Pongo este título al post para que salga en los buscadores y
se me llene de nuevos lectores y comentaristas sesudos. Porque no va de ese
largo y oscuro periodo que aparece en
los libros de Historia.
No, va de esa franja de edad que pone delante el 4 o el 5. La
edad mediana o edad media… Porque para los menores de esos años suele ser lo
mismo edad media y Edad Media: criaturas, yogurines ingenuos, cuerpos de veloz
recuperación tras los excesos, comedores de mundo… Ya os llegará el turno.
Los mayores de los dígitos 4 y 5 son la voz de la
experiencia, el haber vivido, la guerra, el hambre, el desarrollismo, el
almacén de fechas, nombres y conocimientos. A veces nos miran por encima del
hombro con una mezcla de superioridad y conmiseración.
Pero los que estamos ahí, en esa tierra de nadie, ya no somos ni somos todavía. Demasiado jóvenes para según qué
cosas; demasiado mayores para el resto, las que más.
Somos muchos, los hijos del despegue económico, del baby boom, de la EGB y del BUP. Pese a
la cantidad, ocupamos poca atención de comerciantes, empresas y gobiernos.
Porque, para qué voy a disimular, el objetivo de este post es
mostrar mi cabreo de decenios. Cuando era un adolescente cobraban entrada (y
cara) en las discotecas; sólo a los varones, por cierto. Unas zapatillas de
marca costaban un año de ahorro. Los billetes de avión estaban por las nubes, más
altos aún que los aviones. No existía la Tarjeta Joven ni los descuentos en
casi nada por ser menor de 25 años, estudiante o algo así. En la Universidad
las becas eran escasas y semiclandestinas, a menudo con nombre y apellidos. No
había Erasmus (llegó después) y muchos menos orgasmus de lo que nos han dicho después (o yo no me enteré, que
todo es posible). Hicimos la mili, nos cortaron la melena y perdimos un año de
nuestra vida aprendiendo cosas que después nos han resultado absolutamente
inútiles. Nos incorporamos a un mercado laboral en crisis, como siempre, no
accedimos a las oposiciones restringidas (se terminaron por ley). Empezamos a
pagar impuestos. Alquiler o compra de vivienda eran algo estratosférico; no se
habían inventado las ayudas o subvenciones.
Es lo malo de ser los más, que tocamos a menos. Nos avisan de
que conviene que nos hagamos un plan de pensiones porque en cuanto nos llegue
la edad, que será pronto pese a los esfuerzos gubernamentales por retrasarla y rejuvenecernos, las clases activas no
van a poder soportar la presión de tanta pensión a tanto improductivo abuelo
Cebolleta, que ya no contará sus historias de la guerra, sino los tiempos aquéllos
de la movida, las carreras delante de los grises,
los promiscuos 80… Qué pena que algunos ni siquiera nos enterásemos de las
cosas mientras ocurrían. Qué débil, traicionera y vengativa es la memoria.
(Y que no se me ofenda nadie, por favor, que éste no es un escrito contra nadie, sino a favor de algunos. Un ejercicio de autoestima casi crepuscular. Soy poco aficionado a echar la vista atrás, pero hoy tocaba).
(Y que no se me ofenda nadie, por favor, que éste no es un escrito contra nadie, sino a favor de algunos. Un ejercicio de autoestima casi crepuscular. Soy poco aficionado a echar la vista atrás, pero hoy tocaba).