martes, 27 de abril de 2010

UNA MUJER APRENDE A MULTIPLICAR


La vi tan concentrada. Tan desvalida. Y también segura de sí misma, ausente del mundo.


Me senté casi enfrente de ella, en una mesa grande. Saqué mi portátil y comencé a trastear en el correo electrónico y en mi blog. Estábamos en la sala infantil de la biblioteca municipal, un lugar con mucho ruido, donde acuden los alumnos de secundaria que hacen como que estudian (“Es que aquí se puede hablar”, me dijo uno cuando le pregunté por qué no se iban a otra sala).


La veía por encima de la pantalla y comencé a observarla. Tendría unos 50 años, pelo corto oscuro y mal cortado. Ropa limpia y anodina, puesta sin pensar. Hace no mucho tiempo debió ser bella; lo era aún seguramente.


Estaba allí, en un espacio pensado para niños, mordiendo la punta del lápiz, con aparato en los dientes, como una adolescente. Y una expresión absolutamente concentrada, ajena a todos, contando con los dedos, perdida en dificilísimas operaciones matemáticas. Me asomé más aún: con letra infantil se distribuían pulcramente unas multiplicaciones que ella intentaba resolver en las hojas cuadriculadas de una libreta.


En la mesa de enfrente, algunos adolescentes copiaban de libros; supuestamente, elaboraban un trabajo. Más allá, otros reían sin pudor, ajenos a ella y a los ritos y conductas que una biblioteca exige.


La mujer seguía calculando. Pasó casi una hora. Desprecié a los jóvenes que había a mi alrededor; también desprecié la insignificancia de mis quehaceres.


No le dije nada. ¿Cómo mostrar con palabras el infinito respeto que me inspiraba?

lunes, 19 de abril de 2010

GEOGRAFÍA DEL DESEO

“…¿por qué evocar ahora un tiempo que no existe, un tiempo que es arena sobre mi corazón?“

Julio Llamazares: La lluvia amarilla




Unas horas. Apenas, tan próximas. La luz del día, muy leve aún, se filtra por los visillos. Lo miro. El hombre que me ha amado, al que he amado y recorrido con mis ojos, aún turbados e imprecisos, con la calidez común de los cuerpos en una mañana de junio. La biología de los hombres es exuberante, incluso cuando duermen; es expansiva. Pero él había conducido su deseo, había inventado palabras para nombrarlo, y había creído en esos sonidos que hablaban de amor, de futuro, de piel que es también metáfora de geografías por conocer, ansiedad por decir, no sólo hacer. Él había guiado su deseo por el laberinto de los encuentros y había encontrado el modo de decírmelo, en susurros, sólo para mí; efímeramente, como todo lo esencial.

Sigo observando: nada ocurre, únicamente el automatismo de la respiración. Mi cuerpo es más pálido, pero las sombras hacen que se confunda con el suyo; también las temperaturas se mezclan. Mis dedos se acercan a él, pero no sé, hasta que lo alcanzan, a qué piel han llegado, hasta que la acarician con extrema lentitud, hipnóticamente, sin dejar de mirar a este hombre, en silencio, casi sin movimiento. Es el placer de lo real en lo posible. Me demoro en el calor y en un tiempo irrelevante. Y tengo que cerrar los ojos, imperceptiblemente para él, y me recorre el universo desde las rodillas al corazón. Él duerme. Es un dulce dejarse llevar, seguir tan cerca de sus párpados cerrados que he descuidado unos segundos.

El deseo es diverso: hay dulzura y hay éxtasis. Mi respiración se acompasa a la suya. Él se mueve y la severidad de sus piernas roza las mías. Qué distintos. Pienso por un instante que va a despertar. Se queda con el cuerpo tendido hacia arriba. ¿Cómo hemos llegado a esto?, ¿quién dijo las primeras frases?, ¿cómo supimos traducir las sonrisas y el brillo en los ojos?, ¿hemos apaciguado ya la sed de amor?, ¿o sólo hay una sutil combinación de hormonas y alguna ficción cómplice?

Necesito saber, que me diga de nuevo algunas palabras que quiero escuchar, que las invente otra vez. Decirle también. Pongo la mano sobre su pecho, sin llegar a tocarlo; espero que abra los ojos para preguntarle por esa pasión súbita de hace unas horas, qué ha sido de ella, si ha germinado, qué es esto y qué espera de mí: ahora, al despertar, para que la reflexión no quiebre la sinceridad. Pero los segundos que van pasando, los minutos ya, no trascienden el simple pensamiento, quimera de unas palabras que entonces pudieron ser pronunciadas. No me atrevo a despertarlo, quiero recrearme en estos escasísimos momentos. Ver dormir a alguien por primera vez es seguramente haber entrado para siempre en su intimidad, más aún que abrir el armario donde guarda su ropa, hasta la más privada, que reposa cuidadosamente doblada en un cajón; más aún que leer furtivamente sus cartas antiguas y lamentar sin rabia los años perdidos. Es el tiempo en que nos fijamos en el tono preciso de su cabello, en el aroma nítido que lo envuelve, en los detalles que tatuaremos en la memoria ya para siempre.

Algunas fantasías son conversaciones, nada más, quebradizos edificios de frases luminosas. Las mujeres lo sabemos: necesitamos hablar, que nos hablen. De amor y banalidades, de vida cotidiana. De mañana y ayer. ¿Es por eso tan difícil? Ellos no siempre saben que la intimidad esta hecha de verbos, que las palabras son los ladrillos con que una pareja construye sus proyectos, son un perfume indeleble en el que poder aislarse del mundo y vivir bajo sus reglas.

Miro sus párpados cerrados, esa piel delgada y blanca que no hay en ninguna otro lugar de un hombre: hay que viajar al cuerpo femenino, donde sí se encuentra, frágil y transparente. Como lo que decimos, el cuerpo puede estar hecho de suavidad o de asperezas. Quisiera besarlo, pero temo despertarlo. Lo rodeo con mis piernas, sin tocarlo. Él podría abrir los ojos en cualquier momento y encontrarme confusamente desnuda sobre él. Qué pensaría. Es equívoco, o tal vez no. Deseo, imagino, me dejo llevar, recreo sus palabras e invento las que no dijo: él hablaba desde el pasado y también desde el futuro, desde las imágenes de sus sueños y desde un porvenir siempre improbable. Tal vez el amor es sólo una creación infrecuente que pasa a veces y habla un idioma que súbitamente reconocemos. No dejo de vigilar la quietud de cerradura de sus pestañas. Disfruto de un instante de eternidad. Y recuerdo el tenso deseo ahora amortiguado. No necesito más. Quiero que él despierte, pero temo al presente y me demoro en erráticos pensamientos.

Su rostro es sereno: la regularidad de su respiración me tranquiliza. Él sigue durmiendo. Me acomodo de nuevo en el hueco que aún conservan las sábanas, tan cerca, y cierro los ojos. Dejaré que despierte, que vigile mis párpados, mi piel tibia y tan distinta, que recuerde y busque palabras. Dejaré que ansíe intimidad y que su deseo me busque y reconoceré las exigencias de mi cuerpo, ahora apaciguado como las aguas de un lago que nadie contempla. Pasarán tal vez horas, es temprano. Mis pulmones y los suyos se acompasan otra vez. Cómo nombrarlo. Dejaré que me despierte.

viernes, 9 de abril de 2010

PLASTAS QUE JUSTIFICAN UNA AMPLIACIÓN DEL CÓDIGO PENAL


Todo lo que sigue es legal. Pero no por eso deja de resultar molesto. Es por eso que propongo castigar ciertas conductas -a sus autores más bien-, que han de ser calificados (generosamente) como plastas, con penas que podrían ser incluidas en el Código Penal vigente. Propongo en concreto la lectura comentada por un catedrático de filosofía hemorroico de la Fenomenología del Espíritu de Hegel o, si se prefiere, contemplar la filmografía completa de Ingmar Bergman junto a Lars von Trier, haciendo éste jugosas aspostillas ad hoc. Comprendo que todo esto va contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Constitución y la Convención de Ginebra. Pero si al menos fuera posible poner en suspenso tales logros de la humanidad unas horitas… Sólo unas horas para después reinstaurarlos en su verdad y justicia…


Quiero decir con esto que me molestan sobremanera hechos y personas como las que describo y enumero. Advierto, de entrada, que la lista es infinita y lo que va a continuación sólo es una muestra:


1. El hilo musical. Toda música invasiva y no solicitada.


2. La religión obligatoria en todas sus formas. Las procesiones de Semana Santa especialmente, las campanadas, las llamadas a la oración, los atuendos diferenciados por sexos (aparte de la ropa interior, naturalmente).


3. Los dueños de los perros (¡perrazos!), que te dicen, cuando su sabueso se abalanza sobre ti, eso de “Sólo quiere jugar”. Pues que juegue con su señor padre. Si se trata de dueña y estoy de mejor humor que hoy, le propondría ciertos jueguecitos a ella. Es que sólo quiero jugar…


4. Los que me abordan por la calle para ofrecerme mercancías o mensajes de cualquier tipo. No me importa la bondad de su causa.


5. Las compañías telefónicas. Moscas cojoneras de la comunicación. Su incumplimiento constante y flagrante de la ley. Su impunidad. Su incompetencia. Sus servicios de (des)atención al cliente. Sus servicios de devastación del cliente.


6. Los que viven en la verdad. Los que son misericordiosos conmigo, que no comulgo con ellos. Los que enseñan a sus hijos esas verdades y nunca les dicen que eso no lo saben, que nadie lo sabe. Los que no dudan. Los que insisten en que, aunque yo no lo sepa, soy muy cristiano.


7. Los que invaden mi intimidad con llamadas a deshoras al teléfono o a la puerta. Siempre llaman a deshoras: es mi casa.


8. Ciertas sesiones y películas en el cine. Los palomiteros, los que sorben la coca-cola, los que hablan por el móvil o en voz alta, el injustificable sablazo de 10 € por unas gafas ridículas para ver (eso sí, en 3D) más de lo mismo.

domingo, 4 de abril de 2010

ALBERT CAMUS II: "CALÍGULA"


Hace unas semanas estuve en Madrid viendo este montaje teatral, más de dos horas de enorme densidad filosófica. No puedo entrar en un análisis literario, no sé. Pero me pareció una gran obra, con excelentes interpretaciones y muy hermosa puesta en escena. Y eso que el listón estaba muy alto, pues se trata de uno de los textos más conocidos de Albert Camus, que ya vi en los lejanos 80 en el Teatro Romano de Sagunto, siendo Calígula nada menos que José María Rodero.

La obra trata sobre la libertad. No es un texto histórico, no lo pretende. Calígula es el tirano de turno en Roma (lo que es lo mismo que decir en el mundo); ha renunciado a la razón, a la tradición y al sentido. Calígula quiere ser un dios: más que un hombre, casi Júpiter. Quiere la omnipotencia.

Y se tropieza con la triste ramplonería humana, las limitaciones de este mundo. Pero Calígula es el emperador, esto es, tiene poder. Y lo ejerce. Con arbitrariedad, sin limitaciones. Porque entiende que los límites son impedimentos. Calígula confunde libertad con omnipotencia. No sabe que la libertad no es poder hacerlo todo sino saber qué es lo mejor en cada circunstancia, es decir, elegir entre lo posible.

La obra es también una reflexión sobre el poder. Está escrito al final de los difíciles años 30. El tiempo del fascismo, del estalinismo. Y hay que decir que Camus fue uno de los pocos que no se dejó seducir por las palabras peligrosas (Socialismo, Patria, Pueblo, Justicia…) y vio claro, y denunció, y pagó por ello. Pero la verdad era la que evidenció en sus escritos. Lo cierto es que el mundo sigue lleno de calígulas, de tipos que, en nombre de la democracia, la seguridad y hasta los derechos humanos, no dudan en atropellar la democracia, la seguridad y los derechos humanos…

Al final de la obra, el protagonista grita: “¡A la historia, Calígula!”. ¿No nos suena? ¿No han dicho algo parecido esos tiranos contemporáneos (“La Historia me juzgará”, “La Historia me dará la razón”…)?

Por último, cuando creemos que todo ha terminado, las últimas palabras musitadas por Calígula: “Aún estoy vivo”. Confieso que las pasé por alto la primera vez que leí el texto. Ahora me dan miedo. Cualquier monstruo de siete cabezas puede hibernar, falsamente muerto, cataléptico, y rebrotar en las mentes de las nuevas generaciones. Gente de 30 años, de 20, de 15, sostiene con arrogancia que con Franco se vivía mejor, que Hitler hizo grande a Alemania, que con Stalin nada faltaba al pueblo soviético… Hay quien sigue viendo a los Castro como liberadores y adalides de la justicia universal… Campeones de la libertad, qué broma macabra.

Por eso leemos con gusto a Camus. Porque sigue vivo. Porque todos conocemos a Calígula.