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sábado, 9 de marzo de 2019

QUARTETTO MINIMO


Sigo a este grupo desde hace poco más de un lustro. Soy muy jóvenes, de manera que cuando los escuché por primera vez me parecieron casi adolescentes. Sin embargo, recuerdo aquel concierto con asombro, babeando aún del jazz potente y maduro que por entonces ofrecían. Eran un grupo de cuatro hombres, tres de ellos franceses y uno griego, que vivían y ensayaban… ¡en Guadalajara! Una excentricidad, como su música, claro, un lujo para esa ciudad.

Durante unos años se marcharon. Han estado en París. Por el camino han perdido a un miembro y han ganado otro, otra más bien. Cuando me enteré de que incorporaban un arpa fruncí el ceño. Me equivocaba, claro.

Han vuelto. El jueves ofrecieron un concierto en Madrid y otro el viernes en Guadalajara (éste gratuito, en la Biblioteca) para presentar su nuevo disco. Han ganado calidez, intimidad y capacidad evocadora sin perder su estilo personal. La arpista se integra perfectamente y “dialoga” muy bien con los demás instrumentos, especialmente con la guitarra eléctrica.

Compré su disco al salir. 10 €, un regalo. Lo estoy escuchando mientras escribo estas líneas. Me acompañará los próximos meses. Os dejo una muestra.





sábado, 2 de marzo de 2019

DÍAS DE LA SEMANA



Hace unos días empecé a escribir en Twitter sobre los días de la semana. Como casi siempre, uno o dos corazoncitos. Pero el viernes estalló la cosa y hasta una tuitera me mandó una foto maravillosa de sus maravillosos ojos. Reúno aquí todos ellos.

Este post está en obras. Disculpen los habituales.


Regalo de dulce moñada, hoy que es sábado:


Procedencia de la imagen:
https://www.abad-psicologia.es/como-te-afectan-los-dias-de-la-semana/


jueves, 21 de febrero de 2019

APRENDER

Es difícil que alguien se emocione con lo desconocido, lo ignorado, aquello cuya existencia ni se sospecha.

Hoy es de mal tono obligar a los estudiantes a leer libros clásicos, a enfrentarse a textos de cierta dificultad, a hacer ejercicios, deberes, comentarios críticos. Mucho peor es obligarles a aprender de memoria (by heart, par coeur) datos, fechas, la tabla periódica de los elementos…
La emoción epidérmica tiene poca consistencia. Es infantil, colorista, posmoderna, explosiva como fuegos artificiales. Y luego qué.
Soy partidario de la nueva educación. Desde luego, siempre y cuando mejore a la vieja educación. No vaya a ser que la pólvora ya esté inventada y que los infantes nos salgan frágiles… e ignorantes.

Procedencia de la imagen: http://www.tuescuelavirtual.com/blog/?p=1729


domingo, 10 de febrero de 2019

DESDE EL TREN



Ayer hice un corto viaje entre Segovia y un pueblo grande cerca de Madrid. En tren. Me gusta viajar en tren y mirar el paisaje. La sierra estaba nevada, el campo comenzará a estar verde dentro de poco, aún no. Recorrer esa media hora que separa Segovia de Madrid es balsámico. Pero cuando llega la gran ciudad el paisaje cambia. Mejor dicho: el paisaje desaparece. Llegan las afueras inhóspitas y voy pensando cuántos segovianos (de tantos lugares de España) cambiaron su apacible y bella ciudad por un sueño de ladrillo y trabajo precario en una ciudad que es fea -salvando el centro, lo museos, poco más-. Estoy de acuerdo con lo que decía Sabina: una ciudad invivible pero insustituible. Sí, tiene muchas posibilidades, mucha cultura. Pero lo que se ve desde el tren es degradación, edificios-colmena pegados a las vías y muchas gente triste abismada en sus pantallas y aislada por sus auriculares. Atravesamos la capital y emprendemos la ruta del corredor del Henares. Siguen los edificios quejumbrosos y envejecidos junto a las vías. Todo está cubierto de pintadas que dicen cosas como “JOOS”, “FARLOPA”, “TOS FETOS” y un discurso indiscernible de palabras mayúsculas, casi nunca frases, que me recuerdan a esos rótulos que hacíamos en los cuadernos escolares con los rotuladores. Pero aquí no hay ningún Banski, más bien son garabatos (graffiti, graffere), expresión tal vez de una rabia que no entiendo y que okupan kilómetros y kilómetros de paredes, andenes y vagones. Paso junto a un edificio que tal vez alguna vez fue un proyecto de algo; sólo quedan las vigas maestras y trozos aislados de pared. Me sorprende una piscina a pocos metros, abandonada también a los grafiteros, con los azulejos derrotados. Un poco más allá, entre la chatarra, un inaudito almendro ha empezado a florecer. Tengo la sensación de estar ante un cementerio industrial que tiene nombre de país, de ser testigo de una derrota. Bajo del tren, casi es de noche, y trato de pensar en las montañas nevadas de la sierra, en el tránsito amable de Segovia y no me explico cómo es posible que el sueño de tantos se transformase en algo tan áspero, quién lo consintió y cómo aceptamos.




Procedencia de la imagen:
http://wwwcronicaferroviaria.blogspot.com/2011/08/espana-los-grafitis-se-suben-al-tren.html

viernes, 1 de febrero de 2019

CONDUCTORES



Conduzco, desde hace muchos años. No soy un conductor ejemplar, tampoco un coleccionista de multas (alguna sí, pocas, merecidas todas).

Intento no ser agresivo al coger el coche y mostrarme razonablemente cortés. Soy de los que para en los pasos de cebra y de los que aparca bien, todo lo bien que sé.

Hace un par de semanas cogí el coche para ir al centro comercial. En una rotonda cercana a mi casa entró súbitamente un coche de la policía municipal, lo que me obligó a un frenazo. Iba sin luces. A 50 metros, se saltó un semáforo en rojo e inmediatamente giró a la izquierda. Insisto: sin luces, de noche. En pocos metros tres infracciones peligrosas.

Al lado de donde vivo hay una guardería. Hay mucho sitio para aparcar, lo que no impide que todos los días se concentren en segunda fila hasta media docena de todoterrenos, cuyos dueños no son capaces de caminar diez metros, a veces veinte, qué lejos. Siempre en segunda fila, incluso en segunda fila sobre un hueco importante. A menudo tengo que entrar en la guardería a pedir que salga el dueño del megacoche porque no puedo desaparcar el mío. En una ocasión me dijo una señora que lo hacía (lo de aparcar en segunda fila) para que no la bloquease nadie.

El martes fui a trabajar por otra ruta. Paso delante de un colegio. Hay dos coches bien aparcados y otros dos en segunda fila, justo delante de los anteriores. Después, unos doscientos metros de sitios libres. Me veo obligado a invadir el carril contrario. Sale una madre y se sube en su coche mal aparcado y sin luces (es aún de noche), sin despeinarse. Un poco antes de llegar al curro, en otra rotonda, entra un coche de la policía nacional… marcha atrás. Y allí dentro hace la maniobra. Como el del otro día, sin que fuera una emergencia, sin sirena.

Por la noche me sigue durante mucho rato un automóvil. Va sin luces. Está pegado a mí. Siento algo de miedo. Casi no lo veo. Le hago gestos para que encienda los faros y no se inmuta. Dos personas hablan dentro ajenas al hecho de que su coche es un objeto invisible en movimiento. Sigue pegado a mí y veo las caras de los que van dentro, pero no los faros. Me meto por una calle secundaria.

Vivo en una ciudad pequeña. En las grandes es lo mismo. Desde luego el civismo brilla por su ausencia y pensar en el otro es algo que sólo se da en la asignatura de Valores que, como en la difunta Educación para la Ciudadanía, es desmentida a diario, cada minuto, por nuestros conciudadanos, o sea, por esos que viven cerca y a los que tan ajena les resulta la noción de ciudadanía.


Procedencia de la imagen:
http://fotodenuncias.diariovasco.com/aparcar-en-doble-fila-y-entrar-en-el-super-201101090123.php


martes, 22 de enero de 2019

REVISIÓN DE UN ANTIGUO ARTÍCULO


Esta mañana, mientras estaba en el aula de convivencia (eufemismo que maquilla lo que debería llamarse aula de expulsados) he hojeado y ojeado viejas revistas del instituto en el que trabajo. En algunas había artículos míos. He releído uno de ellos y me sigue pareciendo actual, aunque ya tiene doce años (y yo menos pelo y entusiasmo menguante). Comienza con esta cita de Ernesto Sabato (Antes del fin): «La educación es lo menos material que existe, pero lo más decisivo en el porvenir de un pueblo, ya que es su fortaleza espiritual (…). Sí, queridos maestros, continúen resistiendo, porque no podemos permitir que la educación se convierta en un privilegio».
Transcribo casi literalmente lo que entonces escribí. Me gustaría que las cosas no fuesen tan parecidas hoy.
           
Todos los cursos académicos me hago preguntas parecidas. ¿En qué consiste exactamente? ¿Cuáles son mis obligaciones? ¿Qué debo ofrecer a mis estudiantes?
Este año he tenido a mi cargo todos los segundos de Bachillerato. Muchos de ellos comenzarán la Universidad en unos meses. Me pregunto qué han obtenido en su paso por este instituto, si es suficiente, si podían haber sacado más rendimiento. Como no puedo decírselo en el acto de final de curso, me gustaría compartir con ellos las siguientes reflexiones.
Han estado aquí unos años de su vida. Eran casi niños cuando llegaron. Nos gusta creer que tenemos mucho que ver en su formación, pero el mérito, y también el demérito, es de ellos en un porcentaje altísimo. Un buen profesor puede estimular a los estudiantes, ofrecerles materiales atractivos y ser buen comunicador, pero no puede estudiar por ellos. Suelo decir a mis alumnos que forma parte de la enseñanza de lo que es la vida el encontrarse con profesores, jefes, etc., que no están a la altura de lo que deberían, que no nos gustan, incluso que ponen todo tipo de trabas a nuestro trabajo. Esto es cierto. Pero hay que aprender que no podemos sobreproteger a los jóvenes. Padres y profesores queremos desde luego lo mejor para ellos, pero eso no significa que les debamos ahorrar los problemas y el esfuerzo, porque de lo contrario su resistencia ante la frustración, su capacidad de enfrentarse a las adversidades se verán mermadas; construiríamos personalidades inmaduras que se rebotan ante cualquier inconveniente, que lo quieren todo y ahora, como si fuera un derecho.
Porque en alguna ocasión nos encontramos con alumnos que creen, y lo manifiestan, que tienen derecho a aprobar. Seguramente no se lo hemos explicado bien: tienen derecho a estudiar, a ser examinados y valorados justamente, pero no tienen derecho a aprobar, como tampoco lo tenemos a tener un palacio o un coche de carreras (confusión elemental entre deseos y derechos).
Digo esto porque hay que decir a los alumnos, y a sus padres, y a la sociedad en general, que todos tienen derecho a las mismas oportunidades educativas, y éste es el sentido moral de la educación, pero no todos los resultados son iguales porque no todos aprovechan los recursos por igual. Hay que procurar el socialismo de las oportunidades y fomentar la aristocracia de los resultados.
Sucede algo parecido en el mundo del deporte: el profesor no es otra cosa que un entrenador. El entrenador y el atleta forman parte del mismo equipo: no son enemigos, sino aliados, pero su lugar es distinto. El entrenador, como el profesor, no es igual que el atleta: es el que dirige su esfuerzo, el que le orienta, el que le exige, el que le dirá que está o no en condiciones de ir al examen y aprobarlo (o de ir a los mundiales o de jugar el domingo). Un profesor de matemáticas es un entrenador de habilidades matemáticas, y a él le deben sus atletas/estudiantes un respeto y reconocimiento, porque les va a enseñar, porque con él van a aprender algo que no sabían. No es tarea pequeña, pero ha de hacerla el alumno/atleta bajo la guía del que sabe y le entrena. Debe contar, además, con el apoyo de los padres, que forman igualmente parte del equipo y deben aportar lo que puedan a la empresa común.
Y esto es algo que no siempre encontramos. Hay quien ningunea y menosprecia al profesor. Además de faltarle al respeto, estos individuos confunden la dignidad humana (igual para todos) con la igualdad de las funciones o el valor de las tareas: no somos iguales, sólo se puede educar desde la asimetría, padres y profesores no son los iguales de sus hijos y alumnos, aunque eso no quiere decir que unos sean más que otros. Si alumnos, padres, quien sea, no reconocen que el profesorado enseña conocimientos, valores, actitudes, competencias básicas…, y que somos precisamente nosotros los encomendados por la sociedad para este menester, la pregunta es por qué los traen, para qué (especialmente en los niveles posobligatorios).
No tengo claro que Aristóteles tuviera razón cuando decía que todo hombre busca por naturaleza el conocimiento. Encuentro todos los años en los alumnos ganas de aprobar y no poco estudio. Pero echo de menos el deseo, el deseo de saber, de ser, de crecer, de ampliar. No siempre veo ansias por saber, y eso me parece peligroso. Sin deseo uno puede ser alumno, pero no estudiante. Añadiría, sintetizando dos ideas de Platón y de Nietzsche, que el deseo es lo que nos aleja de la moral del rebaño y nos acerca a los dioses.
O mejor, lo de Kant: Sapere aude!, atrévete a pensar. De este deseo insaciable es de lo que llevo hablando, predicando, durante todos estos años de docencia. Espero que no en vano, al menos no siempre en vano.


Procedencia de las imágenes:
https://verne.elpais.com/verne/2017/01/23/articulo/1485172191_865768.html
https://www.facebook.com/platonynietzscheseencuentranenunbar/photos/a.1647806675268813/1648779875171493/?type=1&theater