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domingo, 31 de julio de 2016
martes, 26 de julio de 2016
SOBRE CERVEZAS Y QUIENES LAS SIRVEN
Estos días de verano he salido más que de costumbre. He
tenido tiempo para disfrutar de los placeres lentos: la lectura, el sueño, la
amistad… He podido salir y gozar de un paseo sin mirar el reloj. De hecho, lo
abandoné en la mesita de noche el último día de junio. Y ahí sigue. Últimamente me fijo mucho en los que me sirven comidas y bebidas en los establecimientos que ahora frecuento más que en invierno.
A comienzos de verano estuve con familia en un centro comercial cerca de Valencia. Acudimos a un restaurante de comida rápida con un más que aceptable menú en la puerta. Tardamos más de hora y media en salir de allí, tras reclamar varias veces cada plato, cada bebida. Las mesas eran atendidas de acuerdo al criterio testicular. Sin embargo, el personal parecía bien dispuesto, iban rápidos, tenían educación. Simplemente, aquello estaba muy mal organizado. No volveré ni aunque me inviten, y eso que la comida no estaba mal. Obviaré su nombre por elegancia.
Unos días después, tuve que enseñar la capital del Turia a amigos extranjeros. Tras la visita a los lugares de rigor, buscamos un sitio para comer. Nos habían recomendado uno, pero sólo daba cenas, de modo que, vagabundeando por el centro, me topé con Camerino, lugar céntrico con un menú en el que aparecían algunos platos sospechosos de turisteo (gazpacho, arroz a banda…). Pero era tarde hasta para los nacionales, así que entramos. Magnífico local, decoración gustosa, música de Joe Cocker a un volumen más que razonable… y comida honrada, bien hecha, sin engaños, sin literatura a mayor gloria del sablazo final. Hasta esos platos de los que huimos los indígenas estaban hechos con mimo, sabrosos, suficientes en cantidad.
De cualquier modo, en lo que más me fijé fue en el buen hacer de la camarera que nos atendió, toda alegría, lo que conviene no confundir con chabacanería, que atendía con rapidez y con una sonrisa que constituye uno de los grandes argumentos para volver a entrar allí. Por favor, señores dueños del lugar, no la dejen escapar: está a años luz de la mediocridad del personal que atiende mesas en este país.
Unos días después, en el paseo marítimo de una ciudad costera me detuve con el amigo CrisC en un par de sitios. En uno de ellos (“¿Qué os pongo?”, sin el necesario “Buenas noches” delante) ni siquiera sabían que determinadas bebidas hay que servirlas con media rodaja de limón. Uno de esos lugares que se alimentan de paracaidistas sin mirar a medio o largo plazo. La segunda copa, en el otro extremo de la playa, fue todo lo contrario: otra tónica (estamos mayores), pero el vaso en el que la pusieron, la rodaja de limón, el modo de atenderte… Qué fácil es a veces conseguir que el cliente vuelva.
Hace un año invité a CrisC por mi cumpleaños. Pedí un whisky. Pregunté al chico qué whisky de malta tenían. Puso la misma cara que si le hubiera preguntado el título en alemán de las obras completas de Kant. Pero reaccionó y me dijo algo así: “Tengo uno que ya verás, el mejor del mercado”. Me trajo Dewars en un ridículo vaso. El mejor… ¿de qué mercado? Y, por cierto, ¿por qué me tutea un muchacho al que yo trato de usted y al que al menos duplico la edad? En ese mismo lugar no tenían café (viejo truco para clavarte una copa), tenían los servicios estropeados… No sé aún por qué nuestro trasero se posa de cuando en cuando en sus incómodas sillas e incomodantes empleados.
En ese mismo paseo, hace tres veranos, fui con unos amigos a una coctelería. “Un Manhattan, por favor”, pedí al camarero. Me miró con la misma cara que el anteriormente descrito y me dijo algo así: “Perdone, ¿qué lleva esa bebida?, es que es el primer día que trabajo aquí y todavía no me lo sé”. Claro, lo normal, que el cliente explique al profesional lo que debe hacer. Que si eso ya iremos aprendiendo sobre la marcha lo que es un cóctel y que lleva. Si le hubiera dicho que tiene lejía, bourbon y aufklärung con curry igual me lo había traído. Al menos me trató de usted. Y me puso el enjuague -porque eso era-, lo que no le impidió clavarme los 8 € que marcaba la carta. Estuve por llevarlo a Alcohólicos Anónimos: disuadiría a cualquiera de la menor tentación.
El último restaurante al que he ido se llama Singular. Está en un lateral del paseo marítimo, en la playa de Puerto de Sagunto. La decoración es magnífica, el trato cordial sin familiaridades no solicitadas y la comida buena, ingeniosa, divertida (el huevo de corral de postre es antológico). Agradezco que me traten bien, me gusta ese tono profesional, ni distante y estirado ni pegajoso y zalamero. Los precios son contenidos y ajustados a lo que se sirve, como debe ser.
Trabajar de cara al público es duro, lo sé, me gano así la vida. Trabajar en un bar o cualquier lugar de este tipo tiene que serlo más aún, con la cantidad de simios maleducados que pueblan este país, con esos infantes asilvestrados cuyos padres miran hacia otra parte mientras los niños hacen todo tipo de estropicios y molestan al respetable, con los resabiados a los que no gusta nada, con la imbécil percepción de tantos de que el cliente siempre tiene razón.
Entiendo perfectamente eso del “Reservado el derecho de admisión”. Del mismo modo que los clientes elegimos los locales, éstos deberían vetar a según qué clientes, cuyo dinero no vale lo mismo que el de otros porque sólo dan problemas. Y el trabajo ya es bastante duro.
Por eso, la sonrisa de una de esas camareras, cansada pero dispuesta a seguir haciendo bien su trabajo, mal pagada a menudo, incluso teniendo que soportar a la babosería ibérica que se cree graciosa y resultona (no debe poseer espejos), es algo que acompaña a la cerveza y a la comida como su mejor guarnición. No sólo queremos una cerveza, un plato de pasta. Queremos también que nos traten con educación y profesionalidad, qué menos. Lo mismo que los clientes debemos a los trabajadores. Cuando encuentro esos lugares, vuelvo a ellos y por eso digo su nombre.
sábado, 16 de julio de 2016
CINE Y PARTOS
Hace unos días estuve en Peñíscola. Desde la terraza de uno de sus múltiples establecimientos contemplé la parte antigua y el castillo. Mi madre me dijo que la noche anterior a mi llegada al mundo ella fue a ver El Cid (Anthony Mann, 1961), rodada en parte en esa ciudad, con unas majestuosas galopadas de Charlton Heston por la playa en la que ahora se desparrama toda clase de gente con bastante menos ropa.
Tal vez mi afición al cine viene de allí.
Y pensé también mientras se consumía la cerveza que, muchos años después, nació un niño que se apellida como yo. La noche anterior al parto no fuimos al cine, pero yo me puse en la tele el vídeo (hace tanto…) de A través de los olivos, del director iraní Abbas Kiarostami (1994). Se hizo tarde y me fui a dormir sin acabarla. Quince días después, pasado el sobresalto de los primeros días, acabé de ver esa maravilla.
Se cerró el círculo de los partos y el cine.
Abbas Kiarostami ha muerto este mes de julio, el día 4, en París. Apropiadamente, diría yo. Ni en su país ni en las proximidades gusta su cine: demasiado fundamentalismo entre los que mandan y los que quisieran mandar ante un cine tan tolerante. Muchos quisieran volver a toda clase de Cides y caudillos de mensaje único.
Cada día un sobresalto interrumpe la natural placidez del verano. Turquía, Niza, Siria… No estamos a salvo. Quiero volver a la lentitud de Kiarostami.
(Repaso su filmografía y me encuentro con que rodó A propósito de Niza en 1995, con otros directores. ¿Me persiguen los azares o busco las coincidencias?).
lunes, 4 de julio de 2016
CURSO DE VERANO
Le dije que me gustaba su letra y a ella se le escapó una
sonrisa. Respondió en un susurro que la mía era estupefaciente, casi
patológica.
El curso era aburrido, suelen serlo. Hacía calor. En el libro
de Camus, Meursault mató al árabe porque hacía calor. Pero yo le dije que me
gustaba la letra con la que tomaba notas, elegante y rápida. Añadí que sus
sandalias parecían de hoplita y ella me contestó que ojalá mañana fuera más
interesante e hiciese menos calor.
domingo, 26 de junio de 2016
CANCIONES DEL NO-VERANO 22: DERNIÈRE DANSE
Hace apenas un año escuché por primera vez esta vigorosa
canción, amarga y melódica a la vez. Hoy, elecciones no sé si inútiles una vez
más, he recordado y tarareado en el desayuno sus notas. Qué poco se ha hablado
de inmigrantes, de refugiados, de eso que somos todos desde que abandonamos
África.
El primer enlace, el original, es toda una historia para
tratar el tema. El resto son versiones. Todas me gustan.
miércoles, 15 de junio de 2016
EL ODIO
Ésta es una de esas ocasiones en las que hablo desde el desconcierto,
una de ésas en las que tengo mucho que callar y poco que decir.
Veo en televisión que han matado en Orlando a 50 personas en
una discoteca gay. Lo primero que pienso es que no es relevante la orientación sexual de las víctimas. Luego me
doy cuenta de que sí.
Resultaría idiota que alguien se metiese a un lugar donde la
gente disfruta para liquidar a miopes, a gente con juanetes o los quintos del
87. Ridículo.
Pero hay algunos antropoides iluminados que se creen con
derecho a liquidar a homosexuales, sólo porque su particular sentido del orden
humano y divino parece exigírselo.
Algunos dicen que están enfermos. Yo creo que el mal existe,
que es la elección consciente y deliberada de causar sufrimiento al distinto,
al débil o al que no puede defenderse. Al enfermo se le puede curar, pero
¿quién cura al fanático, al que elige libremente no ser libre, al que no quiere
que lo sean los demás? La moral elemental no siempre puede disolverse en la
patología: desaparecería la responsabilidad en todos sus ámbitos.
Me llama la atención la fijación de algunos con la risa, la
música, el sexo, el fútbol y todo aquello que signifique placer. Unos tipejos
barbudos atentaron contra peñas madridistas en Irak. Otros seres ametrallaron a quienes disfrutaban de una cena o un concierto
en París. Un ente liquidó a medio
centenar de personas que disfrutaban en una discoteca.
Se divertían, disfrutaban de eso que tenemos entre el no-ser
y la muerte. No poseemos otra cosa que la vida.
Su visión de lo bueno, de lo recto, no era la misma que los
asesinados. Y como el dios de turno no dice nada (es lo que tienen los dioses,
siempre hablan por persona interpuesta, y hemos de fiarnos, vaya faena), ellos
se erigen en salvadores de esencias, purezas y ortodoxias.
Calvino -se nos ha olvidado- persiguió la risa, el teatro y
el baile en Ginebra. Los calvinistas de la época no sólo querían no reírse, ni
bailar, ni ir al teatro: querían que nadie más lo hiciera. Eso se llama
fundamentalismo.
De dónde saca ese fundamentalismo su combustible (el odio) es
algo que no se me alcanza. Dicen algunos que es una mezcla letal de miseria,
ignorancia, resentimiento y pertenencia tribal. Puede ser.
Estoy tentado de decir que a mí los homosexuales no me han
hecho nada. Sería una estupidez: tampoco me han hecho nada los gaditanos, ni
los que llevan un clavel en la solapa. No hay nada que tolerar porque no tengo
una posición moral dominante, no soy tan soberbio. Cuidado con esos tolerantes
desde las alturas que misericordiosamente permiten
(que buenos son, cuánto los debe amar su dios) otros modos de vida, por muy
envenenados y retorcidos que sean (según su criterio, claro está). No son
tolerantes en sentido estricto: nos miran por encima del hombro de su
revelación. Se sienten superiores y buenos, pero sobre todo superiores.
Al menos no matan. Porque a los otros hay temerlos,
protegernos de ellos, señalarlos y poner a la policía tras sus pasos. Porque yo no soy homosexual, pero sí miope. No he ido nunca al Ba Ta Clan, pero sí he cenado
muy cerca. No soy del Madrid, ni iraquí, pero si del Atlético y
circunstancialmente español. Digo esto porque no creo que haya que buscar
razones en su laberíntica y alambicada moral de esclavos obedientes a voces, a
palabras que tienen tantas lecturas como personas interesadas en que sea la
suya la única.
Así que, tras casi dos folios de escritura, estoy como al
principio: estupefacto, irritado e ignorante como al principio. Porque no
conozco a ningún asesino, pero cada vez veo más engreimiento, chulería a lomos
de musculación de bote, fascinación por el absoluto y rabia cuya finalidad me
da miedo. Mucho miedo.
https://www.youtube.com/watch?v=XZGwHtGBZJU
https://www.youtube.com/watch?v=XZGwHtGBZJU
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