No sé yo si, como quería Platón, la virtud puede enseñarse. Es posible que sí, quiero creerlo. No obstante, algunos ciudadanos lo ponen difícil. Especialmente los gritones, los ruidosos, los que, tal día como hoy, pasan en moto bajo mi ventana, se detienen y empiezan a petardear un buen rato, debe ser que están enfadados por levantarse a las cinco (eran las cinco) y lo tenemos que pagar los demás. Lo mismo digo de los que volvían de su juerga del miércoles pasadas las dos con coche ruidoso y música a todo trapo. Qué decir del que decide tirar las botellas al contenedor (loable acto)... antes de irse a trabajar, así como a las seis de la mañana.
El martes hubo explosión de júbilo por la victoria española frente a la selección francesa de fútbol. Nada que objetar, salvo que siempre es mucho ruido, demasiado, demasiado tiempo. Un chaval gritó: “¡Arriba España!”. Prefiero suponer que sin saber lo que decía. Estuve a punto de gritar yo también que un poco más arriba está Francia, y algo más Reino Unido. Pero para qué.
Y aquí estoy, muerto de cansancio y sin posibilidad de siesta (recados inaplazables).
Ay, ciudadanos, vecinos. ¿Es mucho pedir algo más de sosiego? Porque lo de respeto y pensar en los demás lo doy por perdido. Hace mucho tiempo.