La semana pasada iba corriendo de una clase a otra, como
siempre. Me crucé con Isabel, una antigua alumna de 1º de Bachillerato, a la
que no he dado clase en 2º. Me preguntó si tenía un minuto. Si es uno, Isabel,
llego tarde. Claro, profe. Es que ya queda poco de curso y como este fin de
semana he estado en mi tierra, he comprado una tontería para los mejores profesores que he tenido en el instituto.
Abrió un sobre y sacó dos marcapáginas preciosos. Isabel, no sabes cómo te lo
agradezco, igual me ves por los pasillos y casi ni saludo, estoy cansado, estoy
atravesando una crisis profesional profunda. Me complace más esto que una
subida de sueldo. Algunos días me voy a casa pensando que no sirvo para este
trabajo y que ya no tengo edad para pensar en otra cosa. Isabel, te agradezco
este detalle no sabes cuánto. No profe, no diga eso, es uno de los mejores
profes del instituto, todos lo pensamos. Isabel, me voy a ir porque llego tarde
y ya sabéis cómo me molestan los retrasos, y también porque se me están humedeciendo
los ojos.
Isabel es la estudiante que todos queremos tener.
Educadísima, atenta, con ganas de aprender. Familia normal, sin aspavientos,
sin padres tocanarices, sin estridencias. Le di clase dos años, creo que le
puse un 7 o un 8. Iba a uno de esos grupos que a mí me gustan: respeto y deseo
de conocer. Esperaba siempre su hora de clase y verla a ella, a Rebeca, a sus
compañeros, que daban sentido a este maravilloso trabajo.
Me he acordado estos días de Amalia, que me regaló un búho
que aún conservo al día siguiente de dar las notas. Era mi cuarto curso de
profesor. Y mi memoria también me ha devuelto unos correos electrónicos de
Michelle, de Paula, de Javier.
Un funcionario no debe aceptar regalos que puedan entenderse como favorecedores de algo. Entiendo que éstos no
lo son. Isabel no es alumna mía. Amalia ya tenía su nota final. Paula, Javier,
Michelle hacía años que ya no eran estudiantes a mi cargo. Sin embargo, quieren
reconocer una relación que no se limita a cumplir el expediente.
Por supuesto que no soy el mejor profesor del mundo. Sin
duda, del montón, de ese montón que no sale en los periódicos pero que intenta
cumplir con su deber cada día. Nadie me podrá negar mi dedicación. Me dejo la
salud y estoy pagando por ello. Lo cierto es que, en este momento, lo único que
me compensa es entrar en clase y encontrarme con esos ojos, esas sonrisas y esa
disposición al trabajo.
Este curso también tengo excelentes estudiantes. Están Eva,
Alejandro, Jimena, María, Pablo, Elena, Silvia… Son muchos. El curso está
terminando y sé que ha merecido la pena. Tal vez me cambie de instituto. Lo
malo o lo bueno de este trabajo es que se trabaja con personas. Esas que un día
piensan que al menos intenté ser un buen profesional, digno del sueldo que me
pagan.
Gracias, Isabel. También a los demás. Hay días que tiraría la
toalla; otros no: me seco el sudor y sigo. Es la vida.
Procedencia de la imagen:
https://elrinconcitodezivi.blogspot.com.es/2014/11/marcapagin-as-de-madera-decorados-con.html?m=1
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