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lunes, 27 de febrero de 2017

CONGRESO

Dos son los tipos de ponencias que veo en un congreso (de Filosofía, no me atrevo a juzgar otros). En el primero, tipos de distintos orígenes, muy jóvenes casi todos, vienen a meterte con calzador su tema, su investigación, su tesis. Se disfrazan con conceptos y pseudoconceptos, con lo que suelo llamar la seducción del hegelianismo. Se arropan con un lenguaje difícil, de imposible verificación, a menudo heideggeriano, o simplemente críptico y asignificativo. Y largan su rollo, un poco más de currículum a la butxaca.

No me interesan nada. No aprendo. Creo que ellos se valen del evento, pero a los demás nothing of nothing.

El segundo grupo lo constituyen los que son capaces de facilitar lo difícil, en de enseñar (eso tan difícil) para que otros aprendamos. Algunos leen, otros hablan y parece improvisado lo que no lo es, ya se sabe que la mejor improvisación es un buen guión. Estos ponentes suelen gustarse, se saben enamorados de una parcela de conocimiento y lo proclaman gozosamente. No necesitan parafernalias lingüísticas ni fuegos de artificio a mayor gloria de lo incomprensible. Simplemente nos cuentan, nos explican.

Voy de vez en cuando a algún congreso sólo por ellos. Son pocos, en algún caso muy pocos, pero su excelencia promete excelentes profesionales cuando son escandalosamente jóvenes. Ojalá no acaben derrotados por un sistema educativo que inunda de burocracia y trabajo administrativo y ahoga el talento creativo de estos futuros profesionales de la enseñanza.

Tengo ganas de saber más. Seis o siete ponencias me han abierto algunas puertas. Porque soy un ignorante y agradezco el conocimiento que otros me dan.

A los del primer grupo, como Nietzsche proponía, ya los he olvidado.

lunes, 20 de febrero de 2017

MI RELACIÓN CON LOS CACHARROS

Pensaba en esto hace un par de meses, cuando mi teléfono móvil dio inequívocas muestras de estar al borde de la caducidad.

Me compré otro. Cabreado: uno cada dos años. He decidido abandonar al fabricante coreano para irme a una marca semiespañola. A los 15 días de convivencia patriótica se apagó y tardó ocho horas en volver a arrancar. Lo cambié, menos mal que sin problemas. De momento. Me quedan 22 meses de móvil. Cuando empiece a comprender su funcionamiento, cascará. Y otro, otro más. Qué asco de obsolescencia programada.

La lavadora, por el contrario, lleva conmigo desde que llegué a este piso, hace casi siete años, más otros cinco con el antiguo inquilino. Sin embargo, una grieta con amenaza de inundación inminente hace aconsejable una nueva. Me he inclinado por una alemana de alto standing, veremos. Al menos tiene la triple A+ y posibilidad de lavar media carga o un calcetín. La otra era de una tosquedad propia de Atapuerca: sólo permitía ponerla entera y su eficiencia energética estaba a la cola de toda clasificación. Era barata, por eso la compró el primer propietario. Y lavaba, salvo los manteles, a los que se la tenía jurada.

Me molesta todo esto. Tengo mala relación con la cacharrería electrónica y necesito pedir ayuda continuamente. El ordenador desde el que escribo tiene en huelga permanente dos puertos USB, con lo que necesito estar cambiando los cables continuamente. También se me corta la conexión de internet a veces, sin que mis maldiciones en arameo surtan efecto alguno. Y si se queda colgado (poco frecuente, menos mal), me da el terror: seguro que no he archivado a tiempo y pierdo el documento.

Y entonces está mi hijo (aunque no siempre localizable), o esos amigos maravillosos que saben dónde va cada cable, a los que besaría en los morros con frenesí de clavija.

Me dicen que tengo que cambiar la lámpara de la cocina. Tarda tanto en encenderse que me da tiempo a hacer una tortilla de patata a oscuras. Pero no sé si vale con tubos fluorescentes nuevos o es el cebador (vaya palabra). Tampoco sé si debo sustituirlo por algo tipo LED, que tiene tela eso, con la luz fría y caliente, los ángulos lumínicos y las potencias que no sé qué c… significan. Así que ruego al dios de los watios que me ayude, porfavorplease, que vivo en un sinvivir.

Dos semanas tardé en encontrar un elemento para detrás de la tele que me permitiera conectar unos auriculares para no molestar a los vecinos por la noche o para poder ver una peli desde la terraza sin que esos vecinos llamen a la policía. Dos semanas y varias horas de consultas a San Google y a esos amigos que al final prefieren una visita al urólogo antes que una consulta tan torpe por mi parte.

Sólo me comprende Federico, que es mi portátil de gama peleona, sin grandes pretensiones, que hace lo que le digo siempre. Nos comprendemos. A lo mejor es porque el día que llegó a casa comencé a llamarlo por su nombre. Y eso ayuda. “Venga, Federico, hoy tengo que poner unos exámenes”. “Bueno, Federico, no archives la dirección de estas páginas, que quede entre tú y yo”. “A ver, Federico, ese tipo de letra, arráncame el DVD, déjame que te mire por dentro, que tienes que tener a salvo lo que necesito”…

Así que, en cuanto llegue la lavadora, le pasaré la mano por el lomo a Gertrudis (porque se llamará Gertrudis, que suena a recio, obediente, eficaz, teutón y duradero) y a ver cuánto dura la relación.

Y para el móvil… Renato. Que piensa y existe.

lunes, 13 de febrero de 2017

DÍA DE LA RADIO Y ‘DÍAS DE RADIO’

Me escribe Mamen, que es amiga radiohacedora, para desearme feliz día de la radio. Que es hoy.

Caigo en la cuenta de que hay día para casi todo. No está mal, especialmente si pertenece a nuestras filias. La radio lo es para mí. Me acuesto con ella encendida mientras leo hasta que la cabeza se rinde. Si me despierto de madrugada (ocurre a menudo), la pongo y su murmullo casi imperceptible me arrulla y no me desvela. Hace tiempo, cuando padecí insomnio, me hacía compañía: programas que primero son noticiosos, luego deportivos y más tarde se abisman en esos problemas tan personales que sólo pueden contarse a voces maravillosas (Gemma Nierga, Mara Torres, Macarena Berlín…). Lo escuchaba todo, a veces no conseguí dormir, pero no me sentía tan solo.

Ahora paso una buena temporada y el insomnio es un mal recuerdo; me levanto y pongo las noticias (SER), también en la cocina mientras desayuno (RNE-1), y finalmente en el cuarto de aseo (aquí soy promiscuo). Camino del trabajo no suelo escuchar emisoras de hablar, prefiero a Mahler, Bach o, como el viernes pasado, Rigoletto.

Me he acordado de una película del mejor Woody Allen, Días de radio, que debo volver a ver. No recuerdo el argumento y me da igual. Lo que me fascinó (como en tantas suyas, ejem, no las últimas) es el ambiente creado. De manera que me regalaré mañana esa película extraordinaria. De nuevo, en casa, en lugar de cabrearme con las trapacerías de las tramas que han saqueado el país o con esos futbolistas que ganan en el banquillo en un día lo mismo que un cirujano en un año.

Por si os gusta también (la radio, la película), feliz día a todos. Y si no, feliz día de la luna llena, del chocolate con churros, de las sábanas limpias, del tiempo lento, de la ducha caliente, de la comida, de los ojos, de la piel… De la belleza y de la bondad. Feliz día de todo eso. Y de la radio.



domingo, 5 de febrero de 2017

DON ALFREDO: 35 AÑOS

Hace poco se cumplieron 35 años de la muerte de don Alfredo (29 de abril de 1980). O sea, de Alfred Hitchcock. Cada cual tiene sus filias y sus fobias, y el cine de este director está entre mis filias. Es más, pasan los años y me sigo declarando ferviente seguidor. Veo sus pelis y me siguen gustando, incluso ésas que se dicen que envejecen mal. Me gusta su perfección técnica, su dominio de la cámara, su modo de decir sin hacer hablar, la sutileza con la que narraba, su enorme carga sexual (aunque lo disimulaba: super-yo, censura, legítima esposa), su atrevimiento formal…

Me gustaron cuando era niño y eran aventuras ágiles. Al adolescente que fui le fascinaron por lo que sospechaba, por lo que entendía. Al adulto le siguen dejando boquiabierto.

Mis favoritas son Vértigo, Psicosis y Recuerda. Por distintas razones.

La primera me sumerge cada vez que la veo en un laberinto de obsesiones sexuales, las que no pueden contarse, las que llevan al protagonista lejos de lo que puede controlar.

Qué decir de Psicosis, seguramente la más popular. Sigue estremeciendo ese lado oscuro tan posible, ese Hyde que nunca parece abandonarnos. Esa ducha, esos planos improbables…

Lo de Recuerda es casi profesional. La he utilizado mucho en clase, aunque es algo más floja y los actores no están en su mejor momento interpretativo. Pero tiene detalles maravillosos: juega con el psicoanálisis más ortodoxo y tiene unos decorados pintados por Salvador Dalí. Pero se sostiene mal, y algunas escenas nos hacen sonreir, especialmente si la vemos con nuevas generaciones. Es lo que tiene el progreso de los efectos especiales.

Hace pocas semanas vi la película documental Hitchcock/Truffaut (Kent Jones, 2015), que utiliza el libro/entrevista del director francés (El cine según Hitchcock) para hacer un homenaje al maestro. Lo he repasado, los que no lo han leído tendrán ganas de hacerlo. Y de ver películas de Don Alfredo, desde luego.






domingo, 22 de enero de 2017

OPINIÓN

Circula abundantemente la idea de que toda opinión es respetable, confundiendo el respeto moral que merecen las personas con la verdad (o no) de sus opiniones, esto es, se confunde una cuestión moral con otra epistemológica.

La opinión es uno de los ídolos contemporáneos. Las redes sociales no han hecho más que agrandar su alcance y su soberbia. Cuanto más breve el mensaje, más opinable parece. Un libro precisa de tiempo, dedicación, documentación, argumentos… Un tuit es una ocurrencia, habitualmente nada más que eso, una opinión sin reflexionar en la mayor parte de las ocasiones, un aforismo en el mejor de los casos.

Lo malo no es tener opinión, lo malo es no tener más que opinión. Dicho de otro modo, si la mitad del tiempo que el personal dedica a opinar lo emplease en buscar información, cotejarla, escribirla y reescribirla, lo que leeríamos sería una maravilla, se llama conocimiento o aspiración al conocimiento. Rara avis.

Lo de Twitter es de traca, qué digo, un festival de fuegos artificiales, mucho ruido… y pocas nueces. Hay algunas cuentas maravillosas (las sigo); otras, francamente ingeniosas (también sigo alguna). Otras, muchísimas, son el vomitorio amparado por el anonimato. Hace poco leí un tuit que decía más o menos esto: hay unanimidad en Twitter sobre lo malo que es el bullying, pese a que el 80% de los tuits son insultantes, despectivos, machistas, homófobos, xenófobos, etc., es decir, ciberbullying. Pero el que tuitea cosas así sostiene que es su opinión, algo elevado y respetable en lo que nadie debe meterse. Libertad de expresión, lo llaman ellos.

No es cuestión de jóvenes o adultos: se da en todas las franjas de edad. Lo único que suelen tener en común es un resentimiento sin causa, una cultura de derechos sin deberes y unos conocimientos lingüísticos que no van más allá de las 500 palabras.

Me dan miedo. Además, se indignan cuando alguien les bloquea, hasta los moños de recibir improperios e insultos del opinador, como si uno no tuviera derecho a impedir que le insulten.

Cuando deja de haber opinión y hay conocimiento, la dosis de prudencia y de modestia aumenta. Normalmente, quien sabe algo, por poco que sea, sabe que la infinitud se abre ante él, sólo está seguro de su ignorancia, de sus dudas en muchos ámbitos. Pero se apresura a escribir con fundamento sobre lo poco que conoce y a no confundir opinión con verdad.

Con los blogs me ocurre lo mismo. Sigo alguno, pocos. Son aquellos en los que puedo aprender o cuyos escribidores (casi siempre escribidoras) tienen algo que decir o que discutir. Los exhibicionistas no me interesan; los que posturean o alardean de algo (que sólo es ignorancia), menos aún.  Pero hay algunos ante los que me quito el sombrero -porque tengo sombrero-: hay cultura, preparación, tiempo dedicado a la escritura, conocimiento de aquello de lo que hablan… Y prudencia.

Platón ya advirtió contra la opinión (la doxa). Pero, claro, hay tantos que se atreverían hoy a discutir con Platón de igual a igual… Titánica tarea que ni siquiera se permitió Aristóteles. Y, ante eso, no tengo ningún sombrero que quitarme; al contrario, me cubro la cabeza y me voy a tomar el aire, al menos podré pensar en silencio, sin la estúpida cháchara del que sólo hace ruido y empantana el mundo con su palabrería.

No descarto ser uno de ellos. Debería entonces huir de mí.

domingo, 15 de enero de 2017

LO CUTRE

Hace muchos años, salimos un grupo de amigos y conocidos. Uno de ellos era un joven alemán residente en España. Hablaba muy bien el idioma pero se le escapaban algunas palabras. Esa noche escuchó a alguien decir que no entrábamos a un bar porque era muy cutre. Desde entonces, repitió incesantemente la palabra: “Qué calle más cutre”, “Eso que dices es muy cutre”, “En España los contenedores son muy cutres”, “El cine español es cutre”… Fue delirante, cuando un extranjero descubre una palabra tan peculiar y empieza a usarla nos damos cuenta de lo difícil que es precisarla.

Define el Diccionario de la Real Academia este vocablo del siguiente modo: "Tacaño, miserable, pobre, descuidado, sucio o de mala calidad". El Casares añade: "Ruin, mezquino". Me siento satisfecho con lo que indican ambos.

Esta primavera tuve una comida familiar que, por razones largas de explicar, me tocaba pagar a mí. Fuimos a un sitio de postín, de esos cuyos cocineros salen en la tele. La comida fue estupenda, los precios no tanto. Pero nada que objetar al restaurante por lo que deciden cobrar. Ni siquiera la botella de agua de litro (más de 4 €). Precios de carta, si no te gustan hay muchos otros lugares en Madrid.

El camarero nos recitó algunos otros fuera de carta y yo cometí el error de no preguntar cuánto costaba uno de ésos (quadroni con trufas y no sé qué más). 24 €, según supe después.

Hay que distinguir entre caro y cutre. Los precios son caros, pero, como he dicho antes, hay otros restaurantes más baratos, nada que objetar en eso: ellos ponen sus precios y yo decido si entro o no. Lo que me parece cutre es que cobren el coperto (porque se trataba de un italiano): 1 €. Es verdad que en Italia existe esa molesta costumbre, pero no por eso deja de ser una cutrez (además, creo, de una ilegalidad, como si te cobrasen el vaso, la servilleta, el mantel o la sal).

En España, en muchos restaurantes, suelen ponerte un pequeño aperitivo mientras lees la carta. Allí también lo hicieron: una rodaja de pan y una loncha de mortadela (menos mal que no tenía olivas). Aperitivo ridículo para el local: mejor no poner nada. En el mesón donde a veces tomo una caña hacen cosas más elaboradas.

No soy un tiquismiquis, al contrario. Creo que no todo cuesta lo mismo y que lo bueno hay que pagarlo, no puede costar lo mismo una hamburguesa clonada que un plato único y originalísimo que precisa conocimientos, tiempo e ingredientes especiales.

Lo que me molesta es que me traten como a un gilipollas, como a un tipo que lleva a su familia y, además de los carísimos pero justificables precios (se come muy bien), te desplumen por vericuetos indecentes: ¿1 € por el coperto? Mire, signore, si incrementan unos céntimos cada cosa, a mí me da lo mismo, ni me entero, pero que me cobren por el cubierto tiene un nombre en castellano y es “cutre”. Al final, se lleva uno una mala impresión del local, la cutrez salpica a la excelente comida y el camarero (que no tiene culpa de que su jefe sea tan ruin en este aspecto) se queda sin la propina que seguramente ha merecido.

Cutre fue también, hace años, un local de Barcelona en el que pedí un café con hielo. Aún había pesetas y lo recuerdo: 150 el café, 15 el hielo. Estuve a punto de devolver el azúcar, a ver si me hacían un descuento.

Cutre fue también hace menos años, una cadena de cafeterías. Salí con un amigo a renovar el ticket de la ORA, mientras nuestras parejas esperaban dentro. El camarero, ni corto ni perezoso, se llevó nuestros cafés a medias. Ellas dijeron que, cuando quisieron reaccionar, el camarero se había ido. En otro de esos locales, otra cadena, fui con unos amigos, cenamos unos sándwiches; una de las chicas dijo que el salmón estaba malo, nos lo dio a probar: estaba malo; llamamos al camarero, que dijo que estaba bien, el encargado lo mismo. Les libró de la hoja de reclamaciones que llegábamos tarde al teatro, pero no he vuelto por allí en 20 años. ¿De verdad a un local de ésos le cuesta mucho respetar el ritmo de ingestión del cliente y, si algo no está bien (o al cliente se lo parece), cambiárselo? ¿Nadie les ha explicado que se puede perder una venta pero nunca un cliente, que es el axioma de cualquier negocio (excepción hago de esos clientes indeseables, que el cliente no siempre tiene la razón)?

En muchos viajes he tenido experiencias cutres, en España y fuera de España. Son muy frecuentes en esos lugares extraordinariamente turísticos, en los que los paracaidistas no van a volver. Pero se equivocan, porque a veces volvemos o tenemos amigos. Y luego está internet…

Además, no está bien timar al personal, aunque sea legalmente.  Es más, hay que actuar por respeto al deber, ya lo dijo Kant, sin saber lo que era Tripadvisor. Servir bien a un cliente para que vuelva, para ganar dinero, para que no escriba una mala crítica en internet, sería actuar conforme al deber, pero no por deber.