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martes, 5 de mayo de 2026

DÍA DE LA MADRE CON DEMORA



En el fondo de mi ordenador, en el archivo en el que guardo lo que escribo para el blog, había un post, cuya publicación llevo demorando mucho años. Ha sido el Día de la Madre y he brindado con mi pareja por las ausentes que tanto nos dieron. Lo releo y he decidido publicarlo hoy, diez años después.

 

Escribo esto a la hora de la sobremesa del primer domingo de mayo, día de la madre. Es el primer año de mi vida sin ella. A esta hora estaríamos jugando una partida de cartas. Jugaba bien, era difícil ganarle.

Nos habría hecho la comida. A uno, a dos, a quince… Esos milagros que nunca valoramos hasta que nos toca hacer comida para media docena y nos da un agobio irrecuperable. Pero ella no: desayuno, comida, merienda y cena para los que haga falta.

Estoy recordando que hace unos pocos años fui a verla. Vivíamos a casi 400 kilómetros. Me pusieron una multa por exceso de velocidad. Le dije que era culpa suya, que la tenía que pagar porque era para ir a verla. “Pues claro, hijo”, me respondió, y encaminó sus pasos a la habitación a buscar el dinero. Tuve que explicarle que era una broma y aun así porfió por darme el dinero.

Hoy he hecho paella. Mi madre las hacía magníficas. Lo malo es que era impaciente y a menudo le faltaba unos minutos de cocción. Dejaba duro el arroz. He pensado homenajearla y dejarlo duro también, pero me ha podido más la gula. Perdóname, ma.

La mañana que la enterramos, hace unos meses, volvimos a casa los hijos, nietos y políticos. Elaboramos una maravillosa tortilla de patata y unas croquetas. Los dos últimos años no veía bien y era un riesgo para la salud permitir que entrase en la cocina. No quería reconocerlo. Nos pareció que era el mejor homenaje: comimos, brindamos por todos esos años que pasamos juntos. Estoy seguro de que a algún meapilas le parecía incorrecto, pero a nosotros nos pareció lo contrario y estamos seguros de que a ella también.

Estos días, los cumpleaños y las navidades, son mal asunto para la estabilidad emocional. Pero yo creo que debemos transformarlos: recordamos a nuestros muertos con una mezcla de pena y alegría. Ya no están, es cierto, irremediable, cruel. Pero están. Han cumplido su ciclo vital, nos han querido y los hemos querido.

Una vez le pregunté a una tía cuyo marido había fallecido de repente, a una edad en la que aún queda mucho por vivir, por qué siempre hablaba de él sonriendo, relatando anécdotas, meteduras de pata y cosas así, nunca con lágrimas. “Es que me dio 25 años de felicidad y cuatro hijos maravillosos, no puedo recordarlo de otra manera, él siempre estaba contento y procuraba que todos lo estuvieran”. Qué mujer tan sabia.

Creo que la principal cualidad que tuvo mi madre es la generosidad. Probablemente es la cualidad de todas las madres. Fue generosa con todo el mundo menos con ella. Fue educada en la época del sacrificio, de las privaciones y de las renuncias, de la escasez. No estaba dispuesta a que les faltara a los demás, aunque tuviera que quitárselo ella. Lo transformó en un rasgo de carácter: ni siquiera en su jubilación, sin problemas económicos, pudo liberarse de ello.

Se equivocó. Muchas veces. Pero siempre en la dirección correcta. Quiero decir que no se equivocó como esos que lo hacen a costa de los demás, haciendo daño, hurgando en heridas ajenas, utilizando su tiempo para despellejar a todo el mundo. Nunca lo hizo. Quiso que nos llevásemos bien hasta los que no nos llevábamos bien. Su casa estaba abierta siempre, a todos, aunque ya no tuviese salud ni edad para atenderlos. Algunos fingieron no darse cuenta, pero eso ya no importa.

No fui un buen hijo, no siempre. Discutía mucho con ella. Pero eso ahora tampoco importa. Un amigo me decía que la echaría de menos cuando no estuviera, que aprovechase, que todos esos problemas daban igual. Qué verdad, qué mal lo hice.

A los padres se les echa de menos cuando ya no están. Parecen eternos y no lo son. Nos acostumbramos a que sus arrugas profundicen, su estatura mengüe y su memoria próxima tenga todos los agujeros posibles. En pocos años se nos van los padres y de otro modo se nos van los hijos.

La paella, mamá, tengo que decirte que la hago mejor que tú. La tortilla según días. Las croquetas no, me falta paciencia y no me compensa. Porque trato de dominar esa impaciencia que he heredado y no siempre lo consigo. También he heredado las jaquecas. Temo que tu bondad natural, no tanto.

Tu nieto está a punto de aprobar 2º de Bachillerato y el próximo curso irá a la Universidad. Quiere estudiar Físicas, tal vez Matemáticas. Tenías razón: es muy listo. Y se acuerda de ti. Me reñía cuando le decía que tú tenías la cabeza muy dura y que yo debía pensar que eras mi madre. Muy listo, ya te digo, para todo, más que su padre.

Yo tenía claro que tenía que ser él quien leyese aquellas palabras el día de tu cumpleaños, el último día en que te vi en plenitud y con la felicidad de que todos estuviéramos allí. Uno de los grandes días de tu vida, de la nuestra.

Tu nieto sigue teniendo la misma chispa que siempre. Sigue sin comer verduras pero hemos hecho de él una buena persona. De vez en cuando lo llamo al salón y cuando me pregunta qué quiero le contesto: “Nada”. Le iba a decir que llamase a su abuela, sé que te gustaba. Algunas veces he empezado a marcar ese número de teléfono que ya no existe.

He decidido utilizar el cuaderno naranja que te regalé para que apuntases las recetas que nos hiciste durante toda nuestra vida. Ya no estabas bien cuando te lo di. Apenas hay escritas unas palabras que no entiendo con una letra que ya no era la tuya; a partir de la primera página todo está en blanco.

Este año no he viajado a verte y el próximo tampoco lo haré. Intentaré hacer las croquetas, será un fracaso. Pero el arroz me queda mejor que a ti, dejabas duro el grano. Pediré a tu nieto que venga a comer con su padre. ¿Te he dicho que ya es más alto que yo?



Procedencia de la imagen: https://es.wikipedia.org/wiki/Madre_%28Sorolla%29


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