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domingo, 21 de marzo de 2021

BUENOS Y MALOS



Ya he comentado alguna vez que la sociedad se mantiene en funcionamiento porque hay un alto porcentaje de la ciudadanía que cumple las normas. Eso justamente es ser ciudadano: tener derechos y, a cambio, cumplir unos deberes elementales. ¿Cuántos son estos, qué porcentaje? No sabría decirlo, imposible saberlo. Quiero creer que la mayoría. No sé si hoy soy especialmente optimista -no creo- pero me parece que la gente es mayoritariamente buena y bienintencionada. Lo malo es el otro grupo, que, aunque minoritario, hace mucho ruido y causa mucho daño.

No estoy hablando de grandes delincuentes, que también, desde luego, sino de gente corriente que todos conocemos. Esos que abominan de la corrupción de los políticos, esos que despotrican en Twitter contra todo defecto o defectillo de la sociedad pero que luego no cumplen ni una sola norma. No digamos de tráfico, fiscal o laboral. No, es una actitud de persona que cree que todo le es debido, una especie de niño grande que dice que el profesor le tiene manía 

Insisto, creo que no son la mayoría. Pero sí me parece que son muchos y que es una actitud que se extiende como una mancha de aceite, sin forma definida pero dañando todo lo que toca.

No hemos salido mejores. Me parece que los miserables lo son más aún y la buena gente sigue estando ahí, en silencio, discretamente, haciendo más fácil la vida a los demás.



Procedencia de la imagen:

http://www.manoloalcazar.com/bien-y-mal/


lunes, 8 de marzo de 2021

DE ROUSSEAU A KANT (EDUCACIÓN Y GAFAS)


Hace unos días perdí las gafas en el instituto. Pedí ayuda a través de la Plataforma que usamos los profesores y a una compañera le hizo gracia el mensaje. Le pedí perdón por ser poco serio y le prometí escribir algo más serio la próxima vez, no sé, algo sobre Rousseau y Kant…

Y de esa broma ha salido este texto:


Con la tontería de las gafas perdidas y halladas (¡gracias a quien sea, que no lo he podido averiguar!) dije que la siguiente vez que utilizase la plataforma sería para explicar la pedagogía de Rousseau a través del matiz kantiano. O algo así.

El caso es que una compañera me tomó la palabra y lo prometido es duda. Sí, sé lo que he escrito: es duda, además de deuda, porque no es un tema que domine ni que me interese sobremanera. En Rousseau hay otros a mi juicio mucho más relevantes, filosóficamente hablando, especialmente dos: el contrato social y el conflicto nunca del todo resuelto entre libertad y seguridad y, corolario de este, la función de la sociedad como liberadora u opresora, es decir, si vivir en sociedad nos mejora o nos empeora. Ya sabemos que el ginebrino (porque nació en Ginebra, Suiza, aunque su tarea la desempeñó en Francia) sostenía que los hombres nacen iguales y que es la sociedad -notablemente la aparición y protección de la propiedad privada- la que los hace competitivos e insolidarios. Pero este no es el tema.

El tema es la educación. Rousseau trató este asunto en varios de sus libros, especialmente en el Emilio y el La nueva Eloisa. Confieso no haber leído el último (no lleva mucho tiempo traducido) y poco el primero. Lo digo por los críticos.

No obstante, sé lo suficiente para decir que Rousseau tenía una concepción antropológica optimista, asombrosamente optimista; sus críticos dicen de él que estaba fuera de la realidad, out. Decía Benedetti que un optimista es un pesimista mal informado. Puede que tenga razón; es más, creo que la tiene, pero también creo que el mundo lo cambian y mejoran los optimistas. No los ingenuos, no los que están al margen de la razón y viven en mundos de unicornios de colores y tazas buenrollistas de Mr. Wonderful. No: hablo de aquellos que combinan ilusión y conocimiento, sueños y pies bien plantados en la realidad. Utopías razonables, podríamos llamar a eso.

Hay una lectura rousseauniana que dice que el niño es un trasunto del (mito del) buen salvaje, una suerte de página en blanco, de posibilidades infinitas. Bueno, incluso algo más: sostiene Rousseau que el niño es un conjunto de potencialidades que la educación debe vehiculizar y potenciar porque, como sostienen estas concepciones tan optimistas, la educación está para no estropear, para motivar y para construir sobre lo que hay.

Temo no estar en esa línea. Rousseau es el menos ilustrado de los ilustrados. Rousseau está suponiendo demasiadas cosas y solo habla de voluntad en términos políticos (voluntad general), nunca en términos individuales. Y, lo siento si a alguien molesta algo tan elemental, para aprender es necesario tener voluntad de aprender, es decir, querer.  Hordas de alumnos y de padres buscan excusitas en la motivación para justificar conductas nada estudiantiles: es que no estoy motivado, es que el profesor me tiene manía, etc. Las variantes son infinitas, sin que se sepa muy bien cuáles son esos elementos motivadores. Ya nos gustaría.

Decía el escritor Ernesto Sabato que la nueva educación consiste en facilitar que el niño que quiera tocar el piano pueda tocar el piano, pero también consiste en impedir que el niño que desee clavar un cuchillo a su hermano pueda hacerlo. O sea, concluye, la nueva educación se parece mucho a la vieja educación. Pues claro.

Poco nuevo bajo el sol. Los teóricos de la novedad pedagógica suelen olvidar que casi todos los inventores periódicos de la rueda ignoran que todo eso se inventó ya. Un ejemplo: los de la gamificación deberían remitirse a Platón: “Que aprendan jugando”, dijo en la Repúbica. Obviamente, nuevo y bueno no son sinónimos y lo malo de muchísimos de estos nuevos métodos es que no son nada nuevos, por lo que la actitud adanista y prometeica de sus adalides no me gusta nada. Por supuesto, es inobjetable -creo- su uso periódico y no exclusivista, como tantos otros que tienen algo que aportar.

Y llego a Kant. Kant es el boss de la razón. La Crítica de la razón pura es una indagación sobre los límites de la razón. Pero aquí me interesa sobre todo un tema que se desarrolla en ¿Qué es la Ilustración? Al final del primer párrafo escribe esta frase que todos deberíamos tatuarnos en el cerebro (en el cerebro, no en el corazón): “Sapere aude!”, es decir, atrévete a pensar, usa la razón, no te dejes llevar por costumbres, tutores o prejuicios.

Kant apenas habló de educación, pero su elogio de la razón es conmovedor: atreverse a pensar es ejercer la humanidad hasta sus últimas consecuencias y, por lo tanto, renunciar a creencias que puedan distorsionar una visión realista de las cosas.

Eso es lo que reprocho a Rousseau: no pasa el filtro de la realidad, pisa poco en ella, se empeña en su modelo de niño idealizado y emocional al que priva en buena medida de racionalidad. Dicho de otro modo, apuesta por una educación antiintelectualista, justamente lo contrario de lo que yo pienso que debe ser la educación, justamente lo contrario de los nuevos rumbos en los que la memoria es yuyu y lo que importa es que los muchachos estén recogidos, controlados y felices. Lo siento, no. Como dice Kant en ese mismo texto, tenemos la obligación como funcionarios de cumplir la ley, pero como ciudadanos tenemos la posibilidad e incluso el deber de criticarla para mejorarla. Aquí escribo como ciudadano, cansado de que una ley educativa tras otra se siga profundizando en la línea rousseauniana (el peor Rousseau) y se desprecie el conocimiento. No es mi visión de la educación y no quiero rendirme.

Un vistazo a los cursos que nos ofrece la Consejería del ramo y los sindicatos nos dan pistas de por dónde van los tiros. Reto a cualquiera a que busque un curso de Filosofía (sin sucedáneos) desde 2003, el año en el que aterricé por aquí, uno solo. Y ahora leed los títulos de los que nos ofrecen, muy rousseanianos, muy emocionales, muy integradores, muy insustanciales. Todo lo que he aprendido de verdad como profesor en este tiempo lo he aprendido de mis compañeros (esos expertos), de los libros (esos cursos con los que te comunicas online con el autor) y de los cursos universitarios que, a cambio de unos euros, han aumentado mi conocimiento en mi tiempo libre. Porque esa es otra.

En definitiva, compañeros, que a lo mejor estoy tan perdido que me he perdido en lo de las competencias, rúbricas y estándares (lo de las gafas es anecdótico con todo lo que he perdido). Yo, como ilustrado que quisiera ser, prefiero los contenidos, los conocimientos, los temas, el estudio serio e incluso eso tan traumatizador que llamamos deberes y exámenes.

Por cierto, cuando queráis hablamos de algo tan cuantificable como la carga lectiva, la ratio y las condiciones en las que trabajamos. Y nos dejamos de fuegos artificiales de una vez.

Que somos profesores. Al menos algunos queremos seguir siendo profesores.

Gracias por vuestro tiempo y paciencia.



Procedencia de la imagen:

https://www.laescaleradelzigurat.com/2020/02/11/la-politica-en-kant-y-en-rousseau/


jueves, 25 de febrero de 2021

OASIS

Me levanto pronto. Relativamente pronto, las siete no es madrugar. Me gusta ducharme por la mañana, despacio. Cuando no había pandemia me afeitaba antes de ir al curro; ahora me permito la licencia de hacerlo cada dos o tres días.

Esa hora del silencio me tranquiliza, aunque últimamente no mucho, porque la bola de cemento en el estómago no se va, pero en esa placidez con la que el día arranca parece que todo es más dulce y despacioso. Desayuno con la radio puesta, pero no la escucho. Abro las ventanas y el frío seco me recuerda que soy afortunado: tengo calefacción y en mi trabajo también hay, aunque estemos siempre con ventanas abiertas.

Saco el coche del garaje y paso al lado de un tipo que lleva a su hijo muy pequeño a la guardería. El individuo va fumando y, por supuesto, sin mascarilla. Veo más allá a otros dos hablando, con los perros tirando de las correas. Mascarilla bajada, uno de ellos fuma también, muy cerca del otro.

Hay varias rotondas hasta mi trabajo. Siempre tengo que tener mucho cuidado. Lo de cómo entrar y salir de ellas algunos aún no lo saben. Vamos a ver: tiene prioridad el que está dentro y se sale siempre por el carril exterior, no es tan difícil. Pues todos los días frenazos y sustos. Y ay de ti como les digas algo. Hoy voy detrás de un pelao que no ha hecho ni una bien y que ha entendido que un stop es solo una sugerencia. Cuando llega a la última rotonda se para en medio, ¡se para! porque allí está la panadería y no va a aparcar bien cincuenta metros más adelante, él no. Me obliga a subir a la isleta, maldigo en arameo, a él le tiene sin cuidado. Él para allí y sale altanero del coche con gesto de porque yo lo valgo.

He leído, y lo repito a mis alumnos, que la sociedad funciona porque hay una mayoría de personas que sí cumplen las normas. De lo contrario, el pelao y todos los demás infractores (no digo delincuentes, que también, simplemente personas a las que las normas de convivencia se la soplan) no podrían vivir; es más, viven bien porque se benefician de esa sociedad en la que algunos -muchos- cumplen los mínimos.

Llego a clase. Hay examen. Mis alumnos, este grupo al menos, son muy amigables, incluso adoptables. No todos, claro. En mi crónica crisis profesional hay oasis y en la sociedad en la que habito también, unos cuantos. Por eso resulta soportable y a menudo grata.

Pero temo que son pocos y tengo la sensación (no sé si subjetiva) de que cada vez son menos. Y me inquieta.



https://www.youtube.com/watch?v=4PthV0GxTQg



Procedencia de las imágenes:

https://www.google.com/search?q=rotonda&rlz=1C1JZAP_esES825ES825&sxsrf=ALeKk03dK5aHq8FrMWyLnI1UTPAEH201LA:1614271197436&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=2ahUKEwjJgq3qvIXvAhVRasAKHQ25AvcQ_AUoAXoECBMQAw&biw=1211&bih=536#imgrc=dNKI3d9_hbSnxM

http://www.navartur.es/viajes/festival-de-los-oasis-en-tozeur.htm

sábado, 6 de febrero de 2021

SABER COSAS


Hoy he hablado con una buena amiga, de esas a las que ves con escasísima frecuencia pero con la que siempre tienes sintonía. De todo un poco; de la enfermedad, cómo no. Del trabajo, que compartimos, aunque yo tenga unos cuantos trienios más que ella.

La cosa ha derivado a la serie Merlí, que no me gusta nada, aunque a ella sí. Dice estar enganchada. Pero en el desacuerdo amistoso hay algo en lo que sí estoy de acuerdo: Merlí habla de filosofía, dice cosas de filosofía. Y ello nos ha llevado a este tema. Entre los docentes los hay que saben muchísimo, torrentes, cataratas de conocimientos, océanos. Hay otros que saben lo justito, apenas su asignatura y casi nada de lo demás. A mí esto me escandaliza y me extraña, me cuesta comprender que uno se conforme con esa minúscula parcela de realidad. Es que a mí lo que más me gusta es saber cosas. Y, como se deduce de lo anterior, cuanto más sabes más consciente eres de todo lo que ignoras, infinitud inabarcable que necesitaría un millón de vidas para rascar una ínfima parcela de lo que es posible conocer.

Me gusta mucho hablar con esos compañeros que saben de lo que yo no sé. Me gusta también cuando me preguntan y me conceden competencia en lo mío -tengo el síndrome del impostor desde que empecé a dar clase-. Lo mejor son esos momentos en los que nos juntamos la de Matemáticas, el de Lengua, la de Inglés, los de Historia, el de Física y la de FOL, que estudió Derecho pero dice que no es abogada. Pocos trabajos tienen esta posibilidad: tomar café juntos y alguna comida de vez en cuando, muy de vez en cuando. De hecho, hace casi un año que no nos reunimos. Y lo echo de menos. Porque, como les dije un día a mis alumnos, a mí lo que más me gusta en el mundo es saber cosas.

Pero tenemos una ministra y unos asesores cantamañanas, expertos en la nada absoluta, que quieren acabar de un plumazo con el saber enciclopédico, la memoria y todas esas cosas que constituyen el conocimiento. O sea, que quieren acabar con la inteligencia y, de paso, con esas personas (profesores, estudiantes) empeñados en saber cosas. Ese peligro.



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https://conceptodefinicion.de/saber/

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domingo, 24 de enero de 2021

30 AÑOS DE ‘EL SILENCIO DE LOS CORDEROS’

Estos días se han cumplido 30 años del estreno de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). La he vuelto a ver hace poco. No solo resiste bien el paso del tiempo, sino que mejora, creo. La maldad voluntaria de Hannibal Lecter contrasta con esa bondad machadiana de la agente Clarice Starling, empeñada en resolver el caso con una obsesión que no mejoran los policiacos que se han rodado desde entonces: con precisión de científica, pero, como ya he dicho, con bondad, con la consciencia de que se lo debe a las familias, a las víctimas, casi diríamos que a la humanidad.

La verdad no solo es una cuestión epistemológica, sino también -y sobre todo- moral. Por eso nos apiadamos de ella y nos conmueve su determinación: tan frágil y a la vez tan fuerte. Tal vez de esa fragilidad saca su fuerza. Y por eso odiamos y también admiramos la inteligencia orientada al mal que representa el doctor Lecter. No es malo, es malvado, consciente y voluntariamente. Retorcidamente. Sabe que está muy por encima de la mediocridad de todos los demás, parece que no soporta esa medianía intelectual. Y tampoco acepta las reglas en las que hay que basar toda convivencia.

Es la maldad. Tal vez nos seduce a la vez que nos repugna porque está en nosotros, porque -Freud dixit- eros y thanatos son el yin y el yang de nuestra personalidad. Nos sabemos capaces y queremos creer que no seríamos capaces de tanto mal, de tanto daño. Pero a veces el peor de los criminales es tan banal como despiadado: no hay responsabilidad sentida porque no hay reflexión al respecto. El yo más asocial se impone al nosotros, no se reconoce la alteridad, únicamente el deseo. Un deseo que puede ser sexual, pero que aquí es intelectual, elaborado, como vemos tras la secuencia en la que la agente Starling visita al doctor Lecter. Él no está dispuesto a tolerar la soez agresión sexual de otro preso, aunque eso no le impide devorar el hígado de un semejante con un buen Chianti.

Vi hace unos años Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013), con el siempre sensacional Antonio de la Torre. Me pareció que tiene similitudes: eros y thanatos de nuevo. Una película impresionante y dura. Antropológica.

Todo esto lo cuento porque hace poco, en clase de Psicología, tratamos el tema de la inteligencia y su relación con la convivencia y la bondad. Les hablé de esta película y les dije que me parecía la falsación del intelectualismo moral de Sócrates. Mañana preguntaré si alguien la ha visto este finde. Me temo que sus preferencias son otras.


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https://www.filmaffinity.com/es/film233216.html


domingo, 10 de enero de 2021

DOGMA Y EPISTEME


En Filosofía utilizamos mucho la palabra episteme.  Y a veces decimos que hay que huir y combatir el dogma. Llevo unos días dando vueltas a la cosa lingüística, sobre todo porque en redes sociales parece que triunfa la opinión y la reivindicación airada de que toda opinión es respetable. Se confunde, claro, el respeto que debemos a las personas con el derecho a discutir sus opiniones. Porque “opinión”, en griego, es “doxa”. Si alguien lo recuerda, es lo que Platón ilustró en su célebre mito o alegoría de la caverna: los prisioneros están en el fondo, atados de pies y manos desde la infancia, solo ven sombras y escuchan ecos. Y todo eso lo toman por real, por lo real. Es más, cuando alguien (¿Sócrates?) viene a librarse de esa postración intelectual, se resisten; Platón dice incluso que intentarán matarlo: Sócrates.

¿No es lo que ocurre hoy? La pereza intelectual lleva a tantos a pensar que tiene razón únicamente porque son ellos, porque yo lo valgo, porque todo el mundo tiene derecho a emitir su opinión, como si ese derecho otorgase razón.

Se ha destruido la verdad y no ha sido una buena idea esto de democratizar el conocimiento. Lo que hay que democratizar es el acceso al conocimiento, la igualdad de oportunidades para su adquisición y aprehensión. Google no es el conocimiento, ni Facebook, ni mucho menos Twitter. No confundamos. Ahí hay muy poca episteme y un exceso de dogmatismo.

Busco en el DRAE y dice esto de la palabra “dogma”:

Del lat. dogma, y este del gr. δόγμα dógma.

1. m. Proposición tenida por cierta y como principio innegable.

2. m. Conjunto de creencias de carácter indiscutible y obligado para los seguidores de cualquier religión.

3. m. Fundamento o puntos capitales de un sistema, ciencia o doctrina.

 De “episteme” dice esto otro:

Del gr. ἐπιστήμη epistḗmē 'conocimiento'.

1. f. Conocimiento exacto.

2. f. Conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo endeterminadas épocas.

3. f. Fil. Saber construido metodológica y racionalmente, en oposición a opiniones que carecen de fundamento.

De manera que ya lo tengo casi todo. El dogma es una opinión (doxa) transmutada en verdad absoluta, cuya grandeza reside en que la gente lo cree. Por el contrario, la episteme es un conocimiento, algo en lo que no hay que creer, sino estudiar, razonar y demostrar.

Por eso en los dogmas hay tanto sesgo de confirmación mientras que en el conocimiento es preciso explicar, argumentar, revisar, falsar, contrastar, matematizar, comprobar… Dicho de otro modo, para el dogmático, la hipótesis (su hipótesis, su doxa, su dogma, su creencia) es la verdad. Para el que busca la episteme, esa verdad es lo que hoy tenemos, lo que ahora puede saberse, lo que seguramente se sabrá más y mejor. Esto no es poco, justamente es lo mejor: no necesita creencia.



Procedencia de las imágenes:

https://codigopublico.com/opinion/opinadores-en-las-redes-sociales/

https://www.caracteristicas.co/platon/