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miércoles, 5 de septiembre de 2018

ARAMBURU 6: ‘AUTORRETRATO SIN MÍ’

Este es el sexto libro que leo de Fernando Aramburu. Llevo sospechando en los anteriores varias cosas. No diré que es un magnífico narrador porque es obvio, sólo hay que leerlo. No, me refiero a que es un escritor poético, no un simple contador de historias. En las obras anteriores hay un lirismo humanista que en esta explota sin contención. Además, llevo pensando a lo largo de las obras anteriores que Aramburu es un hombre bueno. Un hombre machadianamente bueno, bueno en el buen sentido de la palabra bueno.

En Autorretrato sin mí Aramburu habla de lo que quiere. Es un texto a medio camino entre la autobiografía, la reflexión sosegada y la poesía. Aramburu habla de su padre, de su madre, de la sidra, del piano de su hija, de las olas, del anciano que camina con dificultad... Se acerca a estos temas desde la empatía, desde el ser. El escritor no sólo muestra: se nos muestra, es él en esto que nos cuenta, se desdobla para ser-ahí y adquirir una distancia que no necesitamos pero tal vez él sí.

Autorretrato sin mí es un texto muy bello, para leer despacio, uno o dos ¿capítulos? cada vez, para disfrutar morosamente de literatura, de palabras que quieren expresar el mundo que es su mundo, el mundo filtrado y querido por Aramburu.

El modo de abordar la escritura y la estructura del libro me ha recordado otro volumen maravilloso que leí hace unos años: La vida humana, de André Comte-Sponville. Tienen mucho en común, en tono, en tratamiento.

Concluyo: recomendable, hermoso, lírico. Una joya.

sábado, 25 de agosto de 2018

BORGES

No conozco lo bastante a Borges. Ayer fue su cumpleaños: 119. Miré mis estantes: hay varios libros de cuentos y uno de poemas. Además, está ese otro que no sé si clasificar de poemario (sí, creo que sí, desde luego que sí), que es Los conjurados.

Comencé a leerlo tarde, creo que ya había comenzado la universidad o estaba a punto. Un compañero de esos que parece tener toda la cultura del mundo, que recitaba de memoria el comienzo de la Ilíada, me lo recomendó. Compré El libro de arena en una edición de Alianza que conservo. Recuerdo que me sumergí en algo único, que me contaba historias apelando a referencias cultas, a mitologías, a la filosofía, al mundo britsh, a los laberintos, a los espejos, a los números, a los tigres y a las bibliotecas.

Dicen que Borges es un escritor para escritores. No sé, yo no lo soy, pero noté que era para mí desde el principio. No ha dejado de conmoverme en alguno de sus poemas y de asombrarme en sus relatos, incluso hasta la parálisis: es tan perfecto que cualquier cosa que uno pueda escribir palidece a su lado. Dicen que el mejor es El Aleph, puede ser, desde luego puedo suscribirlo; también Ficciones. En cualquier caso, “La casa de Asterión” es el cuento que más me llega, me sigue sorprendiendo su abrupto final que te sacude: es la soledad hecha narración. También ubicaría entre mis preferidos a “Funes el memorioso”, “El sur” y “El otro”.

Un poco antes de morir escribió Los conjurados. Ya hablé aquí (enlace al final) de un poema que me toca el corazón desde que lo leí. En el texto titulado “Otro fragmento apócrifo” escribe Borges esta frase que contiene toda la historia de la ética, toda la ética posible: “Te incumben los deberes de todo hombre: ser justo y ser feliz”. Y este hermoso poema (me lo recordó CrisC ayer), fotografiado de mi ejemplar, que adjunto a la derecha de estas palabras, con el que cierra el volumen y que habla de algo de lo que siempre estamos necesitados: personas que se conjuraron para ser razonables.

Volver a Borges: ese género literario.


“No menos ignorante que nosotros,
no menos solitario, entró en la muerte”.

(Del poema “El gaucho”)


“El presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y engaño
es la rutina del reloj”.

(Del poema “El instante”)







viernes, 17 de agosto de 2018

UNAS PÁGINAS CONVERSACIONALES

17-A. Para todos aquellos de cuya vida y palabras nos privaron los asesinos hace un año.





Llevo todo el verano con un libro de Ángel Gabilondo, El salto del ángel. Es fruto de la recopilación de lo que publicó en su blog del mismo nombre. Lo reviso ahora y veo que escribió entre 2012 y 2015. No sé si seguirá con él alguna vez. En la primera entrada le hice un comentario.

Le he escuchado en directo en un par de ocasiones. Me maravilla la capacidad de relacionar lo cotidiano con lo metafísico, a Aristóteles con la cesta de la compra.

He puesto en Twitter alguna foto de las citas que voy subrayando en mi tocho, que hace mi visita a la playa/piscina un tanto pesada (tiene más de 700 páginas). Uno de los tuits lleva 317 “likes” y 127 retuits. Curioso, nunca me había ocurrido.

No obstante, lo que más me gusta del libro es la sensación de elegante conversación y reflexión con el autor. Me doy cuenta de que es algo escaso. Tenemos muchas palabras, pero poca conversación. Sé que estoy en un momento de mi vida de poca tolerancia con algunas situaciones y personas. No soy amigo de dar voces ni portazos, simplemente me retiro plácidamente y evito encuentros que no me satisfacen. Cuando puedo.

Algunos de éstos son directamente tóxicos y hay que protegerse con coraza. Muchas veces sí podemos evitar la presencia de personas cuyos hechos o palabras (las palabras son hechos) nos hieren, pero no siempre: está el trabajo y muchas e intrincadas relaciones familiares o de otro tipo. Este curso que comenzará pronto cambio de centro: me propongo implicarme sólo lo necesario, blindar estoicamente mi débil equilibrio emocional y pensar que el trabajo es parte de la vida, pero no es la vida.

Luego hay otro grupo de personas que son prescindibles en su relación conmigo. Ojo, no estoy despreciando a nadie, simplemente no son para mí, no son lo mío. Como yo no soy para ellos, naturalmente. Nuestros círculos e intereses no se tocan, nuestras palabras no se alcanzan. No siempre podemos evitar a estas personas y tampoco hacen daño: en el mundo somos muchos y las relaciones sustanciales se tienen con pocos. Y relaciones hay de muchos tipos.

Por último, está el otro grupo, muy reducido. No sólo hablamos de personas con las que estás bien, sino de personas con las que quieres estar. Esta es la clave. En unos casos es por afinidad de caracteres e intereses; en otros porque son seres humanos de los que hay mucho que aprender. En muy pocos porque la conversación es rica, incluso cuando se trata de banalidades.

Reflexionando este verano, me estoy dando cuenta de que hay algunas cosas que me gustan y otras que aborrezco en mi relación conversacional con otros.

Me gusta la ligereza en el diálogo, pero no la insignificancia. Como he dicho antes, la banalidad puede valer como punto de partida, pero no como único argumento: la banalidad full time es agotadora.

Me gusta el respeto en el intercambio de frases. Me doy cuenta de que algunos tienen un rígido sistema de principios (¿creencias?, ¿prejuicios?) que hacen imposible la escucha si no es bajo el paraguas de su cosmovisión. Muchos de ellos convierten cualquier conversación en un juicio sumarísimo a los demás. Lo siento, no soporto esa superioridad moral no solicitada. Tengo poco que decir, pero al menos dame la oportunidad de hacerlo. Los juzgadores a tiempo completo son especialmente insoportables. Prefiero evitar la presencia de la reencarnación de Torquemada.

Me gusta la conversación plácida, sin reloj, sin móviles. Me gusta la gente que tiene gracia al hablar (no hablo de ser gracioso). Muchos de éstos son personas de elevada cultura que no la exhiben pomposamente, sino que la utilizan para acercarse a ti e hilar juntos un tejido de afinidades. Es la generosidad del logos.

Por el contrario, esos que desprecian, ningunean, incluso insultan, me resultan insoportablemente fétidos. Mucho más los que extienden a su compañera/o sentimental ese desprecio y humillación públicas. Me dan más asco que la piel de un sapo.

Así que, como no siempre tengo la oportunidad de elegir interlocutores, me doy al vicio solitario de leer. Sigo con Gabilondo. Estoy también con una maravilla de Benjamín Prado (Marea humana) y a punto de empezar la novela gráfica Sufragistas.

A los que leéis -¡y más aún a quienes comentáis en el blog- os ubico en el grupo de las personas con las que quiero estar. No os conozco cara a cara, a muchos no. Bien, qué importa eso.




Procedencia de las imágenes:
1. http://cadenaser.com/programa/2015/07/28/hoy_por_hoy/1438073332_213059.html
2. Mi ejemplar del libro, p. 26.



jueves, 26 de julio de 2018

BESOS Y FELIZ VERANO


Esta tarde, mientras planchaba bajo el aire acondicionado (masoquista no soy) estaba viendo Cinema Paradiso y el Tour en las larguísimas interrupciones publicitarias (un ojo en la plancha y otro en la tele). Me gustó mucho cuando la vi y también las dos o tres veces que la volví a ver. Hoy algo menos, la he encontrado bastante moña y llena de trucos sentimentaloides, a pesar de lo cual me sigue llegando, es que soy un poco bobo por la parte del romanticismo ramplón.

Me gusta sobre todo esa última escena final, con los besos censurados y los tímidos desnudos iniciales en el cine.

Así que voy a aprovechar esos besos para mandarlos a todos los que leéis y ocasionalmente comentáis. Mañana me tomo unas vacaciones y voy a dejar de escribir dos o tres semanas por aquí.

Es raro, es la primera vez que lo hago; al contrario que CrisC, es en verano cuando más publico en el blog. Pero este año mis querencias van por otros lugares. Así que hasta pronto, queridos: besos y feliz verano.




miércoles, 18 de julio de 2018

CUATROCIENTOS Y PICO


300 fueron los espartanos que detuvieron al ejército de Jerjes en el Paso de las Termópilas.

Pero 400 fueron los golpes con que François Truffatut nos obsequió en aquella conmovedora película.

Me hubiera conformado con lo primero y ya estoy en lo segundo. No en los golpes, sino en las 400 entradas, 467 con ésta. Y eso que últimamente ando un poco disperso y esquivo en la cosa de escribir.

No tengo interés en aumentar esta pesada carga. Por lo tanto, hay que procurar transitar por la senda de la calidad, si es que puedo, que a lo mejor me estoy columpiando con pretensiones que no están a mi alcance.

No sé si en estos años lo he conseguido, supongo que no, a tenor de algún que otro abandono de comentaristas, que tuvieron un pico de más de 30 y ahora raramente llegan a los 10. Curiosamente, si escribo de libros suelen remontar hasta 15. Sin embargo, las visitas a cada post están entre 150 y 200. Esto me parece muy raro, tengo más visitas pero menos comentarios. Algo de esto se me escapa.

467 entradas serían un buen tocho, cada una de ellas tiene aproximadamente (no todas) entre uno y dos folios. Tengo casi para obras completas. Sobras completas, por mejor decir.

Repaso los otros números redondos. La número 100 fue una entrada de Canciones del no-verano, concretamente dedicada a Wim Mertens. Me sigue emocionando y enalteciendo. La número 200 “En la casa”, una reflexión sobre la estupenda película de François Ozon, que recuerdo bien. La 300 es otra serie, Boludeces, la dedicada a la supuesta campaña de promoción de la lectura. Me he divertido mucho con esta serie, hago muchas fotos callejeras, pero no quiero abusar ni aburrir al personal. La 400 va sobre el cine español de 2016.

Estamos a 18 de Julio. Ayer fui a visitar en Valencia unos refugios que se conservan de la guerra civil. Justamente ayer, qué curioso. Y hoy me doy cuenta de que hace mucho que no escribo para el blog, de que me duele la cabeza, de que estoy cansado. Y de que he espaciado más las entradas.

Autoconciencia bloguera, será eso.


Procedencia de la imagen:
http://www.myracingimages.com/galleries/MOTORBIKES/Amateur-Bikes-2/index.html



domingo, 8 de julio de 2018

VERANO LECTOR


Toda mi infancia la pasé leyendo. Los cinco, Los siete secretos, los tebeos de la editorial Bruguera, mi primer cómic (cuando aún no conocía esa palabra y era sólo un tebeo como los demás): El Príncipe Valiente…

Todos los días, todo el día.

Cuando uno se hace adicto de niño no suele dejarlo en la adolescencia. Además, no había ese despliegue de pantallas que me distrajesen. Yo ya tenía mi dosis de realidad virtual.

Los veranos de la facultad, más de lo mismo. Dejaba aparcados los libros de estudio y me sumergía en los libros de placer. Un verano lo pasé escayolado, seis semanas. Me di a las drogas duras argentinas: Sabato, Borges, Cortázar…

Cuando recuerdo ese tiempo me invade la nostalgia del tiempo irrecuperable. Padezco en el día a día por no poder dedicar a la lectura placentera más de 15-20 minutos al día.

Pero llega el verano y es tiempo de leer sin tiempo limitado y a cualquier hora del día y de la noche. En la semana que llevamos de julio he devorado Hasta aquí hemos llegado, de Petros Márkaris, estoy terminando El problema de Spinoza (¡muy recomendable!) y he comenzado el segundo libro de la trilogía escrita por Eva Gª Sáenz de Urturi, Los ritos del agua. 

Qué gusto, qué lentitud gozosa.



https://elpais.com/elpais/2018/07/06/mira_que_te_lo_tengo_dicho/1530865596_280781.html

https://www.youtube.com/watch?v=o1dBg__wsuo


Procedencia de la imagen:
http://agenziaomicron.it/omicron/2017/09/25/classifica-premi-letterari-giallolatino-giallo-mondadori-e-beer-book/