El director ha renunciado al gran público, a los sorbedores de refrescos, a los comepalomitas, a los que hablan por el móvil en cualquier lugar. Qué bien. El peligro es que la quiten pronto de la cartelera o que no pase por muchas ciudades (yo vivo en una población de más de 70.000 habitantes y tuve que hacer 25 kilómetros para verla). Pero los escasos espectadores están entregados, sulibeyados. Al ser muda (o casi, no quiero reventarla), no se oye nada en el cine, silencio absoluto, un placer que vale los 7,5 € que pagué.
Cuando acaba nos damos cuenta de que sin los cartelitos (pocos) también la hubiéramos seguido perfectamente. Dura 100 minutos que pasan volando, sin que la falta de voces nos moleste ni afecte al ritmo. El lenguaje del cine no consiste en palabras: el que lo dude, que vea esta película.
No miré el reloj una sola vez. Id a verla.
Por cierto, me he pedido para Reyes a la chica (Bérénice Bejo) y una máquina de afeitar como la que debe usar el prota.