sábado, 8 de mayo de 2021

SALDREMOS MEJORES. O SALDREMOS

Hoy es el primer día que salgo a la terraza a estar y no solo a asomarme. De hecho, estoy escribiendo en la mesa que tengo en ella permanentemente. Se oyen dos niños a lo lejos, no hay gente en el parque, es pronto y hace calor. Más lejos aún se oye el ruido de los coches.

Estoy recordando el silencio absoluto de hace poco más de un año. Y también que la vegetación urbana creció asalvajada y selvática. Salimos a la calle con alegría, conscientes de que esa libertad era la misma a la que no dimos importancia. Hoy hace sol y lo recuerdo. No quiero olvidar.

Esta mañana he ido a comprar: mucho, como aquellas veces en las que salía temeroso y tenso y hacía compra para varias personas; casi no podía con todo. Ahora el supermercado está lleno y la gente tiene poco cuidado, pero yo sigo agradeciendo a las cajeras que estuvieran allí en esos meses tan duros. Sé que están enfadadas porque no se las considera esenciales a la hora de vacunarse. Y tienen razón: ellas por el contacto directísimo con las personas, no siempre amables ni cumplidoras de las normas más elementales (de educación y de seguridad sanitaria); también todos los que hicieron posible que los demás siguiéramos comiendo. Siempre gracias.

Se decía entonces que saldríamos mejores porque nos dimos cuenta de que vivimos en una sociedad, es decir, en un sistema de interdependencia mutua. Basta con estar un rato en la calle para percibir que somos los mismos, lo mismo: suciedad, gritos, mala educación, conducción temeraria, desprecio al otro…

Saldremos, eso seguro. Por la gente que se ha dejado la piel y la vida. Mejores creo que no. La gente buena sigue siéndolo, los miserables lo son más aún.

Voy a seguir mirando las nubes, los árboles y las amapolas.

domingo, 25 de abril de 2021

SER EXTRANJERO

Confieso que me interesa el tema, aunque no he pensado suficientemente en ello. Una cosa es lo que dicen las leyes y otra ese sentimiento, no siempre grato. Creo que avanzamos hacia unas fronteras cada vez más borrosas entre el asunto de la pertenencia y los papeles que indican otra cosa, pese al esfuerzo de todo tipo de nacionalismos y patriotismos más o menos identitarios que, se pongan como se pongan, definen qué es y qué no es, es decir, quién es y quién no es.

Los que trabajamos todos los días con alumnos de diversas procedencias sabemos que hay dificultades idiomáticas enormes. Las culturales también existen, aunque menos de lo que la gente cree. Lo hablaba el otro día en un grupo de la ESO y un alumno proclamó que él era chino, pese a haber nacido aquí. Le respondió otro diciendo que, aunque sus padres eran de Marruecos, él era español y se sentía español. Otra estudiante de un país latinoamericano añadió que era una suerte estar en España porque en su país la educación es muy mala o es para ricos. Recordé también a un antiguo alumno de familia musulmana al que pregunté algo del Corán, que yo ignoraba, y me respondió que no tenía ni idea. Me hice el escandalizado y me respondió que ya se lo dice su abuelo, que es muy mal musulmán. Y añadió: yo en realidad me siento español, todo lo más rifeño.

También estoy recordando a M., el mejor alumno que he tenido nunca, un rumano que apenas hablaba español en septiembre y que bordó ese curso y todos los demás. Ahora es profesor en la universidad. No sigo porque llenaría páginas de nombres extranjeros: muchos, muchísimos, excelentes; otros no tanto. O sea, como los españoles.

Viene todo esto a cuenta de un libro que estoy leyendo de Antonio Muñoz Molina, Un andar solitario entre la gente, en el que aborda la cuestión, aunque en otro contexto, y del que extraigo un fragmento:

“Por entonces yo imaginaba que la extranjería se iría atenuando con el tiempo. Ahora había aprendido que era una condición incurable. (…) Cada extranjería es distinta e la de al lado y no disoluble en ella. Lazos de religión o de identidad patriótica la remedian o la amortiguan en algunos casos; la remedian no porque favorezcan la adaptación de las personas a este mundo de aquí, sino porque les ahorran la necesidad de hacerlo. Viven físicamente aquí pero donde viven de verdad es en el mundo que dejaron atrás y han podido reconstruir hasta cierto punto con la ayuda de sus correligionarios o de sus compatriotas” (p. 388).

 

Por cierto, hoy es 25 de abril, el día de la Revolución de los claveles en Portugal, ese país en el que no puedo sentirme extranjero.

https://www.youtube.com/watch?v=OvjPrAP7RDw


Procedencia de las imágenes:

https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSrwthS1rrSpT1emYLhO49Sx9cBLosbNOdMQg&usqp=CAU

https://miradordeatarfe.es/?p=23678


domingo, 18 de abril de 2021

CASI UN MES SIN ESCRIBIR

Miro el blog y me doy cuenta de que hace casi un mes que no escribo nada. Hay muchas casusas. En primer lugar ese intensísimo y doloroso trabajo que me fuerza más allá de mis pobres energías; sobre todo con una burocracia inútil que me vacía las pilas y llena el hueco con ansiedad. Fui a mi médico y llevo un tiempo tomando esos fármacos que apenas conocía antes y que alivian inútilmente porque van al síntoma y no a la causa. He pedido una reducción horaria y me la han negado.

Después, esta maldita pandemia, que tiene a mucha gente lejos y que me ha alejado de otros. O me he alejado, no sé, es posible.

Pero he leído. Veo que he leído dos libros de Sara Mesa (Un amor y Cuatro por cuatro), tres de Víctor del Árbol (La tristeza del samurái, Respirar por la herida y El peso de los muertos), una excelente novela negra del danés Soren Sveistrup, El caso Hartung, y una novela gráfica que recomiendo, Clara Campoamor, de Rafael Jiménez Meik.

He salido al campo, me gusta y me reconforta. Ahora hace frío, este frío seco castellano que no se acaba de marchar. Tengo ganas de volver, de ir a ciudades que no conozco, de hablar sin prisa en un bar, de conducir hacia lugares en los que alguien me espera, de volver a dormir bien y de tirón.

Y supongo que nada de lo que cuento es más importante de lo que hace o le pasa a la mayoría. Feliz domingo a quienes pasáis por aquí a veces.


https://www.youtube.com/watch?v=lbjZPFBD6JU


Procedencia de la imagen:

https://elpais.com/elpais/2015/01/05/icon/1420443241_637329.html



domingo, 21 de marzo de 2021

BUENOS Y MALOS



Ya he comentado alguna vez que la sociedad se mantiene en funcionamiento porque hay un alto porcentaje de la ciudadanía que cumple las normas. Eso justamente es ser ciudadano: tener derechos y, a cambio, cumplir unos deberes elementales. ¿Cuántos son estos, qué porcentaje? No sabría decirlo, imposible saberlo. Quiero creer que la mayoría. No sé si hoy soy especialmente optimista -no creo- pero me parece que la gente es mayoritariamente buena y bienintencionada. Lo malo es el otro grupo, que, aunque minoritario, hace mucho ruido y causa mucho daño.

No estoy hablando de grandes delincuentes, que también, desde luego, sino de gente corriente que todos conocemos. Esos que abominan de la corrupción de los políticos, esos que despotrican en Twitter contra todo defecto o defectillo de la sociedad pero que luego no cumplen ni una sola norma. No digamos de tráfico, fiscal o laboral. No, es una actitud de persona que cree que todo le es debido, una especie de niño grande que dice que el profesor le tiene manía 

Insisto, creo que no son la mayoría. Pero sí me parece que son muchos y que es una actitud que se extiende como una mancha de aceite, sin forma definida pero dañando todo lo que toca.

No hemos salido mejores. Me parece que los miserables lo son más aún y la buena gente sigue estando ahí, en silencio, discretamente, haciendo más fácil la vida a los demás.



Procedencia de la imagen:

http://www.manoloalcazar.com/bien-y-mal/


lunes, 8 de marzo de 2021

DE ROUSSEAU A KANT (EDUCACIÓN Y GAFAS)


Hace unos días perdí las gafas en el instituto. Pedí ayuda a través de la Plataforma que usamos los profesores y a una compañera le hizo gracia el mensaje. Le pedí perdón por ser poco serio y le prometí escribir algo más serio la próxima vez, no sé, algo sobre Rousseau y Kant…

Y de esa broma ha salido este texto:


Con la tontería de las gafas perdidas y halladas (¡gracias a quien sea, que no lo he podido averiguar!) dije que la siguiente vez que utilizase la plataforma sería para explicar la pedagogía de Rousseau a través del matiz kantiano. O algo así.

El caso es que una compañera me tomó la palabra y lo prometido es duda. Sí, sé lo que he escrito: es duda, además de deuda, porque no es un tema que domine ni que me interese sobremanera. En Rousseau hay otros a mi juicio mucho más relevantes, filosóficamente hablando, especialmente dos: el contrato social y el conflicto nunca del todo resuelto entre libertad y seguridad y, corolario de este, la función de la sociedad como liberadora u opresora, es decir, si vivir en sociedad nos mejora o nos empeora. Ya sabemos que el ginebrino (porque nació en Ginebra, Suiza, aunque su tarea la desempeñó en Francia) sostenía que los hombres nacen iguales y que es la sociedad -notablemente la aparición y protección de la propiedad privada- la que los hace competitivos e insolidarios. Pero este no es el tema.

El tema es la educación. Rousseau trató este asunto en varios de sus libros, especialmente en el Emilio y el La nueva Eloisa. Confieso no haber leído el último (no lleva mucho tiempo traducido) y poco el primero. Lo digo por los críticos.

No obstante, sé lo suficiente para decir que Rousseau tenía una concepción antropológica optimista, asombrosamente optimista; sus críticos dicen de él que estaba fuera de la realidad, out. Decía Benedetti que un optimista es un pesimista mal informado. Puede que tenga razón; es más, creo que la tiene, pero también creo que el mundo lo cambian y mejoran los optimistas. No los ingenuos, no los que están al margen de la razón y viven en mundos de unicornios de colores y tazas buenrollistas de Mr. Wonderful. No: hablo de aquellos que combinan ilusión y conocimiento, sueños y pies bien plantados en la realidad. Utopías razonables, podríamos llamar a eso.

Hay una lectura rousseauniana que dice que el niño es un trasunto del (mito del) buen salvaje, una suerte de página en blanco, de posibilidades infinitas. Bueno, incluso algo más: sostiene Rousseau que el niño es un conjunto de potencialidades que la educación debe vehiculizar y potenciar porque, como sostienen estas concepciones tan optimistas, la educación está para no estropear, para motivar y para construir sobre lo que hay.

Temo no estar en esa línea. Rousseau es el menos ilustrado de los ilustrados. Rousseau está suponiendo demasiadas cosas y solo habla de voluntad en términos políticos (voluntad general), nunca en términos individuales. Y, lo siento si a alguien molesta algo tan elemental, para aprender es necesario tener voluntad de aprender, es decir, querer.  Hordas de alumnos y de padres buscan excusitas en la motivación para justificar conductas nada estudiantiles: es que no estoy motivado, es que el profesor me tiene manía, etc. Las variantes son infinitas, sin que se sepa muy bien cuáles son esos elementos motivadores. Ya nos gustaría.

Decía el escritor Ernesto Sabato que la nueva educación consiste en facilitar que el niño que quiera tocar el piano pueda tocar el piano, pero también consiste en impedir que el niño que desee clavar un cuchillo a su hermano pueda hacerlo. O sea, concluye, la nueva educación se parece mucho a la vieja educación. Pues claro.

Poco nuevo bajo el sol. Los teóricos de la novedad pedagógica suelen olvidar que casi todos los inventores periódicos de la rueda ignoran que todo eso se inventó ya. Un ejemplo: los de la gamificación deberían remitirse a Platón: “Que aprendan jugando”, dijo en la Repúbica. Obviamente, nuevo y bueno no son sinónimos y lo malo de muchísimos de estos nuevos métodos es que no son nada nuevos, por lo que la actitud adanista y prometeica de sus adalides no me gusta nada. Por supuesto, es inobjetable -creo- su uso periódico y no exclusivista, como tantos otros que tienen algo que aportar.

Y llego a Kant. Kant es el boss de la razón. La Crítica de la razón pura es una indagación sobre los límites de la razón. Pero aquí me interesa sobre todo un tema que se desarrolla en ¿Qué es la Ilustración? Al final del primer párrafo escribe esta frase que todos deberíamos tatuarnos en el cerebro (en el cerebro, no en el corazón): “Sapere aude!”, es decir, atrévete a pensar, usa la razón, no te dejes llevar por costumbres, tutores o prejuicios.

Kant apenas habló de educación, pero su elogio de la razón es conmovedor: atreverse a pensar es ejercer la humanidad hasta sus últimas consecuencias y, por lo tanto, renunciar a creencias que puedan distorsionar una visión realista de las cosas.

Eso es lo que reprocho a Rousseau: no pasa el filtro de la realidad, pisa poco en ella, se empeña en su modelo de niño idealizado y emocional al que priva en buena medida de racionalidad. Dicho de otro modo, apuesta por una educación antiintelectualista, justamente lo contrario de lo que yo pienso que debe ser la educación, justamente lo contrario de los nuevos rumbos en los que la memoria es yuyu y lo que importa es que los muchachos estén recogidos, controlados y felices. Lo siento, no. Como dice Kant en ese mismo texto, tenemos la obligación como funcionarios de cumplir la ley, pero como ciudadanos tenemos la posibilidad e incluso el deber de criticarla para mejorarla. Aquí escribo como ciudadano, cansado de que una ley educativa tras otra se siga profundizando en la línea rousseauniana (el peor Rousseau) y se desprecie el conocimiento. No es mi visión de la educación y no quiero rendirme.

Un vistazo a los cursos que nos ofrece la Consejería del ramo y los sindicatos nos dan pistas de por dónde van los tiros. Reto a cualquiera a que busque un curso de Filosofía (sin sucedáneos) desde 2003, el año en el que aterricé por aquí, uno solo. Y ahora leed los títulos de los que nos ofrecen, muy rousseanianos, muy emocionales, muy integradores, muy insustanciales. Todo lo que he aprendido de verdad como profesor en este tiempo lo he aprendido de mis compañeros (esos expertos), de los libros (esos cursos con los que te comunicas online con el autor) y de los cursos universitarios que, a cambio de unos euros, han aumentado mi conocimiento en mi tiempo libre. Porque esa es otra.

En definitiva, compañeros, que a lo mejor estoy tan perdido que me he perdido en lo de las competencias, rúbricas y estándares (lo de las gafas es anecdótico con todo lo que he perdido). Yo, como ilustrado que quisiera ser, prefiero los contenidos, los conocimientos, los temas, el estudio serio e incluso eso tan traumatizador que llamamos deberes y exámenes.

Por cierto, cuando queráis hablamos de algo tan cuantificable como la carga lectiva, la ratio y las condiciones en las que trabajamos. Y nos dejamos de fuegos artificiales de una vez.

Que somos profesores. Al menos algunos queremos seguir siendo profesores.

Gracias por vuestro tiempo y paciencia.



Procedencia de la imagen:

https://www.laescaleradelzigurat.com/2020/02/11/la-politica-en-kant-y-en-rousseau/