Me asomo a la terraza. Niños y algún que otro adulto juegan al fútbol. Gritan.
Al otro lado de la casa, al abrir las ventanas, se puede escuchar perfectamente a un tipo que habla por teléfono. A gritos. No me entero de nada porque es un idIoma que no entiendo. Parece enfadado y grita.
Porque la gente grita cuando está enfadada. Cuando está muy contenta también grita. Grita en el fútbol, en cualquier grada de muchísimos deportes.
El personal va de fiesta y, feliz como está por ello, grita. Cuando vuelve a altas horas de la madrugada sigue gritando, seguramente para contagiar a los tristes que dormíamos en el mientras tanto.
Algunos antropoides gritan a sus parejas. Horrible.
Voy en el metro y siempre hay quien grita sus productos o sus predicaciones.
Enciendo la radio, la tele. Gritan. Creen que eso les da un plus de razón, sin percibir que lo que les muestran es grosería y estupidez a gritos, mal disfraz para tanta estulticia.
Buena parte de los autodenominados influencers (youtubers y demás fauna) gritan sus pretendidas influencias. Solo escucho a un físico de Valdepeñas y a un farmacéutico que desmonta bulos anticientíficos. Y no solo porque no gritan.
En un recital de poesía la gente no grita. En la lectura sosegada de una buena novela tampoco. En la intimidad del desayuno no se grita.
Me gusta la gente que no grita.
Procedencia de la imagen:
https://www.scienceofnoise.net/5-gritos-que-ponen-los-pelos-de-punta-segun-science-of-noise/
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