domingo, 10 de febrero de 2019

DESDE EL TREN



Ayer hice un corto viaje entre Segovia y un pueblo grande cerca de Madrid. En tren. Me gusta viajar en tren y mirar el paisaje. La sierra estaba nevada, el campo comenzará a estar verde dentro de poco, aún no. Recorrer esa media hora que separa Segovia de Madrid es balsámico. Pero cuando llega la gran ciudad el paisaje cambia. Mejor dicho: el paisaje desaparece. Llegan las afueras inhóspitas y voy pensando cuántos segovianos (de tantos lugares de España) cambiaron su apacible y bella ciudad por un sueño de ladrillo y trabajo precario en una ciudad que es fea -salvando el centro, lo museos, poco más-. Estoy de acuerdo con lo que decía Sabina: una ciudad invivible pero insustituible. Sí, tiene muchas posibilidades, mucha cultura. Pero lo que se ve desde el tren es degradación, edificios-colmena pegados a las vías y muchas gente triste abismada en sus pantallas y aislada por sus auriculares. Atravesamos la capital y emprendemos la ruta del corredor del Henares. Siguen los edificios quejumbrosos y envejecidos junto a las vías. Todo está cubierto de pintadas que dicen cosas como “JOOS”, “FARLOPA”, “TOS FETOS” y un discurso indiscernible de palabras mayúsculas, casi nunca frases, que me recuerdan a esos rótulos que hacíamos en los cuadernos escolares con los rotuladores. Pero aquí no hay ningún Banski, más bien son garabatos (graffiti, graffere), expresión tal vez de una rabia que no entiendo y que okupan kilómetros y kilómetros de paredes, andenes y vagones. Paso junto a un edificio que tal vez alguna vez fue un proyecto de algo; sólo quedan las vigas maestras y trozos aislados de pared. Me sorprende una piscina a pocos metros, abandonada también a los grafiteros, con los azulejos derrotados. Un poco más allá, entre la chatarra, un inaudito almendro ha empezado a florecer. Tengo la sensación de estar ante un cementerio industrial que tiene nombre de país, de ser testigo de una derrota. Bajo del tren, casi es de noche, y trato de pensar en las montañas nevadas de la sierra, en el tránsito amable de Segovia y no me explico cómo es posible que el sueño de tantos se transformase en algo tan áspero, quién lo consintió y cómo aceptamos.




Procedencia de la imagen:
http://wwwcronicaferroviaria.blogspot.com/2011/08/espana-los-grafitis-se-suben-al-tren.html

10 comentarios:

  1. Hace poco fui a Madrid en tren y ni me gustó el paisaje ni el tiempo " perdido" en el tren. Además, las grandes ciudades me agobian. Pero es verdad, el paisaje de las ciudades no es paisaje. Un beso.

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    1. Bueno, es difícil ir sin emplear un tiempo, y tampoco el autobús es una maravilla que digamos. Y no te libras del no-paisaje. Besos.

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  2. Los viajes en tren me traen buenos recuerdos porque he hecho muchos y largos. Era una niña y me encantaba mirar por la ventanilla, disfrutaba de los paisajes y de los pequeños pueblos, sobre todo cuando anochecía, que estaban llenos de luces y tranquilidad. Es verdad que cuando se trata de una gran ciudad, "el paisaje" se vuelve gris.
    Junto con el coche, es mi transporte favorito, aunque ahora ya no lo uso tanto. El último viaje que hice en tren fue a París, nocturno. Me da miedo el avión, bueno, pánico.

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    1. Yo he hecho unos cuantos. Últimamente he ido a Salamanca y a Segovia, tan largos como el que narras no. El tren tiene algo especial (siempre y cuando exceptuemos los cercanías).

      Comparto contigo la prevención al avión, me da miedín. Pero claro, lo tomo porque de lo contrario es imposible desplazarse a según qué sitios. Te comprendo.

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  3. Desde muy pequeño me han fascinado los trenes. Más aún, los viajes en tren, con la condición innegociable de que en el compartimento -hablo de los trenes antiguos-, no hubiera gente ruidosa. La impermanencia del paisaje se funde con la nuestra...
    Entonces, respiro hondo y me siento vivo viendo pasar paisajes del alma. Los digiero sin protestar, sin hacerme juicios, sin apenas diferenciarlos. Como un hombre hambriento al que le dan comida, simplemente la tomo y la como agradecido.

    PD: lo siento, estoy hoy muy delicadito

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    1. Tienen algo de literario y cinematográfico. Hablo de ciertos trenes, desde luego. Lo que dices es el pan nuestro de cada día: el personal es ruidoso y maleducado. Mucho.

      Qué hermoso comentario has hecho. Escribe más, please. Gracias. Aunque estés delicadito.

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  4. Una cosa es indudable y es que el tren es muy poético...
    Tiene algo de melancolía que es inevitable no ponerte a escribir
    Un saludo

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    1. Tiene mucho de literario, sí, y de cinematográfico. Pero creo que gran parte de la culpa la tienen precisamente el cine y la literatura. En cada vagón hay una historia. Un saludo.

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  5. Es cierto, Atticus, lo que tan elegantemente escribes. Me resultan también ásperas y frías las ciudades, sus pintadas y sus tristes y deshumanizadas personas. A veces pienso que las masas tienen un comporamiento patológicamente autista y que somos cada uno de nosotros responsables del mal trato cotidiano, de la desafección y de consideranos los unos a los otros números, nosotros, "los de abajo". Y, ahora viene lo peor, el mea culpa, yo mismo participo de ello, lo agrando y no sé evitarlo.
    Habrá que intentarlo.

    Gracias por hacernos reflexionar sobre nuestra pérdida de humanidad, y por tanto, por humanizarnos. Es importante.
    Espero tu siguiente entrada.

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    1. Muchas gracias. Nunca hubiera dicho que escribo elegantemente, aunque me esfuerzo en no hacerlo demasiado mal.

      Las ciudades son ásperas. Y no creas que las pequeñas son mejores. De todos modo, también cuenta el carácter de cada uno: a mí me resultan eso precisamente. Y cada vez soporto menos el frenesí, la mala educación, la grosería, la suciedad...

      Este post era poco reflexivo, más bien descriptivo, pero luego las palabras se dirigen a donde quieren. Y a quien quieren.

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