Hoy es 8-M. Veo muchas expresiones de elogio hacia la causa
feminista. Las comparto, desde luego. Hace poco leí a un tipo que decía que se había
ido demasiado lejos en lo de la igualdad. Se me ocurre que más lejos de la
igualdad está la desigualdad. Se le ve el plumero.
A la hora de comer estaba dando vueltas a algunas excelentes
películas dirigidas por mujeres. Así que hoy solo escribo para recomendarlas. Solo siete, aunque hay muchísimas más.
Este extraño título es el de la última novela de Julio
Llamazares. Es una palabra gallega y portuguesa que puede traducirse como luciérnaga.
Hace referencia a un escritor (luego sabremos que son dos, incluso tres) que
trabajan de noche, bajo una luz artificial, de manera solitaria.
Vagalume tiene el tono de otros libros de Llamazares, incluso me atrevería a
decir que me recuerda a su extraordinaria (y breve) obra poética. En realidad,
todos sus textos tienen ese tono lírico, desde las novelas (Luna de lobos,
La lluvia amarilla…) hasta esos libros de viajes que parecen una búsqueda
del sentido y la belleza.
Vagalume se desarrolla en una ciudad interior, provinciana, sin nombre, en la que
un escritor, que acaba de morir, convoca la presencia de un antiguo amigo, casi
un hijo, protegido en el periódico en el que trabajaban los dos. Están la viuda,
las hijas, los amigos comunes, el puente abandonado por el río, los bares… Hay
un secreto, una vida no vivida, un hombre que elige el deber…
No cuento más: también es un libro sobre el oficio de
escribir, es literatura dentro de la literatura. Tiene todos los elementos para
que le guste a alguien como yo y para que la recomiende modestamente, como todo
lo que he leído de Julio Llamazares.
Hace poco se cumplieron cuarenta años desde el
fallecimiento de Julio Cortázar. Justo unos días antes, la biblioteca de mi
ciudad puso un cartelón en que indicaba ese aniversario y había varios libros suyos
en préstamo. Vi una edición magnífica de uno de sus relatos, «El perseguidor», convertido en un solo volumen, con
ilustraciones de José Muñoz.
Antes de comenzar el texto dice: «In memoriam Ch. P.». Muy zoquete hay que ser para
ignorar que se trata del jazzista Charlie Parker.
Lo he leído. Mejor dicho, lo he releído, porque en mi
juventud universitaria tuve una época compulsiva de escritores
latinoamericanos. Naturalmente, leí sus cuentos, Rayuela y otros pocos
más. Voy a mi modesta biblioteca y veo seis volúmenes, no están sus Cuentos,
no recuerdo si los leí prestados (no creo) o si los presté y desaparecieron con
algunos conocidos de esa época. Qué importa ya.
El relato está narrado por un supuesto biógrafo de Johnny/Charlie,
uno de esos genios que, si hemos de creer el texto, no tienen conciencia de lo
que están creando.
Estos años he leído mucho más. Creo que en esa época no
entendí casi nada. También me he aficionado fuertemente al jazz. Y ─supongo, quiero creer─ no he vivido en vano.
Tengo junto a mí un volumen azaroso de cuentos de Cortázar (La
isla a mediodía y otros relatos), en una edición cochambrosa de Salvat, no
como la que acabo de leer, que publica Libros del zorro rojo.
Por cierto, el ilustrador lo es también de una edición
conmemorativa de El extranjero, de Albert Camus. Muy recomendable también.
Siento que haya tantos que no conocen a Cortázar, pero cada
cual elige sus banalidades. O lee a este gigante.
Me gusta la novela negra en todas sus variantes. He leído a
los clásicos: Conan Doyle, Maigret, Agatha Christie, Highsmith, James M. Cain,
Hammett… También tuve cierta obsesión por la cosa nórdica: Indridason, Larsson,
Läckberg, Marklund y sobre todo Mankell.
El cine y las series de esta temática también me gustan, cómo
no.
Y en España hay fenomenales escritores al respecto. Descubrí
hace pocos años al maravilloso Francisco García Pavón y su policía municipal
Plinio. Alicia Giménez Bartlett y su Petra Delicado también son recientes. Algo
más de tiempo llevo con mis favoritos, Bevilacqua y Chamorro, del estupendo
Lorenzo Silva (que también tiene otros libros no menores).
Entre los últimos locales que he leído están Alexis Ravelo y
Domingo Villar. A ambos se los llevó la muerte no hace demasiado y sí demasiado
pronto. 52 años tenía Alexis y 51 Domingo. Ambos nacidos en 1971. Uno siente
deuda y tristeza cuando fallecen escritores que ha leído. Aunque no los conozca
personalmente, como es el caso, hay una conexión invisible y no poco
agradecimiento.
De Domingo Villar he leído las novelas protagonizadas por Leo
Caldas; sin duda, muy recomendables. La última es sensacional.
A Alexis Ravelo lo he descubierto más tarde y solo he leído
dos libros suyos. Ambos son libros duros y sórdidos, estupendamente escritos.
Me llaman todos los demás y seguiré con ese escritor que, según dice en la
solapa del libro “sobrevive a régimen de cervezas y bocadillos de chopped en
Las Palmas de Gran Canaria”. Solo objeto lo del chopped, gratitud en lo demás.
En el último post enlazaba una canción de Pablo Milanés,
fallecido hace poco. Como el algoritmo me tiene fichado, me salen otras
canciones suyas que me gustan mucho, sobre todo «Yolanda» y «Yo no te pido».
Hace muchos años (los dinosaurios acababan de extinguirse) trabajé en un hipermercado. Estuve unas semanas en LPD (Librería, Papelería y
Discos), lo que parecía estupendo, si no fuera por el antropoide que
supuestamente me formaba y que logró que me largase. Entre los productos que se
vendían allí había cintas de casete (ya dije que era prehistórico) y compré
dos: Juez y parte, de Joaquín Sabina y Yo me quedo, de Pablo Milanés.
Me acompañaron muchos años, aún conservo esas cintas. De cualquier modo, el
mejor tema de Pablo Milanés me parece este de la entrada de hoy.
¿Habéis pedido tiempo como obsequio estas Navidades? ¿Papá Noel o los Reyes Majos han sido pródigos en ese
regalo?
Entre las felicitaciones -algunas, por cierto, muy cursis y
relamidas- me gustó especialmente la que me deseó tiempo para estar con las
personas que quiero y para hacer lo que verdaderamente deseo.
Lo escribió una mujer sabia, a la que veo poco, pero cuya
presencia sigue ahí, aunque no separen unos cuantos kilómetros. Siempre hace y
dice cosas sensatas.
Mañana volveremos a no tener tiempo: para leer, para escribir,
para pasear, para perderlo junto a esas personas indispensables. Algunos no
tendrán tiempo para quedar con nosotros, lo que significa que en su jerarquía
no estamos precisamente en los primeros puestos.
Luego está el trabajo, no siempre maravilloso ni bien pagado.
Y, sobre todo, el mayor ladrón de tiempo, que nos deja agotados para eso que se
llama tiempo libre, lo que supongo que quiere decir que el del trabajo
no lo es. Que no lo es.
Entre los que han pasado por este blog y leído alguna vez sus
insensateces siempre hay alguien que me dice que se nota que me sobra el tiempo.
Pobre, qué ocupado, qué pena de vida. Eso sí, su casa tendrá el doble de metros
cuadrados que la mía y supongo que su cuenta bancaria más ceros. Insisto, no me
da envidia y supongo que a esas personas les parezco un inútil improductivo.
Nos moriremos igualmente, ellos y yo.
Así que voy a ver si esta tarde aún puedo tomarme una cerveza
(sin alcohol) mientras miro unos ojos verdes. Que no me falte ese tiempo.