Desde que era un
chavalín el verano ha sido para mí un tiempo inacabable dedicado a leer.
Recuerdo días en los que pasaban por mis ojos hasta tres libros de Los cinco, Los Siete Secretos o Los
Hollister. Incluso alguna vez tomé “prestados” de las chicas de la familia unos
tomos de no sé cuántos cursos en Torres
de Malory. También releía un verano sí y otro también cuatro tomos
descabalados de El Príncipe Valiente, tebeo que me sigue gustando ahora que he conseguido completar la colección.
Sigo haciendo lo mismo.
Me acuesto con un libro (sí, ya sé, hay mejores actividades horizontales), y lo
recupero tras el desayuno: unos pocos capítulos, a veces en papel, otras en e-book.
Bueno, a lo que iba.
Este verano he leído lo siguiente:
Comencé con Trilogía de Nueva York. Conozco la
historia contada por Paul Auster, pero otros libros lo han sepultado y no lo he
terminado aún; tengo que volver sobre él. Porque se acercaba el día de viajar a
NY, así que cogí con urgencia el texto de Elvira Lindo Lugares que no quiero compartir con nadie, que me supo a poco. Se
queda en tierra de nadie, como si no acabara de estar terminado. No obstante, visité
alguno de los lugares de los que hablaba, como el Smoke, del que hablé en unas "Crónicas Neoyorkinas" y el maravilloso paseo
sobre las vías de un antiguo tren elevado.
En el avión leí un
curioso libro de Eduardo Mendoza, Nueva
York, en el que cuenta cosas, como
el anterior, pero con ese estilo tan típico suyo; no sabes si está narrando lo
que de verdad ocurrió en sus años allí o es que se le ha colado el espíritu del
detective cutre de sus novelas. También le di una vuelta completa a Poeta en Nueva York, para escarnio de
mis compañeros de viaje: fue como si entrase la luz en el avión. Me maravilla
su tono, su explosión de imágenes tan atrevidas, su contraste de metáforas;
sigue vigente y sigue siendo el Federico García Lorca que me gusta.
Unos días de estancia
en Carcassonne me llevaron a una novela sobe los cátaros: La sangre de los inocentes, de Julia Navarro. Un tocho que sólo resulta
llevadero en formato digital (por lo del peso). Es tan deleznable como Dan
Brown, sobre el que ironiza no sé porqué, pues pertenecen a un mismo género (la conjura histórica con aspecto de investigación). El
libro tiene presuntamente una compleja estructura a lo largo de tres épocas.
Pero se dispersa en personajes innecesarios y en digresiones que no vienen al
caso sobre asuntos de ningún interés. Me resultó moralista, blando y
tontorrón. Incurre en todos los tópicos. Una pérdida de tiempo, incluso del
chicloso tiempo estival.
Menos mal que, tras
recuperar mi casa y el dolce far niente, hice una buena elección: El enredo de la
bolsa y la vida. Matizo: el libro no es muy allá, está lejísimos de otros de
su autor, pero el ingenio de Mendoza está fuera de toda duda. Recomiendo los
divertidos encuentros entre el prota
y los miembros de la familia china que regenta un bazar al lado de la
peluquería de señoras. Lo mejor.
Después me dio el punto
más serio y abrí El temblor del héroe,
de Álvaro Pombo, último premio Nadal. Esto… decepcionante. O sea malo. Pedante,
sin argumento definido, con unos personajes absolutamente inverosímiles y poco elaborados, cuyas
acciones no parecen creíbles, menos aún sus conversaciones, entreveradas de
altos vuelos filosóficos y palabras subidas de tono o directamente soeces.
También el tema de fondo (la pederastia) me parece mal tratado, reconozco que
me pone nervioso hasta en la literatura. Creo que Pombo es un gran escritor, pero aquí se ha columpiado.
Después me metí con el disparatado relato titulado La familia Fang, de Kevin Wilson. Me he
reído de lo lindo, con lo que seguramente habré quebrantado la siesta de algún
vecino. Sin embargo, la historia no da para las páginas que tiene, que se
prolongan innecesariamente, como los minutos de la basura.
Mejor libro es La estepa infinita, de Esther Hautzig.
Entronca con la literatura concentracionista, sin serlo. Una niña (judía y
polaca) es deportada con su familia a Siberia por los rusos. Allí pasa la
guerra, ha de luchar por sobrevivir; pero es también la historia del contacto con la gente del lugar y con el
clima y el paisaje. Es un libro tan sencillo como bien narrado, sin
estridencias, sin experimentos. Una delicia.
Y anoche, en las horas pegajosas con que nos obsequió agosto, terminé Memorias de un amante sarnoso, de Groucho Marx. Apenas unas
sonrisas. Pasa el tiempo y sus películas siguen estando entre mis preferidas.
Pero el libro no, acabó sin pena ni gloria.
Me gusta más el tomo que me acompaña a la playa: Las huellas imborrables, de Camilla Läckberg, con el que tendré un rato largo de sombrilla y brisa. Y luego, ya en casa, no sé si comenzar País de nieve, de Yasunari Kawabata, Los perros de Riga, de Mankell o Crónica del pájaro de da cuerda al mundo, de Murakami. A los tres les tocará pronto.
Me gusta más el tomo que me acompaña a la playa: Las huellas imborrables, de Camilla Läckberg, con el que tendré un rato largo de sombrilla y brisa. Y luego, ya en casa, no sé si comenzar País de nieve, de Yasunari Kawabata, Los perros de Riga, de Mankell o Crónica del pájaro de da cuerda al mundo, de Murakami. A los tres les tocará pronto.
Me voy a la ducha. Y luego
a leer.





