Elogio de las manos me ha encantado. Ni sabía que Carrasco había escrito un nuevo libro hasta que escuché una entrevista con el, creo recordad que en RNE. Escucharlo fue un placer y leerlo... aún más.
Es el tercer libro suyo que pasa por mis manos. Me falta La tierra que pisamos, que haré mío esta misma mañana si lo tienen en la biblioteca cuando devuelva este.
Comencé por Intemperie, no sé si por azar o si alguien me habló de él. Me pareció soberbio y me extrañó que alguien que escribe tan bien no tuviera más obra publicada. Lo recomiendo vivamente, me pareció una síntesis entre Miguel Delibes y Cormac McCarthy. Es un libro áspero, rural, terrible en su temática. No creo que lo relea por esto último, pero desde luego, como La carretera, de McCarthy, excelente.
También disfruté con Llévame a casa, historia familiar de afectos, desafectos, expectativas, pérdida, crepúsculos... Duro, pero no terrible. Nos reconocemos en la historia.
Y en tres días, aprovechando el intenso calor que nos recluye en casa, he leído Elogio de las manos. ¿Es una novela? No, exactamente no. Dicen que pertenece a la autoficción, no sé cuanto hay de realidad y cuanto de invención. Y, la verdad, no me importa.
Le han dado el Premio Biblioteca Breve, que cuenta entre los agasajados con enormes títulos y otros que no tanto, incluso algunos sonrojantes. Pero este lo merece, claro que sí. La historia, si se puede llamar así, es la de la familia del autor, a la que prestan una casa en el sur que será derribada pronto, para que hagan uso de ella a la espera de su demolición. Pero pasan diez años y ellos van habitándola, cambiando, sus hijas van creciendo y los mayores envejeciendo, conocen a gente del pueblo... Y trabajan en ella, trabajan manualmente, hacen lo que saben y lo que no. Y esta es la historia, ese elogio del trabajo manual, del admirable trabajo bien hecho de quien sabe su oficio y lo ejerce.
Carrasco nos habla de su padre, ese maestro que indujo a sus hijos a utilizar las manos, de Bones y su caballo Pérez, de su cuñado, de Anaïs... Y, de paso, cuenta historias de generosidad como la de Mayoyi y la convivencia con los animales, algo más que mascotas.
No sé explicarlo mejor. A mí Carrasco me interesa escriba lo que escriba, siento que lo hace para mí, me identifico con el grueso de su narración y con sus digresiones, de modo que este modesto bloguero lo recomienda vivamente, porque, como dice el autor en este libro, me gusta “leer sin notar asperezas”.
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