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martes, 30 de mayo de 2023

LIBROS QUE LEÍ CUANDO ERA JOVEN

Estoy leyendo Los hombres no son islas, de Nuccio Ordine, una especie de continuación de Clásicos para la vida. Ya me gustó mucho el primero y estoy disfrutando con el segundo. En ambos casos, Ordine cita un texto en su idioma original, después se ofrece traducido y por último un comentario de 2-3 páginas al respecto. Nada extrañísimo ni elitista y sí muy próximo y a menudo hondo.

Anoche leí dos capítulos en los que hablaba de El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, y de Siddhartha, de Hermann Hesse. Ambos los leí en mi adolescencia. De hecho, devoré a Hesse, que fue durante años mi autor preferido, hasta que descubrí la literatura latinoamericana, a la que me dediqué en exclusiva durante varios años. A Hemingway no lo frecuenté tanto, sí creo haber leído media docena de libros suyos, aunque El viejo y el mar sigue siendo mi favorito. Del resto no tengo un gran recuerdo.

Anoche pensaba precisamente en que esos libros y tantos otros, forjaron mi educación sentimental, seguramente también mi carácter. Y, aunque yo sí soy de releer, no me atrevo a hacerlo con esos dos. A Hesse sí he vuelto; desconcertado, por cierto, no había en sus libros (Demian, El lobo estepario…) ni sombra de lo que vi con 16 años. Obviamente, me dirán todos, es que ya no soy el mismo. Pero hay otra cosa, un cierto sentimiento de vergüenza por haber sido el que fui y ya no soy, por mi inevitable inmadurez, por mi ingenuidad irrecuperable…

¿O sigo siendo el mismo? Temo que nos iríamos a un problema filosófico casi irresoluble, el de la identidad personal. Incluso también a otro psicológico: todos sabemos que la personalidad es un modo de ser, actuar y pensar relativamente estable. Y en este tiempo era bastante inestable y muy relativo.

De modo que aquí estoy y tal vez me atreva a volver sobre ellos. Tal vez debo.

Por cierto, leed a Ordine.

miércoles, 17 de mayo de 2023

EDUCACIÓN (VIAL)

Salgo con el coche casi todos los días. Mi calle es tranquila y se puede aparcar, pero siempre hay un par de vehículos en doble fila. A veces me ha tocado tocar el claxon, es decir, molestar a los vecinos. Una vez llamé a la grúa y cuando ya lo había enganchado apareció a dueña, que me increpó porque no había pitado. Sí lo había hecho, pero la infracción la cometió ella y yo llegué 20 minutos tarde a mi cita. En un radio de 100 metros siempre hay aparcamientos libres.

Otras veces me encuentro coches abandonados en la esquina y mejor no digo nada de esos que confunden la calle con el circuido de velocidad.

Al salir de la calle en la que vivo me incorporo a una avenida. Hay un stop que debo hacer y otro enfrente. Pero, según parece, son solo consejos. O será que el personal anda justito de inglés. ¡A ver esos profesores!

Lo de las rotondas es de traca. Entrar y salir es algo que parece decidir cada uno en cada momento: cómo y por dónde. Lo de las prioridades mejor lo dejamos para otro post. Hace dos días vi a uno que paró en medio para dejar a un pasajero, se despidieron con alegría y el ya peatón cruzó entre los coches atascados por la acción de su amigo. En no pocas ocasiones veo a peatones obviar el semáforo y atravesar la rotonda por la isleta o lo que haya dentro. Para qué alargar el paseo diez metros, claro.

También he visto dos veces tomar la rotonda a la izquierda para evitar dar la vuelta, es decir, meterse en contradirección. Escalofriante.

Pero no son siempre los coches, esos sospechosos habituales. Veo bicicletas por la calzada con su carril bici a un metro. Veo familias paseando el carrito del bebé por ese carril para bicicletas y alguno se ha acordado de mis muertos cuando he pitado para que me dejaran pasar (a veces soy ciclista).

De los patinetes eléctricos mejor ni hablo: la ley de la selva. Y no se dan cuenta muchos de ellos de su vulnerabilidad cuando van por la carretera sin casco o con ropa que los hace invisibles cuando declina el día (porque lo de poner luces es infrecuente). Tampoco deben ser conscientes de que no pueden ir por la acera, que entonces los vulnerables son los peatones.

O sea, que escribo este post porque estoy harto de inciviles y maleducados, de esos que piensan que las normas son para los demás, a los que toman por pringados a su servicio.

Y sí, es cuestión de educación. Una multa en condiciones educa estupendamente.

Saludos agradecidos igualmente a los que hacen de la cortesía, el respeto y la bonhomía su norma de conducta cuando se ponen al volante o, simplemente, cuando han de compartir espacio con el resto de la ciudadanía. Porque vivimos juntos, creo recordar.



Procedencia de las imágenes:

https://portal.edu.gva.es/12004734/es/2019/04/25/educacion-vial-2019/

https://www.salamanca24horas.com/local/pese-sabado-patinetes-electricos-no-pueden-ir-por-acera-algunos-no-se-han-dado-cuenta_2195489_102.html

domingo, 7 de mayo de 2023

DOS PELÍCULAS QUE NO

Tengo un par de plataformas de pago. Uso sobre todo una de ellas Filmin, repleta de cine antiguo, independiente, francés, asiático… A veces es deprimente: yo creía que había visto bastantes películas, calculo que más de 6000. Pues no, he visto poco, muy poco. Y no hablo de las inabarcables novedades, sino de ese cine añoso de directores clásicos que todos conocemos. Repaso y qué poco me ha cundido la vida…

Bueno, no os cuento mi vida. Por lo general, me gustan, pero esta semana he visto dos que no. Una de ellas, La amiga de mi amiga, la anunciaba esta plataforma como “una comedia de enredos bollera a cinco bandas. Un cuento moral que sucede en las calles, las camas y los baños de Barcelona”. Empecé a verla y me dio la sensación de ser una película de inspiración rohmeriana. Pero a los diez minutos ya estaba bostezando. No sé si ocurrió algo maravilloso: yo entraba y salía de la película, hojeaba un libro, iba al frigorífico… Nada de lo que allí sucedía me interesaba, me divertía o me conmovía lo más mínimo. Poca cosa, creo, floja. Los usuarios le ponían un 6,5, yo creo recordar que le puse un 3.

Ayer por la mañana vi la italiana Atlántide. Más de lo mismo, aunque en otro estilo. En Filmin dicen de ella que es “El Fast and Furious acuático. Venecia como nunca antes se ha visto, a través de los ojos de un grupo de jóvenes al volante de lanchas que atraviesan día y noche los canales de la ciudad”. Vamos a ver: excelente idea, promesa de una película que aborde la ciudad de Venecia en su lado menos turístico, vida corriente, expectativas de los jóvenes… Pues ahí se queda todo. Vemos a un grupito (sobre todo a Daniele) que tienen una vida anodina, que tunean su lancha, que juegan a las carreras, que fuman porros y esnifan coca, que se aparean de vez en cuando, que hacen fiestas en lugares en los que habita el abandono… Podría ser una estupendísima película, pero está rodada a trazos, a pinceladas, no entra en nada y nuevamente yo me sumo en el aburrimiento, que se acentúa durante la última media hora. Música machacona, demasiado alta e imágenes coloristas, invasivas (es lo mejor de la película, a mi juicio) hasta el final en el que el director pierde por completo el interés por cualquier atisbo de historia para centrarse en la cosa artística. También le di un 3.

Es raro que en este blog que hable de libros y películas que no me han gustado, normalmente abandono, pero estas dos aguantaron más o menos y yo pensé que tenía que haber planchado o formado las croquetas cuya masa esperaba desde el día anterior.



Procedencia de las imágenes:

https://www.filmaffinity.com/es/film705242.html

https://www.filmaffinity.com/es/film264758.html


lunes, 1 de mayo de 2023

EL FINAL DE ‘AZUL’

Me gusta mucho la película Azul, que vi en sala comercial hace… Ejem. Uno es más viejo que un bosque. Es parte de la trilogía que rodó Krzysztof Kiéslowsli: Azul, Rojo y Blanco, que representa cada una de ellas los valores de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

El sábado pasado fui invitado a una boda mediante el culto evangélico. Iba escéptico, pero me gustó. Uno de los que leyeron pronunció unas palabras que me sonaban de algo. Después, en el banquete, lo recordé: era el final de la película Azul, una bellísima música de Zbigniew Presiner con texto de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios.

Está en el video que aparece abajo. Como es el final, seguro que para muchos es spoiler.

Por cierto, la película es tan bella como triste. Y sale Juliette Binoche.

 




Procedencia de la imagen:

https://www.pinterest.es/pin/320037117270611161/


sábado, 22 de abril de 2023

MI RELACIÓN CON LOS LIBROS

Ha ido cambiando, desde luego. Con 14 años compré mis primeros libros adultos (porque fui un niño lectorísimo de tebeos y alrededores). Eran En el balneario, de Hermann Hesse y La quinta columna, de Ernest Hemingway, que llevé a un viaje familiar por si me aburría. Desde entonces fue un no parar, más aún cuando entré en la universidad y se fue forjando una doble obsesión: leer todo lo que pudiera y poseer esos libros. De lo primero sigo siendo culpable.

Yo era de los que firmaban el libro en la primera página y ponían lugar de compra y fecha, lo mismo hacía al terminar. Los libros debían ser míos; si en algún caso comenzaba un ejemplar que no era mío, lo devolvía y compraba uno. Esa tontería o manía se me ha pasado ya. Prestaba poco, por si no me los devolvían; aún echo de menos unos cuantos.

Así, año tras año, fui llenando unos metros de baldas. Ahora tengo unos 1400 libros en casa, no demasiados. He cambiado y mi afán poseedor se ha atenuado. Será la edad o el espacio disponible. O las mudanzas, que he hecho unas pocas y los libros son una pesadilla: pesan, abultan, te dejan la espalda hecha cisco.

De modo que ahora compro poco, casi siempre lo que tiene relación con la filosofía o materias vecinas, porque en esos libros subrayo y anoto. La poesía también suelo comprarla, en menor cantidad. La narrativa la tomo prestada mayoritariamente de la biblioteca provincial, que está muy bien surtida y funciona de maravilla.

También tengo un e-reader y lo uso. No soy nada romántico en eso de la lectura. Aunque me he criado con libros y el cuerpo me pide pasar las páginas y oler el papel, un lector electrónico ahorra mucho espacio y, sobre todo cuando viajo, lo utilizo mucho. No entiendo a los que argumentan a favor del papel más allá de preferencias: lo que hay dentro sigue siendo lo mismo, la historia no cambia. Requiere una inversión, claro, pero se amortiza pronto.

En resumen, no soy demasiado fetichista ni me gusta enseñar lo que he leído. De hecho, mis libros están mayoritariamente en el estudio, lugar casi privado. Tengo unos pocos especiales, firmados por sus autores y a esos les tengo cariño, al igual que a unos pocos que me han regalado en alguna ocasión de esas que no se olvidan. También tengo mucho apego a unos pocos que me cedió mi difunta madre cuando la pobre ya preveía que no le quedaba mucho y se desprendía de ellos como de la vida.Cuando yo falte no sé qué será de ellos y, la verdad, me importa un bledo. No sé si esto es muy propio en vísperas del día del libro, fecha que también me importa lo mismo: para los lectores de raza todos los días son del libro. Luego están los del postureo, los lectores de tapas y solapas, incluso los que pululan por la blogosfera sin rubor ninguno, exhibiendo su ignorancia travestida de trascendencia.

Bueno, me voy a leer. A Aramburu, por más señas. Que ustedes lo pasen bien.



Procedencia de las imágenes:

https://www.buscalibre.es/libro-en-el-balneario/51299977/p/51299977

https://www.elcorreo.com/culturas/libros/utilidad-desgracias-textos-20201011210500-nt.html

martes, 18 de abril de 2023

‘THE QUIET GIRL’

Anoche vi The quiet girl. Apenas sabía nada de ella, salvo una breve sinopsis, que al principio me tiró para atrás, pero luego pensé que tal vez no se tratase de otra de esas películas tremebundas, tipo Las cenizas de Ángela.

Acerté. Eso sí, entiendo que haya personas que no participen de este modo de hacer cine, esos aficionados a secuencias vertiginosas, a explosiones, a intensos polvos mientras una banda sonora atrona los oídos. No, esta película no juega a eso. Además, la vi en versión original en gaélico con subtítulos.

La trama es muy sencilla: una niña de apenas nueve años vive en una familia demasiado numerosa para los medios de vida que tienen en una Irlanda rural de comienzos de los ochenta. La madre trae al mundo un hijo tras otro, el padre es un tipo malencarado, gandul y manirroto, que justifica su situación con eso tan común de echar la culpa siempre a los demás.

Cáit, que ese es el nombre de la niña, vive, como sus hermanas, dejada de la mano de Dios, mal alimentada, ignorada, sucia. Casi no existe y ella es consciente de la marginalidad de su yo en una familia en el que todos, salvo el padre, viven fuera de sí. A sus hermanas casi no las vemos, no las oímos. A su madre, poco más, abocada a la crianza y a administrar recursos que no tiene, al lado de un hombre al que tal vez quiso alguna vez.

La cosa cambia cuando, ante el avanzado embarazo de la madre, deciden enviar unos meses a la pequeña a una prima, que vive con su marido también en el campo, pero a tres horas de coche. La llegada a su granja es muy significativa: el padre está deseando abandonarla, habla mal de ella en su presencia a los ‘adoptantes’ y se va sin despedirse con la maleta de Cáit. Ella no entiende lo que ve: el orden, la limpieza, el cariño… Sus únicas referencias son la familia con la que ha pasado su corta vida.

Los personajes de la tía y su marido son una maravilla de humanidad sin imposturas, de verdad, de errores, de dolor y de buenos propósitos. Estas dos personas representan la bondad y vemos en ellas las únicas muestras de afecto que la película ofrece.

No quiero seguir escribiendo porque merece la pena verla sin que yo anticipe el final. Cáit debe volver cuando su madre haya dado a luz nuevamente. El regreso es especialmente emotivo y, muy especialmente, esa última secuencia que ablandará los ojos de los más rocosos.

Una película muy sencilla. Y honda. De las que no se olvidan.


Tráiler:

https://www.youtube.com/watch?v=IScNmmrDgwI



Procedencia de la imagen:

https://www.ecartelera.com/peliculas/the-quiet-girl/