Hay preguntas a las que no vale la pena contestar. Cuando alguien te dice eso de “¿para qué sirve leer?” lo mejor es contestar: para nada. Y a otra cosa.
Los que no leen no van a ser convencidos. Los adictos, por el contrario, no conciben la vida sin esa actividad. Naturalmente, hay una delgada capa de personas que leen erráticamente, a veces, poco, a ráfagas. Son raros.
No obstante, hay un planteamiento más serio y sincero de la cuestión: nuestros hijos y alumnos nos preguntan a menudo. Y hemos de dar razones y no sólo porque yo, que soy tu padre o profesor, lo digo.
Hace poco, leyendo el blog de Lady Aliena, he pensado en ello. Se discutía allí sobre el Ulises, de Joyce. O mejor, se discutía poco, porque salvo un par de personas nadie lo había leído. Y los comentarios giraban en torno al derecho o no de leer lo que no nos apetece o no nos gusta.
Yo, como es lógico, acepto el derecho a no leer, a dejar de leer, a releer… Recomiendo que la gente lea el último capítulo del libro de Daniel Pennac, Como una novela; en él habla de esto. Pero conviene hacer una distinción importante: no es lo mismo leer libros por obligación que leerlos por placer, como no es lo mismo diseñar un programa informático que jugar con el PC. Existe una necia convicción muy extendida: la lectura debe gustarnos siempre. Y no es así. Esto es tan idiota como si un alumno se lamentase ante el profesor de Física y Química porque el estudio del sistema periódico de los elementos no le gusta, o que se queje al de Matemáticas porque las ecuaciones no son divertidas.
Hay libros cuyo conocimiento es imprescindible si uno quiere ser una persona mínimamente culta. Por eso se explican en secundaria, y se leen, enteros o en fragmentos. Después hay otros, de mayor entidad, que hay que leer en la facultad si uno escoge una especialidad concreta. Un licenciado en filosofía no puede no haber leído a Platón, a Kant, a Descartes… (bueno, algunos lo consiguen, son esos analfabetos que cuelgan en su casa un título universitario, para vergüenza de Bolonia y del ministerio, la consejería y la universidad). Su estudio es imprescindible, no necesariamente placentero. Puede que después lo sea, pero no de entrada. Muchos de ellos leerán en su tiempo libre otras cosas, incluso deleznables textos de entretenimiento. Nada que objetar, cada cual invierte o pierde el tiempo como mejor le parece. Lo que no entiendo es que alguien me pregunte por qué ha de leer a Kant o a Joyce o a Molière. Mira: si eres un profesional de esa materia, has de leerlo. Si eres un simple lector, haz lo que te parezca, a mí qué me cuentas, la pregunta inicial es improcedente, lo mismo que si alguien se interroga sobre si está bien mirar pasar las nubes o contemplar cine caboverdiano con fruición.
Yo no tengo poderosas razones para convencer a nadie: sólo motivos. Es decir, mis argumentos son subjetivos (soy un sujeto): me gusta pensar con los filósofos clásicos, darme cuenta de que lo que yo elaboro mal y erráticamente, ellos lo han sistematizado antes mucho mejor. Y también me gusta retroceder en el tiempo o en el espacio con las estupendas novelas de Némirovski, Márai, Levi… Quiero saber si Wallander o Brunetti pillarán al malo y saber por qué hizo lo que hizo. Pero entiendo a todo aquél cuyo horizonte de ocio no es ése. Nada que objetar, ya lo he dicho. Entiendo aún mejor que alguien se aburra con Madame Bovary (yo mismo), La Regenta o La Odisea. Estamos ante un juicio emotivo, de aficionado de base. Otra cosa es el análisis de experto, que sabe qué significó y qué sigue significando ese texto en la historia de la literatura, de la filosofía o de cualquier otro ámbito.
Lo que entiendo menos es que alguien se vanaglorie de su ignorancia. Porque esa jactancia significa que se ha dado el paso de la ignorancia a la imbecilidad. Espero no llegar nunca al segundo grupo, pero desde luego que estoy incómodamente en el primero. Me acompañan desde hace años esos versos de Borges que dicen: “…del alto de libros que una trunca / sombra dilata por la vaga mesa, / alguno habrá que no leeremos nunca”. Llevo 35 años persiguiendo un imposible.
La primera ilustración está tomada de este blog:
http://diariodeunhadachiflada.wordpress.com
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