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sábado, 23 de agosto de 2014

IMPUREZAS

No me importó; incluso mejor, era un terreno para el debate. Hasta podría llegar a ser una discusión esencial y fundamental, porque judío también soy yo, y ella no lo es. Yo soy la impureza que hace reaccionar el zinc, soy el grano de sal y de mostaza. La impureza, ¿cómo no? Justamente por aquellos meses se iniciaba la publicación de La Defensa de la Raza, se hablaba muchísimo de pureza, y yo empezaba a sentirme orgulloso de ser impuro. A decir verdad, precisamente hasta aquellos meses me había venido dando igual ser judío. Para mis adentros y en relación con mis amigos cristianos, había considerado siempre mis orígenes como un hecho casi indiferente aunque curioso, una pequeña y divertida anomalía, como tener pecas o la nariz torcida; un judío es una persona que no pone el árbol de Navidad, que no debe comer embutido pero que lo come igual, que ha aprendido un poco de hebreo a los trece años y luego lo ha olvidado. Según decía la revista citada más arriba, un judío es tacaño y astuto; pero yo no era particularmente tacaño ni astuto, y tampoco mi padre lo había sido.

Primo Levi: El sistema periódico, ed. El Aleph, págs. 43-44.





martes, 19 de agosto de 2014

MIS ESCENAS FAVORITAS: EL COMIENZO DE ‘DRÁCULA DE BRAM STOKER’

En el post anterior hablaba de lo innecesario, especialmente en el cine. Pensé lo mismo, otro remake que no aporta nada, cuando supe que Coppola estaba rodando una nueva versión de Drácula, el clásico del británico Bram Stoker, que se estrenó en 1992.

Me equivoqué. Aunque es enormemente fiel al libro y la idea sustancial es la misma, aporta una estética, un tratamiento, y un comienzo que las otras no tienen. Ni la primera (Tod Browning y Karl Freund, 1931), en blanco y negro y con Bela Lugosi, ni la segunda (Terence Fisher, 1958), que protagonizó Christopher Lee.

Me gusta especialmente el inicio, que no aparece en el libro, pero que toma de la Historia, pues Vlad Tepes/Drácula fue un defensor de la cristiandad frente al avance del infiel. Esos primeros minutos son desgarradores. Naturalmente, la película también lo es, pues trata de la imposible búsqueda del amor (transida de muerte y soledad) a lo largo de la eternidad.

Me impresiona el desafío a Dios, a dios, contra cuyo hijo arroja la espada.

En absoluto es una película innecesaria. 




miércoles, 13 de agosto de 2014

LO INNECESARIO

Conozco unos cuantos tipos y tipas que van de minimalistas rollito zen por la vida a lomos de un BMW, tras haber meditado en el club social de la exclusiva urbanización a las afueras de la plebe. Pero este post no va de eso ni es un canto a la vida sin lujos. Siempre habría quien me diese un capón por mi coche (teniendo bici) o por mi docena de pares de zapatos (invierno y verano).

No, la cosa va de la creación innecesaria. Estoy escribiendo de manera más o menos sistemática sobre cine y filosofía. Por lo tanto, estoy revisando y leyendo sobre las pelis. Una mañana de julio llegué a Psicosis y a su remake de 1998. Por la tarde fui al cine a ver Begin Again: agradable, simpática… Innecesaria.

Por partes. Hitchcock rodó en 1960 la magnífica Psicosis. Grandes novedades en el tratamiento de la historia y en el montaje, atrevidísima en su mensaje. Y de mucho miedo. Con memorables escenas que nos siguen estremeciendo (la ducha, el asesinato del detective, el descubrimiento de la madre…). Casi 40 años después, Gus van Sant hizo un remake en colorines. Más que una revisión o actualización es una fotocopia coloreada. Incluso se atrevió a cambiar el color de la ropa interior de la protagonista, que el original alterna simbólicamente entre el blanco y el negro y aquí se vuelve… naranja. Existe en internet un interesante montaje con una comparativa entre ambas:


Begin Again es la nueva película del director John Carney. Se trata de un musical que se deja ver, que no ofrece nada nuevo, que tiene unos  actores que lo hacen bien, que posee una música estupenda, una fotografía maravillosa… y que es absolutamente prescindible si uno ha visto Once, del mismo director y estrenada en 2006: ésta transpira frescura, honradez y una capacidad de agrandar el corazón que la primera no tiene. Algunas escenas de Begin Again remiten directamente a Once, pero para añorarla, al contrario que en la actual, que siempre vemos desde fuera y mirando muchas veces el reloj. El director tiene talento y han puesto a su disposición enormes medios. Esto da a la película un envoltorio magnífico, pero bajo el papel de regalo y los fuegos artificiales el producto es peor. De hecho, hace unos días que fui y ya la recuerdo menos que Once, que vi hace años. De modo que lo que pensé a la salida del cine se confirma: no es mala, sino innecesaria. Sin embargo, vuelve a mí la voz embriagadora y sensual de Markéta Iglová…



viernes, 8 de agosto de 2014

LA INNOMBRABLE

Es mejor no decir su nombre, porque sabe que se la teme y acudirá. Siempre está al acecho, pero se enseñorea cuando los vigilantes creen vanamente que desapareció en el tiempo.

Los largos días de verano le son propicios. Las largas noches más aún.

Cuando los amantes planifican sus viajes y conquistan sus ojos. Cuando el futuro existe en las palabras que se pronuncian.

Siento su risa y su abandono. Su desprecio, que es una de las categorías de lo Absoluto. Por la mañana la noto en la piel.

Ahora que doy la vuelta a los números sé que ha cambiado poco. Si acaso el ropaje de escepticismo con que me visto, que a fuerza de cinismo llamamos experiencia. Sólo eso.

jueves, 31 de julio de 2014

EL MIEDO

"...Y ando, aparto
esa otra vida a solas que no entiendo"

Vicente Aleixandre: Diálogos del conocimiento


Ayer volví a casa tras unos días playeros. Iba escuchando erráticamente la radio mientras conducía por carreteras casi desprovistas de tráfico, buscando en el dial algo que me interesase. En una emisora estaban hablando de las fobias, concretamente del miedo a volar en avión y de unos cursos que daba un expiloto para superarlas. Explicó muy claramente que se trata de combinar los conocimientos (física al alcance de todos: por qué no se cae un avión) con unos consejos y ejercicios encaminados a un cambio conductual.

Bastante elemental. Lo que me chirrió fue una frase que dijo y que mucha gente repite: “El miedo es muy libre”. He oído esa frase reiteradamente para justificar por qué, por ejemplo, un amenazado por ETA se iba del País Vasco. Pero, como en el caso de los aviones, es justo al contrario: si hay algo que elimina la libertad es el miedo. El miedo es humano, incluso podríamos decir que hunde sus raíces en el animal que nunca hemos dejado de ser y por ello se genera esta conducta instintiva de huida, para poder sobrevivir a una amenaza. Pero no hay deliberación racional, no hay alternativas a considerar. Por ello no es ni muy libre ni poco libre, sino nada libre.

Los peores miedos son los patológicos, ésos que destruyen la vida cotidiana o la convierten en un calvario. Ésos que se han instalado en nosotros por falsas creencias, por asociaciones mentales no reflexionadas y de difícil eliminación. Ojalá existiera en nuestro cerebro una tecla “delete” para enviarlas a la papelera de reciclaje. Pero no existe, al contrario que esos miedos que nos paralizan.

Cuando subo a un avión y empiezan las taquicardias y los sudores al despegar, comprendo a los fóbicos. Lo mío es simplemente un canguis pasajero.  Y entonces pienso en la injusticia y falsedad de ese lugar común: claro que el miedo no es libre. La libertad es ausencia de constricción, externa o interna. Tener miedo lo hace imposible.

No quiero en este día de tránsito veraniego ponerme grave y fatalista. Pero el miedo es también social. Y el tratamiento es más complejo. Una sociedad con miedo es más fácil de controlar.

El miedo nunca es libre.


jueves, 24 de julio de 2014

QUIQUE EL CUCHARA

Uno de esos días inconcretos de verano, a hora difusa, más o menos a mediodía o después de comer, pongo la tele y salgo de la habitación: vuelvo con la sensación del déjà-vu mezclado con estupefacción retrospectiva. En efecto: Verano azul.

Concretamente, la escena en la que Chanquete, Julia y la muchachada antisistema entonan eso de “…del barco de Chanquete, ¡no nos moverán!”. Porque el barco de Chanquete era la representación avant la lettre de los derechos sociales y la cuadrilla de adolescentes el símbolo de la resistencia perrofláutica a que especuladores y voraces depredadores del estado de derecho terminen con todo.


La escena remite a cualquier acción de la PAH y a la resistencia civil sesentaiochista, pero con un delicioso punto naif, con su anciano pescador, abuelo maravilloso de todo aquel que precise un abuelo. Con una Julia posthippie, pero despojada de los molestos aromas de la maría, y privada del comunitarismo ibicenco de lechuga, abalorios y amor libre.

Los chicos son punto y aparte. Representan arquetipos. No recuerdo la razón, pero en la escena no están Bea y Desi. Bea es la guapa, lánguida y etérea, de hermosa y distante sonrisa. Con Desi fueron crueles hasta con el nombre, diminutivizado para evitar el último toque de fealdad sobrevenida; a ello añadieron aparato en los dientes, padres separados… y los pies en la tierra, y cercanía, realismo. “Qué maja”, se decía entonces de las chicas así, para pasar inmediatamente a entrar a la amiga.

Javi y Pancho son los dos gallos del corral, los machos alfa de la camada. Javi es el gallo forastero, rubio, guapete, urbano. Pancho es el gallo local, de familia pobre (sabemos, suponemos, apenas se muestra); sabe pescar, tiene recursos, pero es esquivo y se avergüenza a veces de sus orígenes humildes. Los dos asedian sin éxito a la inalcanzable Bea. Pero no caben dos gallos en el mismo corral.

Piraña es un gordito nada estigmatizado y tiene unos padres sacados de las viñetas de Forges. Lleva su sobrepeso con alegría, se zampa interminables bocadillos y cree que sabe más de lo que sabe. Se considera a la altura de los mayores de la pandilla, y por eso tiene una conducta entre paternal y displicente con su amigo Tito, el pequeño, hermano de Bea, que es la inocencia, el asombro, la gracia infantil.

Y luego está Quique. No sabemos nada de él. No tiene un rol claro. Está, pero no es. No tira los tejos a Bea, ni siquiera a Desi. Y tampoco se ven confusas miradas con los chicos. Sus frases son contadas y su personaje… ¿qué personaje?

Es Quique el cuchara, el que ni pincha ni corta. Una suerte de pagafantas. Si hubiera guateques pondría la música, llenaría los vasos e iría a comprar el hielo a la gasolinera. Cuando está no se hace sentir y cuando no está nadie lo echa de menos.

No sé si los guionistas quisieron representar con él a los invisibles, esas personas que pasan por la vida sin dejar huella. Porque han pasado casi 35 años y la gente recuerda los personajes, la muerte de Chanquete... Pero ¿quién recuerda a Quique? ¿En qué estaba pensando Antonio Mercero cuando diseñó los personajes? ¿Alguien ha escrito una tesis universitaria sobre su función y significado en la serie?


Nota final: Este post surge como resultado de una estival cena familiar, ricamente regada por cervezas y vinos, con altas temperaturas y un parchís de seis en la mesa. Espero que me perdonen mis lectores por tanto desparrame insustancial. Y ahora, más en serio, a ver si conseguimos que los delincuentes cuya crueldad esté probada vean Verano azul. Varias vueltas a sus 19 capítulos. Antes de que la Convención de Ginebra diga algo al respecto.