacitados o no ponen de su parte lo suficiente. Y cuando se trata de trabajar con material humano hay que esmerarse. Mucho.

Hemos tenido una especial suerte con los profesores de ciencias, especialmente física y matemáticas, asignaturas que al padre no supieron enseñarle bien (y lo digo con cierto rencor), pero que al hijo le han entusiasmado hasta el punto de querer dedicarse a ello los próximos años.

Me duele un poco el desdén hacia la Filosofía y hacia la Lengua/Literatura. La primera porque es lo que nos da de comer y mi formación universitaria. La segunda porque es lo que más me pone. No obstante, ninguna queja hacia los profesores, a los que tengo en estima personal y profesional, simplemente no era lo suyo y ni los talentos ni las querencias parece que se hereden. Insisto, he seguido su trayectoria y me parecían cursos bien planificados y profesores competentes y dedicados, de ésos que no tiran la toalla cuando las administraciones nos ponen minas en el quehacer diario.

Cuando fui tribunal de oposiciones pensaba siempre en lo mismo: ¿me gustaría que este aspirante fuera profesor de mi hijo? Algunos eran excelentes y muchos merecían estar en las aulas más que yo, sin duda.

Creo que debería hablar con muchos de ellos y decirles esto tan hermoso: gracias. Y al de filosofía, que nos perdone porque la teoría ondulatoria de la luz le provoca más entusiasmo que las ideas platónicas. El hijo es así de raro. O será el padre, que no ha sabido inocularle el virus pertinente.

O que la educación (¡menos mal!) no es una ciencia exacta y los hijos nunca son clones de los padres, de sus expectativas o de sus frustraciones.

Ahora que se habla tanto del adoctrinamiento en la escuela, debo decir que me alegro mucho de que hayan adoctrinado a mi hijo en esos mínimos que todo centro público debe inculcar: estudio, disciplina, conocimiento, análisis crítico, verdad… Lo otro ya lo iremos viendo nosotros si queremos. Quiero decir que ya lo irá viendo él. Es su hora.


Procedencia de las imágenes:
https://www.las2orillas.co/gracias-maestros-la-caricatura-de-la-semana/
http://www.entrelibros.co/blog/etiqueta/fisica/

domingo, 22 de octubre de 2017

FIN DE SEMANA EN CASA

El pasado fin de semana casi no salí de casa. Sosiego y reflexión.

Trabajé poco. Se acabó lo de agobiarse en fin de semana. El muy excesivo volumen de tareas que soportamos no puede extenderse y ocupar el tiempo libre. Apenas una hora el domingo para repasar las clases del lunes. Basta.

A cambio escribí mucho. Escribí para el blog, un blog para casi nadie. Muchos de mis amigos lo ignoran. Pongo el enlace en Facebook, pero es casi lo mismo. Un “me gusta”, poco más. Debo replantearme qué pasa, si seguir. No quiero escribir para gustar a no sé quién, pero tampoco escribir para un viento que ni siquiera sopla.

Leí. A Zweig, un fragmento muy interesante de Momentos estelares de la humanidad, en el que Tolstoi reflexiona sobre medios y fines, la legitimidad de la violencia y el ejemplo vital. Los jóvenes indignados que le interrogan al comienzo del relato me recuerdan a demasiados. Terminé un libro  de poesía de Elvira Sastre, La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida. Me lo dedicó en mayo, decía esto: “espero que encuentres aquí la calma de todas tus heridas”. No la he encontrado, pero sí la belleza, que no es poco.

Vi varios capítulos de una serie que me interesa: Bron/Broen, producción danesa y sueca. Policiaco, claro. Me gusta mucho el género, no tanto las series, pero esta sí. La protagonista, mucho. En cada capítulo más, no sé si me estoy enamorando o que cada vez es mejor actriz. O ambas cosas.

La casa necesitaba un repaso. No fue completo, pero sí alguna habitación en la que empezaba a sentir miedo y vergüenza. Me gusta que la casa esté limpia. La terraza está ahora impecable a excepción de la barandilla en la que las lluvias de esta semana han dejado su huella. Aún escribo desde allí en las horas centrales del día. Mientras lo hacía vi al otro lado del parque una ambulancia que recogía a alguien y no pude evitar pensar que soy afortunado pero que algún día me recogerá a mí.

Escuché a Wim Mertens y a John Coltrane. Y a Bach, el músico de Dios.

Pese a todo lo anterior, la bola de cemento (le tomo prestada la expresión a Elvira Sastre) quiere abrirse paso y no se lo permito. La ansiedad me acecha y me defiendo; casi siempre sé hacerlo. No dejo que los espejos me devuelvan una imagen que no quiero ni que el silencio se enraíce donde no debe. Aunque a veces lo deseo.






viernes, 13 de octubre de 2017

NO TOMARÁS EL NOMBRE DEL UNIVERSALIZADOR EN VANO

En Lógica se llama universalizador al signo que engloba a la totalidad de los individuos. Dicen que a Churchill le preguntaron qué opinaba de los franceses y contestó algo así: “No lo sé, no conozco a todos”.

En las ciencias empíricas hay que buscar leyes. Por lo tanto, leyes universales, pleonasmo innecesario. En ciencias humanas también se buscan. A veces hay que conformarse con estadísticas, aproximaciones a la verdad (lo que, por cierto, también hacen algunas ciencias de ésas que se tienen por absolutamente verdaderas).

En la vida corriente utilizamos a menudo el universalizador: las mujeres/varones, los inmigrantes, los catalanes, los futboleros, los profesores… Implícitamente se halla el “todos”. Grave error: no tomarás el nombre del universalizador en vano.

Nos enseñan muy pronto que pasar del 1, 2, 3… n al todos es un grave error, un pecado mortal contra la lógica. Obviamente, la inducción completa (pues se llama inducción) es posible en ocasiones, en pocas ocasiones. Lo malo es cuando tomamos la parte por el todo o la muestra por la globalidad. Entonces no sólo hay error lógico sino mala leche o algo peor.

Algunas variaciones de esto: “el pueblo”, “nosotros”. Me da miedo quien habla en nombre del pueblo. Primero porque en todo caso representa a una parte del pueblo (lo que, indudablemente, no es el pueblo, del mismo modo que un trozo de tarta no es la tarta). En segundo lugar, porque comete petición de principio, esa falacia que consiste en dar por cierto (suponer) lo que primero hay que demostrar.

Yo no soy pueblo. No me universalicen, déjenme con mi pobre y particular existencia de hombre de carne y hueso, individualmente individual. Que ya decidiré yo -si quiero y si me dejan- a qué colectivos deseo pertenecer y por cuánto tiempo.

Mi grupo sanguíneo es 0+. Lo que significa lo mismo que mi talla de camisa, número de pestañas o dioptrías que llevan mis gafas. ¿O es que pertenezco al pueblo de los ceropositivos? ¿Acaso puedo reclamar los derechos históricos/histéricos de los miopes? ¿Los de la talla L tenemos hecho diferencial?

Pues eso, que no tomen el nombre del universalizador en vano. Que no sé si existe Dios, pero la lógica desde luego que sí.


Imágenes:
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Aristoteles_Logica_1570_Biblioteca_Huelva.jpg
http://lecturaenbergondo.blogspot.com.es/2012/12/el-otro-hombre-de-miguel-delibes-ii.html



jueves, 5 de octubre de 2017

ELOGIO PARCIAL DE LA RACIONALIDAD

Cada día que pasa me hago más racionalista. No para todo, claro.

Pero creo que hay dos cuestiones en las que conviene delimitar mucho los ámbitos: la ciencia con la que conocemos y la política con la que nos gobernamos.

Me parece muy saludable que el personal disfrute con románticas declaraciones de amor, que se encienda horizontal o verticalmente. Me conmueven muchas películas, muchísimos libros, poemas. Es el reino de la expresión, del sentimiento, de la emoción sin muros ni amarres. Si no se hace daño a nadie, de perlas.

Otra cosa es la ciencia. Comencemos por ahí. Últimamente he tenido alguna que otra discusión con amigos y conocidos al respecto. En una ocasión, de modo simpático, me tildaron de “racionalista”. Vaya, yo creo que algunos de los que discutían conmigo mostraban al respecto una irracionalidad rayana en la superstición, lo cual conduce fácilmente a la manipulación. La cosa vino porque me confesé contrario a las pseudoterapias. Ya se sabe la réplica: a mí me funcionó, yo conozco a alguien al que le fue bien, no pueden hacer daño, la ciencia no tiene respuesta para todo… Temo que ignoran cómo funciona la ciencia, qué es un ensayo clínico, una evidencia científica, un proceso de contrastación (corroboración y falsación), una estadística, un método de trabajo… Mira que yo sé poco, pero es que hay quien no sabe nada. Y lo peor no es la ignorancia, sino hacer de ella conocimiento. Muy alarmante.

Internet está llena de páginas de timadores peligrosos. Uno de ellos recomendaba usar MMS con ácido clorhídrico, mejor que con ácido cítrico. Es calvo, pero sostiene que comiendo una planta crece el pelo. Todo eso lo vende él, claro, pero la culpa de todo lo tiene la malvada industria farmacéutica y la medicina tradicional, aún más malvada, creadora y cronificadora de enfermedades para engrosar la caja de caudales. Él no, lo que gana es por hacer el bien a la humanidad...  Mando unos enlaces al respecto.

Con lo del gobierno sucede lo mismo. Parece que hemos renunciado a un sistema más o menos previsible, incluso algo aburrido, en el que nos preocupásemos de los mínimos de justicia para dejar a cada cual los máximos de felicidad. Pero la hidra vuelve. En muchos países europeos, el descontento social se canaliza a través de lo más bestia de la tribu y la ciudadanía deja de serlo y retorna a la caverna, se agrupa “con los suyos” muy al fondo, prefiere mirar sombras y ecos y que alguien les señale por detrás qué es lo que deben ver, de quién es la culpa y cuáles son las soluciones. Lo identitario se potencia emotivamente, sin que acabemos de razonar o explicar las causas. La emoción es más interesante que la razón: lenta, minuciosa, rigurosa.  Las posturas se extreman (diría que se radicalizan, pero eso sería ir a las raíces, lo que no es el caso), se señala a los enemigos, se pone la máquina de fabricar banderas a pleno rendimiento… No sé adónde nos conducirá. Algunos no acabamos de entender cómo fue posible la Guerra Civil Española y las dos guerras mundiales. Pero ahora, viendo lo que veo, comienzo a comprender. Y entonces había un nivel de miseria e ignorancia que hoy no existe, aunque la amenaza de la primera es posible que potencie voluntariamente la segunda. No es un mal que viene de fuera: somos nosotros, son como nosotros. Me da miedo.

Yo creo que la racionalidad no tiene más alternativa que la barbarie. Por lo tanto, si alguno me quiere llamar racionalista en estos casos (y escéptico respecto a sus opuestos), adelante. Es un honor. Me avergonzaría de lo contrario: he ido a la universidad y no estoy orgulloso de lo que creo, pero sí de lo que conozco.

Hay quién no entiende que, pese a esto que digo, disfrute de la poesía, de una buena noche de amor si se tercia (se tercia poco, siempre se tercia poco) o que se me escapen lagrimitas en una peli. “¿Tú? ¿Con lo racionalista que eres?”.

Pues eso. Racionalista parcial, según y para qué.






PD: Dejo para otro día las disquisiciones más técnicas: tipo de racionalidad, límites, usos, etc. Para los impacientes, el libro de Mosterín (recién fallecido): un tipo que sabía de qué hablaba, que conocía la filosofía y la ciencia. En profundidad, sin mitologías hermenéuticas.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

MÍNIMOS Y MÁXIMOS

A la felicidad se invita, pero la justicia se exige. Las éticas de la justicia son éticas de mínimos, mientras que las de la felicidad lo son de máximos. Éstas pueden ser subjetivas, culturales o de grupos aglutinados en torno a determinadas aficiones o creencias.

Lo difícil es saber qué son los mínimos. Esto es tarea de titanes… encomendada a personas.

Lo intentó la ONU de los tiempos en que parecía posible el sueño de la razón práctica, cuando llevó a cabo ese imposible que fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Recalco lo de Universal. Creo que no acabamos de reparar en lo que significó aquello: los asideros culturales, las religiones, las particulares cosmovisiones cedieron (algunos de muy mala gana, por cierto) en favor de una universalidad de la voluntad de justicia, de una dignidad mínima para todos.

No se cumplen, es verdad. Pero siguen siendo un referente, una idea regulativa (no me libro de Kant ni queriendo), un código vigente, algo más que un ideal de la razón.

Ahora hay que procurar que no mueran de éxito, que ya lo hacen. Hay que promover que se cumplan universalmente frente a los paladines del relativismo democrático (oxímoron a poco que se reflexione).

Es lo mínimo.




Ilustración: http://ridna.ua/2013/11/na-samiti-u-vilnyusi-predstavlyat-vystavku-pro-nedotrymannya-prav-lyudyny-v-ukrajini/

Música: https://www.youtube.com/watch?v=IgAT0jwnVzA

lunes, 18 de septiembre de 2017

ISONOMÍA

Quienes piensan que todos somos iguales tienen un grave problema de visión o, aún peor, su razonamiento está a la altura del de un mejillón.

No es preciso ahondar en lo primero: basta con abrir los ojos y anotar todos los tonos de piel, todas las tallas, sexos, idiomas, creencias variopintas, ropas diversas y complementos complementarios. Menos mal.

Lo peor es la democracia entendida como equivalencia radical. La isonomía es igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades y de derechos. Y aún así esto es discutible y mejorable (muy mejorable). Pero no somos iguales. Desde luego, no en el punto de partida. Menos aún en el desarrollo, en la llegada. Ni todos hacen lo mismo ni todos aportan lo mismo. Una sociedad de derechos y no de deberes es un problema a corto, medio y largo plazo. Una sociedad sin posibilidades de paliar el puesto que nos ha tocado (la lotería natural, la lotería social) es un problema siempre, es la injusticia, es una bomba de relojería.

Me fijo a menudo en cómo trabaja la gente. Los hay que colaboran con su honradísima y eficaz tarea (y con sus impuestos); los hay que optimizan el dinero que el estado gasta en ellos en educación y sanidad, entre otras (una pasta, por cierto). Los hay que conviven, respetan y discrepan. Y discuten, argumentan, se indignan cuando es preciso, pero ni siempre ni por todo.

Luego están los otros. Son aquellos a los que todo parece que les es debido, los que no hacen bien su trabajo, los que evaden impuestos, los que lo harían si pudieran. Están aquellos que vegetan en el sistema educativo, los que quieren todos los servicios sanitarios aquí, ahora y antes que nadie (por supuesto, gratis total). Estos no han  advertido aún que los derechos y los deberes se implican mutuamente.

Están también los delincuentes, los grandes delincuentes. Algunos son delincuentes legales (valga el oxímoron), los que se llevan su dinero a paraísos fiscales, los que tiran con pólvora del rey mientras el mismo rey se la cobra a sus súbditos a precio de oro. Una versión más moderada de esto son los pequeños corruptos, en su ámbito de actuación, cada uno el suyo, el que tiene a su alcance.

No somos iguales. Cada uno ha escogido (ya sé: no siempre, no en todo).  Los del primer grupo construyen convivencia. Los del segundo son los dinamiteros, los que expanden la plaga, los de todos son iguales (lo que quiere decir que quiero que los demás paguen lo mío). Los terceros no tienen perdón de Dios; lamentablemente, sí lo tienen de las leyes, lo que vulnera el primer principio de la democracia: la isonomía.

Dicen los expertos que en la educación está la clave. Puede ser, no sólo. A no ser que llamemos así a un conjunto de elementos que influyen en la conducta. Y que no la determinan, que nadie lo olvide.


Procedencia de las imágenes:
https://apiedeclasico.blogspot.com.es/2015/11/aristides-ostracismo-e-imperio-de-la-ley.html
http://demoinfo.com.py/en-paraguay-el-sistema-judicial-actual-es-clasista-discriminatorio-y-corrupto-afirman/


sábado, 9 de septiembre de 2017

RECIPROCIDAD

Las relaciones humanas son complejas. Ninguna novedad. Abandonado o al menos alejado el sendero del instinto, no tenemos instrucciones, no hay nada que nos asegure cómo relacionarnos con los demás y, sobre todo, cómo hacerlo bien.

Algunas de las cuentas de Facebook de amigos tienen chorrocientos amigos, 20 veces los que tengo yo.  La mayoría suelen tener unos 10-15 likes y… a veces uno o dos comentarios, incluso ninguno. Cuando se trata de entradas menos personales (incluso íntimas), menos aún. Es lo normal. Me sigue asombrando esta pereza escribidora de la gente. Sin embargo, parece lo habitual: casi nadie escribe unas líneas y cuando lo hace suelen ser frases cortas y tópicas, pero darle un dedazo al ratón es fácil, y con eso parece que hay comunicación.

Algo es algo. No obstante, ese algo es poco algo.

Los que somos blogueros hacemos algo más que poner una foto del lugar en el que abrevamos o la playa en la que nos tostamos (“Sufriendo”). Como casi todo juntaletras sabe, escribir cuesta, las palabras no salen solas. Pero aquí ni siquiera hay un “me gusta” que confirme al menos que alguien lo ha leído y tiene una cierta proximidad con lo escrito; o, al contrario, que tiene ganas de discutir con el autor.

Me asombra que muchos de mis amigos dicen leer lo que escribo. Pero son muy pocos los que comentan, con los que intercambio argumentos. Muy pocos. Algunos han abandonado no sólo el comentario, sino también la lectura. Según parece, seguimos siendo amigos. Pues será. Pero me duele. Mucho en algunos casos.

CrisC y yo hemos hablado a menudo del tema. Ampliándolo un poco diré que toda relación humana, del tipo que sea, necesita reciprocidad, cierta reciprocidad. No digo igualdad, que en rigor nunca existe, pero sí al menos un cierto feed-back. Al igual que ocurre en una pareja: no es cierto que los dos den lo mismo. Hay quien tira de la relación, quien planifica viajes, programa cenas, organiza compras, enciende velas y hornos para cenas románticas, preludia amor y relaciones íntimas… Pero hay que responder, alimentar la relación. Mínimamente al menos. O nos cansamos. No es posible que algo funcione si una de las partes se instala en la pasividad, eso que ahora se llama malamente “zona de confort” (porque el confort es otra cosa, algo distinto a un dejarse llevar).

Igual con los amigos. Hay quien llama, wasapea, organiza, planifica… Y hay quien no. Hay quien da excusas, quien conjuga muy bien el aversi (a ver si nos vemos, a ver si la semana próxima, a ver si encuentro tiempo…). Es cierto que algunas personas son más activas que otras, pero quien nunca toma iniciativa, quien nunca tiene tiempo, quien se excusa una y otra vez sin proponer alternativa… Está claro: es señal de adiós sin montar el pollo, una relación que languidece civilizadamente.

En cualquiera de los dos casos nos movemos en un terreno resbaladizo, de señales borrosas y fácil interpretación en un sentido o en el contrario. Por eso precisamente hay que ser algo más preciso y activo.

Debemos tener en cuenta que hay algún que otro analfabeto (yo mismo) en eso de leer señales correctamente. Por eso agradezco las llamadas, los mensajes, las quedadas y el tiempo. Procuro hacerlo también. Sé que no estoy libre de estos pecados sobre los que reflexiono; es más, tiendo a la misantropía y entiendo que alguno de mis amigos esté un poco harto. Debo mejorar esto.

Quien no tiene tiempo para ti es que no te quiere. No digo esta tarde, mañana o la semana que viene: “quien no tiene tiempo”, quien prioriza y  prefiere otras obligaciones (la palabra no es casual). Estas señales sí debemos leerlas bien. Es doloroso, pero al menos no se nos queda la cara de gilipollas, como dijo en aquella descacharrante canción el inolvidable Javier Krahe.

Nos cargamos a menudo con obligaciones que no son tales. Dejo aparte la familia, ésos que dependen de nosotros. También el trabajo, al menos el trabajo contratado, que también los hay que lo utilizan como narcótico. Yo hablo de otra cosa. Hay personas con las que se hace imposible contactar porque tienen tantas cosas que hacer que no tienen más tiempo. Estudian arameo, van a senderismo, al club de lectura, a los partidos de curling, a las reuniones del sindicato de escayolistas y a un proyecto genial de podadores de nubes. Claro, no tienen tiempo. Y como digas que tú si lo tienes te miran raro.

Otra variación es la de los que quedan funcionarialmente, una vez cada mes, una hora, de reloj, que no dudan en mirar una y otra vez en el móvil. “Me tengo que ir”, dicen, por no decir “Se acabó tu tiempo”. O añaden que tienen que madrugar, que quieren pintar la casa antes de dormir o que empieza Anatomía de Grey.

Y entonces es cuando adquirimos consciencia del lugar que ocupamos en su vida.

Porque si hay una cierta relación, la que sea, hay que nutrirla. Como digo, con mínimos al menos: la reciprocidad no es igualdad y todos no tenemos el mismo carácter.

Tengo ya unos años. Miro hacia atrás y veo cuántas personas se quedaron por el camino. A muchas no las echo de menos. Casi nunca he roto relaciones ruidosamente (dos o tres, que recuerde); muchas de esas sombras del pasado están bien ahí: nos dimos cuenta de que los senderos se bifurcaban y de que ya no teníamos nada que compartir. En otros casos -pocos-, me arrepiento de haber sido la parte silenciosa o poco sabia. Me arrepiento mucho. Y también me duele ese silencio de algunos (y algunas, casi siempre algunas), que no quiero o no quise olvidar. Si es desidia, merecemos la separación; si es simple pereza, también. Por eso que decía antes, por gilipollas.




Procedencia de las imágenes:

http://www.tusexosentido.com/2013/07/01/dialogo-de-reciprocidad/
https://www.taringa.net/posts/ciencia-educacion/15031997/Que-es-la-Misantropia.html



domingo, 3 de septiembre de 2017

EL JUEZ

Algunas películas nos llegan más que otras. Llevo muchos años viendo cine y aún no sé por qué algunas me gustan y otras no.

El juez es una de las que me gustan. Voy a intentar justificarlo. Creo que se trata de una estupenda combinación de factores. Todos suman.
La historia. Un juez de provincias, en Francia, debe enfrentarse a un caso de infanticidio. Un durísimo tema. Llegan los miembros del jurado popular. El juez reconoce a una de las mujeres que lo forman, es una médica que le trató hace tiempo y de la que estuvo y sigue estando enamorado.
Los actores. Fabrice Luchini me encanta, es un actor que transmite verdad, que es su personaje. Ella, Sidse Babett Knudsen, más aún, una de esas mujeres con chispa; habla poco, pero no necesita un torrente de palabras, no se actúa hablando. Su hija, Eva Lallier, tiene muy pocos minutos, pero maravillosos, con unos toques de humor y realismo adolescente que de manera asombrosa encajan muy bien en esto que parece un drama, una peli de juicios, un romance…, y que no es nada de eso porque lo es todo. Los implicados en el caso son unos actores impresionantes, todos desconocidos en España, al menos para mí.
Las historias que no se cuentan. Creo que la película es buena por lo que cuenta, pero también por lo que no, por lo que apunta, por todas esas historias posibles de testigos, miembros del jurado, pasado y presente, que se entrelazan. Sabemos, pero no mucho, y es suficiente con esos trazos. Hay muchas películas posibles en ella. El director ha elegido una línea, la mantiene, nos muestra lo que ocurre alrededor. Disfruto imaginando.
El tratamiento que hace el director. Me parece muy equilibrado. Tiene momentos de drama intenso, pero también de humor. Y de amor, y de no-amor. No nos ahorra las sombras de personajes que podrían ser sólo luces. La película es compleja y delicada, pese a que está rodada con sencillez.
Me gusta especialmente el personaje del acusado. Un tipo de aspecto común, con un vocabulario rudimentario y obsesionado en una terquedad que no entendemos. Porque parece ser culpable (¿cómo no recordar Doce hombres sin piedad?). ¿Lo es? Hay un discurso del juez al final que nos pone sobre la pista, tal vez nunca sepamos la verdad, dice. Y no sabemos si también habla de él.
No me gustan, en general, las películas abiertas. Sin embargo, ésta lo es porque habla de la verdad, ese télos inalcanzable e irrenunciable. Lo exigía el tema. Y el final, que no reviento, más aún: lo posible es más poético que lo probable, pero ninguno de los dos es la verdad. Y para qué la queremos.
Os gustará. Por cierto, no es la que pone esta noche TVE1, sino esta otra:

domingo, 27 de agosto de 2017

PELÍCULAS QUE DETESTO (SEGUNDA PARTE)

Hace cinco años escribí un post que pretendía ser la primera parte de una serie sobre películas detestables. Pero no hubo continuidad. En general, no me gusta escribir en negativo sobre películas o libros (alguna vez lo he hecho, lo confieso).

Hace poco me llegó al whatsapp, a través de dos amigas distintas, un enlace que incluyo al final. Se supone que son el top ten del cine filosófico. Uy, qué miedo. Y sí, confirmado. Vamos con ellas.

El número 10 lo ocupa El séptimo sello (1957), del indigerible Ingmar Bergman. Es una película sobre la muerte inevitable a la que se reta a una partida de ajedrez. La he visto, con ningún entusiasmo. A la gente le gustaba Bergman, era un director muy apreciado entre los cineastas cultos. A mí siempre me ha parecido indigesto y mazacote.

Número nueve. The master es reciente, de 2012. Cuando la vi no me gustó demasiado, pero el recuerdo, el poso, es bueno. Un poco compleja y de presentación fragmentada, de un director de esos que gusta ponérselo difícil al espectador, pero merece la pena el esfuerzo. Va de la manipulación de las masas. La tengo que volver a ver, creo que me gustaría más.

Número ocho: Rashomon (1950). No la he visto. Y no porque no me guste el cine japonés.

Siete: Pena de muerte (1995). Esto… no. Pena de muerte es una peli deliberadamente blanda y sobreactuada, con estupendos actores que darían mucho más de sí, maniqueísta y casi siempre panfletaria. No veo gran cine, aunque el tema merezca la pena ser tratado.

Seis: Intestellar (2014). Típica película que, según dicen, nos va a gustar a los de filosofía. Aún no sé la razón. Porque la película es larga, pero larga larguísima, y no sólo por el metraje, sino porque es tediosa y precisa grandes conocimientos no ya de filosofía, sino de física. Esto a mí me parece intolerable: una película debe bastarse a sí misma. Actores estupendos y factura técnica impecable. Y muy aburrida. Mucho.

Cinco: El árbol de la vida (2011). Todo lo dicho de la anterior vale en ésta: larguísima y aburridísima. Muchos me dijeron que fuera al cine, que me encantaría. Pues… Al menos no hace falta saber demasiada física. Pesada, pretenciosa.

Cuatro: La mirada de Ulises (1995). No la he visto. Lo haré.

Tres: Synecdoche, New York (2008). No sé nada, incluso desconocía su existencia. Lo mismo de la dos: La Habitación (2015) y de la uno: El Séptimo Continente (1898). Esta última, leo, es de Michael Haneke, un director soberbio cuyo cine conozco, que me inquieta y sacude. Sus películas son estupendas, aunque no de las que deseas volver a ver, son ásperas y sin concesiones. Aún me ronda la desazón de La cinta blanca y de Amor.

En definitiva, no entiendo por qué a las películas plastas se las llama filosóficas. En mi modesta opinión de espectador, para hacer cine filosófico no hay que ser tan aburrido ni tan pretencioso. El lenguaje del cine tiene que contar cosas. O soy de los que quiere que le cuenten cosas. De lo contrario, me leo un ensayo. Me parece que por ahí van los tiros: no es lo mismo cine filosófico que un ensayo filosófico con aspecto de película. De manera que lo siento, amigas, pero no es lo que más me pone.

Sin embargo, ahí va una pequeña lista de sugerencias del chef: Blade Runner, Matar a un ruiseñor, Las uvas de la ira, Doce hombres sin piedad, Matrix, Casablanca… Que aproveche.



http://nomadassquare.blogspot.com.es/2012/01/peliculas-que-detesto-primera-parte.html