lunes, 26 de julio de 2021

ANDREA MOTIS: "MEDITERRÁNEO"

Por dos veces he asistido a un concierto de esta mujer, de esta jazzista fenomenal, que hace canciones propias y versiones que mejoran el original. Ahí va una:




sábado, 17 de julio de 2021

GORAN BREGOVIC: "BELLA CIAO"

No tengo muchas ganas de escribir, pero sí de escuchar música. Ayer le daba vueltas a esta maravillosa versión del "Bella Ciao". 





martes, 22 de junio de 2021

BACH UNA MAÑANA DE MARTES

Porque a estas alturas de mi vida busco aún el bien, la verdad y la belleza. Porque estoy cansado y necesito esta plenitud y serenidad que solo Bach proporciona. Porque lo llamaban el músico de Dios y es probable que Dios exista en esta música y -al menos- en esta mañana de martes. Y porque sí.




 

jueves, 10 de junio de 2021

PLACERES BÁSICOS

Debe ser porque se aproximan las vacaciones y mi cabeza está de mudanza: se van las obligaciones, el papeleo, los horarios… Quedan tres semanas.

El sábado suelo despertarme a la misma indecente hora de ir a trabajar. Me siento en la cama, me pongo a leer y dejo que el frescor de la mañana entre dulcemente. Tras un buen rato de lectura perezosa, hago un zumo natural y me sigue sorprendiendo su intenso sabor, tan ajeno a esos envasados que suelo tomar rápidamente a diario. Noto que en el silencio me produce un extraño placer el sonido del cuchillo atravesando el pan que voy a tostar con la intermediación de la mantequilla y la mermelada.

Tengo ganas de dedicar todo el día a disfrutar de esos placeres básicos, sensitivos.

He comprado unos auriculares inalámbricos para ver películas por la noche desde la terraza sin molestar a los vecinos. Me encanta disfrutar de las sutilezas de una magnífica serie o película, me relamo pensando en las noches que me esperan.

Hace poco me acerqué a Mercadona. La zona de frutas y verduras me expulsó: no olía a nada, absolutamente a nada. Pero cuando huía de allí me asaltó a la pituitaria el inequívoco aroma a jamón recién cortado. Algo que huele así de bien no puede estar malo. Pedí unas lonchas y hablé con el empleado sobre los olores de la comida y le dije que me había cruzado con algunas personas cuya compañía no hubiera soportado mucho tiempo: a suciedad antigua, a ropa que no se lava apenas. Creo que el de lo alto me ha dado cierta sensibilidad olfativa, aunque que me va privando año tras año de audición y agudeza visual. Pero ser fino de nariz no es siempre agradable.

Por la noche suelo dar un agradable paseo por la zona más fresca de la ciudad en la que vivo. Después, en la cama, sábanas limpias y pijamas menos sustanciosos. Recuerdo algo que me ocurrió hace… ejem, muchos años. Estaba haciendo la mili, una semana durmiendo al raso, bajo el intenso frío en invierno y otra con un asfixiante calor en verano, con muy poca agua y nada de higiene persona. El saco de dormir debía tener mugre de la primera guerra carlista. Una noche en el monte pensé que no apreciamos el tacto maravilloso del algodón de las sábanas. Lo que eché de menos aquellas noches no fue la temperatura adecuada, sino el tacto de la tela y los sonidos arrancados cuando mi cuerpo aprovecha su contacto.  Me propuse dar importancia a algo tan básico como su textura, su olor a limpio. Me sigue pareciendo algo maravilloso.

Estos días pienso mucho en esos placeres básicos: en el silencio de la mañana cuando me asomo y ni siquiera el viento mece las copas de los árboles. En el silencio nocturno que solo interrumpe el croar de unas ranas que habitan en un canal próximo a mi casa.

Echo de menos la compañía y la conversación con algunas personas. Palabras y sorbos reposados, lentitud, sonrisas, palabras inteligentes. Antes de la pandemia comía con unos compañeros una vez al mes. Comidas alegres. Echamos de menos a R, un tipo bueno, grandón, alegre como pocos, que se pasaba de la raya en lo que se refiere a comida y a su contundencia en grasas y colesteroles varios. Nos regaló su amistad, su buen hacer profesional, su bondad y su ímpetu vital antes de dejarnos para siempre. Todos recordamos que, en el tanatorio, la familia puso un ataúd sin símbolos religiosos y encima una foto suya con su inmensa sonrisa algo sarcástica. Parecía que nos estaba diciendo: venga, vamos a tomar un vino, qué hacemos aquí. Lo recordamos como creo que hay que recordar a las personas que hemos querido: presidiendo mesa, brindando por él y riéndonos. Pero mucho.

Llevamos más de un año de pandemia. Más que nunca, echamos de menos esos placeres básicos. Los más importantes.



Procedencia de la imagen:

https://www.latercera.com/paula/la-biologia-del-placer/

jueves, 20 de mayo de 2021

BATTIATO

Tengo ganas de escribir sobre Battitato y a la vez no. Poco que añadir a todo lo que se ha dicho ya, no voy a descubrir sus cualidades ni su estilo inconfundible, de modo que es casi un género, algo que se puede decir de pocos. Basta con escuchar una canción para saber que es, sin ninguna duda, de Franco Battiato.

Cantante, poeta, filósofo, místico… Puede ser. Todo eso.

Lo he escuchado durante mucho tiempo, décadas. A veces sin entender gran cosa. Poco a poco me he dado cuenta de que su música estaba cargada de referencias cultísimas y, desde luego, apelaciones al cosmopolitismo y la universal naturaleza humana.

Son tantas sus canciones… Tantas mis favoritas…

Este blog le debe la mitad de su nombre, como expliqué en la primera entrada. Ahora, Battiato empieza un’altra vita, como decía una de sus canciones. Parece que creía en la reencarnación. Pues que vuelva.

 


Algunas de mis canciones preferidas:

https://www.youtube.com/watch?v=tJC9I1cqN3U

https://www.youtube.com/watch?v=bHU9cIh_8-U

https://www.youtube.com/watch?v=PCPkSnzRZuc

https://www.youtube.com/watch?v=lkh2LzqHh_w

 

Y unas rarezas:

https://www.youtube.com/watch?v=zQU7Efyq-KQ

https://www.youtube.com/watch?v=0cd52abZcZY

https://www.youtube.com/watch?v=lP6g9o6NKw0&list=PL0I_UNt9c9qAhYd1OyPuZ9APnlrK2Do_l&index=8



Procedencia de la imagen:

https://www.noticiasdenavarra.com/cultura/2013/03/14/franco-battiato-hemos-perdido-capacidad/314308.html


sábado, 8 de mayo de 2021

SALDREMOS MEJORES. O SALDREMOS

Hoy es el primer día que salgo a la terraza a estar y no solo a asomarme. De hecho, estoy escribiendo en la mesa que tengo en ella permanentemente. Se oyen dos niños a lo lejos, no hay gente en el parque, es pronto y hace calor. Más lejos aún se oye el ruido de los coches.

Estoy recordando el silencio absoluto de hace poco más de un año. Y también que la vegetación urbana creció asalvajada y selvática. Salimos a la calle con alegría, conscientes de que esa libertad era la misma a la que no dimos importancia. Hoy hace sol y lo recuerdo. No quiero olvidar.

Esta mañana he ido a comprar: mucho, como aquellas veces en las que salía temeroso y tenso y hacía compra para varias personas; casi no podía con todo. Ahora el supermercado está lleno y la gente tiene poco cuidado, pero yo sigo agradeciendo a las cajeras que estuvieran allí en esos meses tan duros. Sé que están enfadadas porque no se las considera esenciales a la hora de vacunarse. Y tienen razón: ellas por el contacto directísimo con las personas, no siempre amables ni cumplidoras de las normas más elementales (de educación y de seguridad sanitaria); también todos los que hicieron posible que los demás siguiéramos comiendo. Siempre gracias.

Se decía entonces que saldríamos mejores porque nos dimos cuenta de que vivimos en una sociedad, es decir, en un sistema de interdependencia mutua. Basta con estar un rato en la calle para percibir que somos los mismos, lo mismo: suciedad, gritos, mala educación, conducción temeraria, desprecio al otro…

Saldremos, eso seguro. Por la gente que se ha dejado la piel y la vida. Mejores creo que no. La gente buena sigue siéndolo, los miserables lo son más aún.

Voy a seguir mirando las nubes, los árboles y las amapolas.

domingo, 25 de abril de 2021

SER EXTRANJERO

Confieso que me interesa el tema, aunque no he pensado suficientemente en ello. Una cosa es lo que dicen las leyes y otra ese sentimiento, no siempre grato. Creo que avanzamos hacia unas fronteras cada vez más borrosas entre el asunto de la pertenencia y los papeles que indican otra cosa, pese al esfuerzo de todo tipo de nacionalismos y patriotismos más o menos identitarios que, se pongan como se pongan, definen qué es y qué no es, es decir, quién es y quién no es.

Los que trabajamos todos los días con alumnos de diversas procedencias sabemos que hay dificultades idiomáticas enormes. Las culturales también existen, aunque menos de lo que la gente cree. Lo hablaba el otro día en un grupo de la ESO y un alumno proclamó que él era chino, pese a haber nacido aquí. Le respondió otro diciendo que, aunque sus padres eran de Marruecos, él era español y se sentía español. Otra estudiante de un país latinoamericano añadió que era una suerte estar en España porque en su país la educación es muy mala o es para ricos. Recordé también a un antiguo alumno de familia musulmana al que pregunté algo del Corán, que yo ignoraba, y me respondió que no tenía ni idea. Me hice el escandalizado y me respondió que ya se lo dice su abuelo, que es muy mal musulmán. Y añadió: yo en realidad me siento español, todo lo más rifeño.

También estoy recordando a M., el mejor alumno que he tenido nunca, un rumano que apenas hablaba español en septiembre y que bordó ese curso y todos los demás. Ahora es profesor en la universidad. No sigo porque llenaría páginas de nombres extranjeros: muchos, muchísimos, excelentes; otros no tanto. O sea, como los españoles.

Viene todo esto a cuenta de un libro que estoy leyendo de Antonio Muñoz Molina, Un andar solitario entre la gente, en el que aborda la cuestión, aunque en otro contexto, y del que extraigo un fragmento:

“Por entonces yo imaginaba que la extranjería se iría atenuando con el tiempo. Ahora había aprendido que era una condición incurable. (…) Cada extranjería es distinta e la de al lado y no disoluble en ella. Lazos de religión o de identidad patriótica la remedian o la amortiguan en algunos casos; la remedian no porque favorezcan la adaptación de las personas a este mundo de aquí, sino porque les ahorran la necesidad de hacerlo. Viven físicamente aquí pero donde viven de verdad es en el mundo que dejaron atrás y han podido reconstruir hasta cierto punto con la ayuda de sus correligionarios o de sus compatriotas” (p. 388).

 

Por cierto, hoy es 25 de abril, el día de la Revolución de los claveles en Portugal, ese país en el que no puedo sentirme extranjero.

https://www.youtube.com/watch?v=OvjPrAP7RDw


Procedencia de las imágenes:

https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSrwthS1rrSpT1emYLhO49Sx9cBLosbNOdMQg&usqp=CAU

https://miradordeatarfe.es/?p=23678


domingo, 18 de abril de 2021

CASI UN MES SIN ESCRIBIR

Miro el blog y me doy cuenta de que hace casi un mes que no escribo nada. Hay muchas casusas. En primer lugar ese intensísimo y doloroso trabajo que me fuerza más allá de mis pobres energías; sobre todo con una burocracia inútil que me vacía las pilas y llena el hueco con ansiedad. Fui a mi médico y llevo un tiempo tomando esos fármacos que apenas conocía antes y que alivian inútilmente porque van al síntoma y no a la causa. He pedido una reducción horaria y me la han negado.

Después, esta maldita pandemia, que tiene a mucha gente lejos y que me ha alejado de otros. O me he alejado, no sé, es posible.

Pero he leído. Veo que he leído dos libros de Sara Mesa (Un amor y Cuatro por cuatro), tres de Víctor del Árbol (La tristeza del samurái, Respirar por la herida y El peso de los muertos), una excelente novela negra del danés Soren Sveistrup, El caso Hartung, y una novela gráfica que recomiendo, Clara Campoamor, de Rafael Jiménez Meik.

He salido al campo, me gusta y me reconforta. Ahora hace frío, este frío seco castellano que no se acaba de marchar. Tengo ganas de volver, de ir a ciudades que no conozco, de hablar sin prisa en un bar, de conducir hacia lugares en los que alguien me espera, de volver a dormir bien y de tirón.

Y supongo que nada de lo que cuento es más importante de lo que hace o le pasa a la mayoría. Feliz domingo a quienes pasáis por aquí a veces.


https://www.youtube.com/watch?v=lbjZPFBD6JU


Procedencia de la imagen:

https://elpais.com/elpais/2015/01/05/icon/1420443241_637329.html



domingo, 21 de marzo de 2021

BUENOS Y MALOS



Ya he comentado alguna vez que la sociedad se mantiene en funcionamiento porque hay un alto porcentaje de la ciudadanía que cumple las normas. Eso justamente es ser ciudadano: tener derechos y, a cambio, cumplir unos deberes elementales. ¿Cuántos son estos, qué porcentaje? No sabría decirlo, imposible saberlo. Quiero creer que la mayoría. No sé si hoy soy especialmente optimista -no creo- pero me parece que la gente es mayoritariamente buena y bienintencionada. Lo malo es el otro grupo, que, aunque minoritario, hace mucho ruido y causa mucho daño.

No estoy hablando de grandes delincuentes, que también, desde luego, sino de gente corriente que todos conocemos. Esos que abominan de la corrupción de los políticos, esos que despotrican en Twitter contra todo defecto o defectillo de la sociedad pero que luego no cumplen ni una sola norma. No digamos de tráfico, fiscal o laboral. No, es una actitud de persona que cree que todo le es debido, una especie de niño grande que dice que el profesor le tiene manía 

Insisto, creo que no son la mayoría. Pero sí me parece que son muchos y que es una actitud que se extiende como una mancha de aceite, sin forma definida pero dañando todo lo que toca.

No hemos salido mejores. Me parece que los miserables lo son más aún y la buena gente sigue estando ahí, en silencio, discretamente, haciendo más fácil la vida a los demás.



Procedencia de la imagen:

http://www.manoloalcazar.com/bien-y-mal/


lunes, 8 de marzo de 2021

DE ROUSSEAU A KANT (EDUCACIÓN Y GAFAS)


Hace unos días perdí las gafas en el instituto. Pedí ayuda a través de la Plataforma que usamos los profesores y a una compañera le hizo gracia el mensaje. Le pedí perdón por ser poco serio y le prometí escribir algo más serio la próxima vez, no sé, algo sobre Rousseau y Kant…

Y de esa broma ha salido este texto:


Con la tontería de las gafas perdidas y halladas (¡gracias a quien sea, que no lo he podido averiguar!) dije que la siguiente vez que utilizase la plataforma sería para explicar la pedagogía de Rousseau a través del matiz kantiano. O algo así.

El caso es que una compañera me tomó la palabra y lo prometido es duda. Sí, sé lo que he escrito: es duda, además de deuda, porque no es un tema que domine ni que me interese sobremanera. En Rousseau hay otros a mi juicio mucho más relevantes, filosóficamente hablando, especialmente dos: el contrato social y el conflicto nunca del todo resuelto entre libertad y seguridad y, corolario de este, la función de la sociedad como liberadora u opresora, es decir, si vivir en sociedad nos mejora o nos empeora. Ya sabemos que el ginebrino (porque nació en Ginebra, Suiza, aunque su tarea la desempeñó en Francia) sostenía que los hombres nacen iguales y que es la sociedad -notablemente la aparición y protección de la propiedad privada- la que los hace competitivos e insolidarios. Pero este no es el tema.

El tema es la educación. Rousseau trató este asunto en varios de sus libros, especialmente en el Emilio y el La nueva Eloisa. Confieso no haber leído el último (no lleva mucho tiempo traducido) y poco el primero. Lo digo por los críticos.

No obstante, sé lo suficiente para decir que Rousseau tenía una concepción antropológica optimista, asombrosamente optimista; sus críticos dicen de él que estaba fuera de la realidad, out. Decía Benedetti que un optimista es un pesimista mal informado. Puede que tenga razón; es más, creo que la tiene, pero también creo que el mundo lo cambian y mejoran los optimistas. No los ingenuos, no los que están al margen de la razón y viven en mundos de unicornios de colores y tazas buenrollistas de Mr. Wonderful. No: hablo de aquellos que combinan ilusión y conocimiento, sueños y pies bien plantados en la realidad. Utopías razonables, podríamos llamar a eso.

Hay una lectura rousseauniana que dice que el niño es un trasunto del (mito del) buen salvaje, una suerte de página en blanco, de posibilidades infinitas. Bueno, incluso algo más: sostiene Rousseau que el niño es un conjunto de potencialidades que la educación debe vehiculizar y potenciar porque, como sostienen estas concepciones tan optimistas, la educación está para no estropear, para motivar y para construir sobre lo que hay.

Temo no estar en esa línea. Rousseau es el menos ilustrado de los ilustrados. Rousseau está suponiendo demasiadas cosas y solo habla de voluntad en términos políticos (voluntad general), nunca en términos individuales. Y, lo siento si a alguien molesta algo tan elemental, para aprender es necesario tener voluntad de aprender, es decir, querer.  Hordas de alumnos y de padres buscan excusitas en la motivación para justificar conductas nada estudiantiles: es que no estoy motivado, es que el profesor me tiene manía, etc. Las variantes son infinitas, sin que se sepa muy bien cuáles son esos elementos motivadores. Ya nos gustaría.

Decía el escritor Ernesto Sabato que la nueva educación consiste en facilitar que el niño que quiera tocar el piano pueda tocar el piano, pero también consiste en impedir que el niño que desee clavar un cuchillo a su hermano pueda hacerlo. O sea, concluye, la nueva educación se parece mucho a la vieja educación. Pues claro.

Poco nuevo bajo el sol. Los teóricos de la novedad pedagógica suelen olvidar que casi todos los inventores periódicos de la rueda ignoran que todo eso se inventó ya. Un ejemplo: los de la gamificación deberían remitirse a Platón: “Que aprendan jugando”, dijo en la Repúbica. Obviamente, nuevo y bueno no son sinónimos y lo malo de muchísimos de estos nuevos métodos es que no son nada nuevos, por lo que la actitud adanista y prometeica de sus adalides no me gusta nada. Por supuesto, es inobjetable -creo- su uso periódico y no exclusivista, como tantos otros que tienen algo que aportar.

Y llego a Kant. Kant es el boss de la razón. La Crítica de la razón pura es una indagación sobre los límites de la razón. Pero aquí me interesa sobre todo un tema que se desarrolla en ¿Qué es la Ilustración? Al final del primer párrafo escribe esta frase que todos deberíamos tatuarnos en el cerebro (en el cerebro, no en el corazón): “Sapere aude!”, es decir, atrévete a pensar, usa la razón, no te dejes llevar por costumbres, tutores o prejuicios.

Kant apenas habló de educación, pero su elogio de la razón es conmovedor: atreverse a pensar es ejercer la humanidad hasta sus últimas consecuencias y, por lo tanto, renunciar a creencias que puedan distorsionar una visión realista de las cosas.

Eso es lo que reprocho a Rousseau: no pasa el filtro de la realidad, pisa poco en ella, se empeña en su modelo de niño idealizado y emocional al que priva en buena medida de racionalidad. Dicho de otro modo, apuesta por una educación antiintelectualista, justamente lo contrario de lo que yo pienso que debe ser la educación, justamente lo contrario de los nuevos rumbos en los que la memoria es yuyu y lo que importa es que los muchachos estén recogidos, controlados y felices. Lo siento, no. Como dice Kant en ese mismo texto, tenemos la obligación como funcionarios de cumplir la ley, pero como ciudadanos tenemos la posibilidad e incluso el deber de criticarla para mejorarla. Aquí escribo como ciudadano, cansado de que una ley educativa tras otra se siga profundizando en la línea rousseauniana (el peor Rousseau) y se desprecie el conocimiento. No es mi visión de la educación y no quiero rendirme.

Un vistazo a los cursos que nos ofrece la Consejería del ramo y los sindicatos nos dan pistas de por dónde van los tiros. Reto a cualquiera a que busque un curso de Filosofía (sin sucedáneos) desde 2003, el año en el que aterricé por aquí, uno solo. Y ahora leed los títulos de los que nos ofrecen, muy rousseanianos, muy emocionales, muy integradores, muy insustanciales. Todo lo que he aprendido de verdad como profesor en este tiempo lo he aprendido de mis compañeros (esos expertos), de los libros (esos cursos con los que te comunicas online con el autor) y de los cursos universitarios que, a cambio de unos euros, han aumentado mi conocimiento en mi tiempo libre. Porque esa es otra.

En definitiva, compañeros, que a lo mejor estoy tan perdido que me he perdido en lo de las competencias, rúbricas y estándares (lo de las gafas es anecdótico con todo lo que he perdido). Yo, como ilustrado que quisiera ser, prefiero los contenidos, los conocimientos, los temas, el estudio serio e incluso eso tan traumatizador que llamamos deberes y exámenes.

Por cierto, cuando queráis hablamos de algo tan cuantificable como la carga lectiva, la ratio y las condiciones en las que trabajamos. Y nos dejamos de fuegos artificiales de una vez.

Que somos profesores. Al menos algunos queremos seguir siendo profesores.

Gracias por vuestro tiempo y paciencia.



Procedencia de la imagen:

https://www.laescaleradelzigurat.com/2020/02/11/la-politica-en-kant-y-en-rousseau/


jueves, 25 de febrero de 2021

OASIS

Me levanto pronto. Relativamente pronto, las siete no es madrugar. Me gusta ducharme por la mañana, despacio. Cuando no había pandemia me afeitaba antes de ir al curro; ahora me permito la licencia de hacerlo cada dos o tres días.

Esa hora del silencio me tranquiliza, aunque últimamente no mucho, porque la bola de cemento en el estómago no se va, pero en esa placidez con la que el día arranca parece que todo es más dulce y despacioso. Desayuno con la radio puesta, pero no la escucho. Abro las ventanas y el frío seco me recuerda que soy afortunado: tengo calefacción y en mi trabajo también hay, aunque estemos siempre con ventanas abiertas.

Saco el coche del garaje y paso al lado de un tipo que lleva a su hijo muy pequeño a la guardería. El individuo va fumando y, por supuesto, sin mascarilla. Veo más allá a otros dos hablando, con los perros tirando de las correas. Mascarilla bajada, uno de ellos fuma también, muy cerca del otro.

Hay varias rotondas hasta mi trabajo. Siempre tengo que tener mucho cuidado. Lo de cómo entrar y salir de ellas algunos aún no lo saben. Vamos a ver: tiene prioridad el que está dentro y se sale siempre por el carril exterior, no es tan difícil. Pues todos los días frenazos y sustos. Y ay de ti como les digas algo. Hoy voy detrás de un pelao que no ha hecho ni una bien y que ha entendido que un stop es solo una sugerencia. Cuando llega a la última rotonda se para en medio, ¡se para! porque allí está la panadería y no va a aparcar bien cincuenta metros más adelante, él no. Me obliga a subir a la isleta, maldigo en arameo, a él le tiene sin cuidado. Él para allí y sale altanero del coche con gesto de porque yo lo valgo.

He leído, y lo repito a mis alumnos, que la sociedad funciona porque hay una mayoría de personas que sí cumplen las normas. De lo contrario, el pelao y todos los demás infractores (no digo delincuentes, que también, simplemente personas a las que las normas de convivencia se la soplan) no podrían vivir; es más, viven bien porque se benefician de esa sociedad en la que algunos -muchos- cumplen los mínimos.

Llego a clase. Hay examen. Mis alumnos, este grupo al menos, son muy amigables, incluso adoptables. No todos, claro. En mi crónica crisis profesional hay oasis y en la sociedad en la que habito también, unos cuantos. Por eso resulta soportable y a menudo grata.

Pero temo que son pocos y tengo la sensación (no sé si subjetiva) de que cada vez son menos. Y me inquieta.



https://www.youtube.com/watch?v=4PthV0GxTQg



Procedencia de las imágenes:

https://www.google.com/search?q=rotonda&rlz=1C1JZAP_esES825ES825&sxsrf=ALeKk03dK5aHq8FrMWyLnI1UTPAEH201LA:1614271197436&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=2ahUKEwjJgq3qvIXvAhVRasAKHQ25AvcQ_AUoAXoECBMQAw&biw=1211&bih=536#imgrc=dNKI3d9_hbSnxM

http://www.navartur.es/viajes/festival-de-los-oasis-en-tozeur.htm

sábado, 6 de febrero de 2021

SABER COSAS


Hoy he hablado con una buena amiga, de esas a las que ves con escasísima frecuencia pero con la que siempre tienes sintonía. De todo un poco; de la enfermedad, cómo no. Del trabajo, que compartimos, aunque yo tenga unos cuantos trienios más que ella.

La cosa ha derivado a la serie Merlí, que no me gusta nada, aunque a ella sí. Dice estar enganchada. Pero en el desacuerdo amistoso hay algo en lo que sí estoy de acuerdo: Merlí habla de filosofía, dice cosas de filosofía. Y ello nos ha llevado a este tema. Entre los docentes los hay que saben muchísimo, torrentes, cataratas de conocimientos, océanos. Hay otros que saben lo justito, apenas su asignatura y casi nada de lo demás. A mí esto me escandaliza y me extraña, me cuesta comprender que uno se conforme con esa minúscula parcela de realidad. Es que a mí lo que más me gusta es saber cosas. Y, como se deduce de lo anterior, cuanto más sabes más consciente eres de todo lo que ignoras, infinitud inabarcable que necesitaría un millón de vidas para rascar una ínfima parcela de lo que es posible conocer.

Me gusta mucho hablar con esos compañeros que saben de lo que yo no sé. Me gusta también cuando me preguntan y me conceden competencia en lo mío -tengo el síndrome del impostor desde que empecé a dar clase-. Lo mejor son esos momentos en los que nos juntamos la de Matemáticas, el de Lengua, la de Inglés, los de Historia, el de Física y la de FOL, que estudió Derecho pero dice que no es abogada. Pocos trabajos tienen esta posibilidad: tomar café juntos y alguna comida de vez en cuando, muy de vez en cuando. De hecho, hace casi un año que no nos reunimos. Y lo echo de menos. Porque, como les dije un día a mis alumnos, a mí lo que más me gusta en el mundo es saber cosas.

Pero tenemos una ministra y unos asesores cantamañanas, expertos en la nada absoluta, que quieren acabar de un plumazo con el saber enciclopédico, la memoria y todas esas cosas que constituyen el conocimiento. O sea, que quieren acabar con la inteligencia y, de paso, con esas personas (profesores, estudiantes) empeñados en saber cosas. Ese peligro.



Procedencia de las imágenes:

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domingo, 24 de enero de 2021

30 AÑOS DE ‘EL SILENCIO DE LOS CORDEROS’

Estos días se han cumplido 30 años del estreno de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). La he vuelto a ver hace poco. No solo resiste bien el paso del tiempo, sino que mejora, creo. La maldad voluntaria de Hannibal Lecter contrasta con esa bondad machadiana de la agente Clarice Starling, empeñada en resolver el caso con una obsesión que no mejoran los policiacos que se han rodado desde entonces: con precisión de científica, pero, como ya he dicho, con bondad, con la consciencia de que se lo debe a las familias, a las víctimas, casi diríamos que a la humanidad.

La verdad no solo es una cuestión epistemológica, sino también -y sobre todo- moral. Por eso nos apiadamos de ella y nos conmueve su determinación: tan frágil y a la vez tan fuerte. Tal vez de esa fragilidad saca su fuerza. Y por eso odiamos y también admiramos la inteligencia orientada al mal que representa el doctor Lecter. No es malo, es malvado, consciente y voluntariamente. Retorcidamente. Sabe que está muy por encima de la mediocridad de todos los demás, parece que no soporta esa medianía intelectual. Y tampoco acepta las reglas en las que hay que basar toda convivencia.

Es la maldad. Tal vez nos seduce a la vez que nos repugna porque está en nosotros, porque -Freud dixit- eros y thanatos son el yin y el yang de nuestra personalidad. Nos sabemos capaces y queremos creer que no seríamos capaces de tanto mal, de tanto daño. Pero a veces el peor de los criminales es tan banal como despiadado: no hay responsabilidad sentida porque no hay reflexión al respecto. El yo más asocial se impone al nosotros, no se reconoce la alteridad, únicamente el deseo. Un deseo que puede ser sexual, pero que aquí es intelectual, elaborado, como vemos tras la secuencia en la que la agente Starling visita al doctor Lecter. Él no está dispuesto a tolerar la soez agresión sexual de otro preso, aunque eso no le impide devorar el hígado de un semejante con un buen Chianti.

Vi hace unos años Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013), con el siempre sensacional Antonio de la Torre. Me pareció que tiene similitudes: eros y thanatos de nuevo. Una película impresionante y dura. Antropológica.

Todo esto lo cuento porque hace poco, en clase de Psicología, tratamos el tema de la inteligencia y su relación con la convivencia y la bondad. Les hablé de esta película y les dije que me parecía la falsación del intelectualismo moral de Sócrates. Mañana preguntaré si alguien la ha visto este finde. Me temo que sus preferencias son otras.


Procedencia de las imágenes:

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https://www.filmaffinity.com/es/film233216.html


domingo, 10 de enero de 2021

DOGMA Y EPISTEME


En Filosofía utilizamos mucho la palabra episteme.  Y a veces decimos que hay que huir y combatir el dogma. Llevo unos días dando vueltas a la cosa lingüística, sobre todo porque en redes sociales parece que triunfa la opinión y la reivindicación airada de que toda opinión es respetable. Se confunde, claro, el respeto que debemos a las personas con el derecho a discutir sus opiniones. Porque “opinión”, en griego, es “doxa”. Si alguien lo recuerda, es lo que Platón ilustró en su célebre mito o alegoría de la caverna: los prisioneros están en el fondo, atados de pies y manos desde la infancia, solo ven sombras y escuchan ecos. Y todo eso lo toman por real, por lo real. Es más, cuando alguien (¿Sócrates?) viene a librarse de esa postración intelectual, se resisten; Platón dice incluso que intentarán matarlo: Sócrates.

¿No es lo que ocurre hoy? La pereza intelectual lleva a tantos a pensar que tiene razón únicamente porque son ellos, porque yo lo valgo, porque todo el mundo tiene derecho a emitir su opinión, como si ese derecho otorgase razón.

Se ha destruido la verdad y no ha sido una buena idea esto de democratizar el conocimiento. Lo que hay que democratizar es el acceso al conocimiento, la igualdad de oportunidades para su adquisición y aprehensión. Google no es el conocimiento, ni Facebook, ni mucho menos Twitter. No confundamos. Ahí hay muy poca episteme y un exceso de dogmatismo.

Busco en el DRAE y dice esto de la palabra “dogma”:

Del lat. dogma, y este del gr. δόγμα dógma.

1. m. Proposición tenida por cierta y como principio innegable.

2. m. Conjunto de creencias de carácter indiscutible y obligado para los seguidores de cualquier religión.

3. m. Fundamento o puntos capitales de un sistema, ciencia o doctrina.

 De “episteme” dice esto otro:

Del gr. ἐπιστήμη epistḗmē 'conocimiento'.

1. f. Conocimiento exacto.

2. f. Conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo endeterminadas épocas.

3. f. Fil. Saber construido metodológica y racionalmente, en oposición a opiniones que carecen de fundamento.

De manera que ya lo tengo casi todo. El dogma es una opinión (doxa) transmutada en verdad absoluta, cuya grandeza reside en que la gente lo cree. Por el contrario, la episteme es un conocimiento, algo en lo que no hay que creer, sino estudiar, razonar y demostrar.

Por eso en los dogmas hay tanto sesgo de confirmación mientras que en el conocimiento es preciso explicar, argumentar, revisar, falsar, contrastar, matematizar, comprobar… Dicho de otro modo, para el dogmático, la hipótesis (su hipótesis, su doxa, su dogma, su creencia) es la verdad. Para el que busca la episteme, esa verdad es lo que hoy tenemos, lo que ahora puede saberse, lo que seguramente se sabrá más y mejor. Esto no es poco, justamente es lo mejor: no necesita creencia.



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